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sábado, 16 de septiembre de 2017

ESTANIS

Estanis había pasado doce días en el ala de psiquiatría del hospital. El ingreso había sido causado por un cuadro psicótico producto de su alcoholismo. Pero cuando ante las constantes quejas del paciente los doctores vieron que lo suyo iba a peor con la brutal medicación lo miraron mejor y encontraron un páncreas increíble. Le cambiaron de planta para tratarle la inflamación y por poco no perdieron la cabeza al comprobar que cinco días después ya estaba tan bien como para darle el alta sin más intervención que los consabidos buenos consejos de difícil cumplimiento. Estanis cogió su petate en una bolsa de Mercadona, se despidió cariñosamente del nuevo compañero de habitación que había llegado esa misma mañana, y a eso de las cinco de la tarde salió del hospital con nuevos bríos y, esta vez sí, decidido a todo.

Estanis tenía 53 años y era un tipo duro. Nacido en un pueblecito de Asturias, de familia humilde, noble y orgullosa, pronto vio que a pesar de lo que admiraba a su padre quería ver mundo. Hizo el servicio militar en Algeciras y allí se alistó en la Legión. Seis años después tuvo que salirse para no matar a su sargento, un tipo que estaba haciéndole la vida imposible desde que Estanis le levantara a la puta que se había estado follando. Los hombres de honor, y Estanis lo era, luchan hasta el final y aceptan la derrota sólo cuando el otro demuestra que vale más que él. Entonces, en ese momento, seguir adelante es cosa de tontos. Y si para seguir has de tirar de posición es que eres lo peor: un cobarde. Estanis cogió su petate y se fue a Madrid.

Allí se hizo portero de discoteca. Era un as de las artes marciales aplicadas. De mediana estatura, poco musculado pero todo fibra, solía bastar con mirarle a los ojos para que la mayoría de liantes, aún yendo pasados, se lo pensaran dos veces antes de seguir adelante. Y quien no lo hacía así luego pensaba que lo mejor hubiera sido pensárselo cuatro. Por esto tuvo algunos problemas con la Ley que poca mella hicieron en él. Pero la tensión de la noche empezó a pasarle factura en la cabeza y decidió dejarla antes que fuera demasiado tarde. Tenía 35 años y se fue para Barcelona.

Aprendió el oficio de pintor. Era fácil. Sólo había que pintar con los compañeros y después ir a las bares a echar el resto del día y la mayor parte de la noche. Un poco de coca también para despertar y a tirar de rollo como si no hubiera un mañana. Y así pasaron algunos años, hasta que el poco de coca y el todo lo demás empezaron a causarle problemas serios: se le estaba empezando a ir la cabeza. Y eso era algo que él no se podía permitir. Su padre jamás lo hubiese hecho.

Una mañana se levantó y cogió un tren hacia La Mancha. Llegó a uno de sus pueblos y se echó otra amiga. En cierta manera allí se sentía como en casa por primera vez en mucho tiempo. Aquella gente, huraña y arisca a primera vista, tenía su punto de nobleza cuando el extranjero la demostraba. Y él otra cosa no, pero noble lo era de corazón. Serlo siempre en una gran ciudad era un peligro; pero en un pueblo no había mejor manera. Retomó su oficio de pintor, dejó las drogas y alcoholes duros, y siguió viviendo su vida.

El día que le llamaron para decirle que su padre había muerto enganchó una borrachera tal que tuvieron que llevarlo a Urgencias. No pudo ir al entierro. Ese fue su primer ingreso serio. Cuando le dieron el alta se fue a su pueblo y estuvo hasta la noche llorando sobre la lápida de su padre.

Vino una racha mala. Más mala vida y más ingresos hospitalarios, a cada cual más peligroso para cualquiera que no fuera Estanis. Los médicos se admiraban de sus recuperaciones. Era algo que daba para llevar a los congresos médicos. ¿Como era posible aquello? ¿como era posible que ese paciente siguiera vivo? ¿como era posible que ese hombre tuviera esa capacidad de recuperación?

Después de uno de esos ingresos, Estanis volvió a dejar la peor parte de sus adicciones. Seguía bebiéndose sus tres litros de cerveza diarios y las cuatro copas, repartidas en el día, de anís; pero fuera de los dos paquetes de tabaco y algún canuto de marihuana, nada más. No le afectaba. La gente del pueblo lo seguía queriendo y él se desvivía con todos ellos. Pintaba paredes y hacía todos los favores que podía hacer, que eran muchos. Allí le querían. Y él quería estar allí, con ellos, en el que ya era su pueblo.

Y algún tiempo después llegaron aquellos doce días en el ala de psiquiatría del hospital.

Entró a un bar del que guardaba un buen recuerdo.

- Buenas tardes
- Buenas tardes -dijo el camarero
- Ponme un Bio Solan

El camarero se lo puso y después volvió al ordenador.

- ¿No te acuerdas de mi? -dijo Estanis

El camarero lo miró con un cierto sobresalto. También él padecía de ciertas lagunas mentales y esa pregunta era del tipo que mejor lo siguieran siendo.

Lo miró.

- Pues no -dijo
- ¿No?

Lo miró mejor.

- ¡Ah, coño -dijo aliviado- tú eres Estanis!
- ¡Pues claro, joder!
- ¡Me cago en la puta!...Tan delgao y pelao...no te he conocido
- Pues soy yo, que salgo ahora mismo del hospital.
- La madre que me parió, ¿otra vez?
- Oootra vez. Pero esta va a ser la última. No voy a beber más. Lo he jurado por mi padre y si no lo cumplo soy un hijoputa. Estos doce días que he pasado rodeado de locos no voy a olvidarlos en la vida.

Estaban solos. Hablaron un rato. Salieron a fumar mientras veían pasar coches y algo de gente. Una de estas fue la mujer del último compañero de habitación que Estanis había tenido. Era una señora mayor acompañada de su hijo, un mostrenco tatuado, y tanto ella como él no hacían más que darle las gracias por todo lo que Estanis había hecho y dicho durante las breves siete horas en las que sus vidas se habían cruzado. El camarero miraba maravillado todo aquello y más aún cuando Estanis le contó la brevedad de aquel encuentro. Al final pasaron para adentro, Estanis pidió otro Bio Solan y siguieron haciendo tiempo mientras unos amigos venían a recogerlo.

Llegaron y se abrazaron. Era una pareja normal. Él pidió una copa de whisky y ella una cocacola. El camarero se retiró para dejarlos tranquilos. Su turno estaba a punto de acabar y aquello ya no era asunto suyo.


Y al irse le echó la mano a Estanis con la sensación de que ahora era este quien no lo reconocía.


Y cuando un par de minutos más tarde volvió con su coche para recoger el tabaco olvidado ya no quedaba nadie allí más que su hermano detrás de la barra.

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