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viernes, 26 de abril de 2019

CANGREJOS




- ¿Cuatro por tres?
- Doce
- ¿Siete por cinco?
- Treinta y cinco
- ¿Ocho por nueve?
- Setenta y dos
- ¡Y todavía dice que tiene la cabeza turuleta! -dije riendo
- Tengo la cabeza turuleta -volvió a repetir la yaya

Mi madre le dio un pedacito de bizcocho que comió con gusto tras mojarlo un poco en el té.

- ¿Cuantos años tienes? -le preguntó
- Ochenta y ocho
- ¿En qué año naciste?
- No me acuerdo. Esto es una casa de locos. Tengo la cabeza turuleta.

La cafetería de la residencia estaba a medio gas en ese momento. Eran las seis de la tarde y la espléndida luz del sol poniente se derramaba generosa por los amplios ventanales. Alcé la mirada y vi los molinos a lo lejos. Pequeños y blancos, coronados en negro, parecían uno de esos paisajes que tanto se pintaban por aquí. La vista era magnífica y así se lo dije a la yaya, que no se dignó a volverse para verlos. Miraba su té y el bizcocho y a veces a mi y a la pared que había tras de mi. Las gafas ahumadas la protegen de las miradas de los otros.

- ¿Quieres que te limpie las gafas? -le preguntó mi madre cogiéndola por la mano- Qué fría estas...Trae, déjame las gafas -le dijo con cuidado

La yaya inclinó un poco la cabeza y entonces mi madre le quitó las gafas y ella miró como lo hacía. De vez en cuando me echaba furtivas y desconfiadas miradas. Enseguida las tuvo limpias.

Hubo más preguntas que fueron contestadas con casi absoluta seguridad. El nombre de sus padres, el de sus hijas, el de su hijo...Mi madre comenzaba a tararear una tonadilla típica y ella la terminaba de corrido, sin entonar. Dichos y refranes antiguos propios del pueblo fueron completados tan maquinalmente como la forma en la que tenía de coger el vaso de té, cosa que hacía con una seguridad y soltura tal que sorprendía en alguien tan frágil. Era algo tan extraño que cuando reparé en ello sólo esperaba que volviera a hacerlo.

- Vámonos -dijo un poco nerviosa
- Espera que todavía es pronto -contestó mi madre- Come un poco más de bizcocho que está muy rico -cosa que hizo obediente

Todavía faltaba un cuarto de hora para el turno de tarde en la administración de la insulina a los internos diabéticos. Pero a la yaya siempre le gusta ser la primera para ser la primera en irse. No le gusta relacionarse con los otros internos. No se habla con nadie.

Se habló un poco más entre las cada vez más frecuentes peticiones de la yaya para que nos fuéramos. Me fijé en las manos de mi madre, ya venosas y con lunares, cuando ella cogía las pequeñas y arrugadas de la suya para darles algo de calor.

- Estas fría, mama
- Esto es una casa de locos

Cada respiración acababa en una especie de pequeño lamento inconsciente, imposible de ser voluntario. Era como si estuviésemos en la cafetería del Everest en lugar de la llanura manchega. Eran ochenta y ocho años sin fecha de nacimiento.

- Adiós -dijo levantándose una joven cuidadora que sola había estado merendando unos gusanitos sobre un plato en la mesa de al lado. Me recordó vivamente a una camarera que conocí hace algunos años. Pero no podía ser ella: era tan joven como cuando la conocí.

Un hombretón, sin duda el hijo de la anciana que tenía enfrente, hacía de tripas corazón para no llorar ahí mismo mientras mezclaba las fichas de dominó. Su mujer, o su hermana, y una madura cuidadora acariciaban a la señora anclada a una silla de ruedas. En el otro lado de la misma mesa estaba ese señor mayor que pasa todo el día ahí con su impedida esposa, una mujer que parece muerta. Mi madre me dijo una vez que el pobre sólo se va a dormir a su casa. El resto del tiempo lo pasa junto a ella.

- Vámonos. Esto es una casa de locos. Tengo la cabeza turuleta
- Espera un poco, mama. Todavía no es la hora.

