sábado, 15 de septiembre de 2018

SOL DE AGUA

- Es un sol de agua -dijo el cliente
- Sí -respondí por decir algo que mi silencio no provocara hablar más y peor después- El aire huele húmedo.

Yo no sabía qué era ese "sol de agua" del que hablaba el amigo, pero por el contexto colegí que se refería a la posibilidad de lluvia. Estábamos en la puerta del bar y él dijo eso y bueno, qué iba a decir yo, pues que sí, que a pesar de las pocas y ligeras nubes olía a humedad y todo eso, que era muy posible que lloviera durante la tarde y todo lo demás, que ya llega octubre, el otoño, las hojas caen, los días se hacen más cortos, el cambio de hora y la Navidad...El colega quedó satisfecho y pasamos para adentro. Pronto llegó otro y se hizo con él, le vale casi cualquiera. Yo me liberé otra vez de toda mala conciencia por mi perpetuo desinterés en público y empecé a recoger la barra. En media hora, si no había ningún imprevisto, estaría solo en casa para no hacer nada que no quisiera hacer.

En el otro extremo de la barra había dos currantes hablando de las cosas del trabajo, criticándolas. Uno de ellos, el más viejo, me dijo una vez que si no sabía quien era él; empezó a darme explicaciones de sus hermanos, amigos y familiares, bares antiguos en los que por fuerza tuvimos que coincidir de jóvenes y de los que yo apenas recordaba nada. Con todo a veces decía que sí, o "ahhh, ya...ese que", respuestas abiertas que daban a entender mi conocimiento de la cosa en cuestión aunque en verdad fuera un subterfugio para salir del paso cuanto antes. El contexto ayuda bastante en todo esto. No sé qué sería de mi sin el contexto. Seguramente haría bastante tiempo que estaría en prisión.

El contexto apareció en mi vida cuando dejé de estudiar y algún tiempo después empecé a trabajar. Hasta entonces yo no sabía lo que era tal si no quizás por los libros que leía: uno no podía estar cada dos por tres mirando en el diccionario por las palabras que no conocía. Bastaba con encontrártelas en un párrafo para más o menos situarlas en sus márgenes. Los escritores son una gente bastante coñazo; como no son habladores, escriben y escriben conteniendo el aliento; buscan palabras con las que amartillar sus frases, adjetivos y sustantivos que poco o nada añaden a lo que están contando y que causan en el joven e impetuoso lector unas ganas enormes de darle un puñetazo en el estómago. Luego, como en la vida, recuerdas que siempre te quedará el contexto y te calmas. O sino otro libro o el fin de tu turno.

Ya se habían ido los dos currantes (les invité a un par de cañas que agradecieron casi tanto como yo dejar de escuchar sus tonterías) y sólo quedaban el colega y el otro tío de cara rara. Es este un cuarentón divorciado que se ha quedado en el paro. Es callado conmigo y hablador con otros, como el colega, otro que le gusta hablar. Y ahí estaban, hablando de sus cosas mientras yo terminaba de limpiar la barra, bajar los toldos y apagando la maldita televisión. Bajé la música (country de mierda pero que al menos no me subleva) y estaba a punto de cerrar la puerta cuando llegó el último cliente, uno con el que me fumé unos cuantos petas en mi juventud. Le dejé pasar, cerré la puerta, le puse su café de rigor y se quedó enzarzado con el As. Le chiflan los deportes. "Kufisto, ¿no pones el...?" lo que sea, me dice algunas tardes de verano. Y entonces cojo y lo pongo; sin voz, claro. Y él va echándoles vistazos entre página y página del deportivo. Una vez le pregunté a uno de sus amigos sobre su trabajo. Se rió y me dijo que no trabajaba en nada, que ese no sabía lo que era trabajar. Está casado con uno de mis primeros amores platónicos y parece ser que eso y cuidar de su hijito le basta. No me disgusta. No es tonto y sabe estar callado. Pero yo le he visto esa mirada y esas palabras de loco por tonterías difíciles de entender. Una pequeña broma de este su amigo que os digo le llevó una tarde a una especie de paroxismo que nos dejó a todos petrificados. Se ve que el fuerte contexto familiar que padeció en su infancia dejó eterna huella en su genio. Y viendo que podía vivir de una mujer pensó que lo mejor para él era no trabajar.

