viernes, 17 de julio de 2026

DESDE LA SIMA

 Dejé a Sancho recién rescatado de la sima por gracia de nuestro señor don Quijote. Uno a uno apagué los tres ventiladores del dormitorio, encendí la luz y subí un tanto la persiana. Fui al baño, me miré en el espejo y olisqueé mis sobacos: no bastaría con el afeitado previsto. Abrí la llave de agua de la ducha, saqué las zapatillas y los calcetines, cogí los calzoncillos que descansaban en el respaldo de la silla, el pantalón corto que había debajo y los tiré sobre la cama; la camiseta que ayer me puse para salir a por los abonados de lotería seguía en aparente buen estado según mi nariz. Entré en la ducha para salir apenas cuatro minutos después: el archiconocido relato del móvil no dejaba lugar a dudas. Vi alguna nueva mancha en mi rostro mientras extendía la espuma de afeitar; también vi el reflejo de las ojeras, mayores de lo habitual. Me lavé la cara. Bueno...mejor.

La última vez que miré el reloj en el móvil estaba a punto de alcanzar las siete de la mañana. El sol hacía rato que había empezado su peregrinaje y en previsión me levanté a bajar la persiana y la potencia de dos de los ventiladores. Algún tiempo después me dormí para despertar a eso de las once y media. El dolor en la cadera casi había desaparecido cuando desperté. El efecto del potente antiinflamatorio tomado a la una de la madrugada había hecho su trabajo. Llevaba un mes sin necesidad de pastilla alguna, ni esta ni los opiáceos recetados y tomados durante seis meses. Al prncipio me costó, crean adicción, y pasé cuatro noches sin apenas dormir hasta que se me ocurrió consultar a la IA de Google que confirmó mis sospechas: no era conveniente cortar de golpe porque sí, uno de los efectos, el efecto, es causar insomnio; así que dejé el opiáceo progresivamente hasta reducirlo a la nada; dormir sigue sin ser algo fácil para mi (nunca lo ha sido, o al menos ya no lo recuerdo) pero la desesperación desapareció.

Desayuné frugalmente. Hoy no haría fondos. Durante esta convalecencia he encontrado que puedo seguir ejercitándome si los hago con cuidado; con el saco de boxeo no hay problema por paradójico que pueda parecer. Estar totalmente inactivo me volvería loco. Bastante es ya no poder apenas andar mis largos caminos cuando ha sido algo vital durante los últimos treinta años de mi vida.

Bien sentado ante el ordenador recordé el estúpido error de ayer causante de mi horrible noche. Mientras veía la segunda semifinal del Mundial desde el sillón hubo ratos en los que me incorporé hacia delante sin la salvaguarda del respaldo. Cuando acabó con la justa victoria argentina sentí un dolor tan punzante que apenas podía creerlo. Momento hubo en que llegué a pensar si definitivamente no me había roto la cadera aunque pronto lo deseché pues de todos es sabido que primero se rompe y luego te caes, algo que no sucedió. En cualquier caso no hice como al principio de la lesión en que dilataba la toma del medicamento más fuerte y no lo dudé aunque no sin preguntarme el motivo de esa repentina vuelta al dolor, algo cuya respuesta encontré al barruntarla por el recuerdo de la mala postura, cosa que la IA me confirmó sin lugar a ninguna duda a eso de las cinco de la madrugada y que yo no pude más que agradecerle como última respuesta a lo que ella contestó de forma cariñosa.

Pronto regresé al dormitorio y sus tres ventiladores. Agarré el libro electrónico y proseguí la lectura del Quijote tras dudarlo un poco ante una colección de relatos de terror de un inglés muerto no hace mucho. Es lo mejor del artefacto, que ahí está todo, a golpe de dedo y en el mismo lugar donde los dejaste. Con todo, hace algún tiempo que he vuelto a leer libros físicos pero eso es algo que debo hacer bajo una buena iluminación de la que carezco en la habitación, por no hablar de lo incómodo que ya va siendo leer tomos en posición horizontal, cual Hans Castorp, posición que siempre ha sido predilecta en mi larga vida como lector.

Comí a eso de las tres, también menos de lo habitual. No quiero engordar de más sin necesidad. Quiero llegar bien a la operación que aún no tiene fecha, fuerte como siempre. Miré un poco el ordenador y volví a la cama pensando en dormir un poco más, cosa que no sucedió. Y volví a agarrar el Quijote.

