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sábado, 9 de julio de 2022

Y DE PRONTO ME CAYERON BIEN

 Veinte años han pasado, veinte, desde que rebotado del viejo bar vine aquí, al nuevo abierto hacía tres por dos de mis hermanos, los dos siguientes a mi, el mayor. Hay algunos meses más, diría que unos ocho. Veinte años y ocho meses.

Durante todo ese enorme espacio de tiempo he conocido a mucha gente. Algunos ya no están y otros dejaron de venir. He visto a niños crecer hasta convertirse en adolescentes huidizos de sus padres y luego, ya algo mayores, hechos unos hombrecitos o mujercitas y con los viejos fuera de juego, venir a la barra para pedirme un cubalibre; con cierta timidez al principio, sí, por supuesto, yo era mucho más viejo, pero enseguida se soltaban. Después de todo me iría pronto, sería sustituido por mis dos hermanos pequeños, mucho más jóvenes, aquellos que sustituyeron a los fundadores que hartos de este trabajo lo dejaron por otros menos esclavos. 

¿Hace cuanto tiempo que conozco a las dos parejas de hoy? ¿Quizá quince años? ¿Dieciocho? ¿Ya estaban por aquí cuando yo llegué? No lo sé, no lo recuerdo bien. La memoria está fuera del tiempo. Recuerdas algunas cosas pero no podrías asegurar ni siquiera aproximadamente el tiempo pasado. Claro que los hombres de ciencia hablan de cientos o miles de millones de años para explicar accidentes geográficos o desarrollos evolutivos, por no hablar del Universo y sus millones de años luz, y todo ello, por supuesto, con un gran margen de error, es decir, diez mil años arriba o abajo en la datación de una era geológica es una fruslería, ni qué decir tiene lo que será hablar en términos astronómicos, y sin embargo uno se cabrea, o al menos se mosquea, cuando apenas veinte años después no puede certificar lo que pasó en su vida sin temor de caer fuera de la red, cada vez más pequeña a tus estrictos ojos, cansados ya, ¡encima!, de tanto ser forzados a mirar atrás.

Pero no creáis; con todo y con eso conservo algunos tiempos, algunas certezas; fechas clave, años decisivos...Eso sí lo recuerdo bien: 1987, nueve de marzo de 1992, quince de mayo de 2005, catorce de febrero de 2009...

A una de las chicas de esta tarde, una de las mujeres por mejor decir, pues ya estará más cerca de los sesenta que los cincuenta a los que poco me falta para llegar, la conocí cuando todavía estaba con su marido. Formaban parte de un gran grupo de parejas maduras, uno de esos que se conocen desde la juventud, que se casaron y tuvieron hijos y todo lo demás pero que en cuanto podían quedaban entre ellos y salían por ahí a pasarlo bien. Gente que todavía se casó por el poder de la Iglesia pero con cuerpo, alma y espíritu fuera de ella desde hacía mucho tiempo.

Una de esas madrugadas en las que yo todavía cerraba el bar (¿hará cuanto, trece años?), con ella muy borracha y de facto separada por decisión propia y en compañía de la única amiga soltera del grupo, una ninfómana muy potente, terminé de fregar el bar y echando la llave me eché una copa con ellas. Hablaba de suicidio y todo eso. Estaba muy, muy borracha. Dos horas, o al menos una, pasaron hasta que pudimos irnos de allí.

¿Cuantos años lleva con el tipo con el que está? ¿Cinco? ¿Siete? ¿Diez? Él es de otro pueblo, de uno con fama de muy bestia, el típico macho hispánico, conquistador por sus cojones. Conocí a su ex ya cuando no estaba con él, una de las mujeres más locas que me haya encontrado.

Y allí estaban hoy las dos parejas, una fracción del viejo grupo, en nuestro bar. La otra sigue casada, como el resto, que no ha habido más divorcios entre ellos. 

Bebían cerveza en la barra. Tras la segunda ellas se pasaron al tinto de verano.

- ¡No! -exclamó ella- No me eches vermut, Kufisto-
- Bueno -respondí- pues entonces este es para Ana.
- ¡Qué rico! -dijo Ana
- Bueno -dijo ella- Échame un poco de vermut. Creía que era mora 

Siguieron con la charla, al final ellas por su lado y ellos por el otro. Me senté en un taburete esperando el próximo relevo.