Se fue al poco y me quedé con los otros dos ya a puerta cerrada. Era mi nuevo amigo quien estaba en el uso de la palabra tras el largo soliloquio que el otro había escupido mientras yo andaba de acá para allá. Retazos de odio y mala leche por su última experiencia laboral quedaron en mis oídos sin quererlo yo. Recordé aquella vez que tras su tercera copa escuchó el comentario mío sobre el hijoputa de Inda que le estaba diciendo a un amigo y las palabras de odio animal y la mirada aún más cerrada que le entraron al oír ese nombre. Ahora estaba escuchando el comentario de Totus tuus, que así habría que llamarlo y así voy hacerlo desde este momento, pues es increíble la cantidad de gente que conoce y más aún que le quieren. Y ya, una vez acabado todo lo que tenía que hacer, me salí para sentarme con ellos.

Totus tuus estaba repitiendo otra vez la parte más decisiva de la alucinante escena que había tenido con una jefa al principio de entrar a trabajar en lo que todavía sigue trabajando. Yo no pude menos que reírme al oírlo. Él, siempre tan simpático y comedido, tan educado y buena gente, ahora tenía la yugular bombeando sangre como si estuviera viendo a la misma puta zorra gorda que tanto le sublevara aquel día en el que por una nimiedad lo dejó en ridículo a la vista de todos.

- Luego la cogí y le dije que quería hablar con ella. Le dije que ni se le ocurriera tratarme otra vez como lo había hecho. Y que si lo hacía LA RAJABA. Claro que entonces todavía no estaba esta ley de mierda de las mujeres  y tal...pero es igual, hoy le hubiese dicho lo mismo.

Me reí tanto al ver ese odio saliendo por su boca que los tres acabamos por reírnos.

- Joder, Totus tuus, ¿de verdad le dijiste eso? -le dije
- ¡Que me quede muerto si no fue así!

Él, un chico enfermizo, un tío con problemas de salud, un chaval condenado desde su nacimiento no había podido evitar aquel arrebato de odio extremo hacia alguien que se había pasado de la raya por muy jefa que fuera...

Nos fuimos. Totus tuus se vino conmigo. Durante el trayecto hacia su casa, la de sus ancianos padres enfermos a los que cuida y con los que sigue viviendo, siguió explicándome toda aquella situación, como justificándose. Yo reía y él se animaba por hacerlo con trazos aún más gruesos. Él me conoce desde hace más tiempo de lo que yo a él y supongo que pensaba que eso era lo que me iba a gustar. Y así fue.

A Totus tuus lo conozco desde siempre, sólo que antes no era nadie para mi. Supongo que mi falta de contexto, la irreductible barbarie que me dominó durante mis años más tiernos, hizo que él me viera como una especie de loco peligroso. Luego coincidí con él alguna que otra vez por circunstancias más que obligadas y la cosa no fue a mejor, todo lo contrario, aunque no fuera nada de vis a vis. Y al final, hace algunos meses, ha venido a parar a mi bar y nos hemos caído en gracia. Por el contexto en mi caso, claro. Siempre por el contexto.

Yo de pequeño, cuando empecé a tener consciencia, lo primero que me gustó fue el Universo. Miraba los planetas tan grandes y luego leías que apenas eran nada con el resto y me quedaba maravillado. Yo quería hacer algo de eso. Mirar los planetas con un telescopio, viajar a ellos y ver si era de verdad todo todo aquello. Yo era pequeño y me gustaba todo lo grande, lo enorme, lo que te dejaba con la boca abierta. Leía a Julio Verne y sus veinte mis leguas de viaje submarino. "Veinte mil leguas...¿cuanto es una legua?" Era el contexto. Un viaje es algo medible, así que legua era algo que se podía medir. Todavía no sé cuanto es una legua.

