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viernes, 2 de noviembre de 2018

FOOL IN THE RAIN

La mujer hablaba por teléfono preguntando por un número de teléfono. Miré su tarjeta de identificación y vi que se llamaba Vanessa. Extrañado eché cuentas y supuse que poco más o menos tendría la edad de la hija de Manolo Escobar. "Bueno -pensé- ahí tienes una posible respuesta a un nombre tan inusual para alguien de su edad. Por entonces Manolo era famoso y supongo que los padres de esta pensaron que sería una buena idea"

Eran las cinco de la tarde y todavía no había comido. Esperando en la enorme cola de paso a las diferentes cajas sentí un leve mareo que azuzado por el gilipollas que tenía detrás estuvo a punto de conseguir que le echara mano a una de esas barritas de mierda azucarada estratégicamente colocadas para niños malcriados y adultos descabezados. El joven imbécil no paraba de decirle estupideces a su madre y a la hermanita que con bastante más seso que él le pedía que la dejara en paz. Diez minutos tardé en llegar a mi caja, una atendida por una chica extraña, una mujer que parece sacada de una peli de Tim Burton, una tía que puedes imaginarla haciendo cualquier cosa sin extrañarte. Saqué las cosas del carro, casi todas para el bar, y esta vez no olvidé las cuchillas de afeitar. Pagué sin mirarla y ya más tranquilo me fui donde estaba al principio.

Miré a un lateral del mostrador y me vi en su estrecho espejo: una barba de varios días y las ojeras de siempre me devolvieron una mirada que no tuve problema alguno en sostener hasta que desviándola me fijé en la mujer que estaba esperando detrás y que con parecido aspecto al mío miraba como yo estaba mirándome en el espejo. Al instante deshicimos el deshecho nudo y volví a apoyarme del todo en el mostrador de atención al cliente. Una mujer muy gorda y uniformada con los colores de la empresa pasó adentro y Vanessa aprovechó para pedirle otro número de teléfono. La gorda le contesto que no lo sabía con cara de una gran tensión mientras se movía torpemente, rebuscaba papeles y cogía algunas llaves antes de perderse tras la puerta interior entre visibles muestras de estrés. Vanessa dejó el auricular sobre el mostrador y pasó tras ella. Poco después volvió a salir con un papelito entre sus manos, volvió a coger el teléfono y volvió a marcar otro número con mi ticket entre sus manos. "Esta chica tuvo que ser guapilla en su juventud -pensé- Aún con gafas y todo..." Me cae bien incluso desde antes que supiera de su joven viudedad al cargo de dos hijas. Tiene un semblante de concentración, de repartidora de cartas, de inteligencia aplicada al medio, de hacer bien los test de visión para renovar el carnet de conducir. Me volví para mirar a otro lado y estaba vez encontré la mirada de un tío con el que a veces me encuentro en la carnicería y siempre delante de mi, pidiendo carne como si al mundo le quedaran dos telediarios y medio. Es uno que me parece mal conozco de algo y no recuerdo qué, cosa que creo también le sucede a él. Alguna vez lo he visto acompañado por sus críos, aunque no estoy seguro. Esta mañana fueron al bar un par de tíos como este, como yo, y al oírles preguntarse por sus familias me sentí como si no hubiera entendido un chiste.

- Señor -terminó por decirme Vanessa- hoy no vamos a poder hacerle la factura, tenemos problemas con el terminal.
- Bueno, vale, no importa. Lo dejamos para otro día.
- Claro. Guarde su ticket y lo haremos otro día
- Claro

Antes de salir paré a echar una bonoloto, un euromillón y una primitiva. Un rumano estaba flirteando con la lotera, una gordita casada con otro que parece el carpintero de Norman Bates y que cuando me ve se pone como si tuviera a Harry Callahan delante. El rumano se hizo levemente a un lado, como si se fuera, y al instante metí baza dejándole con la palabra en la boca. Se había olvidado de echar algo más pero ya era demasiado tarde. Por joder le pedí a la lotera que también me hiciera una quiniela aleatoria, un gordo del domigo y una múltiple para las carreras de caballos.

Dejé la compra en el asiento de atrás, encendí una colilla y arranqué el motor. Robert Plant acababa de darse cuenta de que esa no era la esquina donde había quedado con la chica.


Y al llegar a casa, de pie y yendo de un lado a otro entre los maullidos y las acometidas de la gata, me comí una lata de magro cocido acompañado con unas rebanadas de pan tostado integral de consumo preferente en 2016 que me supieron a gloria.


Esta vez sólo me he olvidado del pan.


Creo.




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