domingo, 1 de julio de 2018

ES UNA LARGA ENTRADA PARA EL ROCK

El trabajo. Verterme en él y olvidar lo demás. Madrugar más, abrir más temprano y luego, diez u once horas después, volver a casa y salir a pasear. De regreso, algo que leer; algo fácil y sin pretensiones; mejor de género, sencillo y directo, nada que pueda alimentar la ilusión de hacerla tuya, a tu manera, tan sencilla y directa como las que ahora lees pero sin esas cargas de profundidad, sin esos torpedos, dormidos desde hace tanto tiempo, que sólo pueden explotar en tu línea de flotación, en esa que te empeñaste en mantener contra todo y contra todos seguro de tu éxito. Y sino daba igual: no fui yo quien se empeñó en ser como soy. Cuando por fin me di cuenta de quien era no podía ser de otra manera. Y los otros ya nada podían hacer. Poco después guardé mi munición para utilizarla sólo conmigo mismo.

El trabajo. Abro el bar y lo coloco todo. Josemari viene y le mando a por la prensa y los churros. Luego llega Paco el ciego y le pongo su primer café del día. Hablamos algo y pongo un documental de Youtube en la tele. Ahora puedo hacerlo. Antes no y por eso sólo sintonizaba el canal de Teletienda. Todo lo demás me pone enfermo. Hubo una vez en la que un viejo con su mujer me pidió que pusiera las noticias. Le dije que no y no lo he vuelto a ver. Ahora pongo documentales del Universo y la formación de la Tierra. Hoy ha sido de los hombres de Neardenthal. No es que los yo los buscara sino que ha sido una de las sugerencias de la plataforma. Y por allí han ido pasando. Yo creía que los Neardentales eran los listos. No me acuerdo de nada.

España jugaba a las cuatro y yo quería que perdiera. Y al final perdió cuando quería que ganara.

¿Por qué perder? ¿Por qué perder siempre? ¿Por qué estar siempre en el lado débil de la posición? ¿Por qué ir con Fischer en lugar de Kasparov? ¿Por qué debilitarme cuando quiero hacer lo que más me gusta hacer? ¿Por qué tengo que coger ahora mismo, vestirme, e ir a por otra bebida más fuerte con la que borrar un par de párrafos de mierda que había escrito bajo los efectos de una cerveza nauseabunda? ¿Por qué no puedo hacer esto sin recurrir a algo más fuerte, a algo que haga click en mis putos torpedos sin necesidad de hacer clonc en el barco? ¿Por qué me pasa esto?

A veces, en esas tardes que salgo del bar, miro vídeos de esos newageros; estoy ahí, planchao, con un cansancio enorme, y esos putos imbéciles casi que me convencen con sus mierdas. Que si esto, que si lo otro, que si lo de allá está aquí y lo de más allá está más aquí y que tú, sólo tú y tu sisolosí, eres el que no entiendes nada porque en verdad estás lleno de mierda infecta pernambucana, y no sólo eso sino que acepta, ¡acepta!, ¡acepta las putas cosas!, ¡acepta a los Accept de Udo Dirskchneider!...Oh, Dios, tu puta madre.

¿Acepta? Pero qué acepto, hijo de puta. ¿Acepto al hijo de puta que me metía un dedo en el culo mientras me explicaba un problema de Matemáticas o qué cojones acepto? ¿acepto que ese bastardo, ese maestro en el que yo confiaba como si fuera mi puto padre, me hurgara en el ojal mientras me explicaba la regla del tres como si no fuera con él? ¡Y luego se olía el dedo, que yo lo veía desde mi pupitre! Hijo de puta...

España perdió. Un amigo que estaba con los señores me dijo de ir a tomar algo por ahí. Él tenía la copa entera y yo, ya animado, casi vacía.


