miércoles, 20 de abril de 2022

ME QUEDÉ SOLO EN EL BAR

 Me quedé solo en el bar y puse el "Master of puppets" a buen volumen. Las dos últimas cuadrillas de las cañas (las únicas que había tenido) se habían ido al mismo tiempo, una la de los habituales y otra la de los psicólogos, esta rarísima de ver desde hace años aunque tuvieron una época de venir casi a diario; cosa curiosa, casi un vengayá, es que esta misma noche uno que fue de ellos, un vallisoletano que abandonó su trabajo aquí para irse a Madrid, apareció por primera vez en mis sueños sin saber como ni porqué. Claro que hoy ha sido otra noche de sueños tan vívidos (sobretodo el primero que me despertó sin yo saber durante un buen rato si todavía estaba dentro o fuera de él) que darían como para tomarse el resto de la vida a cachondeo. Evidentemente desperté regular tras una noche como esa, pero a veces pasa que es como si a uno ya le diera igual; después de todo despertar regular es casi un triunfo a estas alturas de la vida, de mi vida, y la verdad es que gracias a mi alma masoquista no me sentía del todo mal a pesar del poco descanso. Y como leí en una magnífica novela de Agatha Christie citando a un poeta inglés: "Hay quien nace para el dulce amor y quien nace para la noche eterna"

- Hay quien nace para el dulce amor y quien nace para la noche eterna -le dije a primera hora a la chica de la clínica odontológica mientras charlaba con ella.

Se me quedó mirando con fijeza. La tengo en el bote.

No he conocido a un sólo psicólogo ni siquiera medio normal. Ni psicóloga, que son la mayoría. Y no es que yo sea normal, no, ni de coña: el día que uno me enganche será uno de los más felices de su vida, aunque no creo que llegue. Pero yo, por mi oficio, trato con gente normal y sé reconocerlos. Ellos no; ellos tratan con anormales, han memorizado libros de anormales y quieras que no se vuelven anormales. Y se siente. "Quien mira un abismo durante demasiado tiempo..." Esta para mañana.

Es su mirada. Aún entre ellos mismos. Viejos, jóvenes, chicos, chicas...En su mirada hay, sobre todas las cosas, desconfianza. Todo es subterráneo y lo que enseñas es una ilusión. Ese es su pensamiento. Como para salir de fiesta. Podría reconocer a un psicólogo con una botella de Johnnie Walker en mi estómago. Por cierto que hará ya dos meses que no viene por el bar mi buen amigo Gonzalo, uno de sus más impacientes y duros pacientes. Supongo que otra vez estará ingresado y muy bien drogado. Espero que cuando salga siga con las mismas ganas de hacerle bien al mundo aunque nadie menos yo entienda sus métodos.

Yo creo que lo del "Master" ha sido por lo de la mascarilla. Subterráneamente, claro. "Memorias del subsuelo", la novela del Dosto más salvaje. Subterráneo. Bajo la tierra, en las raíces que buscan la mierda con la que alimentar a lo que ilumina el sol.

Los vi venir nada más verlos entrar al bar con sus mascarillas, la verdad. Yo no la llevaba y quizá vinieron hoy para tantear, qué sé yo. Ninguno dijo nada pero la tensión podía cortarse. "¿Yo la llevo puesta y tú, cabrón servicial, no?" Pues no. Y además legalmente. Y encima estoy sin vacunar. Con todo, me esmeré con la tapa y pagando cada uno lo suyo se fueron de mi bar despidiéndose todos menos uno, un chico con barbas que muy a pesar suyo casi no podía ocultar su indignación.

Recuerdo como si lo estuviera viendo la primera vez que mi tío nos puso "Battery" en su magnífica salita de música. Nosotros, mi hermano y yo, éramos unos adolescentes enamorados de Maiden, AC/DC, Ángeles del Infierno y demás. En esa edad, cuando uno acababa de salir de la infancia, la música lo era casi todo, todavía más que las chicas que algunos años después empezarían a traernos de cabeza. 

- Vais a flipar -dijo él.

Y entonces pinchó "Battery" en su simpar equipo de música. Y los arpegios de la introducción empezaron a vibrar a través de los enormes altavoces.

- ¿Qué cojones es esto? -le dije, mosqueado, ante tamaña estafa. Pero un minuto después...

Jamás en la vida he sentido algo así con la música salvo una vez, muchos años después, cuando caminando con mis auriculares un amanecer de primavera por las afueras del pueblo no tuve más remedio que echar a correr y a saltar con el Finale de la Novela de Beethoven.

Abrí un tercio y me fui al ventanal. Al rato, ya en el corte de "Master..." vi pasar a un chico joven con cazadora de cuero y la coleta recogida acompañando a una gorda con el pelo violeta. Entraron al bar.

