sábado, 2 de octubre de 2021

UN GRANO EN EL CULO

 Suele empezar así. Tienes una buena mañana en el bar, te vienes arriba y una vez con todo limpio y recolocado en sus respectivos sitios te sirves una cerveza de barril bien fría, sales a la puerta de la calle, enciendes un cigarrillo, echas un trago, das una larga calada, miras los árboles de la mediana y los blancos edificios de enfrente iluminados por el sol poniente y desde la sombra sientes que has vuelto a conseguirlo, que todavía puedes hacerlo sin la ayuda de tu hermano y que después de todo un grano en el culo no es más que otro grano en el culo, nada que no se cure con unos días de antibióticos y antipiréticos, aunque quizá si hoy tomas, si bebes, se retrase un tanto la curación, ¡pero qué importa!, acaba de empezar octubre, tu mes, y los peores días de infección y fiebre ya han quedado atrás y hoy hace una tarde esplendida que bien merece algo más que volver a casa para tumbarse en la cama y oír audiolibros mientras intentas dormir sin llegar a caer nunca en los cálidos abismos del negro sueño profundo, de ese que al devolverte a la superficie te deja con suavidad en la orilla y no en mitad del retumbante oleaje y los relámpagos, fieros como ellos solos, siempre crueles, siempre rompiendo donde más duela aunque tú creyeras que aquello ya no podía hacerte más daño del que te hizo, pero ¡ay amigo!, ahora estás enfermo y debilitado, y estás soñando, y no dejas de soñar encallado entre rocas de aristas como navajas que se clavan en tu alma sin permitirte continuar tu descenso hacia las benditas profundidades del sueño negro, ¡y pobre de ti si, valiente, intentas zafarte de sus afiladas hojas!, entonces lo que era una amenaza en forma de juego se transforma en un castigo severo, cosa que sucedería de todos modos pero ahora lo hace con más ahínco, con más ansia, con más sed de dolor y auto-tortura...

Pero hoy no saliste a la puerta del bar para ver los otoñales árboles de la mediana y el blanco edificio de enfrente. Hoy saliste para sentarte junto a una pareja que no lo es y estar un rato entre ellos mientras llegaba el próximo relevo de tu hermano. Hablaban con fervor, atropellándose, de ellos mismos, de lo que hicieron hace unos días, de lo que les pasó hace muchos años, de lo que harían esta misma tarde mientras la cerveza y el humo de los cigarrillos no dejaban de caer por nuestros gaznates. Una excitación absurda para gente de nuestra edad, una excitación no tanto alcohólica como de cercanía, de proximidad, de necesidad de otro. Él no dejaba de darme ligeros toques en el antebrazo mientras hablaba, como si no estuviera del todo seguro que yo fuese una ilusión; ella, desde el otro lado de la mesa, pujaba por llamar mi atención con sus palabras pretendidamente escandalosas. Al cabo, ya en la tercera cerveza, se nos añadió uno que había pasado en un coche entre los gritos de mis compañeros de mesa. Sus historias se hicieron más zafias, más groseras, más rocosas...

Llegué a casa. Estaba medio chispado con las cuatro cervezas caídas en un estómago vacío. Pasé al water y cagué pensando qué hacer. Eran las cuatro y media de la tarde y todavía tenían que venir muchas horas. Bajé al súper tras dudarlo. Compré whisky, hielo y cervezas. 


El sol está mirando el sofá a través del ventanal. No es gran cosa, era de mi difunta abuela y mi madre me lo encasquetó cuando aquella murió hace un par de años, pero el sol lo mira mientras se va hacia otras ventanales, otros sofás, otros árboles, otros edificios, otras vidas y otros planetas, los mismos de siempre. 


Quien sabe, quizá también él ande con un grano en el culo mientras huye de la eterna noche que le rodea con cuatro cervezas en un núcleo sólo lleno de fuego abrasador.





sábado, 25 de septiembre de 2021

LAS MEJORES TETAS DEL PUEBLO

 Le vi hablando con el novio y noté que no podía mirarla. Fue un instante, tan sólo la exigua fracción de tiempo que concede el tiro de un grifo de cerveza bien mantenido. Allí, al otro lado de la barra, apenas a tres metros, a ojos vista, estaba desarrollándose otro pequeño drama subterráneo ante la tranquilizadora indiferencia del resto de la gente inconsciente: ella, para aquel y para mi, se había hinchado como un globo de feria; los otros, en cambio, bien podían pensar que sólo se trataba de otra joven con un sobrepeso lindante a la obesidad.

La pareja había llegado poco antes, justo en una de mis salidas a la terraza. Ellos entraban, yo iba a salir y sin el burladero de la barra por medio no pude sino plantarle dos besos de los que enseguida me arrepentí: jamás la había besado en todos estos años y al punto noté que ese no era el momento adecuado. No pregunté nada, ni dije palabras de aliento, ni me entretuve sin saber qué decir, cosas todas que con la barra por medio resultan muchísimo más fáciles, pero yo todavía no la había visto así y todos los pensamientos que tuve los dos o tres días siguientes al conocimiento de la noticia vinieron a parar en esos dos torpes besos, que eso es lo que fueron, pues un enfermo, un enfermo que aún está por asimilar el nuevo estado de las cosas, de sus cosas, lo último que quiere es que los demás lo traten como a un enfermo. 

Era mediados de agosto cuando otro sábado al mediodía, como de costumbre, vinieron a hacerme una visita. Tomaron lo de siempre y entre las risas de ella y las sonrisas de él me contaron que habían cogido las vacaciones de verano y esa misma tarde se iban a hacer el camino de Santiago en bici. Les deseé buen viaje y mejor camino no sin dejar de decirles lo típico que uno ha oído acerca de los beneficios para el alma de la experiencia y ahí quedó la cosa. 