- Kufisto -me decía Totus tuus de camino a casa de sus padres- yo es que no sé como puede haber gente así, tan cabrona, tan hija de puta...Mira que han pasado años y no puedo olvidarlo. Esa hija de puta trabaja desde hace tiempo en la otra oficina pero es que no puedo ni verla...El otro día vino a la mía a no sé qué y le dije que lo hiciera de la forma y manera debida. Por supuesto ni se atrevió a contestar, yo hace tiempo que soy su par y ni se atreve a levantarme la voz...Pero es que sigue siendo tan hija de puta como hace veinte años. Y no. No me da la gana. "¿Quieres esto? Bien; pero vas a hacerlo como manda el reglamento" Y se fue. ¡Se fue sin decir nada! ¡Que le jodan, maldita zorra!


Lo dejé en la casa de sus padres. Llegué a la mía y viéndome ya medio malo por el inaudito exceso físico de hace un par de días decidí que lo mejor sería salir a andar un rato. No es bueno quedarse en casa cuando uno no está bien.


El sol sería de agua pero no llovía. Más o menos todo estaba como antes de ayer y aunque yo era el mismo la cosa se hacía un poco más complicada. ¿Por qué hacer lo mismo si yo no era el mismo? ¿Lo haría si a la vuelta me esperara algo mejor? ¿Lo haría por una ilusión, por un sueño, como tantas veces lo hice cuando era menos viejo que ahora? Antes hacía cosas sólo para probarme, para ver si era capaz de hacerlas. Y cuanto peor estaba, más ganas de hacerlas tenía. La fuerza, su exceso, tiene los ojos muy juntos. Y el peligro está en que te quedes bizco.


Y vi el monte y pensé que lo mejor sería volver a casa y escribir algo antes de que al sol de agua le diera por llover.


Cosa que a esta hora sigue sin hacer.





domingo, 2 de septiembre de 2018

STREETS OF GOLD

A esta hora estarás por ahí, en otros bares, con tu novio o marido o lo que sea que fuere ese pijo tan educado que te abrazaba por detrás de vez en cuando. Tus amigas, tan compuestas ellas, tan monas, seguirán riendo contándose sus cosas y haciéndose fotos que enseñar al momento. Los chicos de tus amigas, tu novio o marido entre ellos, hablarán a grandes voces entre ellos: que si las motazos que llevan, que si las que se van a comprar, que si este coche de mil caballos o esa bicicleta para los domingos que vale más que mi puto auto. Dos meses han tardado en pasarle la ITV, algo que nunca les llegará a pasar a ninguno de tus hombres. Una mañana de descanso vi la cola que había y decidí que era mejor llevarlo al taller, a "mi" taller, para que la pasaran ellos. Y no es que tuviera urgencias que hacer, sólo soy un camarero que a veces escribe, pero no podía soportar la idea de estar haciendo cola durante horas en mi día libre. Dos meses. Tampoco es que me hiciera mucha falta...pero dos meses. Luego fui a recogerlo y pagué encima de la mano. No había necesidad, pero cuando uno vive como yo lo llevo haciendo desde hace tanto tiempo lo único que quiere es que le dejen en paz. Vivir en paz es casi como descansar en paz, preciosa. Por eso cuando ayer llegaste al bar y vi tus ojos azules hablándome de la copa que querías beber fue como si hubieses atravesado el anillo de fuego y me hubieras despertado con un beso. Es algo de Wagner y pasa al revés, pero fue así aunque tú no sepas de qué coño estoy hablando. Muchas veces es un coñazo, todo hablar en bárbaro de carros de fuego capaces de llegar al sol o de espadas de titanio reforzado tanto como para hacer llorar de miedo a los titanes que quieren el maillot amarillo de los domingos. Pero entre medias habla del amor. Y entonces soy yo el que lloro.

