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sábado, 8 de febrero de 2020

MAN ON THE MOON

De pronto vi que también había un viejo tras el ventanal del bar; y además cerca, justo al otro lado, mirando arriba y abajo con las manos en la espalda. Apenas le separaban un par de metros del paso de cebra pero no se decidía a entrar en él. Otros viejos, desconfiados, hacen signos y mueven los brazos para que sigan circulando aquellos coches que quieren cederles el paso; pero este no, este guardaba una distancia tan prudencial que nadie podía saber su intención y esperaba. Al final cruzó la calzada hasta la mediana y allí volvió a esperar otra vez como antes, tan lejos y tan cerca, como si no estuviera allí donde estaba. Alguno de los pocos coches circulantes hacían como un intento de cederle el paso y él se daba la vuelta mirando hacia el bar con las manos aferradas a la espalda. El coche seguía adelante y entonces él volvía a mirar, más cerca del paso que había dejado atrás que del que tenía que caminar. Echó a andar, llegó a la otra acera y volvió a darse la vuelta como para ver de donde había venido. Allí, en zona segura, se quedó un rato como dudando, como pensando en volver sobre sus pasos. Pero no, siguió hasta el siguiente paso, uno secundario, del que apenas le separaban veinte metros y vi como lo cruzaba con mejor disposición. Allí, por contra, caminó mirando con cuidado el suelo declinado que da acceso a unas cocheras. Y tan centrado iba en ello que el siguiente paso, uno muy corto, lo hizo como uno que tiene derecho a él. Él mismo se sorprendió, o eso me imaginé, pues al llegar a esa esquinita volvió a mirar hacia atrás con algo que me pareció desazón en sus manos ahora desatadas, como quien se da cuenta de que acaba de hacer algo que no debería de haber hecho. Miró en todas direcciones. Otro paso de cebra, uno de los grandes, estaba a unos pasos de él; un poco más arriba, en el otro sentido, sin duda había otro; tan sólo hacia adelante parecía no haber ninguno. Y hacía allí marchó otra vez con las manos atadas en la espalda.

Era el mediodía de un suave sábado invernal. El sol va recuperando la salud a nuestros ojos y nosotros con él. Un leve manto de nubes, como de primavera, hacía palidecer la escena a modo de gasa en la cámara para una vieja estrella. Todavía es demasiado pronto, o demasiado tarde, quien lo sabe. Llegó mi tío y riéndose preguntó si no le había visto pasar delante del ventanal. Pasé adentro y le puse un café.

Las cañas salieron más que bien e hicimos una buena caja. Hubo de todo: gente con dinero, de derechas y todavía riente, pero ya temerosa por la cercanía de las puertas de la vejez y una parejita de críos con un billete de cinco euros que el chico no dejó caer en la barra hasta que se lo cogí; también un par de golfillos respetuosos con la leyenda del bar y una pequeña familia de circunspectos y educadísimos rojos sentados; tuve gente del lejano y silente pasado que hoy casi se enervaron al contarme una noticia pueblerina de la que han sido testigos y un par de viejas amigas, medio locas las dos por la menopausia, que cuando parecían estar a punto de llegar a las uñas se dieron de besos y abrazos en presencia de la maleducada hijita de una de ellas. También hubo ausencias, ausencias significativas, pero hoy no dio tan poco como para echarlas de menos.

REM tiene muy buenas canciones y yo las escuchaba y cantaba con mi amor cuando era joven, estúpido y enamorado. Hoy las tarareo entre dientes mientras limpio los restos.

Pronto, demasiado, llegó la hora de los cafés y sus copas. Era mi última hora en el bar y estaba claro que iba a comérmela entera. Un numeroso y en su mayoría conocido grupo de maridos sin mujeres entró como si casi todos las hubieran mandado a la mierda. Puse mi lista de techno y un gintonic que bebí en dos tragos mientras se aclaraban. Alguno ya iba triturando chicle como si fueran las cuatro de las madrugada. Otros, "curiosamente" todos los que no conocía, tenían caras como de salmón que baja la corriente. Era una reunión del viejo equipo de fútbol de veinte años atrás, de cuando eran chicos, estúpidos y estaban enamorados.

Atroné el bar con mi música. Hubo quien bailó mientras esperaba su copa de mis desatadas manos. Enseguida llegó más gente para lo mismo. Grandes grupos de gente desconocida, nunca vista por mi, vinieron hoy para darme su dinero a cambio de mi aturdimiento. Yo volaba de un lado a otro de la estrecha barra. Vasos, copas, hielos y pinzas del demonio deslizábanse entre mis manos como cartas marcadas en las de un mago. Gente a la que no le interesaría verme ni en pintura ni detrás de la barra estaban allí, al otro lado, para que esta vez les diera de beber. Gente a la que, igual hoy que ayer, lo mismo le daría que no despertara mañana estaban allí para beber de mis frenéticas manos. Gente que mañana no veré y que quizá nunca vuelva a ver vinieron hoy a mi, agitando brazos y manos, lanzando como rayos ansiosas miradas en cuellos casi a punto de escupir su nuez por otra puta copa, por una copa, por la primera copa...



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