Suele empezar así. Tienes una buena mañana en el bar, te vienes arriba y una vez con todo limpio y recolocado en sus respectivos sitios te sirves una cerveza de barril bien fría, sales a la puerta de la calle, enciendes un cigarrillo, echas un trago, das una larga calada, miras los árboles de la mediana y los blancos edificios de enfrente iluminados por el sol poniente y desde la sombra sientes que has vuelto a conseguirlo, que todavía puedes hacerlo sin la ayuda de tu hermano y que después de todo un grano en el culo no es más que otro grano en el culo, nada que no se cure con unos días de antibióticos y antipiréticos, aunque quizá si hoy tomas, si bebes, se retrase un tanto la curación, ¡pero qué importa!, acaba de empezar octubre, tu mes, y los peores días de infección y fiebre ya han quedado atrás y hoy hace una tarde esplendida que bien merece algo más que volver a casa para tumbarse en la cama y oír audiolibros mientras intentas dormir sin llegar a caer nunca en los cálidos abismos del negro sueño profundo, de ese que al devolverte a la superficie te deja con suavidad en la orilla y no en mitad del retumbante oleaje y los relámpagos, fieros como ellos solos, siempre crueles, siempre rompiendo donde más duela aunque tú creyeras que aquello ya no podía hacerte más daño del que te hizo, pero ¡ay amigo!, ahora estás enfermo y debilitado, y estás soñando, y no dejas de soñar encallado entre rocas de aristas como navajas que se clavan en tu alma sin permitirte continuar tu descenso hacia las benditas profundidades del sueño negro, ¡y pobre de ti si, valiente, intentas zafarte de sus afiladas hojas!, entonces lo que era una amenaza en forma de juego se transforma en un castigo severo, cosa que sucedería de todos modos pero ahora lo hace con más ahínco, con más ansia, con más sed de dolor y auto-tortura...
sábado, 2 de octubre de 2021
UN GRANO EN EL CULO
sábado, 25 de septiembre de 2021
LAS MEJORES TETAS DEL PUEBLO
Le vi hablando con el novio y noté que no podía mirarla. Fue un instante, tan sólo la exigua fracción de tiempo que concede el tiro de un grifo de cerveza bien mantenido. Allí, al otro lado de la barra, apenas a tres metros, a ojos vista, estaba desarrollándose otro pequeño drama subterráneo ante la tranquilizadora indiferencia del resto de la gente inconsciente: ella, para aquel y para mi, se había hinchado como un globo de feria; los otros, en cambio, bien podían pensar que sólo se trataba de otra joven con un sobrepeso lindante a la obesidad.
lunes, 13 de septiembre de 2021
OTOÑAL CARTA DE HACIENDA
Empezaban a pesarme aquellos cien años de soledad cuando sonó el telefonillo del piso. "Correos -pensé- El servicio de tarde" Extrañamente me levanté del butacón junto al ventanal, fui al pasillo y descolgué el receptor. Correos; carta certificada; Hacienda. La chica subió, le di el DNI, firmé y me entregó la carta; en efecto, era de Hacienda. Extrañamente la abrí y lo único que pude desentrañar de ella fue que había que pagar. Un pago imprevisto, un pago de cierta importancia para el negocio. Así que bueno, la carta ya había sido abierta, conocía más o menos el meollo del contenido aunque sin saber los motivos y en vista de que no era el momento de estropear las vacaciones en la costa de mi hermano junto a su familia decidí que lo más adecuado sería llamar a la gestoría y consultarles. Respondí más o menos bien a las dos o tres primeras preguntas pero la siguiente se me atragantó: no veía por ningún lado el dato se suponía debería estar viendo.