Tampoco es para tanto. Una furtiva lágrima de vez en cuando y fuera. No creas que soy un plancha abanicos ni nada de eso, no...Al contrario: cuanto más fuerte es el viento, más me cago en Dios. Me gusta esa sensación. Si yo fuera Dios me gustaría ver a alguien como yo. Todos esos curillas, toda esa gente que ve a Dios como si fuera tu novio, no tienen ni puta idea de lo que significa crear algo de prácticamente nada, lo que sea. Pero empiezo a hablar de Dios y esto no será cosa de tu agrado. Tú estás ahí, has pasado este fin de semana por mi bar, te he visto, y lo que quieres es alguien con un par de huevos que eche la escalera al cielo que lleva hacia ti, como Matilde con el buen Sorel. ¿Has leído ese libro? Es el último que he leído. Claro que al final lo primero es lo primero. Eso siempre será así.

De todas formas estoy echándola por ti. A mi manera, claro; ya no tengo veinte años, tú tampoco, y por la cara con la que recibías los arrumacos de tu torrelodones tampoco es que parezca ser lo que todavía puedes conseguir. No conmigo, claro, sólo soy un puto camarero más o menos bien conservado...

Ya había llegado mi hermano y yo estaba ahí afuera echándome un pito. Entonces tú has salido la primera y te has ido. Luego todos los demás. Faltaban algunas copas por pagar y he pasado adentro. Una de tus amigas, la más simpática de vosotras y bien mona, estaba pagándole a mi hermano pequeño. Hemos hablado un momento entre risas celebrando la buenas copas y el buen techno de estos días que tanto les ha hecho bailar y me ha dicho que gracias por todo.

- ¿Os vais hoy?
- Mañana a primera hora
- Ah...


Adiós.





miércoles, 29 de agosto de 2018

DOBLANDO ESQUINAS

Desperté de la siesta con una erección. Fui a comprar naranjas a la frutería de la esquina y al pagarlas ella no hizo el comentario que esperaba. No dijo nada y volví a casa. Cogí la bici y me fui al parque. Estuve leyendo en un banco apartado hasta que el sol empezó a ponerse y las sombras fueron oscureciendo el papel. Sorel acababa de pegarle dos tiros a su primera amante creyendo haberla matado. Luego, en la cárcel, se enteró de que estaba con vida y se alegró. Recogí las cosas y marché para casa mientras veía a la gente pasando ante mi.

Todavía era de día y yo apenas llevaba algo más de dos horas despierto. Estaba relajado y pensé que lo mejor sería salir a pasear antes de encerrarme por hoy. Dudé en volver a salir con la gorrilla pero al final me la llevé. El ocaso era tibio y despejado. La humedad que había recibido al día se había difuminado con sus nubes y todo parecía estar en su sitio correcto. Los viejos sacaban la basura por el barrio antiguo y un poco más allá, en la gran avenida, la gente andaba, corría, iba en bici, en patines o miraba jugar a sus hijos. El calvo de la oficina inmobiliaria se afanaba por convencer de sus planos a una pareja joven que le escuchaba con las piernas encogidas y la mano en la boca. Tuvo tiempo para mirarme de refilón mientras daba unos golpecitos en la mesa como queriendo recalcar algo. Sonreí.

Vi gente tomando el fresco en la calle y olí a chicos fumando hierba en los parquecillos; otros estaban sentados en las terrazas y hablaban; también me encontré a quien como yo sólo andaba por ahí; el último de estos era mayor que yo, llevaba la gorra del revés y olía mal; por suerte estaba cerca la esquina y no tuve necesidad de acelerar el paso.

Una pareja de ancianos caminaban delante de mi cogidos de la mano. Puede que vinieran de misa. La iglesia que hacía poco había dejado atrás todavía tenía luz cuando pasé por su puerta. El hombre andaba como si fuera en un barco y movía el brazo como algunos hacen cuando hablan. La mujer miraba de vez en cuando a la otra acera, quizá buscando alguna amistad a la que saludar.

Ya en la manzana de mi piso vi una bolsa de basura desparramada en el suelo. Creí ver algo pero no paré. A lo lejos, poco a poco, vi acercarse a una mujer con una camiseta naranja fosforescente y unos pantaloncitos negros. Ella también había salido a andar y también llevaba los auriculares puestos. Tenía la melena negra y rizada, el pecho firme y los muslos dorados y prietos. Pasamos de largo y doblé la última esquina.