- Hola -dije regresando a la barra. Casi al instante me di cuenta de que al menos a él no iba a molestarle el volumen.
- Hola -respondieron con timidez. Ella llevaba la mascarilla medio puesta y él colgando en su gaznate. Vendrían del hospital.

Café para él  y aquarius para la jefa. Ella salió a fumar. En los ojos de él vi que no se podía creer que algo así estuviera sonando en un bar como el mío.

Todavía estaba la gorda fumando afuera cuando Paco el ciego vino por su café y cocacola de la tarde. 

- Kufisto.
- Hola, Paco. A tu izquierda tienes un taburete.
- Vale. Lo tengo.

- ¿Qué es esto?
- Metallica.
- Ah

Se quedó ciego poco antes de la publicación del Master, cuando todavía era un chaval que iba al instituto.

La gorda de pelo violeta volvió a entrar y se sentó en la mesa con el chico.

Eché un trago. Empecé a tararear el estribillo de "Master"

- Qué viejo suena esto -dijo Paco
- Me estás llamando viejo, cabrón.

La parejita se fue en el "Leper Messiah" Y yo cuando "Orion" estaba a punto de alcanzar su maravillosa parte intermedia.


La tarde estaba gris, fresca, ventosa, casi lluviosa; una tarde para cocido y siesta, tal y como me había jurado mi amigo el camello poco antes de la llegada de los psicólógos.

Bueno, puede que fuera en una tarde como esta cuando hace treinta y cinco años Battery me sacó de mis casillas. ¿Quien sabe? Ahora estoy en mi piso, escribiendo algo mientras bebo, echando el rato. Mi hermano se casó, se fue a otro pueblo y tiene dos hijas. Lo veo poco. El otro día estuvieron por el bar, mi hermano y la mayor, mi ahijada. Ya tiene catorce años. Está preciosa, todavía inocente. 

- ¡No cree que vengamos del mono!- dijo riendo mi descreído hermano antes de pasar a mear.

- ¿No crees que venimos del mono?
- No -respondió ella casi ruborizándose.
- Pues yo creo que sí


Le hice una mueca y sonrió nerviosa.





miércoles, 13 de abril de 2022

DESPIERTA

 Tenía toda la tarde por delante y nada que hacer. El ejercicio físico había quedado descartado por unos días después de la dura sesión matinal de gimnasia que me llevó a tomar un ibuprofeno; y no porque hubiese sido demasiado fuerte sino por los dolores arrastrados desde aquella enloquecida mañana del jueves pasado en la que me reventé como nunca con el saco de boxeo para curar otra mala resaca. Salir a andar tampoco era una opción; aún estaba fresco en la memoria el paseo del domingo cuando tras acabar mi turno en el bar fui hacia los molinos y tuve que dar la vuelta a mitad de la subida. Escribir algo en esas condiciones me aseguraba un amanecer para morirse; y uno no siempre está en las condiciones adecuadas para releer "La Montaña Mágica" que a modo de enjuague había iniciado la tarde anterior tras darle una vuelta a otra horrorosa novela de un conocido autor español contemporáneo. Y ponerme a hacer el caótico piso...no. 

Me hice una paja. Después comí muy bien, encendí un cigarrillo y el ordenador y entré en Youtube. Tal vez una peli de Hitchcock, un vídeo del psicólogo argentino, un documental de Black Metal escandinavo, una conferencia de La Falange...en fin, algo largo. Casi decidido por la primera opción recordé que la tarde del inusitado coitus interruptus con mis amados molinos la había terminado de pasar en compañía de un joven youtuber comunista y su entrevista a un picao del águila, algo sobre los mitos en la cultura, todo de muy buen rollo, tanto que busqué por más de los dos, pues el otro también tenía su canal, pero tras echarles un vistazo me di cuenta de que el comunista era mejor. 

Era un vídeo de tres horas acerca de la leyenda negra anti-soviética. Bien, yo amo a Rusia, a sus escritores, a su escuela ajedrecística, a sus apasionados músicos, a su resistencia con la bebida, a su desprecio por la vida muerta.

Eché a la gata del sillón y colocando en la cercana silla todas las cosas necesarias me dispuse a pasar la tarde. 

El joven youtuber comunista presentaba con propiedad y en buena dicción a su invitado, un rojo revisionista conectado desde Sevilla que desde el primer momento se veía no estaba a la altura comunicadora de su anfitrión. Esto es algo que se ve casi al toque; eso es algo que va con la persona. Hay gente que habla bien y gente que no sabe hablar bien. Este era uno de ellos; tanto que por un momento pensé en quitarlo y poner "Marnie la ladrona" Recuerdo que mi abuela, cuando yo era chico, solía decir "qué bien habla" cuando veía a algún político debatiendo sobre la Nación en la tele. Mi abuelo no decía ni mú pero ella, que era la que leía (como la mayoría de mujeres de esa rama de mi familia), tenía oído para eso. "Qué bien habla" Por cierto que su familia era roja y la del abuelo de derechas, pero eso es otro cuento.

