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lunes, 21 de agosto de 2017

LOS ESPONTÁNEOS

Es un golfo, un mujeriego. Su padre fue policía y él se hizo maestro. Hace unos años dejó de serlo, tal cual, sin pedir una baja o una reserva temporal o como quiera que se llame eso. Se hartó y se fue con lo puesto dejando atrás todo lo que conlleva ser funcionario. Quien me lo contó, aún reconociéndole como un sinvergüenza, no podía ocultar cierta admiración al hacerlo. Y yo, que sólo lo he conocido de refilón, no dejé de mostrar cierta simpatía por ese inusual gesto.

Nuestros encuentros juveniles fueron eso, encuentros. Teníamos algún amigo en común y muy esporádicamente coincidíamos por ahí, sin que ninguno mostráramos el más mínimo interés por el otro. Se casó pronto, fue padre y poco tiempo después se separó entre rumores de palizas, malos tratos e infidelidades. De vez en cuando lo veía pasar por delante del bar con algún cochazo en compañía de alguna tía buena y poco más. Nunca le han faltado mujeres, no así amigos. Y de guapo o cuerpazo tiene bien poco. Será que sabe como tratarlas. Pero suele suceder que quien sabe tratar a las mujeres no sabe tratar con los hombres.

Poco después de dejar su trabajo se juntó con un familiar y abrieron un negocio que les fue muy bien durante algún tiempo. El dinero entraba a espuertas y daba para todo, hasta para construirse una especie de mansión en las afueras del pueblo que suelo pasear.

Una tarde vino al bar uno vestido de torero.

- Un café con leche

Se lo puse. Era un chico joven, ennegrecío, delgado, con cara de haber visto hasta muertos andando. Dejó la montera sobre la barra y suspiró.

- ¿Tu eres un cobrador de morosos, no? -le pregunté perspicaz
- Claro, quillo, qué voy a ser...¿Voy a ir así vestío con la que está cayendo, mi arma?

Me reí. Estábamos solos y hablamos un rato. Una vida perra, sin duda, pero esa era su vida. Ya se iba cuando me preguntó por una dirección. Y entonces supe quien era el moroso que estaba buscando. Un par de horas más tarde pasé, como todos los días, por aquella mansión de las afueras. Y allí estaba el torero, junto a su coche de feria aparcado detrás del deportivo. La policía estaba tomándole los datos y el moroso no hacía más que gesticular enfurecido. El torero callaba y sacaba papeles en silencio, más acostumbrado a salir por la comisaría que por la Puerta Grande. Pero esa tarde al menos hubo uno que en silencio pidió las dos orejas y el rabo. Aunque seguro que no fui el único: todos los palcos y barreras aledañas tenían las persianas a medio echar.

Hará un par de años que este de quien os hablo empezó a venir al bar por las mañanas. Solía llegar él solo con aspecto de no haber dormido, se tomaba un par de cafés con dos sacarinas, compraba un paquete de Marlboro y salía a fumar cada dos por tres. Alguna visita al baño para meterse una loncha y hablar de algo conmigo. Un rato más tarde aparecía una tía y le metía un poco de mano mientras desayunaba. Así durante algunos meses. Ya había roto las medias del negocio que tan próspero había sido y andaba trampeando de acá para allá. Hubo, me dijeron, quien le soltó una hostia en su propia fábrica y no consiguió más que se echara a llorar como un chico pequeño.

Una mañana vino al bar mi proveedor principal en compañía de un señor muy serio y encorbatado que luego supe era representante de vinos. Este fue a sentarse a una de las mesas y ya solos mi proveedor y amigo me contó que habían quedado con el figura para negociar la posibilidad de suministrarle al bar que iba a abrir. Yo me quedé de piedra. Si hay alguien que conoce los piescojeísmos son los proveedores, y más en las circunstancias en las que estamos. Pero como él me dijo, "si no lo hago yo lo hará otro. Aunque eso sí, no somos tontos" Doy fe.

El nuevo y próximo competidor en esta jungla que es la hostelería llegó y enseguida me di cuenta de que iba puesto. Ya sentados le vi gesticular muy serio, demasiado, como sabiendo que los que tenía delante no eran ningunos pardillos a los que engatusar. Al final la cosa se hizo y para la Semana Santa de este año abrió su bar. Salió hasta un reportaje en el periódico local. En las fotografías podía verse a un pianista y a una mujer cantando, un jamón, algunos clientes con caras de no creérselo y a él tirando una caña para la posteridad, puede que la única.

A los dos meses dejaron de abrir por las mañanas. Y el mes pasado, ya con un par de semanas de cierres permanentemente bajados, le cambió el nombre por otro aún más ridículo y todavía no lo ha abierto. Ni lo va a abrir. Será otra jugada más. Patada adelante y a correr. Y como este, muchos.


Mientras tanto, a los cuatro toreros que vamos quedando no nos queda otra que jugárnosla cada tarde con el ruedo lleno de espontáneos y la enfermería cerrada a cal y canto.

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