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domingo, 11 de junio de 2017

LA MUERTE DE NUESTRO PADRE (II)

De aquella larga estancia en el hospital no le quedó más secuela que la incómoda obligación de dormir con la mascarilla del oxígeno puesta, aparte de las horas que pasara en casa. Pronto se dio cuenta de que no era ninguna tontería y que por el contrario era una absoluta necesidad: cuando no lo hacía se dormía hasta de pie, por lo que sólo le costó lo justo hacer caso de los médicos. De su médico, más bien, un hombre joven y nervioso, de buena fama y muy buena gente, sobre el que desde el principio puso una fe ciega. Conociendo a mi padre, supongo que lo que le gustó de él fue su llaneza, su falta de atalayismo, algo que no podía aguantar y que junto al no saber estar y los mal paridos eran las únicas clases de personas de las que nada quería saber: a unos, aquellos, por sobrarles de todo y a otros, a estos, por faltarles de todo. Que tuvieran o no tuvieran era algo que carecía de importancia. El mundo tenía una reglas básicas y bastaba con respetarlas para llevar una vida feliz. Había que confiar; no ser un inocente, pero tampoco el descreído que todo lo sabe. Había que procurar vivir bien, pero no al precio de dejar de ser uno mismo a las primeras de cambio. Había que intentar hacer las cosas como es debido, pero no tanto como para que lo debido fuera el único modo de hacerlo. Quien tiene hijos, quien es padre, sabe que lo debido siempre está supeditado a lo necesario. El heroísmo del padre acabará siendo la desgracia del hijo. Y mi abuela, su madre que tanto quiso y tanto le marcara, una mujer muy sabia que como la inmensa mayoría de aquellas mujeres pasaron lo que no está en los escritos y que lo único que quería era la felicidad de los suyos y después la de todos, solía decir algo que ahora, con el paso de los años y la marcha de tantos, cada vez veo más claro:

- Tú, hijo mío, ni el primero ni el último, en el medio.

Oxígeno extra aparte y medicación incluida, pocas más fueron las indicaciones a seguir. Y ninguna tan grande que le quitarán sus inmensas ganas y alegría de vivir: fuera tabaco, poco alcohol y de baja graduación y bajar de peso, algo que siempre le costó y que sólo la enfermedad final fue capaz de empujarle a alcanzarlo:

- Mira, Kufisto -me dijo una tarde- Ahora que estoy tan malo es cuando por fin estoy en mi peso -Y nos reímos.

Pronto volvió al trabajo y las cosas regresaron a sus cauces habituales, es decir: problemas en el ruinoso negocio, problemas con los cabrones de los chicos y problemas con la mujer a causa del bar y de los hijos, aunque no tanto como para conseguir el desánimo de aquel hombre sencillo, que no simple.

- A mi no me quita la sonrisa ni Dios -decía de vez en cuando.

Con todo, raro era el año en el que al menos no pasaba un par de semanas en el hospital; ingresos casi siempre motivados por su excesivo peso y sobre el que tanto insistía su ya amigo el médico. El principal problema era la apnea del sueño que, agravada por el delicado estado de los pulmones, era algo para lo que los kilos de más resultan especialmente peligrosos, tal y como si necesitáramos volar para descansar y ese exceso de equipaje nos dejara en tierra dormidos, sí, pero como quien lo hace en el suelo del aeropuerto.

Le pusieron a régimen. Mi madre, muy seria, colgó la imponente hoja en la puerta del frigorífico. Y mi padre, viendo que eso sí que iba a quitarle la sonrisa, se echó a andar. Él, que desde que vino de la mili no había hecho más ejercicio que ver a su Bilbao, se puso un chandal, se calzó unas zapatillas y con sus Ray-Ban de sol que en realidad eran "para no ver a nadie" salió a andar por ahí, por calles, parques y arcenes con la esperanza puesta en que de esa forma aquella dura sentencia tendría sus circunstancias atenuantes. Y así fue. Y mal que bien la mayoría de las veces, bien que mal unas pocas, siempre bromeando e intentando hacerle trampas a la báscula bajo la estricta mirada de la enfermera en la que también tuvo que convertirse su santa mujer, consiguió que la planilla del frigorífico se pareciera a la de Botvinnik en su primer match con Tal, algo que suele venir bien. Por no hablar de cuando estaba trabajando en el bar, pero esto era algo con lo que contaba mi madre, nosotros sus hijos y hasta Agustín Rodríguez Sahagún, en el caso de habérselo explicado muy despacio y bien. "Decidme lo que come cuando estéis con él en el bar. Y lo que bebe" decía ella; "no me jodáis, no le digáis nada a vuestra madre. O poco" decía él.

Y así se fueron aquellos años, siempre más alegres cuando se recuerdan.


Después nos fuimos a otro bar (ya sin las tan malas "medias") y mi padre se jubiló, aunque nunca del todo, según se contará.


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