Y de pronto me cayeron bien. Todos estos años, todo este tiempo, los he visto como gente tan extraña a mi como yo a ellos. Evidentemente yo no era de su grupo; llevo solo mucho tiempo, habrá quien diga que soy maricón, por mucho pueblo grande que este lo sea sigue siendo pueblo manchego, aunque de todas formas el otro día, al salir para uno de mis paseos, vi carteles pasados de la celebración del orgullo gay. Algo está cambiando y tal, cosa que por otra parte me la suda bastante.

"Dos parejas, casi sesentonas o al menos a las puertas, los hijos criados y ahí siguen, saliendo a tomar cervezas, a beber entre viejos amigos conocidos de toda la vida, manteniendo aquella amistad de cuando fuimos jóvenes; casados, separados, con hijos que ya son mayores y viven su vida, que ya no te necesitan para nada...¿Qué extraño? ¡Y todavía ríen hablando entre ellos! ¡se descojonan! ¡Y no hablando de La Montaña Mágica! De hecho ella acaba de decir "robotes" refiriéndose a no sé qué tema ¡A nadie le importa que robotes sea robots! ¿Robotes? ¡Pues robotes!"

- ¡Cerveza, Kufisto! -dijo el macho- ¿No cierras, no?
- No. El finde no cierro.

Dos cervezas. Ellas todavía tenían tinto verano. Los hombres beben mientras escuchan. Las mujeres beben cuando tienen sed o hay algo que no les cuadra.

"¿Y por qué sin beber -me preguntaba yo- estoy tan cómodo hoy con esta gente que de ordinario me parece tan estúpida?"

Y entonces recordé que ayer estuvimos de papeleos. Notaría. Mi padre, nuestro padre, fallecido hace cinco años y pico, murió sin testar, como no podría esperarse de otra forma. Y mi tío, mi segundo padre, un hombre que ya está muy enfermo, se ha preocupado de arreglar papeles y tal para el asunto de la casa familiar. Y allí no vimos todos, los cinco hermanos. Pero una cosa que debería haber sido cosa de un momento, de una firma, se transformó en una larga espera, pues uno de mis hermanos tenía caducado el DNI, y a pesar de la cita de renovación era imposible hacerlo sin tener el regla el documento, por mucho certificado electrónico de una próxima renovación guardado en tu teléfono. Y la gestión que apenas era cosa de minutos se alargó hasta las tres horas, hasta cuando ya la notaria decía que tenía que irse a Madrid.

Tuve mucho tiempo para hablar afuera con mi hermano, el que vive en otro pueblo, con el que a fin de cuentas me crié. Una amistad enfermiza que duró mucho tiempo después de habernos pegado tres o cuatro veces al día hasta que tuvimos once o doce años. Recuerdo que un tarde, siendo chicos, tras habernos matados vivos en una de esas peleas que quedaban olvidadas a los diez minutos, alguien, creo que él, arrebatado por el furor, dijo "¡me cago en tu padre!" Y entonces, como uno que ve el límite, respondí que nuestro padre era el mismo y que era como cagarse en él.

Al salir de la notaría, en la calle, a petición, nos hizo varias fotos el de la gestoría, un tipo que tenía que estar allí con nosotros, uno del Opus.

- Nunca os he visto a los cinco juntos- había dicho casi riendo mientras, al fin, esperábamos que la notaria diera inicio a su obligada perorata. Reímos. Sí. Es muy raro. Es muy raro ya. Y desde hace mucho tiempo. Pero fue una cosa buena. Estaba en casa cuando recibí el wasap de mi hermano pequeño con la tirada de cinco fotos, mi tío entre nosotros con la mascarilla puesta en una de ellas.

- ¡Pero quítate la mascarilla! -dijo alguno

Y se la quitó.


- Dos cervezas más, Kufisto. Y a estas que les den, que no hacen más que hablar -dijo el macho.


"¡Qué bien se lo pasan! -pensé- Un suspiro y tendrán sesenta años y siguen hablando, bebiendo y riendo"


Y de pronto me cayeron bien.





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