El tipo de Sevilla sacó pronto a colación el "Harvester of sorrow" de Metallica y creo que eso fue lo que me empujó a seguir adelante obviando su evidente nerviosismo, algo horrible cuando se ve desde fuera. En fin, que la cosa se fue arreglando gracias a las buenas mañas del joven comunista aunque en ningún momento se viera relajado al demasiado entusiasta invitado que, por otra parte, tenía un currículum de cágate lorito, tanto que volví a tener esa conocida sensación de haber perdido el tiempo. Y no entre magdalenas y jovencitas en flor.

Eran casi las diez cuando me fui a la cama. Volví a elegir "La sombra sobre Innsmouth" como compañía auditiva. Es una gran novela y un mejor audiolibro. Lovecraft está muy subvalorado. 

Desperté perfecto. Una hora antes del límite. Remoloneé un poco más. Tenía tiempo. Y espacio. El tiempo y el espacio de "La montaña mágica" Volví a dormirme. Me levanté de la cama diez minutos antes del fin. Estaba perfecto. Había dormido bien por primera vez en muchos días.

La chica de la clínica entró al bar a por desayuno tan animosa como siempre. Yo ya andaba preparando las pulgas pero me senté un rato con ella. Había tiempo. Y espacio. Hoy me ha contado que ante el toreo de un empresaurio hostelero por extras para estos días había decidido pasar de él tanto como él estaba pasando de sus mensajes y telefonazos de todos estos días: quieren esclavos, no trabajadores.

Vino la anciana con su cuidadora. Ayer no bajé el volumen del televisor. Estaba liado y no podía entretenerme. "Cuando pueda, señora" Hoy sí, hoy no estaba tan atareado pero ella no dijo nada. Llegó mi hermano a eso de las diez menos cuarto, volví a casa, comí y volví a meterme en la cama. Y me dormí.


¡Cuanto sueño atrasado! ¡Cuentas creencias! ¡Cuantos músicos! ¡Cuantos novelistas! ¡Cuantos padres! ¡Cuantas madres! ¡Cuantas familias! ¡Cuantos colegios! ¡Cuantos curas! ¡Cuantos hijos de puta!, ¡Cuanta estupidez!, ¡Cuantas borracheras!, ¡Cuanto no saber nada de la vida! 


Cuanto sueño, cuantos sacos.


¡ Despierta, Kufisto!




miércoles, 6 de abril de 2022

ES COSA DE UN RATO

 Fue uno de esos días en los que despiertas como quien acaba de ser estafado por un trilero. Apagué el despertador y me levanté de la cama dolorido, con una sonrisa amarga y la convicción de que el día ya estaba hecho. Fui a la cocina, puse agua a hervir, tomé mis suplementos y añadí una dosis doble de té al oír que el agua burbujeaba. La gata rondaba lastimera y eché un vistazo en el cuarto donde come y bebe. Ni agua, ni pienso. El piso estaba helado. Regresé a la habitación y me lavé la cara con agua templada. Después me vestí y cuando salí de ella oí un extraño chisporroteo proveniente de la cocina: no había apagado el fuego, el agua se había consumido y el calor empezaba a comerse el cazo.

El primer cliente en el bar fue el mismo de estos últimos días. Le di los periódicos que le guardo del día anterior y un chupito de Johnnie Walker. Hoy no quería café. Al irse me dijo que quizá este sería su último día por aquí. Le deseé suerte y se marchó.

Entraron dos chavales y pidieron un par de tercios. Uno de ellos estaba un tanto tocado. Una noche dura. Se los puse y regresé a la cocina para continuar preparando las pulgas. Pronto se fueron a la tragaperras. En eso llegó el de los periódicos y me informó de que esta noche habían robado en un bar cercano. Los chicos seguían jugando sin dar escándalo. Les cambié tres billetes de cincuenta euros que se pulieron. Pensé si no habrían sido ellos. Carne de cañón.

Como todos los días laborables me fui del bar a eso de las diez, pero hoy tendría que hacer una breve parada en el moro por los tomates que no compré en la tarde de ayer: el peor día de invierno había hecho acto de presencia en primavera. Y a eso de las cuatro de la tarde, cayendo aguanieve, yo me había metido en casa para no salir de ella.

Dormí, dormí...Dormí algo, no mucho, puede que una hora de las dos en las que estuve arrebujado por las mantas y los audiolibros de Lovecraft, pero dormí, dormí, dormí sin llegar a soñar...Mi polla era fiable testigo de ello. Pasé la tarde con la gata enrollada sobre la manta viendo vídeos en Youtube desde el sillón y leyendo decimonónicos cuentos de terror en el sofá. 

