- ¡Mira! -me dijo enseñando su wasap- ¡Qué bien lo he hecho! -y rió antes de leer los mensajes de su mujer.
viernes, 23 de diciembre de 2022
UN ARROZ Y FUERA
martes, 20 de diciembre de 2022
CIEN
sábado, 17 de diciembre de 2022
PASEOS
Es una de esas vivencias de la más temprana juventud que sin saber porqué motivo no se ha difuminado de mi memoria. Por supuesto no recuerdo nada de lo hablado en nuestra última hora de aquella madrugada feliz, íbamos borrachos, pero sí juraría ante quien fuera el lugar: una pequeña placita de la parte vieja del pueblo que poseía uno de los mejores bustos de don Quijote que haya visto. Supongo que fue esto lo que animó mi verborrea, algo que por otra parte no era nada raro en mi en aquel tiempo. También estoy por asegurar que ocurrió durante las vacaciones de Navidad más que en las de verano. Sí, hacía frío. De hecho nos fuimos del último garito los dos juntos para despejarnos un poco antes de llegar a casa. Una noche más no habíamos pillado cacho.
¿Qué tendríamos? ¿quince, dieciséis años? No más.
Él vivía en Madrid y venía por aquí en vacaciones. Era primo de alguien de la pandilla (no consigo recordar de quien) y pasaba esos días en la casa de sus abuelos (esto lo he sabido hoy) Ya entonces era un chico fuerte y alto, aunque no guapo y sí muy inocentón. Imaginarlo en una pelea de aquellas era cosa imposible. Ni bebiendo se ponía violento. Esto es algo que con el tiempo he ido comprobando: la gente fuerte de verdad no se violenta hasta que no queda otra opción. Y ahora que estoy recordando aquellos años de esperanzas vienen a mi memoria algunas imágenes suyas en forma de pacificador entre etílicas disputas de colegas. Era verlo ponerse en medio con aquel corpachón, serio casi hasta el dolor y acabarse la tormenta.
miércoles, 14 de diciembre de 2022
NO MIRÉ ATRÁS
La tarde era gris. Un viento cómico agitaba el esquelético ramaje de los árboles que se veían al otro lado del ventanal. Sonreí cuando la memoria me trajo de vuelta una escena de Buster Keaton, ¿o puede que fuera Harold Lloyd? En cualquier caso era algo natural, no se trataba de ningún terrorífico color caído del cielo lovecraftiano, de eso podía estar seguro. Hubieran bastado unos pocos pasos hasta la puerta del bar para abrirla y oír el alocado correr del viento, señal inequívoca de que nada raro le ocurría a los árboles. Dentro de unos meses volverán a lucir sus verdes hojas y tampoco será extraño. Ahora, mientras escribo esto, me acuerdo del buen Marty "Aigor" Friedman, de su misión en búsqueda de un cerebro prodigioso para los experimentos de su iracundo amo, del terror que le acogotó al verse reflejado en un espejo por la luz de un muy inoportuno relámpago y de todo el cómico desastre que aconteció después y vuelvo a sonreír.
La tarde era tan gris como debieron serlo aquellas tardes de la Vetusta por la que ayer, ya anochecido y por segunda vez, paseé un buen rato hasta caer en los brazos de la memoria. Hay cosas malas en los hombres, pero una de las peores es ser un pesado. Y ya son casi cincuenta los años que cargo sobre mis cervicales.