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miércoles, 13 de septiembre de 2017

SARA

Era la una del mediodía cuando Sara, ya sola, cambió la cerveza por el ron. Había llegado poco antes a la nueva ciudad junto a tres compañeras de club. La noche había sido tan larga como todas y el viaje en coche tan incómodo como para ahuyentar el tremendo cansancio. El nuevo jefe estaba esperándolas en un bar. Entraron, pidieron unas cervezas y hablaron de las condiciones. Poco después se fueron a descansar al piso pero Sara prefirió quedarse un rato por ahí a ver si pescaba algo. Volvió al bar y pidió un ron con cocacola. Sacó el teléfono y esperó.

A eso de las dos, y ya con el segundo whisky con cocacola, entró al bar un tío grande y feo de extraño aspecto que no dudó en ponerse junto a ella atraído por la inmensidad de ese culo que el pantalón no tapaba del todo. Pidió una cerveza sin alcohol mientras ella seguía tecleando su móvil como había hecho desde su llegada, pero sabiendo que ahora sí tenía a un posible cliente a sus espaldas. La falta de sueño y la tercera copa ya estaban haciendo su efecto. Miró en el bolso por algo de cocaína que sabía no le quedaba y no la encontró. Cogió un cigarrillo y buscando el mechero oyó la voz del tío extraño que estaba a su lado.

- No fuuumes

Sara lo vio por primera vez. Era feo, calvo y parecía medio subnormal. Tenía esa mirada fija, vacía pero pesada, que tienen quienes no están bien de la cabeza. Le sonrió con el pito apagado en los labios y salió afuera para fumárselo. Miró pasar los coches por la avenida y a los padres y a las madres que cruzaban los pasos de cebra con sus hijos pequeños cogidos de la mano. Los chicos gritaban y agitaban sus carteras. El nuevo curso acababa de empezar. Sara tenía treinta años pero todavía podía recordar que esas cosas empezaban en septiembre, cuando las hojas se van muriendo en los árboles. Y se fijó en uno de los de la mediana que ya las tenía amarillas. Las de los otros todavía aguantaban casi todo su verdor; pero eso era porque no se habían comido todas las horas de sol gracias a los edificios de enfrente: una calle, una simple calle vacía de ladrillos, era la diferencia entre el verde y el amarillo. Sara tiró su cigarrillo y pasó para adentro.

- El tabaco es malo -dijo el tío feo
- Sí -sonrió Sara
- Si sólo fuera su hoja, sin nada más, sin ninguna de la mierda que le echan...todavía. Pero así es un veneno
- Bueno -dijo Sara- pero hay cosas que necesitan un poco de veneno para estar bien.

El tío raro se quedó mirándola.

- ¡Ay, no me mires así! -dijo ella riendo. Y volvió a coger su teléfono.

- ¿Como te llamas?
- Sara
- Yo me llamo Jose, pero todos me dicen el Sardina
- ¿El sardina? -río Sara
- Sí
- ¿Y eso?
- No sé. Es cosa de familia.
- Ahhh

Empezó a contarle lo famosa que era su familia. Él no era de allí, pero a veces tenía que ir por asuntos médicos, cosas sin importancia. El Sardina se acercó un poco más a Sara. Ya casi estaba tocándola y ella no se movía de su sitio. Era una puta, estaba claro. Una de esas guarras que hacen lo que sea por algo de dinero.

- Oye, yo también tengo Wassap -dijo el Sardina
- ¿Ah, sí? -dijo Sara- qué bien
- Mira, te doy mi número
- Vale -dijo ella
- Así estamos en contacto
- Claro, guapo

Intercambiaron números. El Sardina vio que la cosa era real y se excitó aún más.

- Oye, Sara
- Dime
- Queee...podríamos hacer algo, ¿no?
- Claro
- Digo ahora
- Sí, cariño

El Sardina esperó a que el mosqueado camarero no estuviera cerca. Por fin dejó en paz el ordenador y se fue a la otra esquina de la barra.

- ¿Cuanto? -dijo el Sardina
- Cincuenta -dijo Sara

Eso era demasiado para él. Sara estaba buena, era rubia, tenía un culazo enorme, unas tetas grandes y cara de viciosa pero...cincuenta euros, ¡cincuenta euros!

- Te doy veinte
- Con eso sales a la calle y te haces una paja -dijo Sara, ya sin sonreír. Y le dio la espalda.

El Sardina se calló. El aburrido camarero volvió al ordenador.

- Eres una puta

Sara bebió un trago.

- Eres una puta

- Oye, vale -dijo el camarero
- ¿Vale, qué? -dijo el tío raro
- Que vale ya

El tío raro lo miró fijamente.

- ¿Qué te debo?
- Dos con veinte
- ¿Dos con veinte?
- Dos con veinte

Pagó y se fue.


El camarero cogió algunos pinchos y se sentó en el otro extremo de la barra para comérselos. Ella volvió a teclear su teléfono, esperando que el camarero acabara de comer para irse a dormir al nuevo piso.

- ¿Qué te debo? -preguntó
- Tres copas, doce euros

Sacó un billete de cincuenta.

- Gracias -dijo el camarero dándole el cambio
- Gracias a ti -dijo ella
- No hay de qué
- Sí, sí lo hay...¿como te llamas?
- Kufisto
- Yo me llamo Sara. Adiós, Kufisto.


Sara se fue y Kufisto volvió a su esquina.


Y pudo ver como aquel culazo cruzaba los pasos de cebra mirando su teléfono, como si los rugientes leones que bajaban y subían la avenida no fueran más que gatitos domesticados entre cuatro paredes cerradas a cal y canto.



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