En la puerta de mi bloque, un poco más allá, los trabajadores del super hablaban entre ellos después de su jornada laboral. Mientras me acercaba fui buscando la llave correcta del llavero y así entré en el rellano.


Y ya en el ascensor le di al botón, se cerró la puerta y me quité los cascos.

sábado, 11 de agosto de 2018

SEIS DÍAS A TIEMPO COMPLETO

Despierto a eso de las siete. Salgo a pasear durante tres cuartos de hora y regreso a casa. Cojo las bolsas, la bici y me voy al parque. Hago algo de ejercicio y después leo un par de horas. Voy a ver a mi madre, hablo un rato con ella y de vuelta a casa para hacer la comida. Como pronto y me  echo un rato en el sofá sin llegar a dormirme profundamente: hace demasiado calor en el piso para eso. A las cuatro y pico vuelvo a coger mis cosas y otra vez al parque. Se está mejor allí. Leo otro par de horas y otra vez para casa. A veces salgo a dar otro breve paseo sobre las ocho, cuando ya declina el sol. Pero por lo general ya me quedo allí, leyendo. Ceno algo y a la cama.

La mejor parte del día es la primera. Un paseo al amanecer es mejor que meterse en el bar a poner cafés y tostadas. El parque es una maravilla, todo verde y sin ruidos ni voces. El verde es un color fabuloso. A veces me levanto del banco donde leo para fumar un cigarrillo y me pongo a mirar la hierba y los árboles. De vez en cuando aparece algún pato torpe y despistado. No me gustan demasiado; son ridículamente desconfiados; siempre te miran de reojo y un poco altaneros, como tantos de esos que uno se encuentra en la vida. Me recuerdan a la gente. No hacen más que comer y gritar. La otra tarde, sin embargo, me llevé una agradable sorpresa al ver a una gata con sus tres crías. Yo iba con la bici, ya a punto de irme, cuando me di cuenta de que entre los patos que entorpecían al camino, a un lado, justo en el margen del canal, una gata deambulaba un tanto acogotada entre tanto pato. Alguno había que le alzaba el cuello chillándole, seguro de estarlo protegido por el resto de los patos. La gata desviaba su camino y se iba hacia otro lado, como rondando, como haciendo guardia. Me bajé de la bici y enseguida vi a sus crías, aún muy pequeñas y de ojillos asustados. Maullaban sin parar y seguían a la madre que parecía no hacerles mucho caso. Uno de ellos era negro y contrastaba bastante con la espléndida belleza de los otros dos; también era un poco más torpe al moverse y tuve la sensación de que la madre no le tenía el mismo aprecio que a los otros dos. Me quedé un rato ahí, sentado en un banco cercano, mientras los miraba hacer. La madre parecía nerviosa, como asqueada por el hambre suya y la de sus crías que no dejaban de recordársela intentando chupar de la teta. Pensé en ir a casa y llevarles algo de la comida de mi gata pero decidí dejarlo para el día siguiente.

Y así lo hice. Era por la tarde y la gata estaba por el mismo rodal del día anterior, junto al canal, en las cercanías del hermoso platanero. Cosa rara, no había patos alrededor. Tampoco vi a los gatitos. Me acerqué con cuidado. Con todo, ella se alejó unos metros más allá sin dejar de mirarme fijamente. Oí unos pequeños maullidos procedentes del árbol y para mi sorpresa vi a los tres gatitos entre sus frondosas ramas. Me miraban con la misma cara de susto que la tarde anterior, maullando entre las sombras de las grandes hojas del platanero, refugio y también coto de caza de bichos tales como avispas, palomas, gorriones, moscardones y demás seres zumbadores. Por un momento pensé en el miedo que debían sentir las crías mientras esperaban el regreso de su madre. Todo ese ruido negro, todas esas formas amenazantes amplificadas por mil, era lo que llegabas a ver en sus miradas. Me giré y miré a la madre, que andaba nerviosa junto al canal. Cogí la comida que llevaba y la dejé al pie del árbol. Y retirándome a un banco cercano me senté a mirar.

