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sábado, 28 de octubre de 2017

¿SEIS? Y CUATRO




Las hojas muertas caen del árbol como los días del preso viejo...La brisa más imperceptible es suficiente para darle el golpe de gracia a la hoja seca...El raro calor con los muertos a las puertas no es bastante para mantener a las hojas colgadas de las ramas de los árboles; como si las noches, todavía tibias pero cada día más largas, las consumieran sólo con su oscuridad...

Es importante empezar bien; si no lo haces, luego nadie te hará caso. Pero estoy cansado y no quiero beber. Voy a tumbarme en el sofá. Son las cinco y media de la tarde y ya estoy con el pijama puesto. La gatita que hará un mes recogí tras entrar desesperada cuatro veces al bar se viene conmigo. Siempre lo hace. No puede estar sola. No sé qué hará cuando yo no estoy. Haga lo que haga quiere mi cercanía. El otro gato que tuve no era así. Dormía más y nos dejábamos tranquilos. Murió por un descuido mío, creo. No lo sé con certeza, jamás lo sabré, pero estoy casi seguro que yo tuve la culpa. Pero al menos esta ya no tiene los ojos tristes, asustados todavía, que tuvo durante los primeros días.

Leo que hace unos días un astrónomo vio un raro objeto de impronunciable nombre cruzar la órbita de Mercurio y hacer un giro extraño a la altura del Sol para continuar hacia Pegaso. Hay un gif que acompaña la noticia. En el se ve un puntito fijo haciendo de Sol en una ínfima parcela del infinito Universo y otros cuatro aún más pequeños girando a su alrededor a diferentes velocidades. Son Mercurio, Venus, la Tierra y Marte. Me fijo bien y en la parte de arriba aparece Júpiter por un momento. Entonces el raro objeto entra en escena y hace lo que dice la noticia. Lo veo diez, quince, veinte veces. "Va a Pegaso -me digo-, a Pegaso..." Y miro el punto en el que estoy girando en torno al Sol y oigo las voces de la calle y me tiro otro pedo. La gatita ni se inmuta. Estamos girando en torno al Sol mientras un raro objeto va hacia Pegaso. Qué importa. La gatita se acurruca aún más entre mis piernas y me mira con las pupilas dilatadas. 

El reflejo del sol cae sobre el suelo del piso y alcanza mi ojo izquierdo. Bajé la persiana antes de tumbarme pero no tanto como para que no encontrara el último hueco. No me quiero levantar. Tampoco quiero molestar a la gata. Pronto se marchará. También yo podría marcharme, pienso. Levantarme, coger un tren e irme a Madrid. Quizá allí haya algo para un raro objeto como yo. Pero cierro los ojos y veo que no.

¿Dormir un poco? Son las seis y media. A estas horas no me duermo aunque quiera. Luego despiertas y cuando tienes que dormir todavía puedes hacerlo menos. Es mejor seguir las costumbres. Es mejor no salirse de la órbita. Luego haces extraños giros, acabas en Pegaso y al despertarte no recuerdas ni como te bautizaron.

Las monjitas de la maternidad me llevaron a la capilla cuando nací. Me moría y fueron a bautizarme o algo para que no me quedara en el Limbo, supongo. Pero eso no pasó. Luego en preescolar recuerdo que había una que me quería mucho. Sor Rosa se llamaba. Era vieja, alta y delgada. Siempre me miraba sonriendo bajo sus gafas. Yo ya era arisco por entonces, creo. Nunca me gustaron las cercanías. Pero ella me cogía en brazos y se reía dándome besos. Quizá sabía algo que yo entonces no sabía. A veces pienso que todo esto no es más que los recuerdos de otro.

Abro los ojos y la gatita sigue donde estaba, tranquila pero mirándome igual que antes. Pensaba que estaba dormida. Es raro. Vamos a levantarnos. Hay que hacer algo.

Voy a la cocina y cojo un vaso grande. Le echo unos cubitos de hielo y un chorreón de whisky con agua del grifo. Me siento ante el ordenador, abro el blog y rulo el primer cigarrillo. Caerán más de los dos, seguro.

Las hojas que aguantaron los fuertes vientos de la primavera caen muertas de las ramas de su árbol por una suave brisa que es incapaz de variar el quieto vuelo del abejorro que tengo a dos palmos por encima de la mesa. Si yo fuera más pequeño podría ver si está mirándome, aunque creo que él también estará mirando sus cosas pequeñas. De pronto, como un rayo, sin darle tiempo a mi ojo, baja y se posa sobre el amarillo. Empieza a mover sus patas delanteras. "¿Qué hay ahí? -pienso- ¿estará comiendo? Sí, estos bichos todo es comer, no van a estar escribiendo algo..."

Y de pronto, como un relámpago, regresa a la memoria de Dios.

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