- Vamos a tomarnos algo por ahí, Kufisto. Vas a flipar con el nivel de camareros
- No, me voy a mi puta casa
- Venga, joder, espérate un momento que me beba esto
- Que no, que me voy


Y por fin me fui.



martes, 22 de mayo de 2018

HUESOS

Veinte novelas de Agatha Christie tienen poco que hacer ante dos cervezas. Hay quien lee intentando descubrir al asesino y quien lo hace para llegar cuanto antes a que se lo descubran. En el camino, a veces, pasan cosas que cruzan por tu mente como si rebotaran en sus paredes. Y aquel lejano eco inconsciente ahora cobra un cierto sentido, el suficiente como para disminuir un tanto la velocidad de crucero y quedarte mirando para adentro. Sí, quizá por eso estás como estás y eres como eres. Pero ver el motivo no significa encontrar la solución al problema de tu novela: la fecha de caducidad pasa rápido para todo lo que cuenta y la de consumo preferente no deja de ser un cuento chino con el que despistar. Sí; si en ese momento, al empezarla, al menos hubieses tenido un listado con los personajes y el papel que iban a representar habrías tenido una posibilidad, una oportunidad con la que atenerte a lo que iba a venir. Pero no, no había nada de eso. E incluso llegado el caso, seguro que lo hubieses considerado como poco menos que un insulto a tu inteligencia: ¿qué es eso de decirte quienes son los que van a jugar contigo? ¿leoncitos a mi? Abre la puerta y retírate unos pasos más allá si tienes miedo, que tengo prisa.

Bien, vale, de acuerdo. Es una novela de misterio. No sabes quien la ha escrito ni tampoco cual es tu papel. No tienes ningún recuerdo hasta cierta edad y todo lo que empezó a pasar después es algo de lo que ahora no te sientes muy seguro de recordar con total fidelidad.


Y entonces, tras el quinto whisky después de la segunda cerveza y ya casi que convencido de ser tu mayordomo, piensas si no será mejor llamar a Telepizza y comer algo antes de irte a dormir.




miércoles, 7 de marzo de 2018

UNA MANO DE PINTURA

- ¿Y en qué piensa cuando mira las estrellas, toda esa inmensidad? -preguntó, retador, el entrevistador
- En nada -respondió Ayn Rand, la atea- Yo no miro las estrellas. ¿Sabe lo que me emociona? los edificios. Saber que han sido edificados por la inteligencia y el trabajo de los hombres.

Apagué el ordenador un rato después y me fui a dormir tras bajar todas las persianas.

De poco sirvió. La gata me despertó media hora más tarde de la acostumbrada. La luz de la mañana necesita poco para hacerse presente. Millones de kilómetros, ocho minutos luz y todo eso, una espesa capa de nubes, ventanas cerradas y persianas bajadas no son suficientes para engañar los ojos de una gata. Tampoco los míos cuando los abrí. Sí, vi a la gata cuando sentí que subía hacia la almohada. Abrí los ojos y ahí estaba, firme sobre sus patas, mirándome con los pupilas dilatadas sin decir nada, esperando extrañada ante mi tardanza. Saqué la mano bajo las mantas, la agarré y la lancé hacia los pies de la cama. Pronto volvió, ronroneando. Otra vez atrás. No me fío de los gatos aunque una duerma conmigo. Volvió. Esta vez la cogí mal y ella tuvo que clavarme la uña poco más arriba de la nariz. Y entonces la tiré donde cayera y ya cabreado me levanté.

Llegué al bar a eso de las nueve y media. El Chino estaba pintando las paredes del salón con buena música funky a toda hostia. Le pregunté si había que hacer algo o me daba tiempo para ir al banco; dudando un poco dijo que hiciera algo que ahora no recuerdo y lo hice. Después llegó mi tío y nos pusimos a forrar los cojines de las sillas y los taburetes. Yo me limitaba a sujetarlos mientras él estiraba la tela y la grapaba, cosa que empezó bastante mal porque enseguida se quedó vacía la grapadora eléctrica y no había huevos ni inteligencia para hacerla funcionar aún teniendo mil doscientas grapas en la cajita que trajo consigo. Mi tío bregaba con ella, maldecía y yo, todavía media dormido y mal desayunado, no entendía casi nada. "A ver, déjame" dije por decir algo. Cogí la grapadora y la miré como si supiera hablar. Por supuesto no conseguí hacer nada y se la devolví. Y cuando ya estaba cagándose en todo dio con la solución, estúpida como todas. Claro que él tiene casi setenta años y yo veinticinco menos. En fin, que él se puso a estirar, cortar y grapar y yo a sujetar. Una hora y pico más tarde habíamos conseguido forrar tres asientos. Llegó mi hermano, los vio y dijo que mejor lo dejáramos.

