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sábado, 17 de febrero de 2018

UNO

Despertar como si te hubieras dormido. O peor aún, hacerlo como si acabaras de regresar de un pasado puede que exagerado. Levantarte y ducharte en blanco, mirando el grifo de vez en cuando para ver si de verdad cae el agua. Sales y ahí tienes el espejo con tu cara y todo lo demás en apenas un centímetro. Todo lo que ves y lo que no puedes ver está ahí, dentro de ese centímetro, de esa centésima parte del metro, de esa milésima parte de lo que sea que corresponda. Vives en un pueblo de mierda que es una diezmilésima parte de los pueblos de mierda de tu país, uno de los cuatrocientos que hay en esta diminuta bola llamada Tierra que gira a no sé cuantos kilómetros por hora alrededor de esa ridícula estrella ardiente que le da la vida quizá sin saberlo mientras busca lo que coño sea que esté buscando en la infinitud de un Universo que parece ser sólo es uno más entre infinitos, pero no tan grande como lo que hay por debajo de ti, tras lo pequeño, que todavía es más infinito que lo grande, no puede ser de otra manera, lo grande es torpe y medio imbécil, en lo pequeño se esconden las esencias, los flujos y reflujos, las células portadoras de whisky con agua y un par de huevos duros en el congelador, los átomos que rebotan y tiran adonde salga, siempre encontrarán una canasta, todo es grande y está lleno, el vacío no existe, es una ilusión que no vemos, eso es todo, todo, sólo que el ojo, tus ojos, no ven nada más que las bolsas que cuelgan bajo ellos y la barba de dos días que tienes que afeitar con esa última cuchilla mellada desde hace semanas, esa que ya va siendo poco menos que un sueño deshacerse de ella de tan caras como son para las cuatro perras que tienes con las que pagar facturas e hipotecas, impuestos y putas, multas y amenazas de embargo, botellas y primitivas de esas que una vez estudiaste con la ilusión de encontrar la llave a su solución confiado en la fuerza de la inteligencia que tu juventud te daba, ¡oh, si! ¡sólo hacía falta conocer el patrón, las pautas de comportamiento de los números en el día que salieron, nada más, pares e impares, unos y ceros, ¿no se trata de eso? ¿no dicen que todo es eso? ¿no es todo eso? ¿acaso ahora, ya con tanto tiempo pasado, no te das cuenta que todo estaba claro desde el principio, desde que salimos del cascarón? ¿o te has olvidado de quienes estaban contigo en ese momento? todos, todos, estamos ahora donde teníamos que estar, todos...Todos.

Los pelos de la barba caen bajo el yugo de mi cuchilla mellada. La gata observa todo el proceso desde la montaña de ropa sucia que cubre el inodoro. Me visto y cojo el coche. Compro los periódicos y abro el bar. Trabajo y vuelvo a casa. A veces salgo a pasear. Otras no y me quedo viendo cosas de tres dígitos en Youtube. Luego duermo y después despierto.

La otra noche, ayer, buscando noticias por las últimas 24 horas de dos de mis tres héroes muertos como hago todas las noches antes de irme a la cama, vi algo nuevo de uno de ellos: Fischer había estado en Bruselas en 1990 para encontrarse con un patrocinador de ajedrez y unos amigos. En las fotos regadas por copas de vino aparecía aún fuerte, decidido, con aquella mirada, y en el texto decían que después habían acabado de putas en un club. Dos años después jugó con Spassky y ya no volvió a jugar más.

Los días pasan como si los años no contaran. Hoy me levanté, miré y volví a ver que tenía 44. Ya son muchos. Muchos incluso para esto.


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