Rida andaba colocando la mercancía cuando llegué a su casi vacía frutería. Pedí por tomates y pasó adentro para sacarme una caja mientras yo intentaba ponerme un guante de plástico que resultó imposible de abrir. Tenía prisa. Tenía que hacer cosas.

- Aquí tienes, Kufisto -dijo el chaval. Una caja de hermosos tomates para rallar, maduros, en su punto. 

Estaba acabando de escogerlos cuando la única clienta que andaba por allí con una FFP3 made in Japan me advirtió de que yo estaba sin guantes. Yo, que siempre me lo pongo, no llevaba guante, no había sido capaz de abrirlo.

- ¡Rida! -voceé-
- ¿Qué, Kufisto?
- Ya estoy

Volví al bar, dejé los tomates y tiré para casa.

El saco estaba muy descentrado del eje. Un entreno más y le daría un puñetazo a la pared. Tengo mil horas libres pero nunca encuentro una para nada. Pero hoy ya era imposible entrenar en esas condiciones: había que correrlo sobre la barra de hierro hacia la izquierda. Había que descolgarlo y volverlo a enganchar. Esto me retraso un buen rato. A punto estuve de darme una buena hostia encaramado en la silla cuyo respaldo hacía de soporte. Y una vez en marcha vi que no lo había hecho bien: se descolgaba de las agarraderas. Tenía que parar, quitarme los guantes y volver a colocarlo en sus anillas. Así una y otra vez. No podías pegar con todo muy de seguido, las cadenas saltaban. Era como mi noche de sueño. Conseguí hacer lo básico y me duché. Comí y volví al bar. Me dolía todo cuando llegué. Tuve que tomar un ibuprofeno.


Cuando salí de allí estaba dándole la razón a un guardia civil de paisano que había venido al bar a tomarse un cubalibre. Poco antes había hecho lo mismo con el estrambótico caso de un abogado que trasegaba cerveza tras cerveza en una de las mesas del salón.


"Eso es, Kufisto. Eso es"


La tarde era muy distinta a la de ayer cuando salí del bar. La fría mañana había dado paso a un sol que empieza a calentar. ¡Todos tienes razón! Y tú estás ahí para darles la razón a cambio de una consumición. A todos, buenos y malos, a todos desde que tienes memoria. Sólo a un amigo se le dice no. ¿Pero tú, Kufisto, todavía tienes amigos? ¡Que hablen! ¡Que hablen y que digan, que cuenten y que beban sobretodo que beban! ¿Como decía el abuelo? "¡Patatas fritas con mucha sal, así beben más!" Y tú dale la razón, a este o al otro, al de aquí y al de fuera, ¡a todos!, "tienes razón", ¡y ya está, no hay más! "Tienes razón" 


Tienes razón. Llega la primavera. El saco está en su sitio y tan sólo hay que buscarle las mañas para que al pegarle bien no se descuelgue. Lo demás...


Bueno. Después de todo es cosa de tener un rato.





sábado, 2 de abril de 2022

ALGÚN ARRECIFE

 Fui a la carnicería del centro comercial, casi sin clientes a esa hora. Cogí número, el 22. El luminoso marcaba el 17 pero allí sólo estaban la vieja atendida y una tía que esperaba. Aproveché en hacer acopio de leche del cercano estante para el bar y regresé. Un rato después la vieja se marchó y la otra empezó a pedir. Entretanto llegaron dos mujeres mayores poco menos que husmeando el género tras la vitrina. Vi llegar derrengadas sobre sus carros a las dos jóvenes obesas que me habían precedido en la entrada. Una de ellas, ensimismada, había estado a punto de llevarse por delante a uno que andaba por ahí aún más parsimonioso que ellas. Llevaban a sus dos crías pequeñas sobre el suplemento del carro, embobadas con el teléfono. Un asco indecible me recorrió el cuerpo al verlas por segunda vez, ahora echándole mano a las bandejas de carne envasada. Estaban deformadas hasta el extremo, las piernas torcidas, las enormes tetas caídas, las barrigas tocando el claxon a sus pútridos coños. Pensé en sus maridos y un escalofrío me recorrió el cuerpo. 

La tía seguía pidiéndole mercancía a la solitaria carnicera, una chica en el tipo del oficio. La tía era una pija y ella una gordita feúcha que maneja hachas y cuchillos para despiezar animales muertos. Con todo no hacía más que preguntarle una y otra vez como quería los cortes, si de esta manera o de la otra, a lo que la tía respondía con desgana. El asunto empezaba a dilatarse en el tiempo y esta vez no por ninguna vieja tocacojones. 