Un par de semanas más tarde llegaron al bar en compañía de una chica que nunca había visto, una treintañera gordita de semblante serio. Yo andaba muy liado y apenas tuve tiempo de preguntarles por las consumiciones, aunque tuve una especie de relámpago mental al ver la cara de ella que tardó poco en difuminarse. De hecho sólo después, cuando mi hermano pequeño me contó en la privacidad de la cocina la película que ya todo el mundo sabía, me di cuenta de que ella no había pedido su acostumbrado vino tinto.

- ¡Aivá chaval, Kufisto! -me dijo mi hermanillo una de las veces que nos cruzamos en la cocina-
- ¿Qué?- respondí-
- ¿Pero no sabes lo que le ha pasado a Marta?-
- No -
- Joder...Luego te lo cuento -

Seguimos a lo nuestro, Marta se fue y ya con el asunto controlado mi hermano me contó la historia que sabía todo el mundo menos yo.

Hacía unos días que había sufrido una crisis epiléptica en la oficina de la empresa en la que trabaja. Tras algunas pruebas, en el hospital le habían encontrado dos tumores cancerígenos, uno en el pulmón y otro en el cerebro. 

A la semana siguiente vino por la tarde en compañía de casi toda su familia, el novio y algunas amigas. Juntaron algunas mesas de la terraza y aquello parecía una fiesta. Su padre, enfermo de cáncer desde hace un par de años largos (un hombre al que conozco desde hace veinte), pidió su whisky con hielo y los demás el resto de cafés y copeo habitual con la sola excepción de Marta que se conformó con algo sin alcohol. Poco después de servirles terminé mi turno y alzando la voz al salir me despedí de todos ellos antes de subirme al coche.


Era una niña cuando la conocí. La he visto crecer riendo entre fantas de limón y bolsas de patatas fritas; la he visto de adolescente aburrida que ya no quiere más fantas de limón con sus padres; la he visto con capullos; la he visto de fiesta. La he visto llevando curriculums de bar en bar. La he visto en un centro comercial intentando vender mierdas a carro frío. La he visto pedirme contactos. 

Y también la he visto ir dejando a los capullos. Y he visto como poco a poco se iba enamorando con su compañero de trabajo. Y he visto como este chaval, un chico deportista, un chaval sano, iba haciéndose con ella. Y durante estos últimos cuatro o cinco años, todos los sábados, he visto su buen amor tras el tiro del grifo de la cerveza.


- Ponme otra cerveza, Kufisto- me dijo aquel un rato más tarde - Joder...¿la has visto?-
- Sí, la he visto-
- No podía mirarla, tío-
- Ya-
- ¿Pero como es posible?-
- Es el tratamiento -dije- Cuando es muy agresivo se ponen así-

Le puse la cerveza, me serví una y salimos a fumar.


Las nubes corrían por el cielo como enajenadas; un continuo sombra-sol nos provocaba a fumar y a beber con más ganas.

- Dios...¡Si acababan de comprarse el piso!...¿Sabes que las amigas van a hacerle una fiesta esta misma tarde? -
- No -dije yo pensando en las tetas de su chica, de las mejores del pueblo-



lunes, 13 de septiembre de 2021

OTOÑAL CARTA DE HACIENDA

Empezaban a pesarme aquellos cien años de soledad cuando sonó el telefonillo del piso. "Correos -pensé- El servicio de tarde" Extrañamente me levanté del butacón junto al ventanal, fui al pasillo y descolgué el receptor. Correos; carta certificada; Hacienda. La chica subió, le di el DNI, firmé y me entregó la carta; en efecto, era de Hacienda. Extrañamente la abrí y lo único que pude desentrañar de ella fue que había que pagar. Un pago imprevisto, un pago de cierta importancia para el negocio. Así que bueno, la carta ya había sido abierta, conocía más o menos el meollo del contenido aunque sin saber los motivos y en vista de que no era el momento de estropear las vacaciones en la costa de mi hermano junto a su familia decidí que lo más adecuado sería llamar a la gestoría y consultarles. Respondí más o menos bien a las dos o tres primeras preguntas pero la siguiente se me atragantó: no veía por ningún lado el dato se suponía debería estar viendo.

- Bien, Kufisto -dijo el gestor-, no importa. Pásate luego por aquí y lo vemos-
- Pues entonces cuando quieras. Estoy de vacaciones-
- ¿Ahora puedes? ¿o mañana?
- Ya puestos -respondí sin dudarlo- preferiría ahora- "Dios sabe como estaré mañana" pensé.

Me vestí tras enjuagarme la boca con agua para quitarme el gusto del reciente vino, cogí una chaquetilla por si acaso y bajé a la calle.

La tarde era gris y un tanto ventosa pero todavía no llegaba a otoñal. Enseguida caí en la cuenta del prescindible abrigo y, cosa rara, recordé que la casa de mi madre pillaba de paso y podría dejarla allí. Eso hice con cuidado al abrir, como quien abre una puerta por sólo un momento y sin muchas ganas de dar explicaciones. Ella estaría arriba viendo Telecinco y con un poco de suerte ni se enteraría; pero la vieja puerta cierra mal y el golpe sonó demasiado como para pasar desapercibido aún tras la pesadísima cortina de ese corral de gallinas televisivo, por lo que para no sobresaltarla volví a abrir, voceé que volvería enseguida y sin esperar respuesta cerré con la conciencia más tranquila.

El asunto, como no podía ser de otra forma, se resolvió de manera rápida y tranquilizadora: había que pagar. Punto. Se trataba de algo en apariencia olvidado, una pequeña fullería sin importancia, pero la agencia tributaria tan sólo había hecho lo mismo que haría cualquier madre responsable: dejar hacer sin olvidar nada para en caso de llegar el momento adecuado ajustar las cuentas sin opción a réplica, so pena de quedar todavía peor.