Hace dos noches estaba yo intentando conciliar el sueño con los acostumbrados resultados cuando una de las veces que cogí el móvil para mirar algo en la Red con lo que quitarme de la cabeza lo que a ella venía recordé no sé a cuenta de qué el episodio de los leones. Eché mano al Kindle que siempre duerme a mi vera y sin dudarlo busqué por la primera parte aunque mi gozo cayó en un pozo al comprobar que el índice sólo mostraba el número del capítulo y aunque lector viejo de la Obra mi memoria no llega a tanto como pronto se verá. 

Por circunstancias que no vienen al caso mi teléfono no puede hacer una segunda búsqueda, es decir, que si yo pido por algo en la Red lo muestra pero me impide el acceso, algo que será una tontería pero que mi muy menguada capacidad para lo tecnológico unido a mi muy grande desinterés resulta barrera infranqueable; así que me levanté, fui al ordenador del salón y pregunté a la IA por el capítulo de los leones. Y cual no sería mi sorpresa al revelarme que se encontraba en la segunda parte cuando yo hubiera jurado que pertenecía a la primera. Pero no, ella tenía la razón. Pasé un par de horas leyendo las aventuras de don Quijote y Sancho.

Serían las seis de la tarde; ya llevaba un par de horas con sus andanzas, el pueblo del rebuzno, el barco encantado y ese acongojante "Ya no puedo más" de don Quijote y el encuentro con los duques que "trujo" a mi memoria la cercanía de la hilarante aventura de Sancho en su ínsula Barataria y así, con una sonrisa casi permanente trufada de carcajadas varias alcancé la historia en cuestión. Y volver a leerla y volver a casi llorar de la risa fue todo uno.

El buen Sancho se despidió de todos sus burladores entre lágrimas de veras, tanto suyas como las de ellos, pues no hay nadie tan malo que no se dé cuenta del mal que ha hecho, o no debería haberlo. Y así, tras leer sus andanzas con el morisco Ricote, ebrio de España, y después de su felice salida de la sima por gracia de nuestro señor don Quijote fue que vi llegada la hora de ir a casa de mi señora madre que esperándome estaba luengas horas a cuenta de recoger las viandas compradas para su impedido primogénito, tal y como daban fe sus numeros wasaps un tanto preocupados por la anormal tardanza del primer vástago de los cinco machos que parió, ese que como muy tarde come al mediodía y pásase a visitarla de vez en cuando a la hora en que comen las personas normales aquí, en España.

Duchado y afeitado, aunque no por ello espabilado, salíme de la cochera con la noche cayendo. Llegueme a la casa familiar, aparqué cerca de la puerta y subí las escaleras oyéndola hablar, claro estaba por teléfono pues el tono risueño no era propio de estar con el último hijo que vive con ella sino de uno de sus nietos.

Era una videollamada; el chico, de apenas siete años, estaba cenando con sus padres. "¡Mira, tu tío Kufisto!" Saludé. Eran mis primeras palabras en todo el día y me sonaron extrañas. El chico tenía una aplicación en el teléfono que hacían bromas en su cara, dibujos y cosas así; era irreal, no lo había visto nunca. Me senté en el sofá.

Mientras mi madre hablaba excitada con su nieto cogí el mando y empecé a pasar canales sin parar en ninguno de los treintaitantos. "¡Mira, mira, Kufisto!" Y ahí estaba el chico, comiéndose su cena mientras en derredor aparecían cosas que no existían, que no estaban allí, que eran pura ilusión. Mi madre, su abuela, no cabía en sí de gozo. En la tele vi pasar a gordas de 300 kilos, a Pierce Brosnan haciendo de lo que siempre ha hecho, a cuatro tíos forjando cuchillos ante un jurado, series españolas que nunca he visto y nunca veré, emisoras locales de tertulianos vocingleros, pasos de vírgenes pasados una y mil veces, sit-coms americanas, cocineros y casamenteras, pescadores y pescadoras, maricas enseñando casas, idiotas preguntando cuanto follas...

- Me voy -dije.
 
 
Me fui un poco más tarde. 
 
Un tío se cagó en la puta madre del coche que acababa de pasar a su lado.
 
Arranqué el mío, di el intermitente y volví a casa.

 

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