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jueves, 11 de abril de 2019

URGENCIAS

Josemari llegó a última hora con otro de sus teléfonos y un par de cargadores portátiles. El bar llevaba un rato vacío y yo ya tenía ganas de irme de allí. Saludó desde la puerta y pasó adentro mirando a ver si había alguien. Se vino donde yo estaba y sacó el nuevo teléfono para que lo viera.

- ¡Mira, Kufisto, qué teléfono me han dao!
- ¿Otro?

Raro es el día en el que no aparece con alguno. Son teléfonos averiados: los hay que carecen de batería y los hay que tienen mal la entrada del cargador; algunos lucen tras la pantalla rota; otros, en cambio, se iluminan sin distorsión pero sólo pueden mostrar un mortecino tono gris. Y todos, sin excepción, andan faltos de tarjeta con la que ser usados para lo que de verdad fueron creados.

La gente se los da por inútiles y él los coge, o los encuentra tirados entre los contenedores de basura por los que husmea en busca de cosas. El llavero que tengo desde hace algún tiempo me lo dio él una mañana que aparecí en el bar con el mío roto. Es un convertidor metálico de euros a pesetas. Es duro y creo que me durará bastante tiempo.

Josemari cogió uno de los cargadores y lo enchufó en el teléfono. Enseguida apareció en la pantalla una especie de gran pila con un poco de verde en el fondo y un número debajo: 8%. Unas pequeñas bolitas verdes ascendían desde abajo con destino a la exhausta batería. Josemari sonrió como quien ve de comer a un niño hambriento. Eran muy hermosas esas pequeñas burbujas verdes.

Le pregunte si quería un café, dijo que sí, se lo puse y empezamos a hablar del tiempo.

- ¿Crees que lloverá? -le pregunté
- No -respondió categórico- Hay nubes pero no son de agua.

Y diciendo esto sacó su teléfono, el bueno, el que le compró su mujer y lleva envuelto en su funda en un bolsillo con cremallera del mono azul que siempre lleva puesto.

- ¿Lo llevas en la funda?
- Sí, para que no se raye. Es un regalo de mi mujer -me dijo una vez más.

Con cuidado lo puso sobre la barra y buscó la información metereologica.

- ¿Ves? -dijo-, hoy no va a llover.

Bajó por la pantalla y vimos el tiempo previsto casi hasta final de mes. Una sucesión de bonitos soles, algunas nubes y poca lluvia iba apareciendo ante nuestros ojos junto a las temperaturas previstas para todos esos días.

- Mira, Jose -dije yo-, este día va a hacer 26 grados...y este otro 29...
- ¡Claro, Kufisto, es primavera! -dijo contento


- Entonces...-le había dicho una hora antes a mi amigo en la puerta del bar mientras nos fumábamos un cigarrillo lejos de oídos indiscretos- ¿ya te la has follado?
- Anoche. Todavía no me lo creo.

Y me habló con el rostro erizado por las sombras del sexo que le había dado esa mujer.

Hace tres días me enseñó una foto que ella le había enviado la noche anterior en una conversación de wasap.

La chica de la foto era muy atractiva. Estaba tumbada en la playa, un poco incorporada en atención al objetivo. El bikini dejaba ver unos muslos tersos y tonificados, de atleta, casi de velocista; resultaban tan apetecibles que la escasez de pecho apenas hacía mella en su figura; parecía como si el mismo sol se hubiera recreado acariciando esas piernas; el vientre plano no hacía más que confirmar que por fuerza aquel cuerpo se esculpía en los gimnasios. Sólo su cara dejaba ver algunas arrugas alrededor de los finos labios entreabiertos. Unas gafas de sol tapaban sus ojos. El cabello mojado, negro y brillante, caía sobre sus hombros morenos. No sonreía y esto también era algo magnífico.

- ¿Quien es? -le había preguntado a mi amigo. Me lo dijo y la reconocí sin apenas haberla visto en mi vida. Sí, esa leyenda erótica de nuestra ciudad, todavía tenía que estar así, esa chica inaccesible para el furioso jevi que fuiste cuando ella, apenas un par de años mayor que tú, ya estaba follando en los chalets de todos los pijos de mierda mientras tú te matabas a pajas calzando libracos universales de mierda en la puerta de la habitación compartida con uno de tus numerosos hermanos...Sí, ella todavía tenía que estar así.

- Me da hasta vergüenza -ha terminado por decirme esta tarde en la puerta del bar
- ¿Por qué?
- Porque no estoy a su altura, Kufisto, joder...Estoy gordo y ella...¡joder, es que es increíble! ¡se le marcan las tabletas en el estómago, coño! Y las piernas...
- Con dos hijos y casi cincuenta años...La madre que me parió
- Las tetas las tiene pequeñas...¡pero qué pezones! ¡Hostia puta, que no he estado en mi vida con una tía de ese calibre, joder! ¡Ni en el Hot de Madrid en sus buenos tiempos!

Y todo esto lo contaba con la misma cara de quien acaba de follar por primera vez. Él, un empresario de éxito, un tío hecho a sí mismo, divorciado y padre de un hijo pequeño, un hombre acostumbrado a que le sonrían zorras ciegas para la mayoría de los hombres, él...estaba feliz y febrilmente asustado por lo que pueda venir. Por un momento he pensado que iba a decirme que se apuntaba a un gimnasio. Todo se andará.

- Me das envidia -le dije


Josemari estaba bebiéndose su café cuando mi hermano llegó y salí del bar.

- Mañana a la hora de siempre, Kufisto, ¿no? -voceó Jose
- Claro


Tenía que comprar algunas cosas para mi y para el bar. Como esperaba, la primera parada todavía estaba cerrada. Seguí adelante ya sin lugar a la duda y compré parte de lo mío y de lo del bar. A la vuelta vi que el primer y más importante destino seguía cerrado.


Y como tantas otras veces pensé que tampoco era tan urgente como para perder el tiempo dando una vuelta por la ciudad pudiendo hacer cualquier otra cosa como esta y lo dejé para mañana.

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