Volví a la casa de mi madre y ya que estaba hice la visita de estos días de asueto para los cuales no tengo excusa. Ayer me la salté, como los dos primeros días, y con hoy ya había decidido completar otra pareja de cartas blancas a cuenta del cansancio acumulado por lo excesos y la lectura del famoso libro de García Márquez que iniciara la última tarde en el parque y que tan buen sabor me dejó.

La vi como siempre, tumbada en el viejo sillón articulado de mi difunto padre, viendo Telecinco con el teléfono a mano. Nos besamos, quité el volumen del televisor, me senté en el sofá adyacente sobre el cual están perfectamente colocadas las fotografías ampliadas y enmarcadas de las primeras comuniones de sus cinco hijos y empezamos a charlar.

Me habló de su ida al médico esta mañana en compañía de su hermana para que le miraran el pie. Parece ser que lleva tres meses con dolores y ayer concertó una cita con su doctora, una chica amachorrada pero de dulces maneras que también trató a mi padre durante su enfermedad y a la que le tiene una fe ciega que le ha recetado unas pastillas para el dolor y que pida cita para unas radiografías (cosa que no ha hecho) y un estudio de plantillas para el pie (cosa que tampoco va a hacer)

- Pues nada -dije cabreado- Sigue empastillándote
- Pero Kufisto...

Me acordé de Hacienda y de mi infancia.

- No, no -seguí- Como tú lo veas. Hasta el día en el que no puedas plantar el pie.
- Tengo mucho puente, me ha dicho Inmaculada. Como tú. Y de ahí me viene.
- ¡Pues si de ahí te viene procura hacer para que no tenga tanta ganas de venirte, joder! ¡Pero pastillas! ¡Y venga pastillas! 
- Kufisto...

La adolescencia. La juventud. La traumática ruptura con aquella mujer. Hoy.

Y en ese momento mi hermano le hizo una videollamada desde la costa.

Mi sobrino, su nieto, jugaba a pelear Spiderman y Hulk (dos enormes muñecos articulados regalo de otro hermano) junto a un escenario donde se veía bailar y cantar a unas monitoras rodeadas de niños algo más mayores. Mi madre se transfiguró. 

- ¡David! ¡David! -gritó- ¡David!

El padre lo llamó.

- Ven aquí, David, ven a ver a tu Abu y al tío Kufisto-

El chico tardó un poco pero vino.

- ¡David! ¡David! -aullaba su abuela- ¡Soy yo, la Abu!

El chico miraba al teléfono y a su padre.

- Diles hola -dijo él-
- ¡David! ¡Soy yo, la Abu! ¡Y tu tío Kufisto!

El chico, tras mirar a su padre, empezó a dejar ver los dientecillos en un amigo de sonrisa que al final se abrió por completo.

- ¡David, guapo, hermoso, David!...
- ¡Hola, David! -dije yo. Y me vi feísimo en la pequeña pantalla del móvil, muy lejos de como me veo en los espejos. Pero mi madre salía igual que conforme la estaba viendo.

David dejó los muñecos por mediación de su madre y subió con ella al escenario. Era el más pequeño de todos y él único que tenía a su mamá con él. Pronto se cansó de estar allí arriba sin sus cosas. 

Al final nos dijo su nombre y su primer apellido. Y poco después de mandarnos un beso con la manita se cortó la comunicación.

- Bueno, me voy -le dije a mi madre-
- Te he comprado esto...-
- No me compres nada. Te lo he dicho mil veces...-
- Joer, Kufisto...Hazme el favor-
- Luego me lo llevo-

Todavía no hacía frío para la chaquetilla. La llevé sobre el hombro de vuelta a casa.


Como todo lo demás.





jueves, 9 de septiembre de 2021

LA SILLA FANTÁSTICA

 La silla se ve fantástica en la foto de la caja. 

Y es cómoda: había una montada en el centro comercial, una junto a muchas otras, cada una bajo su respectivo ataúd y precio. Probé en cuatro o cinco y enseguida supe cual era la mía. Dudé algo más al elegir el color, pues aunque los dos modelos eran en negro variaba el tono de algunas zonas, la una en azul y la otra en rojo. Salí a por un carro para transportarla hasta el coche, pagué en la caja rápida a una chica pelirroja y regresé a casa.

El día amaneció para mi media hora más tarde que de costumbre, no más. Sin pensarlo mucho me tomé un antihistamínico caducado (ayer pasé un día horroroso por primera vez en un montón de años y hoy al despertar vi que iba por el mismo camino) hice mi tabla de ejercicios después de una semana sin hacerla y apenas noté una leve molestia en el hombro, quizá más psicológico que otra cosa. Luego la ducha, el desayuno y como todavía tenía tiempo fui al bar para recoger algunas cosas que me harán falta en casa durante estos días. También conté las monedas del bote (mi hermano había dejado una nota), hice tres partes y tras cerrar la puerta con alguna dificultad que me hizo comprender porque los más de los días sólo está echada una llave volví por donde suelo volver algo más tarde. Dejé las cosas a la buena de dios mientras no necesitaran frío, le eché de comer y de beber a la gata y me fui andando hacia los juzgados.

Iba bien de tiempo pero se me hacía raro que no me llamara mi hermano, el maestro; y apenas a cien metros lo hizo.

- ¿Donde estás? -
- Estoy llegando-
- Vale -

Unos segundos más tarde vi su figura, me quité los auriculares y ya junto a él nos saludamos y pasamos para adentro.

