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jueves, 7 de julio de 2022

SALVADO POR EL MAL

 Hans Castorp deliraba perdido en la tormenta blanca de la montaña mágica. Soñó con la rocosa playa de un cálido mar rodeado de innumerables islas; aquí y allá, donde quiera que fijara la vista desde la atalaya en la que estaba sentado, veía sonriente juventud de bellos cuerpos. Una madre amamantaba a su hijito que, torpe y ciego todavía, todo olfato, tenía que ser ayudado para encontrar el manantial de la rica leche. De pronto ve a un hermoso joven que le mira sonriendo un poco más abajo. Y de golpe, mirando por encima de Hans, cambia la expresión y una mueca de terror se dibuja en su rostro. 

Las tres de la tarde de un día de julio en La Mancha, hora de ir recogiendo en el bar. Una pausa. Un intermedio. Tres horas más, tres y media, y el bar volvería a estar abierto, pero esta vez con otros tras la barra.

Cuando a eso de las diez regresé a casa tras acabar la primera parte de mi turno no lo dudé y me metí en la cama. Tenía tres horas por delante y la comida hecha; pero dormir, el sueño, es otra de esas cosas que uno no puede controlar. Media hora más tarde estaba comiendo más por atraer al sueño que por hambre. Y sí; poco, me costó mucho, pero algo dormí antes de volver al bar.

Otro mediodía. Uno más. A cuentagotas fueron llegando algunos clientes habituales. A eso de la dos menos cuarto entró una cuadrilla de cuatro tíos, cuatro pijos, conocía a uno de ellos, el marido de una mujer con la que anoche, sin motivo alguno, fantaseé hasta caer rendido entre el calor y el ruido de los ventiladores.

Maestros, creo; ella lo es, desde luego. Es más, el fin de semana pasado, me dijeron que está de directora en el colegio privado donde yo estudié. ¡Mira! ¡Ahí está! Del sábado a hoy que es jueves y la mente te lo reserva hasta anoche; y al día siguiente, sin motivo alguno, aparece su marido.

Cerveza. Mucha educación. Demasiada. Pijos. Pijos. Estuviste entre ellos una buena puerta de tu infancia, tronco.

Eran las tres y cuarto de la tarde y aparte de ellos sólo quedaba el abogado de mangantes, uno de mis habituales. Al rato llegó uno de sus clientes, un rumano, un mostrenco tatuado.

Bien. Tres y media como mucho. Luego a casa y a escribir lo de Castorp.

Pero vino uno de mis hermanos, uno que curra en un trabajo duro. Yo ya tenía las persianas bajadas, el televisor apagado y todo lo demás, aparte que me había echado un par de cervezas y eso siempre ayuda.

Hablamos. No es fácil. Hablamos bien, como hermanos que todavía y en lo profundo se quieren a estas alturas de la montaña. Mañana tenemos una cosa familiar por hacer, algo incómodo, y bueno...

Poco antes de la llegada de mi hermano, ya cerca de las cuatro, con casi todas las persianas bajadas menos la de los pijos, había entrado al bar un cliente, uno reciente, un tipo lleno de problemas, uno a los que sin ninguna duda le ha jodido mucho que cerremos a esa hora, a la suya. Preguntó si podía beberse una copa y le dije que sí mientras comentábamos chascarrillos que pocos pueden entender. Para mi sorpresa, se retiró hacia el ventanal, un poco más allá de los pijos a quienes ya había advertido que era la última ronda.

El marido de la mujer con la que ayer fantaseé volvió; ese que media hora antes, entre prudentes imprecaciones de sus amigos, se había ido a "preparar la comida", regresó.

- ¿Ya no hay tiempo para copas, Kufisto? -preguntó tras saludar efusivamente a mi hermano, compañero suyo de estudios.
- No. tío...Tengo que comer -respondí dudando un instante.

Pero era mentira. Ya había comido casi seis horas antes. Comer para dormir un rato antes que llegue el mediodía.  


Hans Castorp giró la cabeza y vio que tras él se elevaba un inmenso palacio lleno de columnas. Se levantó y subió dejando atrás al joven de bello rostro. Grandes espacios vacíos, tenebrosos, iban sucediéndose apoyados en inmensas columnas que no alcanzaban la vista. Oyó ruido y se acercó a él. 

Dos viejas, dos brujas de pechos caídos hasta el estómago, estaban devorando vivo a un niño. 


Y entonces Hans, helado, congelado, aterrorizado, despertado del mortal delirio gracias a la definitiva visión del mal, vio que la tormenta blanca de la montaña mágica empezaba a ceder entre lejanos claros del cielo y encontró el camino de vuelta a casa.


A casa. A dormir.


Y a luchar cuando venga el último sueño.




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