- ¿Tienes el teléfono de Pedro, Kufisto?
- ¿Que Pedro?
- El de la mandíbula cuadrada
- No, pero puedo conseguirlo. Sé donde trabaja su hija
- Pues da con él y dile que venga a forrar esto

Y así aproveché para ir al banco.

Algo raro pasaba en mi cuenta cuando ayer por la mañana la miré por Internet. Las mismas cuatro perras de siempre, pero aunque estaban a mi favor parecía como si las estuviera en contra. Fui al banco y hablé con uno que viene al bar de vez en cuando. No paró de soltar tacos mientras terqueaba con el ordenador.

- Esto...esto es algo de los hijoputas del Ayuntamiento, Kufisto -decía- Una multa o...
- Será el IBI del año pasado...
- No sé, no sé...Me cago en la puta...
- Sí...
- Joder, no sé qué coño le pasa a este ordenador -decía mientras mirábamos la pantalla como esperando ver a una vieja comiendo mierda.

Al final me recomendó que llamara a los hijos de la gran puta del Ayuntamiento y eso hice, no sin antes decirle que aún habiendo fondos me habían colocado los treinta euros de rigor por falta de ellos.

- Ya, ya...pero eso durante el día te lo solucionamos y tal, no te preocupes.

Miré esta mañana y los treinta euros todavía seguían allí.

Cuando uno está tan tieso como lo estoy yo, treinta euros suponen una pasta. Si yo tuviera mil euros en el banco, quinientos, ni me molestaría en ir a discutir por ellos. Quizá por eso no tengo un duro, porque me la suda mientras pueda seguir tirando. Pero esto era quedarme en rojo cuando estaba en blanco. Y no, coño, no. Además que la del Ayuntamiento me dijo que todavía no me habían embargado la cuenta ni nada.

Llegué al banco y pillé un ticket satánico de esos que previo DNI y motivo de la consulta te ahorran preguntar quien es el último y para qué, cosa tan de agradecer como todo lo satánico, que ayer por la mañana entré al atestado despacho de loterías y tan poco me faltó para cagarme en Dios preguntando por el último que al final me cagué ante el estupor de la silente y maleducada viejunada.

El tipo que hoy me atendió no lo había visto en mi vida. Le dije el tema y respondió que uy qué pena pero eso era algo para hablar con el director o su mano derecha que, casualmente, no estaban presentes y se encontraban de reunión en no sabía donde, que mejor me pasara mañana...En eso llegó a la caja quien ayer me atendiera y ni quiso verme. Yo tampoco. Cogí y me fui. A tomar por culo. Al bar.

Mandíbula Cuadrada estaba hablando con mi hermano en la puerta del bar. Los sufridos, sufridísimos, asientos de sillas y taburetes ya descasaban en el interior de su coche, incluidos los tres que mi tío y yo habíamos "arreglado" con mil grapas y doscientas vayas putas mierdas. Ya casi era la hora de comer y me fui viendo que allí no pintaba nada. En casa me hice unos spaghettis que me sentaron como un tiro e intenté dormir un poco. No lo conseguí y tras descartar hacerme una paja a eso de las cinco volví al bar.

El Chino estaba pintando el techo del ventanal. Mi hermano andaba como loco de acá para allá hablando con unos y con otros por el teléfono. Mi otro hermano, el pequeño, andaba a su bola pintando los taburetes y las sillas en el almacén.