En la entrada había un chico tras una mampara que supongo era el de seguridad; era joven y entre que mi hermano no se explicaba bien y que él parecía estar haciendo una sustitución veraniega pareció como si alguien hubiera de venir en nuestra ayuda. Al final todo se aclaró sin que yo tuviera que abrir la boca y sin pasar por el detector de metales subimos a la segunda planta, casi vacía comparada con la primera. Allí solo había una chica gordita y al otro lado de la sala de espera una yonqui con las rodillas magulladas que hablaba por teléfono en voz alta y ronca.

Hablamos mientras esperábamos a nuestro abogado. Nos vemos poco (él vive con su familia en otro pueblo) y con todo y con eso la cosa no resulta complicada. Tuvimos una relación muy fuerte hasta los veinte años (apenas nos llevamos unos meses) y luego compartimos curro durante años, hasta hace diez o así que él se hizo profesor y se fue del bar. Me habló de su destino de este año (sigue de interino), le pregunté por sus hijas, hubo sitio para las cosas de la salud y también para que yo volviera a fijarme como siempre en la fuerza y calidad de su pelo. En esto estábamos cuando llegó el abogado, un chaval joven, delgado y entusiasta que tiene toda la pinta de ser del Opus Dei.

- ¿Tenéis los deneís? -

Se los dimos y pasó otra vez para adentro. Qué pelo tiene mi hermano. Qué cabrón.

Salió y nos hizo pasar para firmar un papel que nos extendió una funcionaria que debe estar a punto de jubilarse. Yo, sin darme cuenta, me quedé con el mío y él, con mucha delicadeza, me lo retiró para devolvérselo a la mujer. 

- Bueno, pues ya está -dijo- Ahora sólo hay que esperar y tener paciencia-

Estábamos despidiéndonos cuando mi hermano le pidió un justificante para el trabajo. El abogado dijo que no había problema y que esperáramos un momento. Una gitana gorda que no estaba antes se puso a hacer pucheros mientras hablaba para sí de los "gitanos malos"

- Te espero abajo -le dije a mi hermano-

Una mujer de la limpieza, gordísima, pasaba desganada la bayeta sobre el mostrador de la entrada mientras hablaba con el de seguridad. Un calvo cabizbajo esperaba sentado con un par de papeles en las manos. Un chaval miraba hacia las escaleras. 

Subí a la primera planta y allí vi a mi hermano. No sé de donde había salido tanta gente pero aquello estaba casi lleno. Al poco bajo la yonqui de la segunda que, taconeando escandalosamente, me miró al bajar.

- Te queda bien la coleta -dijo mi hermano al salir- Te da pintas de fucker- dijo riendo-

Me acercó a casa. Tenía ganas de estar y hablar conmigo. Aparcó y se fue a ver a nuestra madre. Quizá tuve que hacer lo mismo. 

Miré la cuenta bancaria en el ordenador y vi que me había quedado al descubierto. Cogí dinero, un par de facturas de la luz para pagarlas en Correos y volví a salir.

El último de la fila callejera de Correos resultó ser un antiguo condiscípulo, uno que ni entonces me gustaba. Él me reconoció, yo lo reconocí y no nos dijimos nada. Me tocó el turno, pagué las facturas a una mujer nerviosísima y tiré hacia el banco.

Una señora gorda esperaba turno en la puerta que da acceso a los dos cajeros automáticos del interior. El exterior estaba ocupado por un pijo con todas las letras, un eventual cliente mío que hace tiempo no veo por el bar. Claro que yo ya solo trabajo por las mañanas.

Adentro había problemas con las puertas automáticas: los que querían salir no podían hacerlo. Entonces salió un empleado y vi que era un cliente mío. No sabía que era banquero, incluso mi banquero, aunque sí que había pensado que sólo podía ser banquero o abogado. 

- ¡Hola, Kufisto! -
- Hola -respondí-
- Las puertas...-
- Sí-

De vuelta a casa hubo un momento en el que me di cuenta que casi todos iban con la mascarilla puesta, algo exagerado, como el noventa por cien. Y de repente vi a uno que se acercaba y no la llevaba puesta. Y cuando lo reconocí casi que quise evaporarme por evitar a alguien tan cansino.

- ¡Kufisto!
- Hola, Carlos
- ¡Qué es de tu vida?

Menudo pelazo tenía el cabrón.

- Hostia qué pelo, ¿no?
- Sí...me he dejado el tupé...¡Y tú coleta!

Y se puso a explicarme su eterno amor a Loquillo y demás mierdas. 

- Tengo que irme -le dije- Tengo prisa-
- Bueno, luego te veo, Kufisto, ¿no? Tengo que hablar contigo...-
- Claro, claro...adiós-

Comí bien y un rato después me fui a la cama. A esa hora yo debería estar tirando alguna caña o destapando algún refresco o mirando el móvil en el rincón de la vitrina del bar. Pero hoy no tenía nada que me impidiera dormir al mediodía. Y dormí.

Abrí los ojos y volví a cerrarlos y al rato vi como vuela el tiempo cuando uno está en duermevela. Estiré las piernas, estiré los brazos y me fui a comprar para estos días.

A la vuelta le di una sesión al saco de boxeo de mi dormitorio; un poco como unas horas antes, al despertar, lo había hecho con el peso de mi cuerpo, como mirando, como viendo...Fue bien. 

"¿Y comprar una silla para el ordenador? Una silla buena, una de esas que hay en el centro comercial? Llevo diez años escribiendo sobre una silla cuartelera, con una almohada sobre ella para no reventarme el culo, la espalda tronchada...¿no tendrá esto que ver para no tener ganas de escribir?"


La silla se ve fantástica en la foto de la caja.


