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viernes, 28 de abril de 2017

LAS GAFAS EN EL CRISTAL




Llegó poco después de abrir el bar, justo cuando se iba el ciego. Le sujetó la puerta, "salga, salga", y pasó adentro. Nos dimos los buenos días y le puse una copa de anís. Estábamos solos y no tardamos mucho en iniciar una conversación a cuenta de la decadencia del anís. Enseguida me di cuenta de que era un tipo duro. No conozco a ningún bebedor de anís que no lo sea. Me habló de los licores caseros de su tierra, Cantabria, y me enseñó algunas fotos de las montañas de su pueblo que guardaba en su viejo teléfono. Eran preciosas, tan contundentes como una copa de anís a las ocho de la mañana. Me fijé en sus manos, sin ser pequeñas no tanto como para esos enormes y curtidos dedos pelados de uñas. La cabeza mediana, avellanada; el pelo escaso, negro y recio; la oscurecida piel como estirada sobre la calavera, como tensa, de hombre de pocos techos fluorescentes. Hablaba mucho y rápido, pero se le entendía perfectamente, sin cansancio. Estaba contándome sus innumerables problemas de salud cuando llegó el loco por su café con leche y dos porras de todos los días desde que cerraron el bar de al lado hace dos o tres semanas. Ya había estado antes, cuando acababa de abrir y todavía estaba colocando el mobiliario mientras bromeaba con el ciego que hoy también había llegado antes que yo. "Ah, bueno, ahora vengo, entonces..." dijo saliendo disparado sin esperar respuesta. Ahora ya estaba todo en su sitio y pidió lo suyo, devorándolo. Fue a pagar y se le cayeron algunas monedas sin que pareciera darse cuenta. El tipo duro se lo advirtió y él las recogió obedientemente. Me despedí de él llamándole por su nombre, tal y como ayer le preguntara el suyo después de que él no me lo dijera tras haberle dicho el mío contestando a su pregunta. "Carlos" dijo sorprendido, como si eso no hubiera sido necesario. Volvimos a quedarnos solos el tipo duro y yo y entre risas continuó contándome sus gravísimos problemas de salud haciendo alguna que otra pausa para salir a fumar a la calle. Y después se fue a la revisión concertada para uno de ellos.

Tardó poco en volver. Los análisis habían salido bien. Le habían dicho lo que dicen siempre, ya tengas lo que tengas: que no bebas, ni fumes, ni comas grasas. Y él me lo contaba a mi riéndose, sujetando su cerveza y picando distraídamente las cuatro patatas al alioli que le había puesto de pincho. Aún hubo tiempo para que me explicara como pescar truchas, como pegarles una buena corrida de hostias en comunidad a los turistas que van a Cantabria para acampar donde no se debe acampar y algunas otras buenas cosas más. Y después, sin que ninguno hubiéramos tenido interés por el nombre del otro, tuvo que irse para coger el tren hasta su cercano pueblo, que bien seguro no es el suyo.

A eso del mediodía, poco antes de mi breve relevo, justo cuando había acabado de cambiar el escenario de los desayunos por el de los pinchos, llegó una pareja de viejos que suelen venir por el bar cuando a la mujer le toca la revisión. Él es un tipo monótono, simplón, con aspecto de llevar el radar social activado a todo lo que dé. Uno de su mismo pueblo, un colega de profesión ya prejubilado a la fuerza por el mercado-galera, uno que siendo bueno es un chiste en sí mismo, me dijo una vez que se encontraron en mi bar, ya cuando la pareja se había ido, que ese viejo era "un cabrón hijo de la gran puta" No pude dejar de reírme al oírlo, tan acostumbrado como estaba a su educadísima ecuanimidad camareril, que eso es muy de nosotros, al menos de aquellos a los que de pequeños nos enseñaron eso de "ver, oír y callar", o ya no digo de quienes son padres de adolescentes y no les queda otra que lazarillear, aunque en lugar del hambre sean esclavos de sus hijos.

- De verdad, Kufisto, no le he dicho nada porque estamos en tu casa...¡Pero menudo cabrón! ¡Y ahora me ve aquí y como si fuéramos amigos! Pero qué hijo de puta...No le he soltado dos hostias...Perdóname, perdóname...

El caso ha sido que aquel se pasó a mear. Y entonces, mientras andaba aclarando unos vasos antes de dejarlos en el cajetín del lavavajillas, levanté la mirada y vi como su mujer me miraba sonriendo, los labios bien rojos, mientras echaba un traguito del zumito de naranja que le había exprimido en el exprimidor que acababa de limpiar y guardar. Y se me puso morcillona.

El marido salió, pagó, dignamente me dejó la propineja que suele dejar y se fueron.

- Hasta luego, Kufisto -dijo ella haciéndose la remolona, ya con el otro fuera
- Hasta luego, guapa -dije yo.

Llegué a casa y me di una rápida ducha. Fui al moro, cogí lo mío y me vendió algo que guardaba para otro. De paso paré en el chino y enganché la botella de vinagre con la que en mi paranoia alimentaria desinfecto las verduras que como a diario. "Homble loco -pensará-, sólo compla vinagle" Ya en el bar las cañas no se dieron mal. Y a eso de las tres, viendo el inicio de "Scary Movie 3", devoré sobre la última mesa del salón un buen y salutífero bol, tan grande que pude ver sin mirarlas las caras de estupefacción de la parejita que todavía no se había ido.

Luego, poco. El ciego volvió otra vez y no tenía muchas ganas de cachondeo. Se fue y vino el otro de todas las tardes, que no es ciego y con quien sin embargo me entiendo mucho menos. Más tarde, nadie. Y salí de la barra para sentarme frente al ventanal.


Las nubes lo tapaban todo. El viento meneaba lo que podía menear. Unos coches iban para arriba y otros para abajo. Algunos transeúntes con paraguas y otros sin ellos. Unos andando abrigados y otros corriendo en pantalones cortos. Poco a poco cayeron algunas gotas de lluvia sobre mi cristalera, como errores de un bolígrafo de uno a quien alguien no hiciera más que darle golpes en el codo.


Pensé en echarme una copa.


Pero decidí que lo mejor era esperar a cuando llegara a casa.











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