- ¿Qué hago, Chino?
- Dale a la barra, Kufisto, al suelo detrás de las cámaras.
- Vale

Cogí una botella de agua fuerte y la eché sobre la mierda incrustada. Miré las instrucciones y a duras penas leí que había que dejarla actuar unos minutos. Cada vez veo peor. Me rulé un pito, lo encendí y llené un cubo de agua con un chorreón de lejía. Todavía no me había fumado la mitad cuando cogí una paleta y empecé a rascar toda esa mierda. Salió bien. El agua fuerte es buena. Luego pasé la chacha con la lejía y quedó impoluto, aunque los vapores que subieron me marearon un tanto. En esas entró mi hermano y fue a mirar algo de un enchufe bajo la barra. Casi se cae redondo. Quizá todavía valga para algo ser el hermano mayor.

Llegó otro tío nuestro, uno más joven, uno diez años mayor que yo. Es un manitas, sabe de todo lo práctico, de todo lo necesario. El Chino seguía pintando y nosotros, ellos, empezaron a hablar; "como colocar esto, como poner esto otro, como aprovechar este espacio..." Mi hermano y él hablaban y hablaban en términos que a duras penas yo podía entender. De buena gana hubiera echado diez litros de agua fuerte en la acera del bar y me hubiese liado a rasparla con un mondadientes de tan inútil como me sentía. Luego empezaron a divagar sobre la distribución del mobiliario de la barra y todo eran buenas ideas, cojonudas, a cada cual mejor. Yo no me lo podía creer. Todo había estado ahí, delante de nuestras narices, y no lo habíamos hecho en veinte años. Tanto me entusiasmé que en un momento de lucidez dije algo y lo aceptaron, aunque sólo fuese donde colocar el contenedor, cosa que luego quedó para mejor ocasión pero por un rato fue la solución correcta para orgullo de mis fosas nasales.

Después todo giró en una especie de vórtice, en un Maelström de ideas. Todo era aprovechar el espacio, rellenar huecos y dejar vacío por donde moverse: "el frigorífico aquí, el arcón aquí, los barriles allí, una madera para tapar esto, dame el metro que mida esto, pica aquí, Chino, ¿y el martillo?, el metro, ¿donde está el metro?, ponme un cubalibre, Kufisto..." Llegó un chaval con unas planchas metálicas y una radial para rehacer los desastrados respiraderos de la barra mientras el Chino y mi tío discutían sobre como recolocar la posición del monstruoso calentador del agua para ganar unos centímetros. El chico de la radial empezó a cortar la plancha y el Chino a aporrear el techo de la cocina para ver hasta donde podía dar de sí. Me eché un cubalibre cuando vi a mi hermano echarse uno. No pude resistirme. Luego otro. Y otro.

Acabamos. Acabaron.


Dentro de dos, tres días, el bar volverá a estar abierto. Más bonito y mejor distribuido y aprovechado. Será un bar rehecho, reacondicionado. Todo estará mejorado, en su sitio, aunque haya quien no pueda verlo. Algunos pasarán de largo, pedirán lo suyo y se irán sin haberlo visto. Otros, los habituales, echarán un vistazo, dirán algo y seguiremos tirando millas.

Pero yo miraré lo que se hizo durante estos días, el entusiasmo y el desprendimiento de lo que la buena gente es capaz de hacer y...


- Kufisto, ¿en qué piensas cuando ves las estrellas?
- En escribirlas

sábado, 3 de marzo de 2018

BARCO A VENUS

Yo no debería haber salido aquella tarde. O no haber vuelto tan temprano. Tres o cuatro veces había mirado por la ventana. El cielo seguía tan gris como todos esos últimos días pero parecía como si no lloviera. Abrí la ventana para mirar los charcos de enfrente. Mi visión ya llevaba algún tiempo dando muestras de ir a menos. Pronto necesitaría gafas. Tantas horas delante del ordenador habían acabado por dañar mi pobre vista, también deteriorada de nacimiento. "Ojo vago" lo llamaban entonces. Hasta los doce años llevé gafas. Muchas me las rompieron. Después el oftalmólogo dijo que ya podía quitármelas y yo me alegré. También dijo que ejercitara el ojo derecho poniendo un parche sobre el izquierdo mientras veía la televisión. Pero esto fue algo que no hice más de una o dos veces. Era muy molesto y mis hermanos se reían de mi. Y con el izquierdo veía todo lo bien que se pueda ver. Mis padres no insistieron, como tantas veces harían con el paso de los años: los primeros habían sido tan difíciles que quizá pensaron que de ahí en adelante eso era lo mejor que podían hacer.

