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domingo, 27 de agosto de 2017

EL AGUA QUE ACLARA LA VISTA

El día, por fin, amaneció gris y fresco. Cogí el coche y pasando por el bar de camino a la gasolinera no vi a Jose y su bicicletilla esperándome en la puerta. Me extrañó. Eran las ocho y media y ayer le dije que llegaría sobre las nueve. "Bueno, yo estaré por aquí a las ocho" dijo. La poca gente que se veía eran viejos paseando con una bolsa de churros o chavales volviendo a casa como podían después de otra noche perdida por ahí. A veces ven a Jose y le insultan si van en coche. "¡Guarro!, ¡feo!, ¡tío mugre!, ¡momia!" y cosas así. Y entonces Jose deja de hurgar en el contenedor de basura o de limpiar mi terraza y a grandes voces, tartamudeando, se caga en sus putas madres y en sus malditos muertos. A veces temo que alguna vez tengamos un disgusto. Uno nunca sabe con una cuadrilla de chavales borrachos. Yo le digo que no les haga caso pero él no puede. Son ya muchos años de humillaciones sin sentido. El otro día me contaron que hace años pasó a un bar de pijos armado con una especie de espada en busca de un niñato que lo llevaba sacando de quicio durante demasiado tiempo. Le vio entrar ahí y supongo que se le cruzaron los cables. Echaría mano del cuchillo ese o lo que fuera que esa mala mañana se hubiera encontrado por ahí y fue a ajustarle las cuentas. Menos mal que el otro tuvo tiempo de esconderse; sino hubiera acabado mal, que no hay nada más peligroso que un buen hombre desatado. Tan bueno es, tan inocente, que me costó creer la historia. Pero sí, así fue.

Los chicos de la gasolinera estaban hoy con cara de pocos amigos. Yo no había despertado mucho mejor pero al verlos me animé. Pillé la prensa y me fui al bar.

Apenas había empezado a colocar las cosas cuando oí un tímido golpe en la puerta. Abrí y efectivamente era Josemari.

- ¿Hay algo que hacer, Kufisto? -dijo. Él sabe que los fines de semana siempre hay algo que hacer pero siempre pregunta antes para no molestar ni dárselas de listo. Su madre lo educó lo mejor que pudo. "Pide, no robes" Tiene 94 años y vive en una residencia de ancianos. Jose es el único hijo de los 18 que parió que va a verla todos los días. Algunos ya están muertos, otros viven fuera y a los demás les da miedo de lo vieja que está. "¿Pero te conoce?" le pregunto, "¡Claro que me conoce! Y hablamos. Está muy viejita ya, pero...es mi madre, Kufisto. Es mi madre" Su padre murió por el alcohol con apenas 50 años. Alguno de sus hermanos también llevaron el mismo camino. Él no bebe, sólo fuma. El alcohol, dice, "me volvía loco" Y yo que le conozco desde hace más de 30 años jamás lo he visto beber ni una gota.

Le dije que sí y se alegró. Y como siempre hace me dio su pronóstico del tiempo para hoy. Respondí que ojalá y cayera el Diluvio. Se rió y empezó a sacar fuera la terraza cantando sus cosas. Yo me lié a fregar. Y así, en buena armonía y con un silencio sólo roto por sus leves cantes, arreglamos otro domingo más el bar.

Suele terminar su parte antes que yo la mía. No me dice nada. Se espera. Y una vez que acabo le doy un paquete de tabaco y algo de dinero. No está mal por media hora de trabajo. Él lo sabe por comparación con otros y así me da las gracias.

- Bueno, me voy pá el bar de Boni, Kufisto
- Muy bien
- ¡Ayer estuve con mi mujer en el hospital! -dijo como quien recuerda en el último momento algo que tenía que decir
- ¿Y eso?
- El ojo otra vez, que se le puso peor. Lo tiene ciego ya, la pobre -me dijo con cara de lástima por ese ojo desgraciado por el borracho de su padre cuando ella era una niña. Ahora es una señora muy simpática y bastante fea que poco después de la muerte de mi padre me dio el pésame que más sentí. Iba yo paseando por las afueras, pensando en él, cuando me los encontré saliendo del barrio donde viven. Ella se acercó, me dio dos fuertes besos y cogiéndome las manos dijo que contara con ellos para lo que fuera: "Aquí estamos para lo que haga falta, Kufisto, de verdad"

Jose se fue y abrí el bar. A eso del mediodía hubo un leve intento de llover. Vino poca gente. La tarde iba poco más o menos que igual hasta que unos amigos vinieron para beber whisky del bueno. No quise unirme a ellos. Bueno, sí quise pero no lo hice.

Salí a la puerta y encendí un cigarrillo. Ahora sí parecía que por fin iba a llover algo. Podías oler la humedad. Es maravilloso volver a olerla después de tantos meses. La esperanza es hermosa cuando la sientes cerca. Y terrible cuando parece olvidarse de nosotros.

Oí cantar a Jose. Miré a la izquierda y vi que venía andando. Por la tarde no saca la bici, pero sí el palo de escoba con el que se ayuda para buscar en los contenedores de basura. Tiene unos sesenta años que parecen aún más en su arrugadísimo rostro y la agilidad de un chico de veinte. Hemos estado mil veces codo con codo y jamás le he olido a sudor ni a nada. Será porque no tiene un gramo de grasa. Y a que se lava. Feo sí, guarro no. Y mejor que muchos, también.

- ¿Qué pasa, Kufisto?
- Pues mira, echando un pito
- Va a llover
- También decías eso esta mañana
- Jajaja...¿me das uno?
- Toma. ¿Y tu mujer?
- Mejor, ya está mejor. Le han dado unas gotas para el ojo...

Y fumando vimos llegar una tímida lluvia.

- ¡Qué bien huele, Kufisto!
- Sí, Jose
- ¡El agua es vida!
- Sí


En silencio estuvimos un rato respirando ese aire húmedo después de tres meses infernales. Pronto escampó. Él se fue a lo suyo y yo volví a la barra y me eché una cerveza para los últimos diez minutos en el bar en compañía de los amigos.


Lo había conseguido.

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