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miércoles, 9 de febrero de 2022

SEÑALES

 Kamel vio que el bar estaba vacío y se quedó conmigo en la barra. Bebió de un trago el chupito de J/B y echó un traguito de la caña de cerveza. Pagó aquel dejando propina y le apunté esta a cuenta. Parecía un tanto borracho. Está alcoholizado. Hoy como ayer le he visto llegar sin su desastrada bicicleta. Quizá se la han robado. No pregunté. Enseguida, en un español poco inteligible, empezó su perorata en tales circunstancias; el típico soliloquio de quien nadie escucha. Habló de su hijita, ingresada en el hospital desde ayer; de la malmetedora suegra que había pasado la noche con ella; de la joven ex a la que pasa algo de dinero cuando puede y de una amiga, "bueno, algo más", que motiva algunas discusiones monetarias. "La mujer es la hermana del diablo" Esto le dio pie para pasar a otra de sus frases lapidarias, "todos somos hijos de Dios", y de ahí a sus problemas con los curas de las iglesias donde se pone a pedir; no todos, "hay alguno bueno", aunque sólo recordó la discusión que tuvo con uno de los malos al ver como le negaba una ayuda; el cura se puso nervioso y llamó a la policía que no tardó en presentarse con dos coches. La cosa no pasó a mayores, los polis le conocen, eran de los buenos e incluso le habían dado algo de dinero de sus propios bolsillos además del consejo de que pasara por el ayuntamiento para tramitar algún tipo de ayuda. Kamil les hizo caso y una mañana fue a pedir cita con la alcaldesa. La funcionaria no tardó en pulsar el botón que comunica con las oficinas de la adyacente policía local y al momento se personaron "tres gorilas" muy mal encarados. Kamil protestó y uno de ellos lo tiró al suelo y le pisó la cabeza. 

- Yo soy el más pobre del mundo, Kufisto -decía masticando como podía la pulga de salchichón con los cuatro dientes que le quedan- Yo no tengo nada...Pero cuando muramos pesarán los ángeles que tenemos sobre los hombros: en el izquierdo el malo y en el derecho el bueno -y gesticulaba con los pesos de ambos sin compasión- Yo estuve en la cárcel, ¿te lo dije?...Ah sí, vale...Yo estuve en la cárcel, en Herrera...Falsificación de pasaportes...En el 94...Pero...¡todos somos hermanos! ¡Todos! ¿Por qué esto? Tanto tienes, tanto vales...¡Yo respeto a todo el mundo! ¡Hay que respetar, Kufisto, hay que respetar a la gente! ¡Si yo no puedo pagar a la madre, si no tengo nada! ¡Cuando tengo le doy!...¿Estamos solos? -se había dado cuenta de que estaba alzando la voz- Bueno...Yo voy por ahí, cogiendo chatarra...El otro día me amenazó su padre, un búlgaro, uno de por ahí...¡Pero si no tengo qué voy a darle! Jesucristo vino aquí, ¡aquí!, a este mundo y dijo que todos éramos hermanos. ¡Todos! ¡Todos hermanos!

Un cliente entró y Kamil calló y se fue. Había dejado la caña casi intacta. 

Salí a fumar. Hablé del tiempo con el cliente, un divorciado con una hija adolescente, un buen tipo devorado por el trabajo y lo que se le viene encima. Coincidimos en que hacía frío en la sombra y bien en el sol. Estábamos en la sombra. Pasé para adentro.

Entró uno por primera vez desde hace diez días, desde aquel follón dominical provocado por su desquiciada mujer que había sido resuelto con su injustificado paso por el calabozo. Kamil, por cierto y según me contaron, estaba presente y valientemente se puso de de su lado afirmando que lo había visto todo y no había habido nada de lo que esa loca gritaba; le apartaron de un empujón y le mandaron callar.

Nos saludamos y pidió café y chupito, lo de siempre. Pero lo hizo con una cara que no se la vi ni cuando tenía que regresar a la cárcel tras un permiso de fin de semana por aquel viejo asunto de drogas que al final, ya casi olvidado, se había cobrado la deuda. Entonces su hija apenas era un bebé; ahora está a punto de hacer la comunión, se da cuenta de todo y lo quiere a él mucho más que a su madre.

No hablamos ni del tiempo. Lo conozco desde hace veinte años. Se fue antes que el silencio se hiciera demasiado insoportable.

Bajó la mujer por segunda vez. Esta mañana, a primera hora, todavía con las luces del bar a medio encender, había hecho la primera visita después de todo aquello. Tabaco, como siempre a esas horas. Cambio para el tabaco y una tímida queja por el frío del amanecer. Tabaco también ahora, ya a punto de terminar mi turno. La vi tan deformada, tan dejada en apenas diez días, que casi me asusté. 

Otra vez sentado en un taburete frente al ventanal del vacío bar vi llegar a mi amiga en su furgoneta familiar. Me fui para la barra.

Había estado de cañas con las amigas, dijo. Un día de relax. No había podido venir a verme esta mañana. No iba borracha pero tampoco serena. Pidió un tercio. Riendo me enseñó algunas fotos de sus hijas pequeñas jugando a ser mayores. Son adorables. "With or without you" sonaba por los altavoces mientras iba enseñándome fotos y más fotos, vídeos y más vídeos, incluso de su hermano mayor, un hombre de brutal aspecto a quien sin embargo le encontré un cierto parecido con ella. Mi hermano pequeño llegó para relevarme.

- ¿Te vas, Kufisto?
- Sí, tengo que hacer cosas
- ¿Qué cosas?
- Cosas de casa...La cesta de la compra, poner una lavadora, limpiar un poco el aseo, la habitación...ya sabes.
- Sí, ya sé
- Bueno, nos vemos
- Me quedo con tu hermano
- Vale. No es mala quedada
- Sí, pero yo había venido para quedarme contigo


Encontré a la gata tomando el sol en el brazo del abandonado sillón de lectura que está pegado al ventanal del piso. Pasé al dormitorio y solté una buena meada en el desastrado water. Olía como el de mi abuelo cuando yo era niño.


Apagué el teléfono, bajé a comprar algo de comida para mañana antes que fuese demasiado tarde y no hice nada de todo lo demás.

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