Abrí la ventana y fijándome en el charco más grande vi que no llovía. No lo pensé más y cogí las cosas para salir a la calle. Quizá tuviera tiempo para un paseo. El aire fresco y la humedad de tantos días lluviosos harían el resto. No recordaba un temporal como aquel. Nadie podía recordarlo. Dos o tres días seguidos de lluvia era algo raro desde hacía mucho tiempo, pero dos semanas como aquellas eran ya algo poco menos que olvidado.

Salí enfundado en el impermeable y lo primero que vi fue a los trabajadores del super fumando en la puerta. Cambié de acera mientras hacía por ponerme la capucha. Doblé la primera esquina y me la quité. Alguien bajaba de un coche. Era uno de esos trabajadores. Muchos años atrás habíamos sido amigos, pero ya hacía unos cuantos en los que el sólo saludo se había convertido en algo odioso. Lo saludé por su nombre y a él le bastó con un hola. Durante un rato caminé pensando en ese desprecio, en esa falta de afecto que siempre me ha acompañado. Ya de pequeño sentía ese vacío con los demás, ese distanciamiento que todavía sin saber por qué me separaba del resto. La vida de un niño enfermo es una gran mentira hasta que tus demonios vuelven para ver como te va.

Apenas había dejado atrás los últimos pasos de cebra cuando se puso a llover. No era tanto como para regresar a casa; en muchas otras ocasiones le había hecho frente a eso sin dudarlo un instante, pero una sensación de derrota, de error, de equivocación me embargó de tal manera que después de dudarlo unos segundos regresé sobre mis pasos para volver por donde había venido.

Y entonces, apenas un poco antes de donde había dado el último saludo, dejó de llover y se abrió un pequeño claro en el cielo.

Busqué las llaves. No se iban a reír más de mi. Al menos no aquella tarde.

Doblé la esquina otra vez. No había nadie fumando. No había nadie haciendo nada. Nadie.

Llegué al portal y vi como una niña abría la puerta. Pasé tras ella y la cogí tapándole la boca. Alguien se había dejado abierta la puerta de mi bloque y entré. El ascensor estaba allí. Pulsé mi número y la puerta se cerró. Nadie en el pasillo. Saqué las llaves, abrí y entramos en casa. Le pegué dos bofetadas y dejó de patalear. La imagen de mi maestro de primaria vino a mi como un trueno tetrapléjico. Una excitación animalesca me embargó por completo. Paralizada por el miedo se dejó llevar a la habitación. La desnudé y entré en ella. Vi su sangre brotar y lo último que recuerdo es morderla...

Desperté y estaba muerta.


Me entregué. Todo el mundo quería matarme. Todos habían sabido que al final acabaría por hacer algo así. Todos se tiraban de los pelos por no haberme quitado de en medio cuando todavía estaban a tiempo. Hasta el maestro que metía su dedo en mi culo para después olerlo cuando iba a preguntarle alguna duda sobre la regla de tres meneaba la cabeza. Estaba claro desde el principio. Todo había estado claro y habían dejado que pasara. Era un fracaso total, global.

Y aquí estoy, pudriéndome en una celda, esperando la muerte que todos quisieran darme.

Tal vez, quizá, puede que entonces, cuando me alcance, consiga ver bien con el ojo derecho aunque sólo sea por un instante.

Y con un poco de suerte a lo mejor me dejan tranquilo el tercero.


