A veces basta con abrir los ojos para saber que la cosa no va a ir bien. Uno al final se duerme y luego despierta temprano y conforme se incorpora del lecho ya sabe como va a ir lo que le queda del día. Ya en la ducha la termina con agua templada tirando a fría y al mirarse en el espejo borrado ve que la sensación permanece. Es como cuando tu profesor de Matemáticas borraba enérgico la pizarra que algún zote había ensuciado con sus gilipolleces.
Si veo una posición de apertura de ajedrez, un diagrama que llegue, digamos, a la jugada diez, puedo saber con un alto grado de certeza cual ha sido el desarrollo de la partida hasta ese momento. Quizá me equivocara en el orden de las jugadas pero al final todas serían las mismas. El orden de los factores no altera el valor del producto, aunque en el ajedrez sí puede alterarlo. El ajedrez es más complicado. Y la vida...bueno: es como un borracho intentando abrir la puerta de su casa.
Llegué al bar. Josemari estaba cantando junto a su bicletilla apoyada en la fachada del bar. Algún día le tirarán un cubo de agua.
- ¡Buenos días, Kufisto! -gritó
- Buenos días, Jose
Cogió las bolsas y pasamos adentro. Hablamos del tiempo, sacó la terraza, colocó el salón y lo mandé a por los periódicos y los churros. Y en ese momento me di cuenta de que se me había olvidado traerme las naranjas. Y mientras él se iba a por los churros yo volví a casa por las naranjas.
Uno olvida muchas cosas cuando recuerda que tiene 45 años, pero las naranjas es una cosa rara. Claro que cuando volví a por ellas vi que la tarde anterior las había dejado en la mesita de la cocina en lugar de la encimera donde suelo hacerlo.
La mañana fue perdiéndose entre cafés, tostadas y cambios para el tabaco. La gente entraba, algunos decían algo, yo contestaba y se iban a sus cosas.
Es una anulación. Estar en un bar es anularte. Dejas de ser tú para ser algo aceptable para los otros. Eso es, en esencia, lo que es estar en un bar: no has tenido el talento uficiente para ser cualquier otra cosa mejor y eso es lo que te toca, anularte poco a poco casi sin darte cuenta. Pero lo quieras o no te anulas.
Yo, cuando era chico en el bar de mi padre y la cosa estaba tan tranquila como ya acostumbraba a estarlo siempre que no fuera verano, me quedaba en la cocina leyendo novelas en espera de alguna voz pidiendo una ración de calamares. Así, de ese modo, me leí a Hesse casi entero. El calamar sólo tiene que ser de Cádiz, enharinarlo y freírlo. Lo de los los huevos y la leche y la madre que parió al mundo para ablandarlo es mentira o cosa de viejas desdentadas. El calamar hay que morderlo.
Harina y aceite caliente, no demasiado. Y ya está.
Y no hay más. Hay cosas sencillísimas. Todo es cuestión de medida. ¿Un arroz? un arroz. ¿Una tortilla? una tortilla. ¿Una carne? una carne. No falla. Sólo has de calcular las proporciones. Proporcionar, eso es todo. Lo mismo da para uno que veinte. Las Matemáticas no fallan.
La primera cerveza cayó a eso de las dos. Una clienta, una mujer que te mira como si hubiese parido seis hijos, llegó tras no hacerlo en un par de meses y de la alegría por verla la acompañé. Pronto llegó su marido y estuvimos hablando y bebiendo. Después se fueron y antes de darme tiempo a recoger llegó mi director porno favorito a por la chaqueta que anoche se había dejado.
Y hablamos de sus películas y las vicisitudes que las rodearon mientras bebíamos. Anastasia Mayo le dijo una vez que la llevara a su casa. Y no la llevó
El viento sopla fuerte ahí afuera. La gata está medio loca dando botes mientras escribo. Voy a bajar a por una botella de whisky.
Un par de copas y fuera.
No puedo con tanta cerveza.
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