Mañana llamaré a mi tío el manitas.



sábado, 28 de agosto de 2021

LA YEGUA PERDIDA

 El coche estaba mal aparcado. No tanto como para que se lo llevara la grúa, ni siquiera para ser multado (por alguna extraña razón ahí no lo hacen nada más que en muy raras ocasiones) pero saltaba a la vista que su propietario lo había dejado allí, casi a las puertas de nuestro bar, porque al salir anoche de él debía llevar un pedo de cuidado. Era un coche gris, viejo, con la chapa en muy mal estado y de matrícula que no reconocí. Saqué las llaves, abrí la puerta, entré al bar, preparé todo lo que preparar antes de abrir (vitrina, desayunos, exprimidor, servicios de café, las sillas y los taburetes del salón...), saqué la terraza y vino el panadero con sus prisas de todos los días. Era el momento que estaba esperando para largarme a la frutería del moro y hacer la compra que por pura pereza no hice ayer.

No había nadie. Acababan de abrir y padre, madre y uno de los hijos pequeños andaban de acá para allá moviendo cajas y género. Saludé, saludaron, pregunté por lo que necesitaba y enseguida pasó el padre adentro a sacarme unas cajas para que escogiera. Soy buen cliente, nos conocemos desde hace mucho tiempo y siempre me han tratado bien. Hace poco que otro moro abrió una frutería un poco más allá (con dinero de "sudacas" según cuentan estos) y he seguido siéndoles fiel a pesar de haber oído buenas opiniones de la competencia. Tan sólo una vez en todos estos años tuve un leve roce con su hija, una enana gorda y deforme de mal carácter (había que ver y oír como trataba al personal) con la que solía flirtear para halagarla, pues a pesar de todo tenía dos enormes tetas y yo veía que a ella le gustaba que le tirara los trastos aunque fuese en broma. Reconozco que en aquella ocasión fui yo el que se pasó, estaba medio borracho, pero el caso fue que poco después desapareció de allí y la mandaron a la otra frutería que tienen, una de mucho menos tránsito. Y nadie me cortó el cuello, ni me amenazó, ni me dijo que no volviera. Con el hijo mayor (un moro guapo que tiene en el bolsillo a todas las mujeres del barrio) podría decirse que hasta tengo una relación de amistad, quizá acentuada porque una vez le salve el culo por un problema que tuvo con unos gitanos que le robaron.

De regreso al bar vi que estaban esperando quienes yo esperaba que estuviesen esperando: una madre y su hijo, un doctor que casi llegó a ser parte de nuestra familia por lo que durante años se desvivió por la salud de nuestro padre y que poco después de su muerte dejó de visitarnos, aunque no le culpo: como él mismo me confesó tenía un gravísimo problema con el alcohol que ninguno habíamos advertido. Se emborrachaba a solas, todos los días, tras acostar a su anciana madre. Me quedé de piedra cuando me lo contó. "Si un día vengo a pedirte una cerveza, Kufisto, no me la pongas" me dijo al final. Estuvo en tratamiento, no sé si seguirá con él, hace años ya, pero me dijo que una sola copa podría matarlo. 

- ¡Hombre, Kufisto! -dijo- Le estaba diciendo a mi madre que vendrías enseguida, que seguro habías ido a algún sitio-

La anciana se levantó de la silla y apoyada en su moderno tacatá subió por la pequeña rampa de acceso. Él la acomodó en una mesa, me pagó el desayuno que su madre toma desde hace tres fines de semana (café con leche y dos azucarillos, zumo de naranja y churro) y se fue con la bici sin pedir nada. 

Andaba yo atareado con la preparación de las pulgas (queso, chorizo, salchichón, anchoas, sardinillas y atún) cuando oí la voz de una mujer que entraba al bar, pero no la reconocí al tener encendido el extractor de aire. Salí y era "mi amiga", la que dicen que me estoy follando desde hace unos meses. La saludé, le puse una cocacola y en eso llegó la vieja a la barra y me pidió una pulga de las que ya tenía preparadas bajo la vitrina, una de chorizo.

- Me encanta el chorizo -dijo ella-
- Nos ha jodío -respondí yo- Y a mi-
- Me encanta -volvió a decir-

Y como vi que poco más o menos estaba esperando que se la pusiera en la mano le sugerí que se sentara y enseguida se la llevaba yo. Mi amiga (que trabaja cuidando a esta gente) la miraba sin decir nada. Le llevé la pulga. "Me encanta el chorizo, hijo" fue su respuesta.

- Noventa años y le encanta el chorizo -le dije a mi amiga- Y los churros- Sonrió y poco después, tras pasar a la cocina y hablar un rato mientras yo la escuchaba preparando el resto de pulgas, se fue a sus cosas sin dejar de llamarme "cariño" 

- Hola -dijo otro-

Salí. Esta vez no tenía puesto el extractor pero no había reconocido la voz. De hecho casi ni lo reconocí bajo la mascarilla y las barbas que se ha dejado.

- ¡Pero coño!
- Hola, Kufisto

La gente en los bares va y viene como las olas en el mar. A mis años es algo que tengo asumido. Cambia la vida, cambian los amigos, cambian las costumbres, cambia todo y más con la bebida y las drogas de por medio. Este discutió por una mujer con un amigo con el que era uña y carne y dejó de venir. Luego se casó con otra y hará un año que han tenido un hijo. Venía a por las llaves del coche.

- Ayer perdí hasta la vergüenza, Kufisto -me dijo mientras yo buscaba sus llaves. Las encontré en la repisa de arriba de los whiskies caros junto a un paquete de Camel y un mechero-
- ¿El tabaco también es tuyo, no?
- Sí -dijo medio riendo. No se acordaba- Me voy, Kufisto, que hoy tengo lío-
- Adiós-

La anciana señora se marchó como una hora más tarde en compañía de su hijo el doctor. No sé qué hará en ese intervalo de tiempo. Quizá alguien se lo preguntaría: "¿después de cuatro años vuelves al bar, me dejas a tu madre, no pides nada, y pasas por aquí como si nada hubiera pasado?" Pues sí. No se lo he dicho a nadie, ni a mi familia. Ni a mi madre. A veces, cuando paso por su casa, me ha preguntado por él, extrañada en su inocencia. La próxima vez que me pregunte le diré que ha vuelto a ir al bar, sin más. Seguro que se alegra. Ella nunca ha podido entender un cambio tan drástico a pesar de que tuvimos que contárselo. Ese hombre, aquel joven doctor que parecía un poco loco, le había dado hasta más no poder algunos, muchos años de vida extra a su marido, el hombre de su vida, el hombre que siendo ella bien joven la sacó del infierno que era la vida con su madre.

