Empezaban a pesarme aquellos cien años de soledad cuando sonó el telefonillo del piso. "Correos -pensé- El servicio de tarde" Extrañamente me levanté del butacón junto al ventanal, fui al pasillo y descolgué el receptor. Correos; carta certificada; Hacienda. La chica subió, le di el DNI, firmé y me entregó la carta; en efecto, era de Hacienda. Extrañamente la abrí y lo único que pude desentrañar de ella fue que había que pagar. Un pago imprevisto, un pago de cierta importancia para el negocio. Así que bueno, la carta ya había sido abierta, conocía más o menos el meollo del contenido aunque sin saber los motivos y en vista de que no era el momento de estropear las vacaciones en la costa de mi hermano junto a su familia decidí que lo más adecuado sería llamar a la gestoría y consultarles. Respondí más o menos bien a las dos o tres primeras preguntas pero la siguiente se me atragantó: no veía por ningún lado el dato se suponía debería estar viendo.
lunes, 13 de septiembre de 2021
OTOÑAL CARTA DE HACIENDA
jueves, 9 de septiembre de 2021
LA SILLA FANTÁSTICA
sábado, 28 de agosto de 2021
LA YEGUA PERDIDA
domingo, 27 de junio de 2021
MANDARINA
Pasó al bar junto a otros dos viejos clientes, dos amiguetes con quienes alguna que otra vez me emborraché en el pasado; él con la mascarilla puesta y ellos no. Yo estaba fumando en la puerta y allí nos saludamos antes de entrar; él lo hizo de manera un tanto nerviosa llamándome por mi nombre pero yo no lo reconocí aunque su voz me trajo un lejano eco. Pidieron un par de cervezas y un café y se fueron al ventanal. Venían de que les inocularan la segunda dosis de la vacuna. Dejé los servicios y él me dio las gracias al servirle el café con leche. Yo seguía sin reconocerle. Luego entró una tía también con la mascarilla puesta, se fue hacia ellos y se sentó junto a él. Me acerqué y no quería nada, pero él se había quitado la mascarilla quizá para beber y fue entonces cuando lo reconocí: doce o trece o quince años más viejo de la última vez que nos encontráramos. Él había estado enamorado de la chica que era mi novia; era evidente; yo lo sabía y creo que ella también; era un chico "super educado", que no perdía los papeles aún estando rodeado de traspapelados de parecido corte, todos universitarios, no fumadores, fans de Siniestro Total y del ron con cocacola, del Real Madrid y con pintas de extras en mitin del PP del último Aznar, "gente decente" y poco o nada problemática aún dentro de los enormes pedos que se agarraban, más allá de las típicas miradas de borracho hacia el camarero que les decía no a la última copa con la excusa de tener que fregar. De todas formas no acababan aquí sino que seguían buscando el amor en los últimos garitos abiertos. A veces los veía tras cerrar el bar. Ya derrengados me invitaban a un chupito que no quería y allí se quedaban, bebiendo hasta mearse encima mientras pedían más Siniestro Total al sufrido deejay de turno.
Cuando se marchó lo hizo en compañía de la tía que había llegado después. Ahí si intercambiamos unas cariñosas palabras desde la distancia y no hubo más. No es mal chico, al contrario; ni tampoco lo era entonces; sólo le gustaba mi chica pero ella estaba conmigo. La verdad es que estaba bastante bien; mi chica, digo; y era la típica tía que sin pretenderlo podía enamorar a uno de estos soñadores de dulcineas: no era zafia, divertida sin ser ordinaria, simpática, fiestera dentro de la Ley y, sobre todo, muy guapa al natural. Ea un espectáculo verla recién duchada.
Salimos a fumar. Uno de ellos, su hermano pequeño, me contó lo nervioso que se había puesto cuando le dijeron de ir a tomar algo a mi bar. No dije nada y le dejé hablar. Este, como suele pasar con los hermanos pequeños nacidos en los setenta, salió bastante más duro que el mayor. Ahora está bien pero estuvo a punto de quedarse en el camino por culpa de las drogas y las malas mujeres; y por las esporádicas conversaciones que hemos mantenido a lo largo de todos estos años blancos es un tío con las ideas muy claras, algo que suele pasar cuando uno sale de la zona oscura.
Y empezó a hablar de su hermano mayor. A los hermanos pequeños les encanta hablar de los hermanos mayores.
Con la ayuda del otro (compañero de escuela del susodicho) me descubrieron la personalidad del interfecto. Nunca había cambiado. Con respecto a las mujeres siempre había tenido muchas reticencias:
- ¿Te acuerdas cuando decía: "Esta es peluquera y las peluqueras..."?
