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sábado, 11 de agosto de 2018

SEIS DÍAS A TIEMPO COMPLETO

Despierto a eso de las siete. Salgo a pasear durante tres cuartos de hora y regreso a casa. Cojo las bolsas, la bici y me voy al parque. Hago algo de ejercicio y después leo un par de horas. Voy a ver a mi madre, hablo un rato con ella y de vuelta a casa para hacer la comida. Como pronto y me  echo un rato en el sofá sin llegar a dormirme profundamente: hace demasiado calor en el piso para eso. A las cuatro y pico vuelvo a coger mis cosas y otra vez al parque. Se está mejor allí. Leo otro par de horas y otra vez para casa. A veces salgo a dar otro breve paseo sobre las ocho, cuando ya declina el sol. Pero por lo general ya me quedo allí, leyendo. Ceno algo y a la cama.

La mejor parte del día es la primera. Un paseo al amanecer es mejor que meterse en el bar a poner cafés y tostadas. El parque es una maravilla, todo verde y sin ruidos ni voces. El verde es un color fabuloso. A veces me levanto del banco donde leo para fumar un cigarrillo y me pongo a mirar la hierba y los árboles. De vez en cuando aparece algún pato torpe y despistado. No me gustan demasiado; son ridículamente desconfiados; siempre te miran de reojo y un poco altaneros, como tantos de esos que uno se encuentra en la vida. Me recuerdan a la gente. No hacen más que comer y gritar. La otra tarde, sin embargo, me llevé una agradable sorpresa al ver a una gata con sus tres crías. Yo iba con la bici, ya a punto de irme, cuando me di cuenta de que entre los patos que entorpecían al camino, a un lado, justo en el margen del canal, una gata deambulaba un tanto acogotada entre tanto pato. Alguno había que le alzaba el cuello chillándole, seguro de estarlo protegido por el resto de los patos. La gata desviaba su camino y se iba hacia otro lado, como rondando, como haciendo guardia. Me bajé de la bici y enseguida vi a sus crías, aún muy pequeñas y de ojillos asustados. Maullaban sin parar y seguían a la madre que parecía no hacerles mucho caso. Uno de ellos era negro y contrastaba bastante con la espléndida belleza de los otros dos; también era un poco más torpe al moverse y tuve la sensación de que la madre no le tenía el mismo aprecio que a los otros dos. Me quedé un rato ahí, sentado en un banco cercano, mientras los miraba hacer. La madre parecía nerviosa, como asqueada por el hambre suya y la de sus crías que no dejaban de recordársela intentando chupar de la teta. Pensé en ir a casa y llevarles algo de la comida de mi gata pero decidí dejarlo para el día siguiente.

Y así lo hice. Era por la tarde y la gata estaba por el mismo rodal del día anterior, junto al canal, en las cercanías del hermoso platanero. Cosa rara, no había patos alrededor. Tampoco vi a los gatitos. Me acerqué con cuidado. Con todo, ella se alejó unos metros más allá sin dejar de mirarme fijamente. Oí unos pequeños maullidos procedentes del árbol y para mi sorpresa vi a los tres gatitos entre sus frondosas ramas. Me miraban con la misma cara de susto que la tarde anterior, maullando entre las sombras de las grandes hojas del platanero, refugio y también coto de caza de bichos tales como avispas, palomas, gorriones, moscardones y demás seres zumbadores. Por un momento pensé en el miedo que debían sentir las crías mientras esperaban el regreso de su madre. Todo ese ruido negro, todas esas formas amenazantes amplificadas por mil, era lo que llegabas a ver en sus miradas. Me giré y miré a la madre, que andaba nerviosa junto al canal. Cogí la comida que llevaba y la dejé al pie del árbol. Y retirándome a un banco cercano me senté a mirar.

Al principio la gata se quedó muy quieta, como esperando a ver cual era mi siguiente movimiento. Luego, una vez calibrada la situación, se acercó lentamente a la comida, la husmeó, la probó y viendo que estaba buena se sentó sobre sus patas traseras y empezó a comer con ansia, tanta que pronto se olvidó de mi, aunque hubiera bastado el más leve movimiento descompuesto para traerle mi recuerdo a su memoria. Cuando acabó y se alejó me acerqué y vi que apenas había dejado nada para nadie. Quizá esperaba que bajaran sus gatitos y se unieran a la fiesta todos felices y contentos, como en las pelis, ¡qué sé yo!, pero no fue así. Y es que para dar de comer, primero hay que haber comido. Ya les daría de su leche después.

Por lo demás la gente en el parque no es mucha y se ven pequeños desde mis bancos. Coloco la bolsa con la almohada dentro en una de las esquinas y así me pongo cómodo para leer. A veces, cuando me levanto y recojo las cosas para echármelas a la espalda y pillar la bici, me veo como uno de esos vagabundos que van por ahí con el mismo plan. Hoy, esta tarde, he visto a uno de ellos saliendo con su bici y el petate de las cercanías de los servicios. Llevaba la cara y el pelo mojados y he pensado que venía de asearse, incluso de hacer sus necesidades. Esta mañana pasé a mear por primera vez desde que ando por aquí y fue más o menos como me esperaba. Nadie tira de la cadena en estos sitios. Ni aunque en lugar de tirar de las viejas cadenas ahora baste con pulsar un botón.

Las novelas son buenas, el tiempo acompaña y yo estoy tan bien como pueda estarlo alguien como yo: dueño de mi espacio y de mi tiempo.


No hay nada mejor.

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