La mañana fue pasando como pasan casi todas las mañanas. Llegó un amigo reciente, quizá hará un par de años, no sé. El tiempo pasa de tal forma que los años se confunden con las pulgas de chorizo. Es el que me proporciona el tabaco desde primeros de año. El que me arregló un problema en el intermitente hará un par de meses. Vino a la cochera con sus herramientas (es camionero) y en cero coma lo solucionó. No hubo ni que cambiar la bombilla. Era un problema de conexión que me hubiera costado Dios sabe cuanto en el taller. No quiso cobrar nada, por supuesto, a pesar de que era sábado y había dejado a su familia para hacerme el favor. Le encanta el rock nacional. A mi no, pero tampoco se lo digo. Hablamos de los viejas bandas y de vez en cuando, si estoy de resaca, de cosas más "profundas" Creo que fue eso lo que formó nuestra amistad. Se me da bien hablar de esas cosas. Aunque la verdad es que eso es algo que se le da bien a cualquiera que no hable de fútbol y política.

Al rato llegó mi tío por su desayuno. Me sentí un poco incómodo: no suelo salir de la barra para hablar con él. Y nuestra familia es un poca rara, demasiado cerrada. Quizá él mismo se lo preguntó: "¿Estás hablando con este calvo y yo, que soy tu tío y un poco menos calvo, que te he tenido entre mis brazos y que ahora estoy enfermo no merezco tu atención?" Mi amigo y yo hablábamos con apasionadamente de Metallica, del "Black Album", de aquellos conciertos del  Monsters of Rock en la URSS que estaba a punto de desmoronarse...Se fue. Y al rato el otro también. 

- ¡Kufito!-

Esa voz sí que la reconocí. Y también la cara. Era él, estaba igual que hace cuanto, ¿cinco años? ¿un poco más delgado? El francés.

- Joder-

Enseguida, mientras estábamos hablando, llegó otro colega, un buen cliente, un camello, un amigo, una bestia parda que lo estrujo entre sus brazos formando una especie de masa lovecraftiana, pues el francés tampoco es flojo. Pronto rularon las cervezas y las delicatessen que nos dan fama.

Luego llegó uno de mis hermanos (el que todavía vive con mi madre) y ya todo fueron planes inmediatos, blitzkriegs, pues nuestro amigo francés se irá mañana o pasado y no había tiempo que perder. 

- ¡Cerveza, Kufisto!- gritaba mi amigo el camello- ¡No hay nadie que tire las cervezas como tú!-

Bebieron. Comieron. Llegó un compañero del francés, un aprendiz, uno que no sabe ni una palabra de español...Y cuando pidieron unas "gildas" fue cuando entendí que la noche anterior habían estado aquí con el del coche mal aparcado. 

- ¡Kufisto! - dijo el francés una vez que habían acordado donde ir de cena tras la siesta-
- ¿Qué?- respondí mientras titaba una cerveza-
- ¡Esta noche te vienes con nosotros!-


Llegué a casa, me eché un rato y no me dormí. 


Volví a levantarme, me duché, me lavé el pelo a conciencia y me fui con la bici al parque.


Allí acabé de leer una novela americana de Simenon. No estaba mal.


Y ahora a acostar.  





domingo, 27 de junio de 2021

MANDARINA

 Pasó al bar junto a otros dos viejos clientes, dos amiguetes con quienes alguna que otra vez me emborraché en el pasado; él con la mascarilla puesta y ellos no. Yo estaba fumando en la puerta y allí nos saludamos antes de entrar; él lo hizo de manera un tanto nerviosa llamándome por mi nombre pero yo no lo reconocí aunque su voz me trajo un lejano eco. Pidieron un par de cervezas y un café y se fueron al ventanal. Venían de que les inocularan la segunda dosis de la vacuna. Dejé los servicios y él me dio las gracias al servirle el café con leche. Yo seguía sin reconocerle. Luego entró una tía también con la mascarilla puesta, se fue hacia ellos y se sentó junto a él. Me acerqué y no quería nada, pero él se había quitado la mascarilla quizá para beber y fue entonces cuando lo reconocí: doce o trece o quince años más viejo de la última vez que nos encontráramos. Él había estado enamorado de la chica que era mi novia; era evidente; yo lo sabía y creo que ella también; era un chico "super educado", que no perdía los papeles aún estando rodeado de traspapelados de parecido corte, todos universitarios, no fumadores, fans de Siniestro Total y del ron con cocacola, del Real Madrid y con pintas de extras en mitin del PP del último Aznar, "gente decente" y poco o nada problemática aún dentro de los enormes pedos que se agarraban, más allá de las típicas miradas de borracho hacia el camarero que les decía no a la última copa con la excusa de tener que fregar. De todas formas no acababan aquí sino que seguían buscando el amor en los últimos garitos abiertos. A veces los veía tras cerrar el bar. Ya derrengados me invitaban a un chupito que no quería y allí se quedaban, bebiendo hasta mearse encima mientras pedían más Siniestro Total al sufrido deejay de turno.