Una de las viejas que habían llegado después que yo se dio cuenta que no había cogido número al ver como lo hacía otra recién llegada. De todas formas el número electrónico seguía en el 17. Era evidente que la cosa no había ido de números hasta ese momento. Pero yo tenía el mío, lo había cogido al llegar, y aunque estaba cinco pasos más adelante era el primero para todos los que estábamos allí.

Cuando la zafia carnicera acabó de comerle el coño a la pija yo ya estaba casi cagándome en Dios. Tuvo tiempo, incluso, para preguntarle si quería una bolsa grande donde meter la compra, cosa a la que accedió, benévola. En esto fue que llegó una amiga de la carnicera, una que pasaba por allí, y mientras iba introduciendo las bandejas de carne en la gran bolsa de la tía pija empezaron a hablar de sus cosas tal y como si estuvieran en una jodida carnicería de barrio. Ahí ya me cagué en Dios pero bien.

- Ahí tiene, gracias -le dijo a la pija sin dejar de hablar tonterías- Siguiente.
- Yo -dije echando al número 22 en el puto cubito de metal dispuesto para ello.
- No -dijo ella- Creo que esta señora esta antes -respondió indicando a una de las viejas.
- No- dije yo- Yo estaba antes. Y he cogido número.

No respondió. Pasó números y llegó hasta el 24. Yo tenía razón.

- ¿Qué quiere? -dijo mohína.
- Dos kilos de hígado de ternera -respondí- En filetes finos.

Había ido hasta allí aposta por el hígado, aunque mi idea inicial era pillar un kilo. Ahora iban a ser dos. Poco faltó para que le dijera que fileteara el hígado entero.


- ¿Qué tal, Kufisto? -dijo el barbado concejal de Cultura que me precedía en la caja asignada.
- Bien, Mariano.

Algo pitó en su carro y enseguida se dio cuenta del error entre las bolsas.

- ¡Ay, mira, perdona!- le dijo a la cajera-
- ¡Manguis! -dije yo-

Nos reímos. Yo me he largado de allí con auriculares de veinte pavos.

- ¿Todo bien, Kufisto?
- Todo bien, Mariano.


Llegué a casa, me comí unos filetes de hígado de ternera, vi una conferencia acerca de Blas Piñar, me hice una paja viendo a una muchacha de tetas gordas y me fui a dormir con el audiolibro de "La sombra sobre Innsmouth", con sus peces-ranas, con su olor a pescado, con sus habitaciones de tres puertas, con sus delirantes ancianos, con sus desfiles monstruosos, con sus escapadas de sí mismo.

Hasta que se encuentra.


Desperté bien y me fui al bar.

La adorable anciana que traen a desayunar volvió a repetirme, ya a solas y medio ida, sus ganas de volver a Cantabria, a su mar, a sus playas, a sus arrecifes, a la tierra y al agua en la que creció tan alejada de este secarral en el que se va a ver obligada a morir al cuidado de su extraño hijo.

Algunas mañanas en las que no estoy muy liado me lo dice pensando en su imposible pronta ida a su tierra, a su mar: "sólo voy a echarte de menos a ti, Kufistín. ¿Vendrás a verme? Aquello es maravilloso"


No.




sábado, 26 de marzo de 2022

BARRÍ EL BAR Y PASÉ EL MOCHO POR LO MÁS VISIBLE

Tuve que hacerme una paja. Poco después, al fin, me dormí. Desperté, empalmado, media hora antes de la hora límite. Hoy me habría venido bien una hora más de sueño. No me hubiera costado nada volver a cerrar los ojos y quedarme dormido al instante sin necesidad de recurrir a ninguna otra medida. Es más fácil. Cuesta menos salir un momento del sueño que penetrar en él. La mente entonces está como muerta y el alma anda a sus cosas, dejándote descansar en paz. Pero muy pronto, cual animalillo salvaje, aquella se despereza ¡y mira!, ¡tienes que levantarte ya!, ¡tienes que ir al bar! ¡tienes que trabajar! ¡tienes que preparar! ¡empieza un nuevo día! ¡jajaja!

Me acometió un gran cansancio poco antes de que empezara el jaleo del mediodía, justo cuando pude parar un momento. Habría podido dormirme enseguida de haber caído en una cama, en cualquier cama, incluso en el suelo.  

- Si ahora me bebiera de dos tragos un johnnie con cocacola -le dije a un amigo- me pondría en marcha en cero coma dos.

Él se rió y bebió de su tercio.

La gente llegó y todo lo demás pasó a otro plano. Era llegado el tiempo para los otros. Todo lo que había hecho en el día hasta ese momento era para esto. 

Solo, como casi siempre, pasé el mal trago. A última hora, ya un tanto aliviado, vino un amigo. Traía mala cara aunque su ánimo parecía el habitual. Pidió cerveza helada y volvió a elogiar mi forma de tirarlas. Como de pasada dijo algo de un dolor en la garganta pero yo todavía andaba de acá para allá.