Una mujer aún joven pero deforme por la obesidad entró dando voces en la sala con una peineta de papel en la cabeza. Una anciana empujaba su andador mientras le decía algo. Hace poco que abrieron un ala para enfermos mentales. A veces se mezclan. Supongo que se habrán hecho amigas.

Cuando llegamos a la residencia ellos salían a dar un paseo por los alrededores en compañía de personal de la residencia. Eran veinte o treinta y no vi a ningún viejo. Sí vi a un amigo de la infancia, un chaval que inexplicablemente perdió la cabeza muy pronto. Era fantástico jugando al fútbol, rápido como una liebre y muy hábil, imprescindible en el equipo del barrio. Callado y tímido, delgado y rubio, criado en una humilde familia muy religiosa, era el segundo de tres hermanos, tan diferentes entre ellos que de no ser imposible cualquiera hubiese pensado que eran de distinto padre. Luego, años después, cuando todo aquello hacía tiempo que se había deshecho, me enteré de que "se había vuelto loco" A veces lo veía andando por ahí y nunca me atreví a decirle nada. Tampoco hoy.

Llegaron casi las siete y no hubo más remedio que levantarse. La yaya insistía e insistía y mi madre cedió no sin antes meter una torta dulce en el bolso de la yaya.

- ¡Pero como le das eso si es diabética!
- Esta es sin azúcar
- Pero qué va a ser sin azúcar...-dije en tono de cariñoso reproche- En fin, supongo que ya da igual

A la yaya le gusta lo dulce, tiene ochenta y ocho años y quizá por ese químico balance aún le funciona la memoria mecánica y el coger el vaso de té mejor que su nieto el de whisky cuando le da por escribir.

Salimos de la cafetería y poco a poco, cediendo el paso las más de las veces, llegamos como al entrar pero al revés al gran salón todavía sólo iluminado por el sol poniente. Algunos internos miraban el televisor, otros hablaban con familiares o cuidadoras y había quienes parecían dormir. La gran mayoría eran mujeres. Mi madre, siempre cariñosa, saludaba a algunas mientras la yaya pasaba de todo el mundo en busca del pinchazo y la inyección.

- Bueno, yo me voy -le dije a mi madre- Te espero fuera. Dame un beso, yaya

Encendí un cigarrillo justo en la puerta. Eché unos pasos como si todavía estuviera dentro y miré tras los ventanales. Era una especie de biblioteca o algo así, sólo que tenía el mismo aspecto que la infantil de la municipal que tanto visito. Agudicé la vista y conseguí ver el título de un libro que descansa de espaldas, "El Atardecer" No pude ver quien era el autor. Pronto llegó una limpiadora, una mujer de ajado y cansado rostro, y la dejé hacer su trabajo.

Un poco más allá estaba una especie de sala de gimnasio. Era como esas que ves en los parques, sólo que limpia y algo mejor dotada. Una especie de conos de plástico estaban apilados uno encima de otro a modo de matrúska rusa. El sexo vino a mi cabeza y eché a andar unos pasos más allá, hacia donde daba el sol.

Allí, en ese lado, en los alrededores de aquella laguna, varias tías me la chuparon hace años en el coche. También las he cruzado en bicicleta no hace tanto, ¿o puede que sí?, más o menos...Si miras al frente ya ves la grandeza del pueblo y todo eso...Si miras un poco más allá, hacia arriba, ves la gran antena del cerro y los molinos a su derecha. Y si sigues girando el cuello te encuentras esas casas derruidas de los alrededores de la residencia, esas que alguna vez hollaste, tan asustado como excitado, en tus solitarias excursiones de juventud, cuando de la residencia no existían ni el sueño de sus planos. Y si ya mueves los pies lo suficiente como para no partirte el puto cuello ves la limpia torre norte de la residencia con su imponente letrero dedicado a la virgen del pueblo, nuestra señora.


Mi madre al fin salió. Me hubiera dado tiempo a echarme otros dos pitos. Las nubes pequeñas, bajas y leves, ya parecían cangrejos.


- ¿Qué tal?
- Nada. Ciento cincuenta.
- ¿Te llevo al centro comerciaaaal?
- Sí, tonto


La llevé. Había quedado con su cuñada.


- ¿No te quedas conmigo?
- No, me voy ya


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