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sábado, 15 de febrero de 2020

TRES CERVEZAS

¿No es mejor caer en las manos de un asesino antes que en las de una mujer lasciva? (Así habló Zaratustra)


La tarde es estupenda para ser una de febrero. Veinte grados marcan todos los termómetros, o casi. Los días ya son más largos a ojos vista, también cuando dan inicio, siempre más perezosos. Ahora me levanto y veo claridad. Todavía pongo las luces del coche cuando voy hacia el bar, pero ya va siendo una cosa de la que podría prescindir. Es más por la costumbre y a quienes encuentras durante el trayecto.

El invierno ha sido largo. La oscuridad que trae noviembre se hace cada vez más pesada, más dura, más difícil de aguantar. Las semanas caen como losas en el ánimo. Y a veces llegan hasta el alma, que destrozan.

La Navidad dejó de tener sentido hace mucho tiempo. No lo hay para nada de todo aquello. Un correr e ir de un lado a otro como a empujones en un sueño; un no saber los motivos que te han llevado hasta allí, hasta aquello por lo que guardas desordenada fila entre la marabunta como uno que ha dejado de desear lo que fuera que hubiese tras las puertas guardadas por enormes y hoscos porteros.

En la primera mañana del año salí a andar por donde siempre paso. Un árbol que parecía tan muerto como todos los demás me esperaba. Los últimos tres años le había hecho una fotografía contra la espesa niebla que casi ocultaba el cementerio que queda detrás. Empecé a hacerlo un día de año nuevo en el que mis losas eran tantas que amenazaban con asfixiarme. Luego, al siguiente, lo recordé. Y volví a fotografiarlo. Y también el año que vino después. Este no, ya no estaba. Volví sobre mis pasos y seguí hacia adelante pero no lo llegaba a ver. Hasta que me di cuenta de que ese sólo tocón era el de mi árbol por el que todos los días paso.

Poco a poco las tardes se han ido transformando en tales para mi. El sol va levantando el vuelo y volvemos a vernos bien en las afueras del pueblo. Él cayendo hacia su ocaso cuando yo empiezo a despertar, pero nos vemos. Luego me empuja con sus últimos rayos de luz en el regreso a casa.

Era una tarde estupenda, una tarde para andar por las afueras del pueblo con mis pensamientos. Las afueras del pueblo caminando bajo el sol que se va son muy hermosas porque no hay nada más.

Pero no ha podido ser. He tenido que beber para soportar su descarado acoso. Quizá sea culpa mía por haberla tratado demasiado bien en estos sus malos tiempos. Con la segunda cerveza empecé a soltarme ante su descaro, lo peor que hay en una mujer. La tercera cayó ya fuera de la barra, fuera de servicio, con ella tocándome el culo en la puerta delante de sus hijos pequeños.


Antes de beber la primera cerveza había mirado la última vez que escribí una historia. Hubiera jurado que habían pasado tres días.


Y sólo han sido dos.



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