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jueves, 19 de diciembre de 2019

KESZ AZ EGESZ

Hubo una leve interferencia casi al final del turno pero en general la mañana pasó tan plana como es de desear, si es que un deseo puede ser plano, cosa que cada día que pasa creo más.

Siempre que despierto y estoy atándome las botas pienso que pronto llegarán las cuatro de la tarde y podré volver a mi sitio. No es tristeza, ni depresión, ni resaca, ni nada de eso. Prefiero estar aquí, solo en casa con mis cosas, que ahí fuera entre la gente.

Y no es que aquí haga muchas cosas. Estas últimas tardes, por ejemplo, las he pasado entre leves intentos de escribir (no llegué a poner ni una letra en la blanca pantalla), pensar en leer algo y ver vídeos de Youtube o viejas películas jamás vistas que por una u otra razón raramente dejaba pasar más de media hora. Ayer lo intenté con una que en otro tiempo no tan lejano fue una de mis favoritas; pues bien, ya a los dos minutos tuve ganas de quitarla de lo falsa y ridícula que ahora me parecía. Incluso aquella larga secuencia sin palabras que tanto me subyugara iba desarrollándose ante mis ojos de manera tan forzada que precisamente ahí dejé de verla. No pensé mucho en ello. Ya me ha pasado muchas veces. El resto de la tarde la gasté viendo vídeos de un festival de música llamado Obscene Extreme en el que la gente, drogada, parecía pasárselo tan bien que te lo contagiaba. Las bandas eran horrorosas, sólo hacían ruido, pero el buen rollo era generalizado aún entre los seguratas que de cuando en cuando desalojaban el frontal del escenario de frenéticos fans (la mayoría disfrazados de cosas absurdas) que una y otra vez volvían a subir para seguir haciendo el subnormal delante de todos los demás. Yo sonreí bastantes veces, fumé algunos cigarrillos y acabé la copa que me había servido una hora antes al ponerme ante la blanca pantalla del ordenador.

La Navidad empezará esté fin de semana, como el año pasado. Desde la lotería hasta nochevieja. Como decía hoy un satisfecho, "es la tradición" Hubo años en los que diciembre era un mes casi completo para los bares, pero eso se acabó con la crisis. Ahora la gente aguanta hasta el 22. Aquí se prefiere salir a tope que hacerlo con miedo. Sí, La Mancha es un poco Obscene Extreme. Es tierra extrema, de obscena meteorología; de gente parada que cuando empieza no sabe como parar a no ser por causas de fuerza mayor. Pero de momento no hay ni rastro de Navidad más allá de las conversaciones sobre los diferentes preparativos, todos relacionados con la comida y la bebida.

Hablé con una clienta. Más bien la escuché. Le encanta hablar de ella misma. En verdad todo el mundo prefiere hablar de sí mismo. Basta decir algo tuyo para que el otro te diga aún más de lo mismo, pero suyo. Y entonces es una competición no declarada de haber quien cuenta más cosas de sí mismo, como si al oírte contar tus cosas estas cobraran una mayor importancia, una especie de paga extra, algo así como una dorada jubilación que a nadie que no seas tú le importa. Pero el eco de las palabras ajenas es tan débil como todas las canciones de bar y pronto todo se difumina en una especie de ruido blanco. Hasta la próxima historia. El tiempo se acaba y hay que hacer la comida o ir a por los chicos al colegio, o hablar nerviosa por teléfono con tu anciana madre en un aparte frente al ventanal del salón del bar. Hoy llevaba los pantalones de cuero y lucía un culazo estupendo, un culo de Navidad con Reyes Magos.

Cigalas, jamones, percebes y champán del bueno pasaban de voz a voz por el cielo del bar como nubes de finales de septiembre. Era como ver a Carpanta sin hambre y ninguna excusa delante del escaparate de un restaurante.

El chico del otro día vino hoy con su madre, una señora mayor que iba en una silla de ruedas motorizada. De unos treinta y pico años, pronto caes en la cuenta de su evidente desequilibrio mental que va esparciendo por donde pasa. Aquella mañana pidió un anís que no tenía y sin más (no hay bebedor de anís que beba otra marca que no sea la suya) se decidió por una copa de Bayleys. Apenas eran las ocho. Habló de su madre que estaba en el hospital. Habían pasado la madrugada en Urgencias y sólo entonces había podido salir de allí para tomar algo. Yo lo conocía de otras veces, de alguna rara mañana de fin de semana en compañía de un par de amigos, todo pasados de drogas y alcohol. Un poco de mano izquierda más la amistad que en otro tiempo le uniera con uno de mis hermanos conseguían que aquello acabara pronto y sin problemas. Era él quien pagaba (es hijo de familia adinerada) y lo hacía con billetes que parecían higos de lo espachurrados que estaban; ya no con forma de rulos sino como servilletas de papel.

Sin preguntar nada personal les puse de comer allí mismo, en la barra. Ni intenté decirle que tomaran asiento en una de las mesas. Vi como apalancaba a la madre y fue suficiente señal. Esta tenía la voz débil y una mirada de total resignación. Ella se decidió por las alcachofas con jamón y él por las albóndigas.

Eran las tres y pico de la tarde y empecé a recoger y salí a barrer (la madre casi me atropelló en un movimiento extrañísimo) y a colocarlo todo para el ya próximo turno de mi hermano, precisamente el que este conocía y de quien había sido amigo. Por él me preguntó y de esta forma, no sé como, llegó a hablarme de otro pintas al que desde hace algún tiempo le ha dado a venir por aquí, uno que de unas semanas a esta parte parece estar en estado de tensión permanente aún dentro de su evidente impostada educación, como no podría ser de otra forma en un bar como el nuestro.

- Se ha pulido un piso de Madrid en dos años -me contó- Hace unas semanas se pegó un hostión con el coche. Siniestro total pero a él no le pasó nada.

Y entre risas, casi carcajadas, me relató la odisea del traslado de los restos del vehículo, pues fue a él a quien llamó.

Pagó con un billete que parecía llevar dentro otro poema fallido y se fueron.


La tarde estaba gris total cuando lo hice yo. Una lluvia fina, fría, sueca, como de peli de Bergman, me acompañó hasta el coche. Hace dos tardes empecé a ver una húngara de los años ochenta y todo el rato que no estaban bajo techo era llover a cantaros. Una vieja bastante follable, una que hacía de encargada del guardarropa del club, le recitaba al protagonista un largo pasaje del Antiguo Testamento protegida por un ridículo paraguas bajo un diluvio. El otro, de espaldas a la cámara de caracol (sello de la monumental obra según las calificaciones que había visto), parecía oírla como quien oye a una vieja bajo un monumental diluvio mientras espera que el coche peligroso vuelva a entrar en la circulación dejando vía libre para el culo que él desea con todo lo que le queda de alma.










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