La hora del aperitivo se había alargado un poco más. Eran las tres y media de la tarde y los del jamón todavía estaban por el salón del bar. Le dije a mi hermano pequeño que dejara ya de lavar platos, que se largara, que me dejara a mi el resto y que poco a poco lo iría terminando. El chaval había venido un par de horas antes para dejar las tapas y viendo el caótico panorama se quedó conmigo sin necesidad de decirle nada. Cosas de hermanos. Las cinco de la tarde (su hora de entrada oficial sin contar la que al mediodía pasa en la cocina de nuestra madre preparando el tapeo) estaban echándose encima y luego, a eso de las ocho o así, cuando llegara otro de los hermanos, se irá para volver a las doce con la marabunta de copas que conlleva una noche de sábado. Y es que después de todo los camareros también tenemos estómago.
Hubo suerte y los del jamón empezaron a marcharse (la típica larga marcha de los poco habituados) tras pagar a escote antes de que mi hermano acabara con aquel último pilón. Nuestra tía pasó adentro para agradecernos el esfuerzo hecho para con el jamón rifado en la reciente boda de su hija a la que asistimos casi en pleno y de la que nos marchamos en cuanto pudimos para volver a abrir el bar la noche de aquel sábado. Preguntó si había sobrado, mi hermano le dijo que sí, le entregó una bolsa con seis o siete bandejas del jamón que algún carnicero les había fileteado y envasado al vacío y después de preguntar por el queso que venía de regalo y decirle que de ese no había sobrado nada nos dio un par de besos a cada uno y una bandeja del jamón sobrante.
Y mientras yo recogía a toda velocidad el salón mi hermano acabó por pulirse todos los platos que quedaban.
Eran las cuatro y cuarto cuando dimos fin a la tarea casi al mismo tiempo.
Él terqueó, como es su generosa naturaleza, y yo volví a decirle que no. Al final se fue con la bandeja de jamón completa (siempre seré el primogénito) y tras comerme un plátano, unas nueces y una manzana fui al baño para lavarme las manos, la cara y mirarme en el espejo.
Sí, también yo veo que tengo un lado de la cara más favorecido que el otro. No sabría decir por qué pero veo mejor el lado izquierdo que el derecho. Bueno, a Julio Iglesias le pasa algo parecido y le quiere todo el mundo. Quizá sean mis ojos los que no le gustan a la gente; mi buena abuela (la de la otra rama de la familia) decía que los tenía del color de la miel. También me decía que mis manos eran de pianista aunque no creo que ella viera las manos de ninguno. Quien sabe.
Ya en la barra, con todo controlado y poco más que tres clientes amigos en uno de sus extremos, en el mío, decidí echarme una copa para pasar el rato que quedaba en conversación con ellos. Cogí un vaso, le puse un buen cubito de hielo macizo, agarré la botella de Black Label y fui echando hasta que llegó a la cuarta fila de esos magníficos cuadraditos tallados. Lo dejé reposando, puse techno y salí a echar un pito con una amiga que está medio loca. Hacía un calor del copón. Vi pasar ante mis narices y sin saludar a parte de la extraña gente que poco antes habían salido del bar y volviendo adentro tras escuchar las locuras de mi todavía muy jamona amiga miré el ordenador mientras hacía tiempo para que el buen, extraordinario, whisky pillara el frío toque que tanto me gusta a pesar de lo que digan quienes no han bebido de él ni la centésima parte que yo. Y pensé en la puta mierda de familia que tengo.
Ella, mi amiga loca, ha enviudado hace poco. Ha tomado la costumbre de venir al bar. Aquí se siente a gusto y se nota. A veces, como hoy, la acompaña su amiga, la mujer de alguien que conozco de toda la vida y cuyo marido, un chapista, fuera buen amigo de mi padre, y se ponen ahí a hablar de sus cosas. Cuando viene sola y la mañana no está muy ajetreada me pongo con ella y hablamos. Ella lo agradece y yo lo sé. En ocasiones viene con la nieta y ya no hay más tema de conversación. Es muy hermosa, muy pequeña, muy salá. Acaba de aprender a andar y es un no parar. El otro día no hacía más que sacar la comida que su abuela tenía en el carrito para dármela a mi.
- Muchas gracias, preciosa. Pero ahora vas a coger esta bolsa de patatas fritas y la vas a dejar en el mismo sitio del que la has cogido.
Ella me miraba sonriendo, los ojazos como universos; cogía la bolsa que yo le devolvía y con la decisión que da el no tener ninguna duda en la cabeza iba a trompicones hasta el carrito de la compra de la abuela. Y entonces le echaba mano a un paquete de croquetas congeladas y me lo traía sonriendo todavía más.
El marido era un tiarrón al que el cáncer se lo comió. Fue poco antes que se lo detectaran a mi viejo pero él duró un poco más siendo de lo mismo. Claro que el grado de malignidad del que padeciera mi padre fue mayor. Recuerdo que uno de los médicos, un tío algo mayor que yo, muy serio, que viene a desayunar churros, me dijo después que no podía creerse su reacción cuando, sin anestesia, a pelo según su no siempre compartida crudeza, le dijo la gravedad de lo que tenía. Acostumbrado a ver derrumbamientos se quedó de piedra al ver el pedazo de hormigón que era mi viejo.
