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miércoles, 16 de agosto de 2017

LOS PARÉNTESIS DEL BAR

Todavía estaba fresca la imagen de la mujer del director del banco cuando un viejo llegó y apartando como pudo la cortinilla de la entrada pasó al bar. Había un hueco justo a su izquierda y allí se quedó. Un hombre que estaba a su lado le cedió su taburete y el viejo se sentó. Me acerqué, le di los buenos días y le pregunté qué iba a tomar.

- Una cerveza -dijo mirando como colocar su bastón.
- ¿Grande o pequeña? -le dije. No es algo que suela preguntar a no ser que quien la pida ya tenga una edad.
- ¿Como es la grande?

Le enseñé la copa

- Pues grande -dijo ante mi decepción.

Era un hombre más enfermo que viejo. Tenía aspecto descuidado, sin afeitar, despeinado, de uñas un tanto largas y con algo de roña. Le puse la cerveza y un par de pinchos de los que no necesitan tenedor, aunque añadí un par de palillos a modo de banderillas sobre el asadillo de pimientos en pan tostado; lo otro era un simple trocito de sandwich mixto sin tostar. Blandito.

El bar se vació y nos quedamos solos en compañía de un chaval que lleva unos días viniendo por aquí a diario después de hacerlo de higos a brevas. Más o menos desde que he empezado a hablarle. Ahora está de vacaciones. Trabaja en las oficinas de una mediana empresa; ordenadores y tal. Yo hubiera jurado que era camarero. Es un tipo solitario, callado e introspectivo. No sé por qué me caía gordo. Ahora, después de tratarle un poco, veo que es otro buen chico. Nadie tiene la culpa de ser como es. No es fácil trabajar con tu código genético.

Conoce gente, no es ningún asocial. El otro día, el sábado sin ir más lejos, se saludó con alguien que jamás en la vida hubiese pensado que conocería. Quizá también él tenga su pasado. Y quizá por eso ahora anda solo. También saludó a alguna mujer. Bastante atractiva, por cierto; pero lo hizo de la manera en que suelen hacerlo quienes no saben tratarlas nada más que desde la distancia.

Suele colocarse en el centro de la barra. Cosa rara porque se ve que es un tío de bar y estos normalmente escogen las esquinas. Pide un tercio, sin vaso y sin pincho. Pasa una servilleta por el gollete y bebe a tragos pequeños y frecuentes. Después pedirá otro. Y otro. Y otro. Cuatro es la base, aunque el domingo se le unió un amigo cuando ya llevaba un rato y se pimpló seis. Suelo invitarle al último cuando ya ha pagado, tal y como me enseñaron. No lo desprecia. Fuma tabaco de liar, como yo. Lleva su chivata y una bonita cajetilla metálica donde guarda el papel y algunas boquillas. Una mañana que le pedí un pito me di cuenta de que usamos el mismo papel y las mismas boquillas. Se lo dije y él amplió un poco más su desencantada sonrisa habitual. No estaba malo su tabaco a pesar de parecer seco al tacto. Me dijo que era así, que no llevaba ningún tipo de no sé qué. Y no, no estaba seco.

El viejo sacó el teléfono y empezó a hablar por él. La radio country del Spotify estaba seleccionando casi las mismas canciones de siempre sólo que en diferente orden y ninguno de nosotros se puso a bailar, siquiera a canturrear. Los paréntesis en los bares son así de largos, que ya llega un momento que piensas si te saltaste el de cierre o si alguna vez hubo uno de apertura. Y como la música era una mierda soportable y el viejo se notaba que nunca le había susurrado nada a ningún caballo nos pusimos a escucharle.

Toda la movida se reducía a un candado. Había una casa de campo, puede que una finca, una cochera y un coche. Al otro lado de la línea estaba una mujer. El viejo le preguntaba por una llave. La otra no sabía de qué llave estaba hablando. Salió a relucir la Sagrario. Por la respuesta supimos que al menos había dos con el mismo nombre. El viejo empezó a soliviantarse y colgó. Hablando entre dientes marcó otro número. Miré a Enrique y vi que estaba sonriéndose como yo. Quizá también estuviera recordando a su padre. En el bar se escuchó un clarísimo "soy el último mono" Yo tuve que pasarme un momento a la cocina. Cuando salí, la Sagrario, una de las dos, tampoco sabía decirle al viejo donde estaba la llave que abre el candado de la cochera de su finca. Recuerdo algo de "la alfalfa" y un sonoro "me cago en Dios" Después, el silencio, una mirada al móvil tipo informe médico y un qué te debo.

- El pan está duro -me dijo señalando el del asadillo que se había comido con los palillos.
- Ya, es que lo tostamos -le dije yo
- Ya, pero yo con los dientes...-respondió señalándose la boca.

Se fue.

Eran las doce y media y yo ya tenía una ganas locas de echarme un pito que no tenía. Mi hermano se estaba retrasando y no podía esperar más. Le pedí uno a Quique y me lo fumé en la puerta, tras la cortinilla, charlando amigablemente.

Ninguno mentó al viejo.


No hacía falta.

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