- Kufisto -dijo tras apurar la tapa del guiso de su segunda cerveza- Creo que voy a comer aquí.

Pero entonces recibió una llamada en uno de sus teléfonos, la miró y tuvo que marcharse.

- No tardo. Ve calentándolo. 

Volvió pronto. Ya sólo quedaba una mesa de varias parejas en el fondo del salón. Le puse una ración y seguí fregando platos. 

Acabé. Eran las tres y media de la tarde. Ya debería haber cerrado el bar. Hoy cerraríamos de cuatro a seis. 

- ¿Y eso?
- Mi hermano está de boda

Pasé las dos mesas altas de la calle para dar a entender a los del fondo que la fiesta, al menos aquí, se había acabado. Tuve que bajar las persianas y apagar la tragaperras para que se dieran por enterados.

- Échate una cerveza, me cago en Dios -dijo- Y ponme un café.

Abrí un tercio. Es más llevadero que una de barril.

Los últimos se fueron agradeciendo los servicios prestados. Eché la llave.

- ¿Se puede fumar, no?
- Claro

Entró a la barra para ver los whiskies. "No veo ya bien, Kufisto" Eligió un Chivas 18.

- Me duele la garganta, Kufisto. Tengo un bulto ahí...
- Una infección -dije por decir-
- Tengo Strepsils en casa
- ¿Y qué coño van a solucionarte los Strepsils? -dije pensando en la Amoxicilina-

Enseguida pasamos a otro tema. Estábamos frente a la imponente vitrina de los whiskies y, como tantas otras veces, fuimos alabando a la inmensa mayoría de ellos. Por un instante pensé decirle que se hiciera un par de rayas. Creo que nunca en la vida me he metido cocaína sin estar al menos medio borracho.

Me extrañó verlo fumar tan de seguido. Es un tío que apenas fuma y en el rato que tardó en beberse la copa se fumó tres. 

Tenía mala cara cuando se fue alegando algo de un resfriado.

Barrí el bar y pasé el mocho por lo más visible. 


Mi turno había acabado. Ahora podía llegar a casar, tumbarme en la cama, en mi cama, y dormir, ¿no?

No. 


Jajaja...No, hijoputa.


sábado, 19 de marzo de 2022

LIMÓN

 - Tienen buena pinta -dijo la guapa cajera al tiempo que los pesaba.
- Sí -respondí- Es verdad.

Ya un tanto blandos al tacto pero de irreprochable aspecto no puse ninguna pega. Claro que ella no los había palpado pero tampoco había dicho ninguna mentira; después de todo tan sólo se había referido a su apariencia, al aspecto, al color y a la forma, y así vistos sin duda alguna tenía razón.

Pagué y me despedí deseándole una buena tarde, cosa que agradeció.

"¡Qué tonto! -pensé mientras conducía de vuelta al bar- Podría haberle dicho que la pinta de los limones era buena pero no tanto como la suya. Seguro que lo habría agradecido. La chica es simpática y te mira a los ojos cuando te devuelve el cambio. Seguro que hablan de mi entre ellas, tienen tan pocos clientes que les da tiempo...Sí, no hay mucha competencia. Soy viejuno y tal pero me conservo bastante bien. Y la coleta me da el aire justo de outsider, de tío interesante, de renegado...¡Ay Kufisto, la madre que te parió! -sonreí acordándome del justiciero Lorenzo Lamas, el rey de las camas, en aquella merdosa serie de los ochenta- La madre que te parió"

Llegué al bar, abrí la puerta, dejé los limones para el turno de tarde, apuré el tercio de cerveza abierto, pillé algo de bebida que llevarme a casa, cogí el cigarrillo que había dejado en el cenicero, apagué el extractor y echando un último y rápido vistazo salí y volví a cerrar para esta vez sí no volver hasta mañana.

Bajé por la avenida echando una vistazo a las terrazas de los diferentes restaurantes. Estaban casi vacías, incluso las acristaladas, algo que me sorprendió. Tan sólo se veía movimiento en el de más abajo, el más célebre, uno que lleva el hijo de quien lo abriera allá por finales de los sesenta, uno que quiso ser cura y al final acabó en el negocio familiar. Es mayor que yo, ya andará por los cincuentaitantos, tiene pasta pero es esclavo de su trabajo y así se lo comenté una vez a alguien, a lo que fui respondido con la poderosa explicación de que sí, lo lleva él, pero también hay un par de hermanas por medio y...

