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miércoles, 10 de mayo de 2017

UNA VISITA MUY POCO ESPERADA

Es un tipo de esos que no te extrañaría demasiado verlo salir cualquier día de estos abriendo el telemaratón diario de La Sexta bajo un rótulo bien grande y acusador. Yo lo conocí hará ya unos veinte años, que en mi vida hay un antes y después de 2001 y con esa raya controlo un tanto los sucesos del pasado porque de otra forma todo sería como un presente continuo en el que poco daría cinco, diez o veinticinco años. Antes de aquella hubo otras, un par de ellas más, pero esas son historias que en su día se contarán. Incluso una posterior que pensé definitiva y ahora no pinta más que tantos otros cuadros del pasado difuminados hasta el extremo del práctico olvido. El paso del tiempo es como el del ciego que ni quiere aprender a serlo ni espera volver a ver.

Mi amistad con este del que os hablo, si es que se puede llamar amistad a lo que pasa después de los veinte años, fue como tantas otras en la vida de un camarero, es decir, amistades de barra, para entendernos. Terminaba de trabajar, él todavía andaba por ahí, y nos íbamos a echar la madrugada con quien fuésemos encontrando. Bebíamos bastante, reíamos algo, echábamos unos dardos o billares y luego se hacía lo que se podía, que tampoco era mucho en este lugar, en aquellos sitios y con esa gente de última hora. Al final cada mochuelo a su olivo, puede que algún abrazo de eterna amistad que ya entonces sonaban ridículos aún estando borrachos, y a casa a dormirla.

De todas aquellas noches (que tampoco recuerdo fueran tantas) hubo una en la que terminamos bebiéndonos una botella de vino a la puerta de la oficina de empleo. Estaba lloviendo y ya no quedaba ningún garito abierto. Pillé una botella del bar y nos fuimos andando, pasándonosla, hasta que arreció la lluvia y nos metimos allí. Y entonces él se puso a hablar de lo puta que era su mujer y de lo harto que estaba de ella. Yo la conocía, también a su hijito, algunas veces iban todos juntos a sentarse en la terraza del bar como cualquier otra "familia feliz", como si también ellos pudieran aparentarlo, como si ese sitio decadente pero de buena fama también lo tuviera para ellos siendo como eran gente de otras mesas menos ilustres y más alborotadas. Ella era una mujer bastante ajada para la edad que le presuponía, poco más de treinta, como su marido. Recuerdo sus ojos, grandes y oscuros, su tez pálida y su larga y lacia melena. Jamás la vi sonreír fuera de algún tímido intento cuando con toda mi buena voluntad iba a tomarles nota. Enseguida te dabas cuentas de que aquella pareja no funcionaba. Un camarero ve eso al toque; pero esto es lo normal fuera de los bares de copas, aunque no siempre de manera tan flagrante.

El caso es que estábamos allí sentados, a salvo de la lluvia, bebiendo vino a morro, fumándonos un canuto y él se puso a hablar de su mujer...Yo apenas decía nada, ¡qué iba a decir!; tenía veintipocos años y estaba como estoy ahora con cuarenta y tantos, sin pareja estable que dicen; hacía poco que había terminado una fantasmal relación que da para otro cuento y andaba dedicado por entero al trabajo y a escribir cosas que supongo gracias a Dios y ciertamente a la inexistencia de Internet nadie más leyó: había algunas con las que lloraba de la risa al día siguiente al ver lo malas que eran. Una hubo, apenas de cinco o seis líneas, que escribí todo fumado en una maravillosa tarde primaveral bajo los efectos de la lectura del Fausto de Goethe que era para mearse encima. Quizá la tenga todavía por ahí. Si algún día la encuentro la pondré como saludo de esta página.

Pero cuando este se puso aquella noche a hablar así de su mujer, de esa forma...no sé, me dio mal rollo aún yendo con el trozo que llevaba a cuestas.

Me fui de aquel bar para irme a otro y le perdí la pista casi que por completo. En alguna rarísima ocasión se pasó un tanto pasado por este. Muy de vez en cuando nos cruzábamos por la calle e intercambiábamos un breve saludo de reconocimiento, aunque no tan corto como para no darme cuenta de que se había quedado solo sin él decírmelo.

Y hará cosa de dos, tres o cuatro meses que me lo encuentro casi todas las mañanas fumando en la puerta de un bar que está junto a la churrería donde los pillo para el mío, en uno regentado por un par de chicas que tienen nada de regentas y mucho de poco cuento decimonónico, que no hay como mujeres de estas para que los hombres, sean de la condición que sean, acudan a ellas aún a costa de todo lo demás: las mujeres no tendrán alma, pero los hombres que ya no son jóvenes tampoco quieren que la suya les esté jodiendo a base de preguntas ahora que todavía no son viejos. Y después de todo se van a comer el mismo churro ahí que en la churrería, sólo que en lugar de vulgares churreras o encabronados churreros se los servirán un par de buenas y jóvenes tetas del otro lado del Atlántico.

No sé él conmigo, pero yo, fijándome en su mono reflectante, enseguida me di cuenta de quién era. Y le he ignorado todas las veces, que no hay como levantarse cuando todos los gatos empiezan a dejar de ser pardos para insistir en seguir viéndolos negros.

Acababa de abrir al bar esta mañana, mis churros ya liberados de sus inevitables saunas que tanto daño les hacen (es lo primero que hago), colocados en bandejas para para que respiren un tanto antes de morir en la boca de cualquiera, todavía a medio colocar el chiringuito, cuando ha entrado al bar.

- Hola, Kufisto
- Hola -no recordaba su nombre
- Dame una copa de dyc con un cubito de hielo.

Estaba igual que hace veinte años, o diez, o cinco, o medio. Igual. El otro día me enseñaron un vídeo de 1996 y podía reconocer a los que entonces no conocía y ahora sí conozco. Es inquietante lo poco que cambian las caras. Al menos para mi, que voy por aquí la mayor parte del tiempo esperando ver sólo gatos pardos o nuevos.

Hemos charlado un rato. Me ha hablado de lo que está haciendo sin mirarme ni una sola vez a los ojos. Ha pasado el ciego y le he puesto lo suyo. Se ha abstenido de bromear como siempre al darse cuenta de que no estábamos solos.

- Bueno, Kufisto, me voy al curro
- Pues nada, al tema -seguía sin recordar su nombre
- ¿Qué te debo?
- Dame uno ochenta nada más
- No, no...cóbrame lo que tengas que cobrar
- Pues dos euros

Me ha pagado.

- Bueno, ya me pasaré más por aquí
- Claro, no tengo pérdida


Y ya solos, el ciego ha empezado con su ritual de dar por culo.


Benditos sean los que no pueden ver porque ellos son el reino.






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