Al principio la gata se quedó muy quieta, como esperando a ver cual era mi siguiente movimiento. Luego, una vez calibrada la situación, se acercó lentamente a la comida, la husmeó, la probó y viendo que estaba buena se sentó sobre sus patas traseras y empezó a comer con ansia, tanta que pronto se olvidó de mi, aunque hubiera bastado el más leve movimiento descompuesto para traerle mi recuerdo a su memoria. Cuando acabó y se alejó me acerqué y vi que apenas había dejado nada para nadie. Quizá esperaba que bajaran sus gatitos y se unieran a la fiesta todos felices y contentos, como en las pelis, ¡qué sé yo!, pero no fue así. Y es que para dar de comer, primero hay que haber comido. Ya les daría de su leche después.

Por lo demás la gente en el parque no es mucha y se ven pequeños desde mis bancos. Coloco la bolsa con la almohada dentro en una de las esquinas y así me pongo cómodo para leer. A veces, cuando me levanto y recojo las cosas para echármelas a la espalda y pillar la bici, me veo como uno de esos vagabundos que van por ahí con el mismo plan. Hoy, esta tarde, he visto a uno de ellos saliendo con su bici y el petate de las cercanías de los servicios. Llevaba la cara y el pelo mojados y he pensado que venía de asearse, incluso de hacer sus necesidades. Esta mañana pasé a mear por primera vez desde que ando por aquí y fue más o menos como me esperaba. Nadie tira de la cadena en estos sitios. Ni aunque en lugar de tirar de las viejas cadenas ahora baste con pulsar un botón.

Las novelas son buenas, el tiempo acompaña y yo estoy tan bien como pueda estarlo alguien como yo: dueño de mi espacio y de mi tiempo.


No hay nada mejor.

domingo, 5 de agosto de 2018

POCAS COSAS HAY QUE NO CURE UN PASEO

Y si no es que es malo.

Ayer me chispé. Hacía tiempo desde la última vez. Trabajé por la mañana y luego de noche como refuerzo. Me fui a casa a las cuatro. Un amigo me acercó en su coche. Tengo el mío en el taller para que le pasen la ITV. Ya lleva más de tres semanas allí, aparcado en la acera de enfrente. Suelo pasar junto a él durante mis paseos. No he llamado al mecánico para preguntar qué pasa. No me hace falta. Me apaño con la bici. Me gustaría venderlo por un precio razonable. No sé para qué lo tengo.

El paseo ha sido raro. Estaba en casa, acalorado y un poco triste, y he pensado que uno me haría bien como tantas otras veces antes. He mirado la aplicación del móvil y marcaba 38 grados. Parecía demasiado. En circunstancias normales no hubiera salido. Pero hoy no estoy normal. La mañana ha sido dura y un tanto desquiciante. Cada vez me sienta peor el alcohol. Eso que gano.

Por una vez he salido sin los auriculares. Quizá por esa falta de distracción he ido más receptivo durante el camino. Todo lo que salía a mi paso me decía algo: una sombra, un pájaro, los árboles, una moto, unos chicos haciéndole fotos a su auto, el asfalto, las pintadas, los molinos lejanos...cualquier cosa. Pensaba en mi vida y en lo rápido que está pasando. Apenas he hecho nada y parece como si ya lo tuviera todo hecho. Por un rato he pensado en lo raro y antinatural que es no tener mujer e hijos, vivir tan solo como yo vivo, sin desear nunca el trato con la gente nada más que cuando es estrictamente necesario. Hace años que no quedo con nadie. Hace años que no tengo relación con ninguna mujer. Vivo como si nadie mereciera la pena. Trabajo, paseo y leo. He meditado si realmente me doy cuenta de lo que he hecho con mi vida.

