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miércoles, 16 de febrero de 2022

Y LUEGO ANDA SOBRE MI ALMOHADA DESPUÉS DE CAGAR

Va lista si espera que le abra la puerta; por su culpa he pillado una leve infección en los ojos. Dos amaneceres con las pestañas pegadas con legañas. Hoy no. Todavía tenía un poco de aquel potingue que compré la última vez, ya a punto de caducar; pero ha hecho su efecto. Esta mañana, por precaución, me lo he aplicado por última vez. Y mis ojos como que lo rechazaban: "Ya estamos buenos, Kufisto. No nos eches más gotas de esa cosa" El cuerpo. Hay que escuchar al cuerpo. Y al alma también, pero después.

Una indecible pesadez de espíritu se apoderó de todo mi ser mientras miraba pasar coches, furgonetas, motos y camiones tras el ventanal del bar. No veía más que estupidez. Idiotas al volante. Fanáticos de un equipo de fútbol, de un partido político, de Instagram, de Facebook y de la madre que los parió a todos. Salí a fumar y justo en ese instante pasaron dos niñatas hablando mientras miraban sus respectivos móviles; sus pies calzaban unos calcetines ni siquiera tobilleros. "¿Pero como puede ser esto? -pensé- ¿tan imbécil es la gente?"

Tiré el pito y pasé para adentro. Otra vez en el ventanal llegué a pensar si no estaba incubando un resfriado. Pero no, no tenía ninguno de los síntomas. Era, era...hambre. Tenía hambre. Sí, tenía hambre. Hoy había comido demasiado pronto y no tanto: era mi día de descanso en la rutina de gimnasia y saco. Incluso había tenido tiempo más que suficiente para echarme en la cama y dormir hasta casi sonar la alarma del despertador avisando que debía regresar al bar.

Saqué una buena rebanada de pan del congelador y la metí en el tostador. En esas llegó Gonzalo.

Hacía más de una semana que no lo veía. Era raro. Recuerdo haber pensado si no lo habrían ingresado en el psiquiátrico. Pasó aún más cojo que de costumbre, pero tranquilo, legalmente drogado. Con todo, le puse el café descafeinado.

Enseguida empezó a hablar de sus cosas en tono monocorde y mi hambre aumentó. Fui al frigo y le eché mano al queso, al jamón y al tomate. Miré el tostador. Salí a la barra por un tercio. Gonzalo seguía hablando y removiendo la sacarina. Eché un trago. El pan ya estaba tostado. Quemándome los dedos lo partí y le unté una buena cantidad de tomate y un generoso chorreón de aceite de oliva; luego el queso, jamón, más queso y más jamón. Salí afuera y me senté en el taburete, junto al zigurat de los servilleteros que nos separaban. 

- Joder qué hambre -dije. Y le di el primer mordisco.

Gonzalo sonrió y recordó algo que esta mañana le había dicho una muy querida viejecilla a la que hacía tiempo no veía, algo tan evidente como que está traspasado y que debería comer más, mucho más. Yo le escuchaba, sí, pero a cada bocado sentía renacer en mi la vitalidad de tal manera que lo devoré en menos que canta un gallo. De postre agarré de la vitrina una delicatessen de chocolate con frutos secos que resultó deliciosa. 

- ¡Oh Dios, me cago en la puta! -exclamé.
- Te ha sentado bien -dijo él.
- Joder...Dios mío.

Eran casi las cuatro de la tarde y mi turno estaba llegando a su final cuando Paco el ciego pasó para adentro.

- Ahí donde estás, Paco.
- Vale.

Manzanilla y cocacola light, aunque hace años que se la pongo zero.

- ¿Qué tal, Kufisto?
- De puta madre, Paco.

Mi hermano llegó y alegremente me despedí de todos. Hoy no me crucé al salir con las chicas de la clínica de abajo, esas que todas las mañanas vienen a desayunar y a la tarde por el café.

Esta mañana, eran las ocho y cuarto, vino una de ellas, la mejor, una chica majísima, vitalista, guapa. La cosa estaba controlada y después de servirle el desayuno en el ventanal agarré mi té y salí de la barra para hablar con ella. 

Hablar con alguien es hablar de ti mismo. Está demostrado: decir "A mi me gusta esto" no significa que el otro vaya a preguntarte el por qué, sino que su respuesta será "A mi me gusta esto" Y así, entre amimegustaestos pasa la vida.

Pero esta chica piensa. Hoy me he enterado que la crió su abuelo. Se quedó huérfana muy pronto, algo que ya sabía, y se ve que tras la muerte del abuelo tuvo que ir a la familia de adopción de la que por otra parte se siente muy orgullosa. No sé como llegamos al tema de la comida y me dijo que había tenido un problema con ella y que ahí donde la veía había perdido treinta kilos a fuerza de voluntad. 

- Yo, Kufisto, tiendo a la obesidad. Y tengo que tener un control muy grande con lo que como.

Y todo esto, como cuando me habla de su novio o de cualquier otra cosa, con esa rara sinceridad propia de aquellos que pronto, muy pronto, cayeron en la cuenta de que los Reyes Magos no existían.

Es una chica que te mira con fijeza, sin parpadear pero tampoco con dureza, pronta a soltar la carcajada, una carcajada contagiosa, una serena carcajada mañanera, una carcajada bien dormida.

- ¡Qué mal he dormido hoy, Kufisto! -dijo después de secarse las lágrimas de la risa que le di tras contarle mis atracones de azúcar cuando yo era chico.
- Pues no se te nota. Estás estupenda. Tienes una cara descansada, limpia, no como yo y mis perpetuas ojeras, por cierto heredadas de mi puto abuelo.

Volvió a reír, aunque de otra manera.

- Ya...
- Sí...

- ¿Sabes? -le dije- En el juego que es la vida no hay otra cosa que conocerse a uno mismo. Ese es el objetivo, o al menos eso es lo que ahora pienso. Hay muchos que piensan distinto. Creen que la prueba de la vida no es más que una promesa de cielo o infierno; otros dicen que después de esto no hay nada y sin embargo se sofocan. Toda mi vida no he hecho más que el gilipollas: me he hecho daño, he hecho daño...Y todo por no ser como según los otros debería haber sido. Ahora me la suda. Me ha costado mucho pero ahora que no soy joven como tú me da igual. Podría ser tu padre y sin embargo es como estuviera naciendo. No desesperes. No te obligues a nada.


La gata dormita sobre la manta del sillón de atrás, ese en el que me siento cuando quiero ver algo en el ordenador. Pronto cumplirá cinco años de vida y cuatro y tres cuartos de cuando, toda blanca como la nieve y con los ojos azules, la recogí aterrorizada de la calle en la palma de mi pequeña mano.

Una vez se escapó por la ventana de mi habitación que siempre dejaba abierta y no supo volver. De seguro que lo había hecho antes, pero no me había dado cuenta del cercano tejado. Pero se ve que esa vez la liaron de tal manera que bajó del edificio y no supo volver. Sólo tres semanas después, ya dándola por muerta y en un increíble golpe de suerte, la recuperé toda aterrorizada. 


Pero con todo y con eso, todos los días, sigue ahí, esperando que abra la puerta de mi habitación donde cuelga el saco que reviento a puñetazos cinco días a la semana.

La trampa es pequeña pero suficiente: bajo la persiana de la ventana hasta que no quedan más que sus ojos entornados. Y entonces, apoyada sobre el radiador y en un salto increíble, sube hasta el quicio y maúlla por la peligrosa libertad que ha olvidado


Y luego anda sobre mi almohada después de cagar.


Hija de puta.


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