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domingo, 8 de noviembre de 2020

LO QUE TÚ NECESITAS ES QUE TE QUIERAN, kUFISTO

 - Lo que tú necesitas es que te quieran. Y querer -dijo ella sin perder de vista a tres de sus chiquillos-

Y alcohol para escribirlo.

Un gato muerto, reventado contra el frío asfalto de la rotonda del bar, logró quitarme la somnolencia del mal dormir y de la ducha que no había tomado. Aparqué junto a la puerta. Una señora, cabizbaja, cruzaba el paso de cebra del otro lado. Tampoco ella quería verlo. Por un instante pensé en decirle algo, qué pena o algo así, no son maneras de empezar otro jodido domingo; pero no, preferí el silencio. Metí la llave y pasé para adentro. Encendí la cafetera, accioné algunas luces, me quité la chaqueta y el gorro, vacié el lavavajillas, retiré de la barra las últimas copas de la noche, saqué algunas cosas del frigorífico, bajé los taburetes, quité de en medio el cubo y la fregona, el cogedor y la escoba, saqué la terraza, coloqué las mesas del interior, encendí la tragaperras y el televisor, subí las cortinas y así, poco a poco y sin escándalo, desperté al bar, todavía envuelto en la sombra del edificio de enfrente.

Eran las tres y cuarto de la tarde cuando ella llegó. Todo había sido ya hecho, y bien hecho. Apenas quedaban dos parejas en el salón y no les faltaba mucho para irse hasta el domingo que viene. La mañana se fue dejando tras de sí algunos raros fotogramas que el mediodía había corregido de la forma habitual. Mi hermano había dejado la cocina impoluta, yo tenía la barra hecha y apenas quedaba barrer un poco y esperar el cambio de turno. Una hora larga, la más larga de todas las horas, la que te mata como te descuides, esa que no sabiendo ella que hacer contigo ni tú con ella suele formar nubes a modo de pasatiempo, el peor de ellos.

Pensé en esa chica medio francesa que a veces viene de la capital para ver a sus padres. ¿Pero no está Madrid confinado? Hoy vino. ¿Quizá esté aquí? El otro domingo, mientras estaba fumando en la puerta,  oí a su padre decirle que a lo mejor sería bueno venirse para acá. ¿Fue el pasado o el anterior? ¿O el anterior del anterior? No sé. Su madre está delicada desde hace mucho tiempo y cada vez lo está más. No he llegado a conocerla sana. Y los conozco desde hace un montón de años. ¿Cuantos años tendría ella entonces? ¡Dios mío! ¡sería una cría! Pero no consigo acordarme de ella tan pequeña. A lo mejor no venía con ellos. Pero son muchos años y ella apenas tendrá veinticinco, en ningún caso treinta. Trabaja en Madrid, tiene un novio francés, de su edad, alguna vez lo he visto por aquí...tal vez ya no lo tenga. Y hoy ha sido como si no hubiese venido. Todos los domingos, todos los sábados, cuando veo aparecer a su padre viniendo a pedir para que se lo llevemos a la terraza, espero que pida tres servicios, y de un tiempo a esta parte casi siempre eran dos para gran consternación mía. Cuando hace frío y están dentro del bar es ella quien se acerca a la barra. Normalmente le digo a todo el mundo que se larguen, que ya les llevo yo las bebidas, lo que sea con tal de quitármelos de en medio mientras tiro las cervezas, pero no a ella. Es tan femenina, tan joven y educada, tan natural, tan agradable, tan guapa, tan sonriente, tan mediofrancesa...Y hoy que ha venido no le he hecho ni puto caso. Ahora que escribo me acuerdo de ella como si no pensara en otra cosa, pero no, no le he hecho ni puto caso.

Eran las tres y cuarto de la tarde cuando ella llegó con tres de sus hijos, los más pequeños. Entre fuertes avisos maternales cuyos efectos no duraron más de dos minutos escasos me explicó que estaba por irse a por o a llevar a una de sus hijas mayores, ya no me acuerdo. En todo caso un viaje de doscientos kilómetros de ida y otros doscientos de vuelta. Y con los tres enanos. El padre no había querido saber nada de la película de una de las hijas de otro pero a ella le había dado igual, como de costumbre. Y se llevaba consigo a los tres suyos, para que se jodiera.