jueves, 9 de septiembre de 2021
LA SILLA FANTÁSTICA
sábado, 28 de agosto de 2021
LA YEGUA PERDIDA
domingo, 27 de junio de 2021
MANDARINA
Pasó al bar junto a otros dos viejos clientes, dos amiguetes con quienes alguna que otra vez me emborraché en el pasado; él con la mascarilla puesta y ellos no. Yo estaba fumando en la puerta y allí nos saludamos antes de entrar; él lo hizo de manera un tanto nerviosa llamándome por mi nombre pero yo no lo reconocí aunque su voz me trajo un lejano eco. Pidieron un par de cervezas y un café y se fueron al ventanal. Venían de que les inocularan la segunda dosis de la vacuna. Dejé los servicios y él me dio las gracias al servirle el café con leche. Yo seguía sin reconocerle. Luego entró una tía también con la mascarilla puesta, se fue hacia ellos y se sentó junto a él. Me acerqué y no quería nada, pero él se había quitado la mascarilla quizá para beber y fue entonces cuando lo reconocí: doce o trece o quince años más viejo de la última vez que nos encontráramos. Él había estado enamorado de la chica que era mi novia; era evidente; yo lo sabía y creo que ella también; era un chico "super educado", que no perdía los papeles aún estando rodeado de traspapelados de parecido corte, todos universitarios, no fumadores, fans de Siniestro Total y del ron con cocacola, del Real Madrid y con pintas de extras en mitin del PP del último Aznar, "gente decente" y poco o nada problemática aún dentro de los enormes pedos que se agarraban, más allá de las típicas miradas de borracho hacia el camarero que les decía no a la última copa con la excusa de tener que fregar. De todas formas no acababan aquí sino que seguían buscando el amor en los últimos garitos abiertos. A veces los veía tras cerrar el bar. Ya derrengados me invitaban a un chupito que no quería y allí se quedaban, bebiendo hasta mearse encima mientras pedían más Siniestro Total al sufrido deejay de turno.
Cuando se marchó lo hizo en compañía de la tía que había llegado después. Ahí si intercambiamos unas cariñosas palabras desde la distancia y no hubo más. No es mal chico, al contrario; ni tampoco lo era entonces; sólo le gustaba mi chica pero ella estaba conmigo. La verdad es que estaba bastante bien; mi chica, digo; y era la típica tía que sin pretenderlo podía enamorar a uno de estos soñadores de dulcineas: no era zafia, divertida sin ser ordinaria, simpática, fiestera dentro de la Ley y, sobre todo, muy guapa al natural. Ea un espectáculo verla recién duchada.
Salimos a fumar. Uno de ellos, su hermano pequeño, me contó lo nervioso que se había puesto cuando le dijeron de ir a tomar algo a mi bar. No dije nada y le dejé hablar. Este, como suele pasar con los hermanos pequeños nacidos en los setenta, salió bastante más duro que el mayor. Ahora está bien pero estuvo a punto de quedarse en el camino por culpa de las drogas y las malas mujeres; y por las esporádicas conversaciones que hemos mantenido a lo largo de todos estos años blancos es un tío con las ideas muy claras, algo que suele pasar cuando uno sale de la zona oscura.
Y empezó a hablar de su hermano mayor. A los hermanos pequeños les encanta hablar de los hermanos mayores.
Con la ayuda del otro (compañero de escuela del susodicho) me descubrieron la personalidad del interfecto. Nunca había cambiado. Con respecto a las mujeres siempre había tenido muchas reticencias:
- ¿Te acuerdas cuando decía: "Esta es peluquera y las peluqueras..."?
Y cosas así. Ninguna le convenía. Todo eran reticencias, temores, fosos de agua tras un obstáculo que saltar.
Al final se había casado con una otorrinolaringóloga que después se había sacado también la carrera de psiquiatría, que ea la que actualmente ejercía. Vivían aquí, en una casa estupenda llena de ordenadores que nunca apagaban y dos niñas, pero él iba todos los días a Madrid y ahora estaba intentando vender el piso y la cochera que tiene en Alcalá y no sé qué más.
Traté durante bastantes años a los psiquiatras del hospital. Solían venir aquí a tomar las cañas. Muchas mujeres y dos o tres tíos; uno de ellos, amiguete mío, un vallisoletano, el evidente macho alfa de la manada, se follaba a quien quería. Este también era músico y tenía una banda. Están en Spotify. Con menos de mil audiciones por canción pero están. Una mañana llegó y me dijo que estaba hasta los cojones, que todo era una mierda, que iba a dejar el trabajo y se iba a dedicar de lleno a la música. Al final lo pensó mejor y se conformó con irse a trabaja a un gran hospital de Madrid.
Faltaba una hora para acabar y ya todo estaba hecho. La peor hora. Salí a fumar. Un pájaro grande de cola azul andaba picoteando en el hueco donde debía estar una de las rejillas que canalizan el agua. Estaba tranquilo, no como los gorriones. Al rato pasó un coche y se echó a la mediana, entre la hierba que rodea a los arbolillos. Volvió a bajar al pilón. Creí ver un gusano en su pico. Entonces llegaron tres extraños y pasaron al bar. Ellos pidieron gintonics y ella, tras un rato de duda, se decidió por uno de los elegantes zumos embotellados prácticamente naturales que tenemos expuestos en un expositor de madera sobre la barra: a pocos le gustan. No tienen más azúcar que el de la fruta que llevan.
Y en ese mismo momento, cuando ella todavía estaba dudando y mirando, leyendo y volteando, llegó Gonzalo, mi amigo bipolar.