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jueves, 13 de abril de 2017

EL LIBRO DEL MORMÓN

La verdad es que estaba siendo un paseo bastante extraño.

No es que hubiese ido viendo dragones ni nada de eso, no...Era la misma gente de siempre, o casi, pero yo los veía de otra forma, más profundamente, como si realmente fuesen reales, otros diferentes a mi, personas en tránsito por este mundo haciendo las cosas que se supone deben de hacerse: emparejarse, tener hijos, pasear con ellos por los calles en un día de fiesta, quizá alguna pareja amiga con los suyos, hablar de cosas intrascendentes, ver telediarios y todo eso.

Tanto estaba siendo la cosa que me he olvidado de lo que iba escuchando por los auriculares. Billie Holiday. Normalmente la salto, me trae recuerdos muy amargos, pero esta tarde la he dejado estar. Su voz es tan triste, tan dulcemente triste, que sólo la he escuchado cuando peor estuve. 

Iba oyendo una de sus interpretaciones cuando a lo lejos he visto como se acercaban un par de chavales de esos que van vestidos como Michael Douglas en Un día de furia, siempre me lo recuerdan, aparte de la chapita negra con su nombre que llevan colgada en la pechera izquierda. Nada más verlos, no sé porqué, he pensado que iban a pararse a hablar conmigo. Y así ha sido.

Me ha abordado el yanqui, un chaval que ya a primera vista parecía lo que ha sido, un buen chico: alto, rubio, muy blanco, risueño, picado de granos, puede que ni 20 años...(¿no son estos los que andan evangelizando por el mundo durante un par de años y luego hacen gratis sus carreras universitarias?). El otro era sudamericano, bajito, morenete, un tanto más reconcentrado, bastante serio, enseguida me he dado cuenta de que era el líder. Hemos empezado a hablar después de presentarnos, ya sabéis, directamente al grano: Dios esto, Dios lo otro, ¿crees en Dios?...Hasta que han llegado a su fundador, a John Smith.

- Lo conozco -he dicho- He leído cosas sobre él.

 Bueno, yo me leí hasta el diccionario.

- ¿Ah, sí? -ha preguntado un tanto sorprendido el sudamericano, como quien está harto de hablar con gente que no tiene ni idea de lo que a él le gusta hablar.
- Pues sí...Sé que es del siglo XIX.

Y ha sido decirle esto y cambiársele la cara; como si por primera vez se hubiera encontrado con alguien que sabía que su profeta no vendía zapatillas; tal que si me vienen dos al bar y uno empieza a hablar de Viktor Korchnoi junto al grifo de la cerveza donde tiro las cañas.

Hemos charlado un rato más, siempre de Dios, nada de drogas, mujeres, whiskys, rocanrol, fútbol, motos y cuantoshijosputismos. 

En fin, que se han entusiasmado. El yanqui, como despedida, me ha dado su libro.

- No, por favor, no hace falta...
- Sí, Kufisto, quédeselo, por favor...
- Bueno, está bien.

El sudamericano me ha soltado una estampita de Jesús con un teléfono detrás y un horario de reuniones y todo eso. Lo he metido dentro del libro dándole las gracias.

Ya me iba cuando el yanqui me ha vuelto a preguntar:

- ¡Kufisto!, ¿le gustan los Yankees?
- No, no sé...Yo soy más de ajedrez...De Bobby Fischer, un compatriota tuyo.


De vuelta a casa iba pensando: "Joder, Jueves Santo, La Última Cena y todo eso, y yo con el libro de los mormones andando por las calles de un pueblo manchego..." Instintivamente lo he ido portando de tal manera que sólo las paredes viesen la portada. Me he acordado de aquellas revistas porno que me metía en los huevos cuando de chaval las compraba en los kioskos para irme volando a casa.


Y ya en la de ahora lo he dejado sobre la mesa, he cogido una camisa y me he ido a la de mi madre para cenar algo. Ella está hoy de estaciones. Alguna vez, hace muchos años, siendo niño, yo también las hacía con ellos. Y me parecía hasta divertido. 


Ha pasado tanto tiempo que si no fuera por los recuerdos diría que es mentira.


Como con casi todo.


Bueno, veamos qué se cuenta el señor John Smith...






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