Siempre me acuerdo del exitoso hostelero que lo hizo a principios de los noventa, de aquel que lo vendió todo y se largó a vivir a Mallorca para no volver más que en contadísimas ocasiones. Era amigo de mi padre y se pasaba por el viejo bar para charlar un rato con él. Pocas veces, muy pocas, he visto sonrisa semejante: no se le caía de los labios. Y luego ves a todos estos, a los cuatro factotums de la hostelería del pueblo, y no hay nada bueno en su mirada. Resulta imposible tenerles envidia o incluso odiarles por su encimahombrismo diluido en signos de riqueza, influencias políticas o el evidente abuso de sustancias. Pero aquel tío que lo vendió todo y se largó a Mallorca, sí: aquel tío daba envidia incluso a un chico de veinte años.

Mi mañana no fue mala; chinochano, chinochano (como se dice por aquí) la cosa fue para adelante al ritmo acostumbrado. Yo no había despertado demasiado bien, al contrario. Ya a eso de la una me desvelé por un escalofrío, aunque no tardé en volver a dormirme después de tirar un poco de las mantas. Hará un par de semanas que no hago la cama y ya se va notando. A eso de las seis abrí el ojo todavía soñando con ella. Es increíble pero trece años después todavía hay noches en las que sueño con ella. Hoy, sonriendo, sus ojos me decían que no me preocupara. Qué sonrisa...

Una hora después de haber abierto el bar llegó mi primera clienta, la nonagenaria, hoy acompañada por su hijo. Yo ya tenía enfilado el guiso del mediodía y más de las mitad de las pulgas. Entró al bar arrastrando su tacatá al grito de "¡Buenos días, compañero!" que a voces respondí desde la cocina y enseguida le serví el desayuno, café con leche y dos azucarillos, zumo de naranja y una porra que su hijo pagó antes de irse a hacer sus cosas.

- ¿Qué tal estás, hijo? -dijo mientras la servía.
- Bien, compañera.
- ¡Cuanto voy a echarte de menos cuando me vaya a Cantabria!
- Sí. Y yo a usted.

Jamás volverá a Cantabria. O al menos no como ella cree.

- Hijo -me dijo un rato después, ya solos, una vez bajado a su petición el volumen del televisor- En Cantabria todo es verde. El mar, los valles, lo bosques, las montañas...¡Pero aquí, en La Mancha...!
- Ya...-me acordé de Ruidera.
- ¡Aquí todo es...! - Y era como si se asfixiara a pesar de los casi treinta años que lleva viviendo aquí. 

Quité el sonido de la tele que tanto le molesta y puse Ten Years After, su gran concierto en Woodstock. No protestó. 

Luego, poco a poco, chinochano chinochano, fueron llegando los clientes, incluso ese bruto en compañía de un amigo que me hizo replantearme otra vez si no estaríamos mejor gobernados en manos de las ancianas nonagenarias.

Yo estaba malo y el guiso casi se jodió por circunstancias que no vienen el caso. 

Pero el día pasó. El día del Padre. "Padrenuestro que estás en los cielos..."

"Estará bueno mi padre" pensé. Hace cinco años ya.

Hoy cerrábamos a media tarde. Mi hermano, el jefe, está de boda, y cerraríamos de cuatro a seis. A eso de las tres sólo tenía en el bar a un ex-presidiario con sus dos hijas, la rubia foca con la que ahora está, y una putilla que llegó a última hora.


Ya estaba mejor. Quizá hasta para echarme un chupito de whisky. Se fueron. Cerré, pasé adentro las dos mesas altas de la terraza con sus taburetes, eché la llave, apagué la tragaperras, bajé las persianas, barrí, fregué un poco, abrí un tercio y me rulé un cigarrillo. 

Todo estaba bien. Encendí el extractor.


Y me fui a comprar limones.




domingo, 13 de marzo de 2022

COJONES FRITOS

 


Acabé el día dándole fin a la que creo era la última novela de Agatha Christie que me faltaba por leer. El primer capítulo (leído la tarde anterior) había sido realmente bueno: una anciana Miss Marple se valía de una astuta artimaña para desembarazarse de su pesada cuidadora durante un par de horas con el fin de salir un rato y ver la nueva urbanización de Saint Mary Mead. Luego todo seguía por los entretenidos derroteros habituales pero sin esa magia inicial. Quizá Agatha pudo haber hecho lo que Simenon, tenía el talento suficiente para ello, pero cuando se salió de sus márgenes sólo lo hizo por escribir cosas románticas bajo seudónimo. "La mujer es superficie" dijo Nietzsche. Miré en la Red por la novela, su ficha en la Wiki, están todas, también el extenso artículo en inglés, su desaparición durante dos semanas cuando ya famosa fue abandonada por el marido, su inscripción en un hotel bajo el nombre de la amante que había destrozado el matrimonio...todo eso. Intrigado escribí "Agatha Christie young" y busqué en imágenes. En algunas no estaba mal, incluso interesante, tenía una buena nariz, pero la mejor de todas era la de siendo niña: en esos ojos, en esa mirada, en esa boca cerrada, estaba todo lo que vino después.