Yo no lo quise así.




lunes, 19 de febrero de 2018

TASCALATAPA

- Adiós, Kufisto
- Adiós, Gustavo

- Jajaja...Y creerás que es tu amigo
- Lo es
- Ese tabernero borrachín
- Nunca lo he visto borracho
- Yo sí. ¿Sabes que tiene un blog en internet?
- No
- Pues lo tiene. Escribe relatos. Son muy malos pero él todavía cree que algún día le valdrán para salir de la mierda en la que está. Y a veces has salido tú. Ya sabes...el tío raro...no es mal chico pero...Lo típico en los escritorcillos, eso de buscar la bondad en lo enfermo. Será porque él también lo está. No tanto como tú, claro, pero es sólo cuestión de tiempo. Al final todo el mundo acaba oyendo voces que nadie más oye. Como tú cuando no tomas la medicación.
- Se me ha olvidado. La tomaré en cuanto llegue a casa y dejaré de oírte.
- Claro. Y de pensar. Pero a mi no me engañas. No lo habías olvidado; es solo que querías probar otra vez a ver si podías pasar sin ella, pero ya ves que no. Estás condenado a tomarla de por vida, a pasar por ella como un zombi anoréxico...Tienes muy mal aspecto, muchacho...¿Sabes que muchos te llaman así, el zombi? Tan demacrado, tan serio, tan trágico...Tienes una mirada que echa para atrás hasta al viento. Y tú lo sabes. Por eso andas siempre cabizbajo de acá para allá, porque no quieres verte en los ojos de los otros. Sí, es ahí donde tienes que mirarte, en los otros. Y actuar en consecuencia. Quizá así no te haría falta la medicación...Puede que si hicieras lo debes hacer dejaras de oírme, pero eres demasiado cobarde para ello
- ¿Por qué yo?
- ¿Por qué tú qué?
- ¿Por qué ha tenido que pasarme esto a mi? ¿qué he hecho yo para merecerlo?
- Muchacho...esas no son preguntas. La vida es una cuestión de hechos consumados. Tu padre y tu madre se juntaron y de eso saliste tú. Quizá las estrellas no estaban aquella noche en el sitio correcto o puede que tu padre tuviera un mal día, quien sabe...historias para dormir y tranquilizar conciencias. 
- Pero yo recuerdo que antes no era así. Tuve una vida como la de los demás. Estudiaba y tenía amigos. Y luego no sé qué pasó que todo empezó a ir mal...
- Claro, cuando llegue yo, ¿no?
- Sí, cuando tú llegaste. Empecé a oírte y me asusté. No era mi voz, no era yo, pero te oía dentro de mi cabeza. Al principio era como un zumbido, como si tuviera una abeja en el cerebro...
- El cerebro es como miel para nosotros
- ...y no me dejaba ni dormir. ¡Cuantas noches pasé en vela viendo la televisión o escuchando la radio!...
- O con los auriculares puesto escuchando esa música tan agradable
-...y luego aquel zumbido fue cogiendo forma poco a poco, como cuando sintonizas un dial...
- Jejeje
- ...y recuerdo la primera vez que te oí, lo que dijiste y el frío que sentí...
- Tan sólo te saludé
- ...y como me levanté de la cama y corriendo fui a mirarme en el espejo del water...
- Sí, me acuerdo. Y también que tu hermano se despertó
- ...y mi hermano vino y me preguntó qué me pasaba
- Sí...y le pegaste un puñetazo
-...y yo le pegué, le pegué...
- Y bajaron tus padres a la habitación
- ...y bajaron mis padres a la habitación y también les pegué a ellos...
- Y vino la policía
- ...y vino la policía, y una ambulancia, y luego el hospital, y me ataron y pincharon...
- Crisis psicótica
- ...una crisis psicótica, dijeron...