Poca gente en la calle. A esas horas estarían entre ellos, en las piscinas o en los bares tomando algo. O en casa viendo la tele. Quizá luego, al caer la noche, salgan a las terrazas a tomar un montado y unas cervezas. Me he acordado de mi padre, de como fue capaz de serlo de cinco hijos. No he conseguido entenderlo. Y su buen humor...Era un hombre que se preocupaba de su familia. Lo demás carecía de importancia. Jamás le vi leer nada que no fuera un periódico. recuerdo que una vez, de chaval, nos dijo que había leído "La metamorfosis" de Kafka, "lo del insecto". Supongo que sería cosa del colegio. Recuerdo bien el sentimiento de cercanía al oírle hablar de un libro que me había gustado tanto. Pero él apenas recordaba y no pasamos más allá del tío que se despierta convertido en un bicho. De sus temores y neuras no hubo ocasión. Pero me gustó que al menos lo conociera.

Unos tíos estaban fumando yerba sentados en un sucio banco. Eran de mi edad. Son de esa clase de gente que conoces desde siempre y con quienes no has cruzado palabra en la vida, tan sólo leves miradas, cada vez más leves, como si vernos fuese algo cada día más penoso. Estamos aquí, seguimos aquí y ya está bastante claro que no saldremos de aquí.

He saludado al gato malherido que vive junto a una casa. Tiene unas heridas horribles en el lomo. Es negro y tiene los ojos de color verde intenso, preciosos. Creo que el dueño de la casa le da de comer y beber. El animalito está siempre tirado en la sombra, somnoliento, aunque parece no sufrir. Ya son muchos los meses que llevo viéndolo. Y cada vez que paso por ahí me acuerdo de él. Siempre lo encuentro y me alegro por ello.

Un hambre feroz me ha asaltado casi desde que salí. Hoy apenas he comido nada y anoche no cené. He pensado en comer, en pegarme un atracón de comida basura, pero luego he caído en la mala noche que vendría después y al final no voy a comer nada. Dormir es lo que me hace falta. Y descansar. Mañana empiezo las vacaciones. Serán quince días. No sería malo intentar hacer otras cosas. Casi he decidido que las tardes las pasaré en la biblioteca. Al menos allí tienen aire acondicionado y hay gente joven silenciosa. Quizá conozca a alguna muchacha. Aunque ya soy viejo para ellas. Siempre lo fui.

Voy a fumar unos cigarrillos y a beber agua. Ya estoy mejor.

domingo, 1 de julio de 2018

ES UNA LARGA ENTRADA PARA EL ROCK

El trabajo. Verterme en él y olvidar lo demás. Madrugar más, abrir más temprano y luego, diez u once horas después, volver a casa y salir a pasear. De regreso, algo que leer; algo fácil y sin pretensiones; mejor de género, sencillo y directo, nada que pueda alimentar la ilusión de hacerla tuya, a tu manera, tan sencilla y directa como las que ahora lees pero sin esas cargas de profundidad, sin esos torpedos, dormidos desde hace tanto tiempo, que sólo pueden explotar en tu línea de flotación, en esa que te empeñaste en mantener contra todo y contra todos seguro de tu éxito. Y sino daba igual: no fui yo quien se empeñó en ser como soy. Cuando por fin me di cuenta de quien era no podía ser de otra manera. Y los otros ya nada podían hacer. Poco después guardé mi munición para utilizarla sólo conmigo mismo.

El trabajo. Abro el bar y lo coloco todo. Josemari viene y le mando a por la prensa y los churros. Luego llega Paco el ciego y le pongo su primer café del día. Hablamos algo y pongo un documental de Youtube en la tele. Ahora puedo hacerlo. Antes no y por eso sólo sintonizaba el canal de Teletienda. Todo lo demás me pone enfermo. Hubo una vez en la que un viejo con su mujer me pidió que pusiera las noticias. Le dije que no y no lo he vuelto a ver. Ahora pongo documentales del Universo y la formación de la Tierra. Hoy ha sido de los hombres de Neardenthal. No es que los yo los buscara sino que ha sido una de las sugerencias de la plataforma. Y por allí han ido pasando. Yo creía que los Neardentales eran los listos. No me acuerdo de nada.