Cuando se marchó lo hizo en compañía de la tía que había llegado después. Ahí si intercambiamos unas cariñosas palabras desde la distancia y no hubo más. No es mal chico, al contrario; ni tampoco lo era entonces; sólo le gustaba mi chica pero ella estaba conmigo. La verdad es que estaba bastante bien; mi chica, digo; y era la típica tía que sin pretenderlo podía enamorar a uno de estos soñadores de dulcineas: no era zafia, divertida sin ser ordinaria, simpática, fiestera dentro de la Ley y, sobre todo, muy guapa al natural. Ea un espectáculo verla recién duchada.

Salimos a fumar. Uno de ellos, su hermano pequeño, me contó lo nervioso que se había puesto cuando le dijeron de ir a tomar algo a mi bar. No dije nada y le dejé hablar. Este, como suele pasar con los hermanos pequeños nacidos en los setenta, salió bastante más duro que el mayor. Ahora está bien pero estuvo a punto de quedarse en el camino por culpa de las drogas y las malas mujeres; y por las esporádicas conversaciones que hemos mantenido a lo largo de todos estos años blancos es un tío con las ideas muy claras, algo que suele pasar cuando uno sale de la zona oscura. 

Y empezó a hablar de su hermano mayor. A los hermanos pequeños les encanta hablar de los hermanos mayores.

Con la ayuda del otro (compañero de escuela del susodicho) me descubrieron la personalidad del interfecto. Nunca había cambiado. Con respecto a las mujeres siempre había tenido muchas reticencias:

- ¿Te acuerdas cuando decía: "Esta es peluquera y las peluqueras..."?

Y cosas así. Ninguna le convenía. Todo eran reticencias, temores, fosos de agua tras un obstáculo que saltar.

Al final se había casado con una otorrinolaringóloga que después se había sacado también la carrera de psiquiatría, que ea la que actualmente ejercía. Vivían aquí, en una casa estupenda llena de ordenadores que nunca apagaban y dos niñas, pero él iba todos los días a Madrid y ahora estaba intentando vender el piso y la cochera que tiene en Alcalá y no sé qué más.

Traté durante bastantes años a los psiquiatras del hospital. Solían venir aquí a tomar las cañas. Muchas mujeres y dos o tres tíos; uno de ellos, amiguete mío, un vallisoletano, el evidente macho alfa de la manada, se follaba a quien quería. Este también era músico y tenía una banda. Están en Spotify. Con menos de mil audiciones por canción pero están. Una mañana llegó y me dijo que estaba hasta los cojones, que todo era una mierda, que iba a dejar el trabajo y se iba a dedicar de lleno a la música. Al final lo pensó mejor y se conformó con irse a trabaja a un gran hospital de Madrid. 

Faltaba una hora para acabar y ya todo estaba hecho. La peor hora. Salí a fumar. Un pájaro grande de cola azul andaba picoteando en el hueco donde debía estar una de las rejillas que canalizan el agua. Estaba tranquilo, no como los gorriones. Al rato pasó un coche y se echó a la mediana, entre la hierba que rodea a los arbolillos. Volvió a bajar al pilón. Creí ver un gusano en su pico. Entonces llegaron tres extraños y pasaron al bar. Ellos pidieron gintonics y ella, tras un rato de duda, se decidió por uno de los elegantes zumos embotellados prácticamente naturales que tenemos expuestos en un expositor de madera sobre la barra: a pocos le gustan. No tienen más azúcar que el de la fruta que llevan. 

Y en ese mismo momento, cuando ella todavía estaba dudando y mirando, leyendo y volteando, llegó Gonzalo, mi amigo bipolar.

- Hola, Kufisto-
- Hola, Gonzalo-

Ella eligió uno de limonada y se fue con los otros.

- ¿Qué es eso, Kufisto?-
- Zumos -le dije- Zumo naturales al 99 %-
- Ah...

Gonzalo está de ordinario tan drogado como pueda estarlo cualquiera a quien la Ciencia no le encuentre remedio. Y cuando no lo está se cabrea y hace cosas raras. Gonzalo tiene que drogarse para que no lo droguen más. Y si no lo meten en un "centro" y allí se tira unos meses. Ahora está a punto, o eso me dijo, muy cabreado, hace una semana. Pero yo no lo veo tan mal. También él empezó a toquetear las botellas. Son bonitas las jodías.

- Hostia, Kufisto-
- ¿Qué?-
- ¡Qué bonitas!-
- Sí. Y zumo natural-

A Gonzalo le encanta todo lo natural.

Se decidió por uno de mandarina con un toque de algo que no sabíamos (Rosemary) y luego resultó ser romero casi en el mismo instante en el que la otra llegó y me pidió un licor de mora sin alcohol. No le había gustado el zumo.

- Hostia, Kufisto -me dijo Gonzalo mientras fumábamos un cigarrillo en la puerta- Qué bueno está esto-
- Ya te digo-


- ¿Y donde vamos a ir? -decía ella atusándose el pelo recién duchada-




sábado, 12 de junio de 2021

INTERMITENTE

 No sé porqué le dije lo del intermitente. Era mediodía y estábamos solos en el bar, él leyendo el periódico en una de las mesas altas del ventanal y yo mirando algo en el móvil sentado en un taburete junto a la cafetera, haciendo tiempo antes de poner a hervir el caldo del arroz. El otro cliente que había tenido en la última media hora acababa de irse tras charlar un rato con Jose Antonio desde la otra mesa del ventanal, charla que salió como tantas que salen en los bares pues fue la cosa que aquel estaba contándome algo de unas tierras que tiene no sé donde y de los problemas que hay este año con la paja del trigo o no sé qué humedad que provoca los consabidos cabreos entre la gente del campo. El tema no me interesaba lo más mínimo y viendo que Jose Antonio terciaba como conocedor me retiré a la barra para mirar el teléfono en mi rincón y echarle un ojo a la hora.