- Y ya van para diez años. Tus padres ya están resignados. Tus hermanos te evitan. Tus amigos de entonces te saludan cuando no les queda otra, por pura superstición. Tú no te das cuenta porque vas drogado. Es lo que tiene la medicación. Dejas de sintonizar el dial y sólo oyes el monótono sonar del vacío. Por eso te concentras en lo que puedes hacer, que es poco o nada, como barrer las hojas de las calles o mover el azúcar en el café como si allí dentro estuviera pasando algo importante...
- Eres malo
- Soy lo que soy, como tú. ¿O acaso no sientes una liberación cuando "te olvidas" de tomar la medicación y das rienda suelta a tus fantásticas ideas, como esa de la cura del cáncer que a todo el mundo decías haber encontrado? ¿o aquella otra de que hay personas que no lo son, que son demonios disfrazados de humanos? ¡Oh, y como mirabas entonces a los ojos de la gente, cara a cara, sin miedo al reflejo...! Pero ellos se asustaban y tú te violentabas ante su incomprensión. Y otra vez vuelta a empezar: más policía, más ambulancias, más hospitales, más pinchazos y más dosis. Y otra vez el letargo. Y otra vez las hojas muertas y las espirales en el café...¿Pero dime? ¿como te sentías en esos momentos en los que eras libre de decir lo que piensas, sin adormideras que nublaran tu mente? No, no me lo digas, ya lo sé. A veces hago preguntas cuando sé las respuestas, defecto profesional. Bien sé yo como te sentías...Sí, he de reconocer que tienes buen fondo, que lo tuyo tira más por ayudar a la gente...por eso me gusta tanto estar contigo. Así vales más.
- ¿Valgo?
- Vales. El valor de una cosa lo da su dificultad. Así el premio es mayor.
- ¿Qué premio?
- Ya lo sabrás cuando pierdas. "Cuando seas padre comerás carne" ¿Pero qué haces aquí? ¿no íbamos a casa a tomar la medicación? ¿qué hacemos entonces aquí, en este cerro desierto? ¿has visto qué tarde hace? No, no la has visto. Pronto llegará la primavera y dejarás de barrer hojas para barrer polen, para barrer vida desperdiciada y tirarla al mismo sitio que la muerta. ¿Es gracioso, verdad?...Venga, vámonos
- ¿No quieres quedarte aquí? ¿no quieres quedarte aquí un poco más?
- No, no quiero quedarme aquí un poco más. Aquí no hacemos nada.
- ¿Y por qué no?
- Arranca el coche y vámonos a casa. 
- ¿Tienes miedo?
- ¿Yo? No. Yo no puedo perder y tú no puedes ganar. 
- ¿No puedo ganar?
- No. Sólo puedes retrasar tu derrota
- ¿Y sería esta la primera vez?
- Jejeje...Arranca. A casa.
- ¡Vaya, parece como si fueras tú quien quisiera tomar la medicación!
- Muchacho, tú eres mi medicación.
- ¿Y si no te la doy?
- Me la darás.
- ¿Estás enfadado?
- Estoy aburrido. 
- ¿Tiemblas?
- Sólo me estiro
- Qué bonito se ve el cielo. Es más hermoso cuando hay algunas nubecillas. Así como ahora, desde lo alto, que se ve la tierra dividida entre luz y sombras.
- Venga, arranca. Pareces un poeta y eso es lo que me faltaba.
- ¿No te gusta la poesía?
- No. La poesía es el último recurso de los que no entienden nada.
- ¿Y qué hay que entender?
- Nada. Vámonos.
- ¿Y si no hay que entender nada por qué te da miedo la poesía?
- No me da miedo, me aburre. Es una pérdida de tiempo. 
- ¿Pérdida de tiempo? 
- Sí. Pérdida de tiempo.
- ¿Y por qué es una pérdida de tiempo?
- Porque un poeta no hace nada
- ¿Y qué hay de malo en no hacer nada cuando es lo mejor que se puede hacer?
- Arranca
- Mira aquella nube. Se la ve pesada. Pronto la veremos haciéndole sombra a alguna zona del pueblo.
- Sí. 
- No me gusta esa nube.
- Mira, ya está llegando donde tenía que llegar.
- Sí...
- ¿Ves como la sombra es más oscura?
- Sí
- Pronto llegará aquí
- Sí
- Será mejor que nos vayamos. Así la dejaremos atrás cuando lleguemos donde está ahora.
- Sí
- Es hora de irse a casa, Gustavo
- Sí, vámonos.

