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jueves, 21 de noviembre de 2019

MI CASA

El chico en el televisor aparecía como una enorme masa amorfa desparramada sobre la cama. Sólo la cabeza daba fe de que aquello era un ser humano. El resto del cuerpo era prácticamente indistinguible de no haber movimiento por medio. Salí de la barra y fui al salón para verlo de cerca.

Era mediodía y apenas tenía cinco clientes en el bar. El de la barra, un jubilado, estaba leyendo el periódico en su sitio de siempre. Llega, coge el País del revistero, serio da los buenos días e invariablemente toma su asiento. A veces, pocas, está ocupado y esto le causa no poca molestia; entonces se coloca lo más cerca posible y en cuanto ve que queda libre se lanza a él, algo que choca ante su parsimonia. Pide un café y un vaso de agua que dejará casi entero, paga, y una hora y pico después se levanta, va al water, mea, se despide y se va. A veces habla a la española de política o de fútbol con otro jubilado algo menos habitual, uno que no cogería el País ni con guantes químicos pero que es del mismo equipo de fútbol, el Madrid, a quien no se cansan de criticar. No hay día que los vea juntos y no tema que acaben a pescozones, pero esto todavía no ha pasado. Resulta imposible no oírlos cuando hablan de política y es como oír la versión hablada de dos periódicos aparentemente opuestos. Ambos abominan de los radicalismos cocidos a la vera de sus respectivos bandos pero no por ello han perdido la vehemencia para con el contrario, aunque la debilidad de la vejez (y no otra cosa) atenúen las consecuencias derivadas en forma de leves auto-críticas hacia sus respectivos con las que suelen acabar la conversación, por llamarla de alguna manera. Y a fin de cuentas ya les va quedando muy poca gente con la que hablar de algo, camarero incluido.

Le di voz a las imágenes. El programa estaba en sus inicios y pude escuchar como el chico de la tele contaba la historia que lo había llevado hasta allí. Un amigo había abusado sexualmente de él a los nueve años y ante sus amenazas de muerte había optado por comer. Los padres estaban muy ocupados y no se dieron cuenta del progresivo aumento de peso. El padre sufrió un infarto y regresó a casa aún más cabreado que de costumbre. Poco después se separaron y él se quedó con la madre y los hermanos, uno de los cuales moriría a los 19 años de un infarto, cosa que le destrozó pues era su hermano mayor. Para cuando alcanzó esa misma edad ya pesaba más de doscientos kilos. Algunas fotos atestiguaban la progresión. Y entre ellas se veía la de una mujer que no era su madre y resultó ser su novia. La historia del chico acababa a los 41 años que tenía en ese momento.

Apenas pude creerlo. Yo jamás le hubiera echado más de treinta. Aquella era la cara de un gordo, sí, la cara de un obeso mórbido, pero ni de cachondeo aparentaba tal edad. Contó la historia con su novia, una mujer de carnes que conoció en la Universidad y había permanecido a su lado desde entonces. Era una chica normal, del montón más grande, bien gorda pero no obesa ni mucho menos mórbida. Empezó a trabajar y al final su madre le arregló los papeles ante la incapacidad manifiesta. Luego la cama y comer hasta casi los 400 kilos. Pero la novia seguía con él.

Pasaron algunas escenas de una comida típica. Salía él, la madre y la novia. Sí, comía como un cabrón pero tampoco me pareció tanto. Claro que a lo mejor esa era una de las diez que hacía al cabo del día.

- Qué lástima de hombre -dijo uno de los dos jubilados que estaban sentados en una de las mesas. Estos son recientes. De hecho uno de ellos se prejubiló porque su mujer estaba enferma de cáncer y quería estar con ella. Murió hará un año. Su amigo y compañero, el hablante, está pendiente de él y lo saca a andar por ahí y a beber unos vinos. Lo vi el otro día andando tan solo como yo y mi alegre y animoso saludo al paso no encontró más que la educada devolución envuelta en papel de estraza-

Alguien pasó y volví a la barra. Activé los subtítulos pero me cuesta leerlos a esa distancia. Tampoco era cuestión de quitar a los Brian Jonestown Massacre para oír ese drama. Con todo, el chico de la tele ya andaba en manos del buen doctor y lo siguiente era bastante previsible: dieta, operación, dieta, casamiento y gracias por todo.

El goteo de clientes se cerró muy pronto pero ya no era cosa de abandonar la barra del bar. Con el jubilado rojo dentro del bar he llegado algún domingo a ir a comprar al chino, dejándolo al cargo y aviso, y alguna cosa más menos confesable. Pero no por ello perdí el interés en el televisor. Sabía el nombre del programa, el nombre del protagonista del episodio y tenía Google a mi disposición. Tecleé las claves y se había muerto durante el proceso.

Salí de la barra a recoger la mesa alta, la de los otros dos de los cinco que había en un principio.

- Este se muere -les dije a los jubilados que ya estaban a lo suyo después del anterior vistazo- Lo acabo de ver en Internet-
- ¡No jodas! -volvió a hablar el hablador- Qué lástima de hombre -Y por un ratito volvieron a mirar el televisor-

En la clínica del doctor, con el chico, sólo estaba la novia. Entre café y café y alguna que otra cerveza vi como las cosas empezaban a sucederse tal y como Internet me había dicho: la bajada de peso por poca dieta que pongas, el buen ánimo, los nervios previos a la vital operación, la declaración de amor eterno del chico a su novia la noche antes de la misma, las emocionadas lágrimas, la promesa de casarse en Dysney World, ella vestida de princesa, para crear una familia...