Apagué el ordenador y me fui a la cama. Estaba reventado. No tardé en dormirme.

Ya ayer lo pensé de mi ancianita, la que a primera hora traen a desayunar al bar, aunque es demasiado mayor. Podría ser Miss Marple con veinte años más. Está fatal de las piernas pero la cabeza le funciona bien. Lee el periódico y tiene su opinión sobre las cosas que pasan, bastante seguidista, por cierto. A veces me echa la mano cuando le dejo el café, el churro y el zumo de naranja y con una sonrisa me dice: "Gracias, compañero, ¡qué hambre tengo!. ¡Cuanto te voy a echar de menos cuando no esté aquí!" Ella a veces cree que pronto se irá a su tierra, a Cantabria, pero eso es algo que sólo pasa con las vacaciones de verano del hijo que la cuida. 

- ¡Adiós, hijo! -me dijo arrastrando el tacatá cuando a eso de las diez volvió el suyo para recogerla.
- ¡Hasta el martes, compañera! -respondí.
- Sí...-dijo parándose- Es una pena que no abras los lunes.
- Pero el martes llega pronto, doña Carmen.
- No creas, Kufistín, no creas...Adiós.

"Días de mucho, vísperas de ná" Así pasó la mañana y aún el mediodía. Tuve tiempo para mirar las moscas y pensar que no nos dan tanto asco como las cucarachas sólo porque tienen alas. Todo lo que vuela es menos malo que todo lo que se arrastra.

Mi amiga llegó a eso de las tres menos cuarto. Hacía una semana larga que no la veía. Y hará tres o cuatro días que se me jodió el teléfono y estoy tirando con uno viejo pero sin wasap ni audiolibros, esto último muy a mi pesar. ¿El viernes? sí, el viernes, el día que se fundió a negro estuve a punto de ir a comprar uno nuevo, pero llovía y lo dejé estar. Y ayer no era día para eso. "¿Quien sabe? -pensé- Quizá me venga bien. No estar tan pendiente de Internet, no escuchar tanto audiolibro, no tener wasap...Como decía el malaventurado Pangloss en Cándido: todo sucede de la mejor manera que puede suceder"

Yo estaba charlando con un amigo, un buen chico que también piensa como la abuela, "hijo de Putin"; perdió a un hermano siendo joven, está soltero, todavía vive son su madre y ve la televisión y sus anuncios.

En fin, que mi amiga llegó y lo primero que hizo fue enseñarme un vídeo de una de sus adorables hijas pequeñas hablando de la guerra en Ucrania y de los niños que los rusos están matando.

- Escucha, Kufisto -me dijo enseñándome el teléfono. Pero no oía una puta mierda.
- Está muy guapa la chica -le dije poco antes de terminar.
- ¿Y lo que dice?
- No he entendido nada
- Gilipollas

Le pasó el teléfono a mi amigo y este lo cogió y se lo llevó a la oreja.

- Muy bien, muy bien...
- ¿Qué? -dijo ella- ¿Qué os parece? Me he apuntado a recoger a un niño refugiado.
- No jodas -dije yo.
- ¿No jodas, qué?
- ¿Con siete hijos te has apuntado a por otro?
- ¡Vaya! ¡Y me lo llevo!
- Joder...

Salimos a fumar. Un coche pasó pitando por el otro lado de la avenida. 

- ¡Eh, ehhh! -gritó ella. Era su "padrino" Pararon. Tres chicos y un bebé venían con ellos.

- ¡Kufisto! -voceó él nada más entrar- ¿Qué tal va eso?
- Bien, coño, bien...
- Aquí estás con mi niña
- Ya

Revolución. Mi a migo se largó a comer las sobras de ayer con su madre.

- ¡Cerveza, Kufisto!

Cerveza. Venga cerveza.

- Kufisto -dijo la niña mayor.
- ¿Qué?
- ¿Sabes como te llama mi abuelo?
- No 
- ¿No te vas a enfadar?
- No
- ¿Seguro?
- Seguro
- ¡Kufisto, el de los cojones fritos!


La gata está arañando la silla desde la que escribo. Le he dejado abierta la puerta de la habitación para que pueda encaramarse a la ventana bajada aunque sólo sea para vislumbrar lo que hay afuera. Por ahí se escapó una vez. Pero se ha cansado pronto. Y viene aquí y araña donde yo estoy sentado. Es un buen sillón, no creáis, lo compré hace unos meses y se nota un montón. Le tengo puesto una especie de trapo por encima, una cosa que podría decirse en una palabra que no sé pero "bien está", como decía una de las viejas de las mejores novelas del gran Simenon. Lo malo es que las ruedecillas se enganchan en la tela sobrante y se pierde movilidad. Pero eso se soluciona dando un empujón. Un buen empujón.


Maúlla la gata. Yo creo que hasta ella sabe quien es el asesino.