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viernes, 6 de octubre de 2017

ESTRELLA FUGAZ

La muchacha entró al bar apartando la cortina metálica casi que con violencia. Por un momento se quedó allí, en la entrada, quieta, seria, con la cabeza un tanto baja y mirando al frente, hacia el muro azul que tapa los servicios y esconde las cajas de botellas vacías. Apoyado en él, mirando su teléfono, estaba un arquitecto que suele venir los viernes a tomarse unas cañas. Después de unos segundos ella dejó de mirar hacia allá, lo hizo fugazmente hacia el salón y vino hacia la barra encontrando sitio detrás del grifo de la cerveza.

La reconocí, aunque estaba algo cambiada. Llevaba el pelo muy corto. Parecía como si se lo hubiese rapado o algo. Iba maquillada como siempre, de una forma un tanto infantil: los labios de un rojo intenso y las uñas, muy comidas, del mismo tono. La noté más delgada que otras veces. Había perdido esos kilos que le sobraban y su carita resultaba agradable de ver aún estando enfurruñada. Tímidamente, sin mirarme a los ojos y después de dudarlo un tanto, pidió un café solo.

- ¿Puedes ponerme un pincho de tortilla? -me dijo
- Claro. ¿Así? -le dije enseñándole uno que venía a ser la tapa normal
- ¡Oh, no, no, no...! La mitad, la mitad

Se lo puse y la pobre rompió a llorar.

Los hombres que había a los lados dejaron de hablar. Uno de ellos le tocó suavemente el brazo y le preguntó si se encontraba bien. "Sí, sí..." dijo ella llorando a lágrima viva mientras dejaba ver unos dientes blancos, preciosos, que me llegaron al alma.

- ¿Qué te debo? -preguntó.
- Uno treinta

La chica buscó en su bolso y al final logró sacar un pequeño monedero. Me pagó como pudo y cogiendo el café y el pincho de tortilla hizo ademán de salirse a la terraza.

- Jesús -le dije al mismo que le había preguntado- Haz el favor de abrirle la cortina a la chica.

Jesús lo hizo y tuve la sensación de que hubiera podido abrírsela aunque hubiese sido de plomo. Los hombres no sabemos qué hacernos cuando una muchacha joven y bonita llora sin qué sepamos porqué.

Volví con el arquitecto.

- ¿Qué pena, no? -dijo
- Sí, una pena...-respondí- La conozco de otras veces. Creo que no está bien...ya sabes, de la cabeza y tal...
- Qué lástima más grande, joder. Dame fuego, anda, que voy a salir a fumarme un pito.

Se lo di y salió. Yo me hice uno, el primero del día y más para que no se olvidara de devolverme el mechero que por las pocas ganas que me había dejado la apocalíptica noche de ayer. Al salir estaba hablando agitadamente por teléfono y me supo mal pedírselo. Miré a la chica. Ya no lloraba. Pero no consigo recordar si estaba mirando su móvil u otra cosa que tenía entre las manos. No lloraba. No lloraba, ya está. Y me pasé adentro.

El arquitecto pasó y le pedí el mechero. Salí justo cuando la muchacha ya iba por la otra acera, mirando de vez en cuando hacia atrás. Me fijé en sus pantalones vaqueros, demasiado grandes, y en la cazadora de cuero que llevaba puesta a pesar de los treinta grados. La vi bajar la calle sola, como asustada, y un sentimiento de dolorosa ternura me colocó un nudo en la garganta. Tiré con asco el mal pito después de tres o cuatro caladas y volví al trabajo.

Mi turno acabó. Quedaba mucha tarde por delante y no era plan de pasarla en casa cociendo los restos de la resaca entre malos pensamientos. Me puse los pantalones cortos, una camiseta, la gorra y una botella de agua y salí a andar el paseo de castigo, el más grande y duro, el que reservo para esta clase de días.

A mitad del camino me acordé de ella y no dejé de pensar en lo que había pasado. Una tras otra pasaban canciones de Led Zeppelin mientras yo no hacía más que darle vueltas al asunto. ¿Podría haberla ayudado, hacer algo por ella? De entrada podrías no haberle cobrado el puto café, capullo, aunque quizá ella se hubiese atorado todavía más. O puede que preguntarle si podías hacer algo por ella, lo que fuera, cualquier cosa, hasta la más jodida: "¿qué te pasa, hermosa? por favor, dímelo, dime por qué lloras, quien te hace llorar, qué te hace llorar, dímelo, por favor...haré lo que sea por ayudarte, tú sólo tienes que decírmelo y verás qué pronto acabo con tus lágrimas...¿estás sola? ¿te has quedado en la calle? ¿quieres venirte a mi casa?...no, por favor, no te confundas, no quiero aprovecharme de ti ni nada de eso, sólo quiero ayudarte, ayudarte...no quiero verte llorar...no quiero que vuelvas a llorar...tengo una gata en casa, una gatita pequeña que recogí hace dos semanas, seguro que te gusta...aunque tiene las uñas muy largas y hay que andarse con cuidado...tengo poca comida en el frigo, pero compraré lo que te guste...tú dormirás en la cama grande, si quieres con la gata para que te haga compañía...yo ya dormiré donde sea...me levanto temprano...te dejaré unas llaves de casa por si luego te apetece salir...luego volveré y comeremos algo...si quieres iremos al cine o a cenar algo por ahí...lo que tú quieras, lo que tú quieras...¡Oh, joder, no haberle dicho todo esto cuando has podido, imbécil! siempre te pasa lo mismo, siempre...¡ahora estará por ahí, sola, asustada, temiendo que cualquier cabrón le haga daño, que cualquier hijo de puta intente abusar de ella! ¡Santo Dios, qué malo soy! Ojalá la viera ahora, ojalá la viera ahora..."

Bajando un puente encontré a un enorme gato muerto reventado a un lado de la carretera.


Cincuenta metros más tarde pensé que hubiera estado bien sacarlo de la calzada para que ningún otro coche lo reventara más por muy muerto que estuviera. Por un momento hice el amago de volver atrás. Pero seguí adelante.


El sol estaba declinando rápidamente hacia su ocaso. A lo lejos se veía el pueblo. Pronto estaría de vuelta a él.


Llegué. Vi gente paseando, sentada en los bancos, montando en bici o corriendo, hablando entre ellos o con los auriculares puestos, para arriba y para abajo, por los lados, en coche y en moto, en camiones, en sucios talleres y en la entrada al cementerio, en la amplia avenida llena de árboles y césped bien cuidado, en sus limpias aceras, en sus bonitas casas, en el Polideportivo, en el parque y en su merendero lleno de familias celebrando algún feliz acontecimiento, en los niños corriendo y jugando, riendo salvajemente, en la arteria principal y su frenético circular del inicio del fin de semana, en los bares y sus terrazas, en las tiendas y sus reclamos, en todos aquellos colores, en todo aquel ruido blanco...


Y no la vi.




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