Y contra mi pronóstico salió de la operación. Le habían quitado 18 kilos de grasa de una de las bolsas colganderas que llevaba atadas a las caderas. Las dos al mismo tiempo, dijo el doctor, hubieran sido imposibles. Con todo y con eso se las vieron y desearon para no dejarlo muerto allí mismo a causa de la anestesia, temible en los casos de obesidad mórbida. Y después pasó que el chico era adicto a los analgésicos desde hacía años y no pudo soportar el dolor por su ausencia.

Y poco a poco se sumió en una progresiva depresión. "Es tu cabeza la que te dice que te duele -le decía el doctor, animándolo para empezar la recuperación- No te duele, a nadie le duele lo que te hemos hecho después de tanto tiempo. Es tu cabeza, es tu adicción. Y si no te levantas e inicias la rehabilitación, créeme, lo vas a pasar mal"

- Sí, sí...-respondió Richard- ¿Pero no podría darme una pastilla, la última, sólo para quitarme por un rato este dolor?-
- No, no voy a dártela, Richard -dijo el doctor antes de explicárselo otra vez-

La recuperación continuaría en otro centro hasta que Richard estuviera en condiciones de soportar una segunda intervención. Pero allí no hizo nada de lo que debía hacer: permaneció tumbado, postrado en la cama, engañando a su novia con haber hecho los ejercicios recomendados, discutiendo con ella, mandándola a la mierda, olvidando todo lo prometido antes de la falta de analgésicos.

La novia lloraba pero seguía con él. A la madre no se la veía por allí. Habían pasado nueve meses desde que todo empezó.

Una noche le dijo a la novia que no se fuera, que se quedara esa noche con él, que creía que no iba a pasar de allí. A veces ella, agotada, dormía en un hostal. Esa noche se quedó con él, a su lado.

- Te quiero -le dijo a Richard antes de dormirse- Te quiero, siempre te he querido...

A las seis despertó con un dolor en el pecho que le impedía respirar. Su novia despertó en el sillón y le preguntó qué le pasaba. "No puedo respirar" Ella pulsó el botón de emergencia. "Cógeme la mano, Richard, respira, respira, piensa en mi, estoy contigo, amor..."

Y murió.


Eran las tres de la tarde y las cañas y todo lo demás habían pasado como un fantasma más de noviembre, el peor mes para los bares. De pronto comenzó a llegar gente, parejas, extrañas parejas, como de farol de poker, especialmente una de ellas, aunque todas eran raras para mis ojos.

Este, el tío de la última, apareció como el más raro a simple golpe de vista, aún cuando poco antes había entrado uno con rastas, un par de aros en la nariz y una novia vegetariana; eso sí, muy educado, casi de más, cosa esta casi tan desagradable como quien lo hace de menos. Aquel, sin embargo, había llegado solo y empapado por la lluvia, envuelto en bragas, gorros y una incierta mirada al ventanal del bar al que iba a pasar, como mirando, que lo vi llegar desde mi esquina de la barra.

Pidió una cerveza mientras se descebollaba. Venía con el mono de trabajar y eso le dio unos tantos puntos a su favor. Un camarero no es ningún psicólogo, siquiera un cura, quitaros esa idea de la cabeza. Un camarero no sabe nada de nadie, igual que los psicólogos y los curas. Sólo que conoce pautas, vías de entrada a su pequeño mundo y nada más. Y la de este...era rara.

"Este me la va a liar...este me va a joder...este va a dar por culo..." Sí, sí, eso pasa. Lo ves y sospechas como llegan, pero normalmente todo queda en nada. La vida del camarero, del camarero propio, del que nunca ha trabajado para nadie más que él, es hasta cierto punto sencilla. "No me gustas y no vas a tener nadie a quien reclamar" Quieras que no es una liberación. La vida de un camarero es demasiado servil cuando hay un jefe por encima de ti.

Llegó la chica. Horrible, una tía con claros síntomas de un trastorno mental mayor que el de su novio, infollable, muy parecida a una trastornada con la que hace quince años quedé para follar en una desesperada y resacosa noche de domingo gracias a un chat de la tele del Ayuntamiento.

Y al tipo le paso lo mismo que le pasa a todo aquel que está en un sitio raro con una tan chica rara, es decir, que le dio por beber mucho.

En un rato se abrochó tres cervezas, un carajillo y tres chupitos de pacharán. Y ya había llegado medio mamado.

Todo lo pagó y no hubo nada más que otro exceso de educación. ¿Será que lo causo con mi rostro?

- ¿Puedo salirme afuera para fumar?-
- Claro-


Rompió a llover otra vez justo cuando tenía que irme. Menos mal que esta vez había sido previsor y el impermeable estaba en en la bolsa que cual camello me cuelgo por la mañana. Estos días miro la previsión, estoy sin coche, todavía, ya van dos meses y medio, ayer me llamó el mecánico para decirme que, ¡por fin!, ya casi estaba, que había ido a pasar la ITV y lo habían echado atrás por las ruedas traseras, totalmente rajadas y tal, que iba a pillarme dos de las barateras...En fin. Finis terrae, hic sunt leones.


Dos meses y medio sin coche...La verdad es que me hace hasta gracia. De verdad, de corazón. Me da lo mismo. Como si fuesen seis. O un año. O diez.


¿Sabéis lo que hago en este tiempo sin coche?


Ir andando al bar para volver a mi casa.


La gata maúlla, desesperada por comida, agua y una incierta compañía.

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