Los chiquillos, dos niñas y un niño que malamente hace de mayor con cinco años, empezaron a corretear por ahí. Las dos parejas que quedaban en el salón tardaron cero coma en levantar el vuelo. La más pequeña, una criatura de apenas dos años de grandes ojos y mejillas trompetescas, un solete, iba y venía como podía tras las alocadas huellas de sus hermanitos. Saqué zumos y patatas fritas que devoraron. La pequeña no hacía más que mirarme y se acercaba y me ponía la manita sobre la pierna. Sus dos hermanos jugaban con la persiana de la puerta hasta que el chico se hizo daño al hacerse un nudo con los hilos metálicos. 

- Ahora Kufisto y yo vamos a salir a fumar -dijo la madre- Vamos para afuera 

Salimos todos.

Los chiquillos empezaron a corretear acera arriba y acera abajo. La pequeña, con unas grandes botas que me recordaron al gato del cuento, hacía lo que podía tras ellos. Los tres reían y gritaban mientras su madre y yo hablábamos de algo sin perderlos de vista. Me contó un triste viernes de fuertes discusiones con un moro de mierda y con su padre. Yo, como siempre, estaba poco menos que alucinado viendo el espectáculo. Los chiquillos se encaramaban a las barras de la esquina saludando a los coches.

- ¡¡¡EHHH, COCHE ROJO!!!, ¡¡¡EHHH, MOTO!!!, ¡¡¡EHHH, COCHE BLANCO!!!

Algunos pitaban a modo de respuesta y un poco más abajo yo los veía pasar sonriendo dentro de sus coches. 

Volvimos todos para dentro. Yo me eché una cerveza y empecé a pensar en dejar la tabla gimnástica para mañana. De pronto apareció un chaval en un silla de ruedas mecánica. Tenemos rampa, claro, y muy bien hecha, pero también está la cortina-columpio metálica. Enseguida fue Esther hacia él y le apartó los hilos. 

Ya lo conocía. Es un chaval disminuido psiquíco, uno que andará por los  cuarentaitantos. Alguna que otra vez ha pasado al bar en todos estos años. Una vez dentro se acercó a la barra y dijo algo que no entendí, pues iba con la mascarilla. "¿Qué?" pregunté. Si ya de por sí el pobre no puede ni hablar, en esas circunstancias resultaba algo imposible.

- Whoawhoa

Los chiquillos le miraban como si fuera una luciérnaga.

- ¿Qué?
- Espera -dijo Esther. E intentó quitarle el bozal para que hablara, cosa a la que él, en una especie de espasmo, se negó-

Al final estuvo claro que sólo quería mear. Esther se ofreció a ayurdale (trabaja en el tema) pero él se ofendió muchísimo y tras unas cuantas maniobras entró en el water y meó solo.  

Salió al cabo de cinco o diez minutos. Los chicos seguían haciendo la cabra por ahí, olvidados ya de ese tío extraño. Esther decía que dos minutos e iba a por él. No llegó.

La más pequeña vino a refugiarse en mi pierna con sus manitas mientras veíamos como se iba el que acababa de mear. Su madre estaba corriéndole las cortinas a grandes voces, indicándole el desnivel de la rampa. Iratxe miraba todo eso como asustada. Luego el que vino se fue y todos volvimos a correr.

- ¿Sabéis que Kufisto tiene una gata? -dijo Esther por decir mientras fumábamos en la puerta del bar-
- ¿Un gato? -dijo el mayor-
- Una gata -respondí--
- ¡Un gato!
- Sí -dijo la madre- una gata. Pero es muy arisca. Como su amo -Y me miró como si estuviera viendo aquella tarde en que la cogió entre sus brazos. Sólo al final, tras mil estupefactos avisos míos, recibió lo suyo-
- Bueno...es una gata que pasa mucho tiempo sola y...en fin


 - Lo que tú necesitas es que te quieran. Y querer






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