Una vez, al final de la enfermedad, en nuestra casa, en su casa, ya estaba muriéndose, poco antes de su último ingreso en el hospital del que no salió con vida, me dijo que él sabía que se moría. Se le había puesto la nariz aguileña, caída, floja, y estábamos viendo una de esas películas de Castilla la Mancha, una de esas vaqueradas que siempre veíamos, y yo lo miraba de reojo y veía como iba muriéndose su nariz, una que no era la suya, la de siempre, una que parecía de otro, una que no había visto nunca.
Una tarde, ya muy al final, era tan mala la puta película de vaqueros que buscamos alguna otra en el pincho cargado de pelis que la mujer de uno de sus hijos le iba grabando para que las viera. Recuerdo muchas, supongo que todas, pero esta fue especial.
Mi padre fue un tío que quizá leyera cuatro libros en su vida. Pero desenvolviéndose en la biblioteca de la Vida fue el bibliotecario de Alejandría.
Aquella tarde fuimos pasando títulos del pincho de una de sus yernas. O ya los habíamos visto, o a la vista estaba que era una puta mierda para ambos, o yo le daba al FF sin escuchar su opinión, "Joder, Kufisto -me decía-, no le das una oportunidad" o...salían buenos actores en los títulos de crédito.
Y fuimos a dar con una en la que salían unos cuantos y la dejamos estar.
Mi viejo era un gran amante del cine, de las películas americanas, es decir, yanquis. Pero era un tío de actores, no como yo que desde mi más temprana juventud decliné hacia los directores después de tragarme todas las mierdas que hizo Brando tras mi obnubilación por su rol en el puto Padrino de los cojones, que tanto me subyugara.
No había noche que no la acabara viendo una peli en el vídeo. Ese era su rato, junto a mi madre, los dos solos, que, según decía él, no duraba ni quince minutos sin dormirse; algo normal, por otra parte, para una mujer madre de cinco hijos, todos varones. Recuerdo ir todas las tardes al video-club que había enfrente del bar a recoger un último estreno o alguna otra . El dueño se las guardaba, era cliente nuestro. El pobre estaba casado con una mujer horrorosa y además de terrible carácter. Supongo que esos ratos que echaba con mi padre al cerrar su negocio eran para él como un bálsamo parecido a los tres o cuatro o vinos que bebía antes de regresar al hogar.
Yo sabía de qué iba la vaina (una de Terrence Malick, ni más ni menos) y callé sin perderle ojo. Y poco a poco, por más que algunos de sus actores fuesen apareciendo en pantalla, vi como iba soliviantándose. Tenía una manera muy particular de recogerse las sayas de la mesa sobre las piernas. Y venga echárselas para arriba, y venga incorporarse hacia adelante como si quizá no estuviera viendo bien a pesar de que jamás en la vida tuvo necesidad de gafas; pero los actores eran los mismos que tanto le gustaban y sin embargo aquello, aquello...aquello.
La viuda se animó un poco más cuando se pasaron a los cubalibres. Yo también al echar el segundo trago del mío. Es lo bueno de haber bebido tanto durante tantos años, que enseguida te entonas.
Habló de unas primas que apenas conocía e iban a venir al pueblo para ver qué tal estaba. Se quedarían el fin de semana y no sabía como hacerlo. No sabía si decirles que se quedaran en su casa, que se fueran a un hotel o que, directamente, no vinieran. ¿Qué coño hacéis aquí ahora?...¿qué?
¿Qué mierda habéis pintado nunca en mi vida? De verdad, ¿qué hacéis aquí?
La mujer no hacía más que darle vueltas a la cabeza.
- Hey, llévalos a los molinos -dije- Hay horarios y tal.
Miré en internet. Había horarios para ver los molinos.
Una infernal tarde de verano, otra de resaca, durante uno de mis kamikazes paseos, una que estaba muerto de sed y con la botella de agua ya vacía, me empeñé en subir los molinos. El ánimo del caminante, del verdadero caminante, es caminar al menos lo mismo bajo cualquier circunstancia. Era fin de semana, horario normal, y pensé que allí arriba alguien me daría agua.
Desastrado como iba, con la mirada de las mil y una resacas superadas bajo el sol de los molinos de La Mancha, esos que tanto amo, esos que tantos buenos ratos me han hecho pasar en la más absoluta soledad, subí por primera vez en mi vida las escaleras de caracol de uno de ellos. Ahí estaban unos mejicanos escuchando con atención a uno del terruño, un funcionario, muy limpito, el idiota encargado.
- ¿Tenéis agua?
No sé como lo dije, qué mirada tendría o qué lado de mi cara les ofrecí pero me miraron como si fuese a matarlos a todos.
Bajé y alcancé mi puta casa bebiendo la misma agua que cuando subí.
Hay que sudar.
Tu vida es sudar.
Todavía no has sudado lo suficiente.
Pianista.
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