Y cosas así. Ninguna le convenía. Todo eran reticencias, temores, fosos de agua tras un obstáculo que saltar.
Al final se había casado con una otorrinolaringóloga que después se había sacado también la carrera de psiquiatría, que ea la que actualmente ejercía. Vivían aquí, en una casa estupenda llena de ordenadores que nunca apagaban y dos niñas, pero él iba todos los días a Madrid y ahora estaba intentando vender el piso y la cochera que tiene en Alcalá y no sé qué más.
Traté durante bastantes años a los psiquiatras del hospital. Solían venir aquí a tomar las cañas. Muchas mujeres y dos o tres tíos; uno de ellos, amiguete mío, un vallisoletano, el evidente macho alfa de la manada, se follaba a quien quería. Este también era músico y tenía una banda. Están en Spotify. Con menos de mil audiciones por canción pero están. Una mañana llegó y me dijo que estaba hasta los cojones, que todo era una mierda, que iba a dejar el trabajo y se iba a dedicar de lleno a la música. Al final lo pensó mejor y se conformó con irse a trabaja a un gran hospital de Madrid.
Faltaba una hora para acabar y ya todo estaba hecho. La peor hora. Salí a fumar. Un pájaro grande de cola azul andaba picoteando en el hueco donde debía estar una de las rejillas que canalizan el agua. Estaba tranquilo, no como los gorriones. Al rato pasó un coche y se echó a la mediana, entre la hierba que rodea a los arbolillos. Volvió a bajar al pilón. Creí ver un gusano en su pico. Entonces llegaron tres extraños y pasaron al bar. Ellos pidieron gintonics y ella, tras un rato de duda, se decidió por uno de los elegantes zumos embotellados prácticamente naturales que tenemos expuestos en un expositor de madera sobre la barra: a pocos le gustan. No tienen más azúcar que el de la fruta que llevan.
Y en ese mismo momento, cuando ella todavía estaba dudando y mirando, leyendo y volteando, llegó Gonzalo, mi amigo bipolar.
sábado, 12 de junio de 2021
INTERMITENTE
jueves, 13 de mayo de 2021
DE LOS TRES MALES
Bajé a comprar fruta. Naranjas, tomates y limones para el bar y ya de paso una docena de tomates raf, tres inquietantes calabacines, y unas "lolitas" para mi, un capricho adquirido desde hace poco; son enormes, están riquísimas y luego cagas que es gloria ver lo que has echado de tu cuerpo.
No había ni cristo en la frutería del moro. Claro que era el turno de tarde y la mayor parte de la venta suele hacerla por las mañanas al relance de la cercanía de tu supermercado de confianza, ese cuyas frutas y verduras son como el doble de caras y saben a última copa en garito ignoto, lo que unido a las ancianas jodeoras de los edificios de alrededor hace que esas sean horas a evitar en la medida de lo posible.
Entré, saludé, pedí unas bolsas grandes que Rida, solícito, me abrió sin necesidad de pedírselo ante mi sabida incapacidad para lograrlo sin cagarme en mi puta calavera y sin más inicié el habitual peregrinaje entre las bancadas bajo el gorigori de uno de los audiolibros que siempre llevo en mis orejas durante las salidas a cualquier lugar y más aún en este donde el reguetón anima de vivísima voz al personal del moro a realizar sus compras lo más rápidamente que pueda o a ponerse a follar allí mismo a mami, o a papi o a la puta madre que parió a este mundo perdido sin electrificar.
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domingo, 2 de mayo de 2021
DÍA DE LA MADRE
La verdad es que cuando uno lleva tanto tiempo escribiendo (aunque mal) no resulta tan sencillo dejar de hacerlo. Son muchos años con ello y mucha la solitaria ilusión vertida sobre el teclado. Durante algún tiempo creí estar a punto de conseguirlo, sobretodo entre el 2012 y el 2013. Recuerdo que entonces escribía muchísimo y algunas historias me parecían realmente buenas. Hubo noches, no pocas, en las que antes de dormir me releía a mi mismo y pensaba: "¡joder! ¡esto es bueno!" Y creo que fue pensando en mejorarlo, leyendo a los muy grandes, a los demasiado grandes, que poco a poco la cosa derivó a una especie de introspección excesiva, muy acentuada por la necesidad de alcohol para ponerme a ello. Claro que también cuenta una cosa: durante aquellos buenos años yo trabajaba de noche y escribía al día siguiente; resacoso, claro, pero no borracho como pasó después. Y hasta hoy.