Veinte novelas de Agatha Christie tienen poco que hacer ante dos cervezas. Hay quien lee intentando descubrir al asesino y quien lo hace para llegar cuanto antes a que se lo descubran. En el camino, a veces, pasan cosas que cruzan por tu mente como si rebotaran en sus paredes. Y aquel lejano eco inconsciente ahora cobra un cierto sentido, el suficiente como para disminuir un tanto la velocidad de crucero y quedarte mirando para adentro. Sí, quizá por eso estás como estás y eres como eres. Pero ver el motivo no significa encontrar la solución al problema de tu novela: la fecha de caducidad pasa rápido para todo lo que cuenta y la de consumo preferente no deja de ser un cuento chino con el que despistar. Sí; si en ese momento, al empezarla, al menos hubieses tenido un listado con los personajes y el papel que iban a representar habrías tenido una posibilidad, una oportunidad con la que atenerte a lo que iba a venir. Pero no, no había nada de eso. E incluso llegado el caso, seguro que lo hubieses considerado como poco menos que un insulto a tu inteligencia: ¿qué es eso de decirte quienes son los que van a jugar contigo? ¿leoncitos a mi? Abre la puerta y retírate unos pasos más allá si tienes miedo, que tengo prisa.
Bien, vale, de acuerdo. Es una novela de misterio. No sabes quien la ha escrito ni tampoco cual es tu papel. No tienes ningún recuerdo hasta cierta edad y todo lo que empezó a pasar después es algo de lo que ahora no te sientes muy seguro de recordar con total fidelidad.
Y entonces, tras el quinto whisky después de la segunda cerveza y ya casi que convencido de ser tu mayordomo, piensas si no será mejor llamar a Telepizza y comer algo antes de irte a dormir.