España jugaba a las cuatro y yo quería que perdiera. Y al final perdió cuando quería que ganara.

¿Por qué perder? ¿Por qué perder siempre? ¿Por qué estar siempre en el lado débil de la posición? ¿Por qué ir con Fischer en lugar de Kasparov? ¿Por qué debilitarme cuando quiero hacer lo que más me gusta hacer? ¿Por qué tengo que coger ahora mismo, vestirme, e ir a por otra bebida más fuerte con la que borrar un par de párrafos de mierda que había escrito bajo los efectos de una cerveza nauseabunda? ¿Por qué no puedo hacer esto sin recurrir a algo más fuerte, a algo que haga click en mis putos torpedos sin necesidad de hacer clonc en el barco? ¿Por qué me pasa esto?

A veces, en esas tardes que salgo del bar, miro vídeos de esos newageros; estoy ahí, planchao, con un cansancio enorme, y esos putos imbéciles casi que me convencen con sus mierdas. Que si esto, que si lo otro, que si lo de allá está aquí y lo de más allá está más aquí y que tú, sólo tú y tu sisolosí, eres el que no entiendes nada porque en verdad estás lleno de mierda infecta pernambucana, y no sólo eso sino que acepta, ¡acepta!, ¡acepta las putas cosas!, ¡acepta a los Accept de Udo Dirskchneider!...Oh, Dios, tu puta madre.

¿Acepta? Pero qué acepto, hijo de puta. ¿Acepto al hijo de puta que me metía un dedo en el culo mientras me explicaba un problema de Matemáticas o qué cojones acepto? ¿acepto que ese bastardo, ese maestro en el que yo confiaba como si fuera mi puto padre, me hurgara en el ojal mientras me explicaba la regla del tres como si no fuera con él? ¡Y luego se olía el dedo, que yo lo veía desde mi pupitre! Hijo de puta...

España perdió. Un amigo que estaba con los señores me dijo de ir a tomar algo por ahí. Él tenía la copa entera y yo, ya animado, casi vacía.


- Vamos a tomarnos algo por ahí, Kufisto. Vas a flipar con el nivel de camareros
- No, me voy a mi puta casa
- Venga, joder, espérate un momento que me beba esto
- Que no, que me voy


Y por fin me fui.



martes, 22 de mayo de 2018

HUESOS

Veinte novelas de Agatha Christie tienen poco que hacer ante dos cervezas. Hay quien lee intentando descubrir al asesino y quien lo hace para llegar cuanto antes a que se lo descubran. En el camino, a veces, pasan cosas que cruzan por tu mente como si rebotaran en sus paredes. Y aquel lejano eco inconsciente ahora cobra un cierto sentido, el suficiente como para disminuir un tanto la velocidad de crucero y quedarte mirando para adentro. Sí, quizá por eso estás como estás y eres como eres. Pero ver el motivo no significa encontrar la solución al problema de tu novela: la fecha de caducidad pasa rápido para todo lo que cuenta y la de consumo preferente no deja de ser un cuento chino con el que despistar. Sí; si en ese momento, al empezarla, al menos hubieses tenido un listado con los personajes y el papel que iban a representar habrías tenido una posibilidad, una oportunidad con la que atenerte a lo que iba a venir. Pero no, no había nada de eso. E incluso llegado el caso, seguro que lo hubieses considerado como poco menos que un insulto a tu inteligencia: ¿qué es eso de decirte quienes son los que van a jugar contigo? ¿leoncitos a mi? Abre la puerta y retírate unos pasos más allá si tienes miedo, que tengo prisa.

Bien, vale, de acuerdo. Es una novela de misterio. No sabes quien la ha escrito ni tampoco cual es tu papel. No tienes ningún recuerdo hasta cierta edad y todo lo que empezó a pasar después es algo de lo que ahora no te sientes muy seguro de recordar con total fidelidad.


Y entonces, tras el quinto whisky después de la segunda cerveza y ya casi que convencido de ser tu mayordomo, piensas si no será mejor llamar a Telepizza y comer algo antes de irte a dormir.