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jueves, 4 de noviembre de 2021

4 DE NOVIEMBRE

 Hoy hace veintitrés años que el abuelo se murió. Estaba cerca de cumplir ochenta y un años. Lo hizo al amanecer, en el hospital donde pasó las últimas dos semanas de su vida. La úlcera de estómago que padeció desde la Guerra Civil acabó derivando en un cáncer de estómago, aunque esto nosotros, los chicos, sus nietos, sólo lo supimos tiempo después. Esa palabra, como tantas otras, estaban vedadas en nuestra familia para según quien. "De lo malo no se habla" Nunca oí está frase en boca de ningún familiar pero se sobreentendía. La abuela, tan diferente al abuelo y tan parecida a mi padre, siempre tenía una salida llegado el caso. Tuvo una infancia tan pobre y desgraciada que cuando pudo escapar de las manos de su padre se acabaron todas las penas. "¡Alegría!" decía riendo. Yo a mi abuelo sólo le vi reír y bailar cuando Señor marcó el último gol frente a Malta.

La familia siempre ha dicho que me parezco a él, tanto en el rostro como en el alma. Esto nunca me gustó. Yo quería parecerme a mi padre. Pero me miro en el espejo y veo más a mi abuelo; detrás del espejo ya no lo sé. ¿Quien conoce a su abuelo, a ese hombre que ya era viejo cuando tú naciste? Para su nieto el abuelo nunca será otra cosa que un abuelo.

Jamás hablamos de nada. Tan sólo en la adolescencia, ya alejados del barrio, un domingo de esos que mi hermano y yo íbamos a por la pasta, nos dijo que deberíamos conocer más gente, que siempre andábamos juntos y eso no era bueno. Y era verdad, éramos uña y carne, siempre estábamos juntos, no solos, teníamos amigos, pero donde iba uno iba el otro. Es curioso como él, el hombre de proverbial seriedad, nos incitaba a abrir el círculo de nuestras vidas cuando por el otro lado, por todo el otro lado tan alegre y al mismo tiempo tan cerrado sobre ellos mismos, nos animaban a cuidar el uno del otro. Y ello no tanto por una sentimiento de estar por encima del resto (que creo que también, sobretodo por la rama femenina) sino por un indecible temor a la separación, a la pérdida, a la disolución. Era como si todo contacto con lo extraño, aunque fuese tu vecino, conllevara una amenaza, una espina en esa redondísima burbuja en la que se desarrollaban sus vidas. Y no por falta de sociabilidad, al contrario, todos estaban de cara al público, tanto en el bar, como en la tienda, como en el banco, pero fuera de ahí no había nada más que la familia y las dos o tres parejas amigas desde la juventud.

Vi poco al abuelo en los últimos años de su vida. Yo ya había dejado de estudiar, me emborrachaba, andaba con las tías, me drogaba, mi hermano vivía su vida, trabajábamos en el bar...todo eso. A veces lo acompañaba a comprar la fruta en un mayorista que estaba en la carretera. Hablábamos poco y cada dos por tres nos parábamos a saludar a algún viejo que se acercaba para saludar, algunos con lágrimas en los ojos, algo increíble. Mi abuelo sonreía, decía algo y seguíamos andando. Luego llegábamos a la nave, una cosa enorme, y sin decir nada enseguida se nos acercaba el encargado para ofrecernos mejor material. Yo no podía entender como un hombre que por su enfermedad se había retirado de la circulación a los cincuenta años hasta coger fama de ermitaño podía seguir teniendo veinte después tanta mano a la hora de coger cuatro peras, dos pimientos, tres manzanas y cinco mandarinas.

Cuando cayó tan malo en el hospital iba a verlo todos los días. La abuela estaba siempre con él. Se llevaban apenas cuatro días. Pasaron toda la vida juntos.

La última tarde que le vi, el día antes de su muerte, estaba sentado en el sillón. Tenía los ojos vidriosos, muy oscuros, la tez muy pálida. Me senté sobre su cama y vi a la abuela esforzarse por no llorar. 

- ¿Qué tal, abuelo? -
- Bien, bien...¿Como estás tú, Kufistín? -
- Bien. Me voy para el bar ahora -
- Eso está bien. ¿Qué tal va el bar? -
- Bien, abuelo, bien...-
- Bien...-

Nos quedamos en silencio. La abuela se llevó el pañuelito a los ojos. Hablé al abuelo. Estaba un poco despistado. Me preguntó otra vez por el bar. Le dije lo mismo. Vi como desvió la mirada hacia el cuello de mi camisa blanca.

- Está manchado -dijo-
- ¿El qué? -respondí-
- El cuello de tu camisa- y alargó la temblorosa mano hasta tocarlo-

Miré y no vi ninguna mancha. La abuela se sonó la nariz.

- Ahora me cambio, abuelo -
- Bien, bien...Kufisto-
- ¿Qué, abuelo? -
- No discutas nunca con nadie -
- Claro, abuelo -
- Dame un beso, Kufistín -

 
Estábamos abriendo el bar cuando mi padre cogió el móvil.

- Me voy para el hospital, Kufisto -me dijo- El abuelo ha muerto. Cierra tú con Manolo-

Y cerramos el bar y vi a Manolo llorar como un chico, como el chico que fue cuando su padre, treinta y cinco años atrás, se lo llevó a mi abuelo para ver si podía hacer algo con él.

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