sábado, 17 de febrero de 2018

UNO

Despertar como si te hubieras dormido. O peor aún, hacerlo como si acabaras de regresar de un pasado puede que exagerado. Levantarte y ducharte en blanco, mirando el grifo de vez en cuando para ver si de verdad cae el agua. Sales y ahí tienes el espejo con tu cara y todo lo demás en apenas un centímetro. Todo lo que ves y lo que no puedes ver está ahí, dentro de ese centímetro, de esa centésima parte del metro, de esa milésima parte de lo que sea que corresponda. Vives en un pueblo de mierda que es una diezmilésima parte de los pueblos de mierda de tu país, uno de los cuatrocientos que hay en esta diminuta bola llamada Tierra que gira a no sé cuantos kilómetros por hora alrededor de esa ridícula estrella ardiente que le da la vida quizá sin saberlo mientras busca lo que coño sea que esté buscando en la infinitud de un Universo que parece ser sólo es uno más entre infinitos, pero no tan grande como lo que hay por debajo de ti, tras lo pequeño, que todavía es más infinito que lo grande, no puede ser de otra manera, lo grande es torpe y medio imbécil, en lo pequeño se esconden las esencias, los flujos y reflujos, las células portadoras de whisky con agua y un par de huevos duros en el congelador, los átomos que rebotan y tiran adonde salga, siempre encontrarán una canasta, todo es grande y está lleno, el vacío no existe, es una ilusión que no vemos, eso es todo, todo, sólo que el ojo, tus ojos, no ven nada más que las bolsas que cuelgan bajo ellos y la barba de dos días que tienes que afeitar con esa última cuchilla mellada desde hace semanas, esa que ya va siendo poco menos que un sueño deshacerse de ella de tan caras como son para las cuatro perras que tienes con las que pagar facturas e hipotecas, impuestos y putas, multas y amenazas de embargo, botellas y primitivas de esas que una vez estudiaste con la ilusión de encontrar la llave a su solución confiado en la fuerza de la inteligencia que tu juventud te daba, ¡oh, si! ¡sólo hacía falta conocer el patrón, las pautas de comportamiento de los números en el día que salieron, nada más, pares e impares, unos y ceros, ¿no se trata de eso? ¿no dicen que todo es eso? ¿no es todo eso? ¿acaso ahora, ya con tanto tiempo pasado, no te das cuenta que todo estaba claro desde el principio, desde que salimos del cascarón? ¿o te has olvidado de quienes estaban contigo en ese momento? todos, todos, estamos ahora donde teníamos que estar, todos...Todos.

Los pelos de la barba caen bajo el yugo de mi cuchilla mellada. La gata observa todo el proceso desde la montaña de ropa sucia que cubre el inodoro. Me visto y cojo el coche. Compro los periódicos y abro el bar. Trabajo y vuelvo a casa. A veces salgo a pasear. Otras no y me quedo viendo cosas de tres dígitos en Youtube. Luego duermo y después despierto.

La otra noche, ayer, buscando noticias por las últimas 24 horas de dos de mis tres héroes muertos como hago todas las noches antes de irme a la cama, vi algo nuevo de uno de ellos: Fischer había estado en Bruselas en 1990 para encontrarse con un patrocinador de ajedrez y unos amigos. En las fotos regadas por copas de vino aparecía aún fuerte, decidido, con aquella mirada, y en el texto decían que después habían acabado de putas en un club. Dos años después jugó con Spassky y ya no volvió a jugar más.

Los días pasan como si los años no contaran. Hoy me levanté, miré y volví a ver que tenía 44. Ya son muchos. Muchos incluso para esto.


domingo, 11 de febrero de 2018

NIRVANA

Paso las tardes viendo hablar a otros. Dicen algo cuando los ves, pero después es como si no hubieran dicho más que nada. A veces me pongo un parche en el ojo izquierdo mientas los oigo. Luego me lo quito para dormir y al despertar pruebo. No pienso en nada. No es tan complicado. No hay tantas nubes como decían. No veo nada y cuando veo algo apenas me cuesta dejar de verlo. Tampoco llega aquel cielo azul tras las nubes. Nada. Entonces oigo a la gata desperezarse bajo las mantas. La acaricio y pronto viene a verme. Saca la cabecilla y se queda ahí, esperando que haga algo. Le rasco entre las orejas y así estamos un rato. Ella ronronea y yo sigo respirando hasta que enciendo la luz, nos miramos y vemos que seguimos juntos.