- ¿Y te va el delantero? -preguntó Jose-
- Sí...pero rápido -respondí como uno que no sabe lo que está diciendo-
- Bueno, pues ya te lo miro yo-

Y así fue como salió la cosa, que tampoco es tan malo trabajar en tu bar.

Claro que sé que Jose es camionero y que algún conocimiento de mecánica inherente al oficio debía tener, pero yo había dicho lo del intermitente como un par de horas antes le había comentado mi rendido entusiasmo de esta semana por los Cult a un colega de toda la vida que había venido a desayunar tras pasarse la noche montando vídeos de operaciones en el hospital, un alma libre, un drogadicto presentable, uno que es muy bueno en lo suyo y eso le permite vivir a su aire la mayor parte del tiempo. Hoy me contó su reciente viaje a Granada en compañía de un amigo para traerse una Rieju y lo bien que se lo pasó metiéndose aposta por la vieja carretera de Despeñaperros, harto de ir por la autovía adelantando camiones.

Me entusiasmé, la verdad. El intermitente izquierdo es bastante importante para mi, más que el derecho. En mi trayecto de todos los días es el dominante y cuando hace un par de semanas, volviendo de la visita semanal al centro comercial, noté que se aceleraba la señal en el cuadro de mandos pensé que algo no iba como debía, aunque me costó un par de días más, un buen bocinazo y un intercambio de insultos muy subidos de tono el darme cuenta de que iba sin intermitente trasero. Pero...¿como ve uno que no funciona su intermitente izquierdo trasero? ¿basta con que su chivato vaya más rápido que de costumbre? No para mi, que aún a día de hoy es un cara a cruz apretar o aflojar un tornillo.

- ¿Vas a estar en casa esta tarde? -preguntó Jose-
- Sí, claro...-dije como quien calcula. Yo estaba medio regular y quería darme caña con la gimnasia y el saco para extraer el veneno en forma de sudor, algo que siempre me ha dado buen resultado. Jose lo notó-
- ¿A las seis te viene bien?-
- Ehhh...(joder, me va a arreglar el problema)-
- ¿A las siete?-
- Vale. A las siete-

Y un rato después se fue tras terminar la segunda cerveza de rigor. 

Salí del bar a las cuatro y pico. Hoy no hubo siesta y sí una buena sesión de ejercicios y otra aún mejor de saco, en el que me volqué viniéndome arriba al ver que el cuerpo prefería hacerlo abajo: le di de puñetazos hasta que el sudor vertido en la tarima me hizo resbalar de más. Una ducha caliente y fría unida a los obligados estiramientos más el chute de azúcar me dejaron como nuevo. Eran las seis de la tarde y ya no tenía nada más que hacer sino ir al moro para estirar las piernas a por un rollo de papel de cocina y ver otra vez "La novena puerta" para de buena gana hacer tiempo hasta la hora de ir a la cama.

Pero el moro no tiene whisky. Y no está bien ver esa peli sin un whisky.

Encontré un enlace bueno a la película, uno en HD, uno que me asustaba estos días de atrás pues la imagen vibraba en la pantalla tal y como si estuviera a punto de explosión por algún virus chino, que mi conocimiento de la Red no está más allá del de los tornillos, y entonces pulsaba rápidamente la x de la ventana dejándome tranquilo con su desvanecimiento. Y sin embargo todo era cosa de darle a la pantalla completa: se veía perfecta. Eran las siete menos cuarto de la tarde, había hecho un gran entreno y sólo quedaba merendar algo, beber una cerveza, coger la posición, pillar todo lo necesario para ya no moverme del sillón y ver una vez más esa peli donde un tío molón que vive de los libros que tanto amo se folla a dos de las mujeres que más cachondo me ponen mientras viaja en busca de un libro maldito y definitivo.

"¿Vendrá? No, no creo que venga. Está casado, tiene dos hijas, es sábado, tendrá planes, me llamará para decirme que no puede, que otro día..."

Miré el teléfono: las siete menos cinco. 

El viejo de la peli acababa de echarse la soga al cuello cuando oí el "Black Dog" Eran las siete en punto.

- ¿Kufisto?-
- Sí, Jose-
- ¿Estás en casa?
- Sí, estoy aquí-
- Voy para allá-
- Vale. Dame un toque cuando estés abajo-
- Vale-

También es mi proveedor de tabaco, por eso sabe donde vivo. Hace medio año me habló de un contacto que había hecho: un kilo, treinta euros. Y de cabeza. Hace poco que le encargué el segundo aunque todavía me queda del primero. Ahí lo tengo desde el martes. Ya no compro hasta el 2022. Con dos kilos fumo un año. Sesenta euros más papel y boquillas. 

Vino y bajamos a la cochera con un par de maletines con herramientas. Extrajo la carcasa y miró la bombilla: "no está fundida" dijo. Hurgó en la herida y volvió a colocar la bombilla. "Dale al intermitente, Kufisto" Le di. Perfecto. El intermitente izquierdo trasero iba a su ritmo. Cinco minutos escasos.

- ¡Su puta madre! -dije- ¡Lo llevo a un taller y me joden vivo!-

Rió.


Hay gente buena, coño. ¡Hay gente buena! ¡Hay gente que ayuda sin retraso! ¡Hay gente que dice a las siete y llega a las siete! ¡Hay gente que sin tú saber muy bien el porqué te coge afecto sin contrapartida alguna de tu parte más allá de conversaciones de bar con la misma profundidad que el plato de ducha en el que se sumerge el sudor de los puñetazos de todos los días! ¡Hay gente que conduce camiones, que monta vídeos, que separa la paja del trigo...! ¡Hay gente!


Abrí la botella y me puse a escribir.


La novena puerta siempre estará ahí.


Esperándome.