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viernes, 2 de junio de 2017

COCHES CHOCONES

Salí a sentarme en la terraza del bar. Estaba solo y hacía más calor dentro que fuera, a pesar de que eran las cuatro de la tarde. Oí un ruido y miré arriba. Un operario estaba instalando una ventana en el tercer piso de la esquina. Oí un bastón golpearla y bajé la mirada. Era el ciego que venía a verme. Llegó y le saludé justo antes de que se pusiera a vocear. Lo acoplé en mi mesa y pasé adentro para sacarle lo suyo.

- Qué calor -dijo
- Joder, sí -dije
- ¿Cuando vais a arreglar el aire? ¿en Navidad?
- Esperemos que antes, cacho cabrón
-Jajaja...

Me contó que apenas había podido dormir la siesta y que su padre estaba chorreando cuando le habían dado la vuelta entre él y su madre para asearle.

- Es muy caluroso de pecho -dijo- De cintura para abajo no, ahí esta fresco, pero para arriba...¡uf, como sudaba el pobrecillo! Y como no puede hablar...Mi madre se ha puesto a limpiarle todo el sudor y a cambiarle el pañal ¡Y eso que le han puesto un ventilador en el techo!

Estuvimos un rato bromeando, diciéndonos maldades, y media hora después se levantó y se fue para su casa.

No había acabado de verlo marchar cuando a mi lado pasó el viejo que camina solo. Llevo viéndolo desde hace años, tanto al amanecer como a estas horas. Es un hombre bajito, bien arreglado, con cierto gusto, como de manos de mujer. Una mañana que se me olvidó algo en casa lo vi sentado en la gran terraza de un bar que hay más abajo, solo. Una tarde pasó al bar y me dio un paraguas que mi hermano le había dejado el día anterior cuando pasó a refugiarse de la lluvia. Me sentí extraño al hablar con él después de haberlo observado durante tanto tiempo. Fue como ver un cuadro de Picasso y comprenderlo. Pero cada vez anda peor. Hoy no le he perdido ojo y le he visto parar dos veces para sentarse en sendos escaparates; apenas un minuto, pero ha tenido que sentarse. Me he preguntado porqué no usará bastón. Y me he dicho que quizá este hombre sea de esos que cuando ven que no pueden andar sin ayuda prefieren no andar.

Por la acera de enfrente vi subir a una pareja con un chico que andaba demasiado mal como para ser sólo eso. Me acorde de los chavales que esta mañana había visto ir calle abajo en compañía de dos cuidadoras del Centro de Día. Reconocí a dos: un chico que viene los domingos con sus padres, sus tíos y sus primos y a un chaval de más o menos mi edad al que veo casi a diario, siempre con su anciano padre, un hombre todavía fuerte pero con un rostro que revela una tensión que hace daño. Antes de ayer los vi en compañía de una chica jovencita, tatuada y con piercings, que supongo sería su nieta o su sobrina. El chico iba un tanto rezagado, canturreando algo, y ella se volvió y como de broma le pregunto qué cantaba; él se río y cantó más fuerte; su padre, unos diez metros más adelante, caminaba cabizbajo, como bamboleándose, con las manos en la espalda.

Llegó el gitano. Era la cuarta o quinta vez del día, puede que la sexta o séptima. En la tercera le invité a un café. Le conozco desde siempre, desde que siendo niño iba con sus padres a la terraza del viejo bar. Él era pastor evangélico, un hombre muy serio y formal que sin embargo era incapaz de echar el café en el vaso con hielo sin derramar la mitad. Creo recordar que al final se lo echaba yo. Por entonces yo era un chico y me gustaba atenderlos aunque fueran tan baratos. Siempre me ha gustado la gente seria. A veces mi tío se cagaba en Dios por su poco gasto, pero este no era de aquellos que no saben cuando ha llegado el momento de irse, que los había que ni quitándoles la mesa. Luego murió y su enlutada viuda ya sólo salía muy de vez en cuando en compañía de su único hijo. Era una mujer de mirada dulce que siempre me miraba sonriendo.

César acabo casándose con una gitana gorda, rubia y fea. Poco antes de hacerlo se pasó por el bar y estuvo contándomelo. Me preguntó como hacérselo en la noche de bodas y yo lo miré sin llegar a saber si estaba de cachondeo. Le dije que le echara dos cojones y un palo y él se río y ahí quedó la cosa.

Ahora la tiene en el hospital. Cosa de los pulmones. Dice que es grave.

- ¿Fuma?
- No, rey, no...Fumo yo...y ella respira mi humo...
- Ná, hombre
- Sí, sí, Kufisto, sí...

- ¿Qué pasa, amigo mío? -dijo la última vez de las ocho o nueve que hoy ha rondado por aquí.
- Pues nada, a verlas venir
- Eres bueno, Kufisto, eres bueno...Siempre me has caído bien
- Bueno...mediano
- No, no, eres bueno

Le di un pito y un vaso de agua con hielo. Puede que valga por un par de calcetines cuando su mujer se recupere.

Estábamos ahí, en la puerta, viendo pasar coches y mujeres, cuando llegó la pareja sin el chico que antes había visto ir subiendo la calle tan mal. Justo en ese momento, César recibió una llamada de teléfono de una tal Eva y diciendo que estaba tomándose un café con su amigo Kufisto se marchó.

- Díganme
- Una botella de agua -dijo ella, cansada.

Se la puse

- ¿No la tiene más grande?
- No. Es de medio litro
- Pues deme dos

Se las puse.

- ¿Qué le debo?
- Nada. Déjelo.
- ¿Pero por qué?
- Les invito. Hoy he sido padre.
- ¡Ah, pues felicidades y muchas gracias!
- Nada, a ustedes.

Se fueron. Salí a la puerta y encendí otro cigarrillo. Seguía haciendo calor pero no tenía ganas de beber. Vi venir a un viejo, fuerte y decidido. Pasó para adentro. Dejé el pito y entré al bar.

- Joder qué calor -dijo
- Sí
- Ponme un Ballantine´s con naranja

Se lo puse.

- Oye, cóbrate que me salgo afuera
- Claro


Y fui a sentarme ante el ventanal.


Los vencejos volaban como si fuera imposible chocar.





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