Hoy le ha tocado al salón. La tarima que hay sobre el sofá ha quedado limpia de libros y películas, también de todas las cosas que he ido dejando sobre ellos durante estos años: facturas, librillos de papel, cables...cosas. Había un mar de mecheros bajo el sofá y casi todos funcionaban; algunas piezas de ajedrez, más papeles y hasta una nuez. Lo he guardado todo menos el polvo y la pelusa y en cajas y grandes bolsas me los he llevado a una de las habitaciones de los trastos.
No se ha librado la mesa baja del televisor. El vídeo, la play2, el equipillo de música y el TDT han corrido la misma suerte. Hace muchos años que no utilizo nada de eso. Los tenía ahí porque no tenía tiempo. Incluso he llegado a pensar en dejarme los riñones con el televisor (es de los antiguos y llevo años sin encenderlo) pero me he acordado de mi madre y una vez limpio he vuelto a dejarlo en su sitio. No sé, quizá tenga que venirse aquí y a ella le gusta ver la televisión.
Después he terminado la segunda parte de las lentejas con salchichón que hice ayer y la he llamado.
No podía dormirme en el sofá y me fui a la habitación. Allí creí hacerlo durante más tiempo del que dijo el teléfono cuando lo miré, apenas treinta minutos después. Ahora duermo menos que antes. Tengo más tiempo, tengo todo el tiempo, pero duermo menos. Anoche llegué a ver las dos y media. Y a pesar de que como siempre la persiana estaba bajada a tope he visto las seis en el reloj. Un poco más, al otro lado, el brazo por debajo de la sudada almohada, por abajo, los pensamientos, las ensoñaciones, el cerebro despertando, un poco de Zaratustra en la voz de Artur Mas para apagarlo, otra vuelta, esa parte me gusta, más cerca, mi sobrinete, quiero verlo, hace once días que no le veo...
Ayer tuve una llamada de vídeo con él. Su padre, mi hermano, me avisó el día anterior. Yo estaba en el sofá, como hoy, leyendo otra novela de Agatha Christie en mi nuevo Kindle, una de las regulares. Fue mi primera videollamada.
El chico miraba al teléfono en los brazos de su padre, que le decía que ese que estaba ahí dentro era su tío, ese que los lunes que descansa le saca en el carrillo. Sí, lo llevo por ahí al mediodía de los lunes. Este último no, claro. El chico miraba el teléfono y yo me veía en una ventanilla. "¡Tu tío -le decía su padre- tu tío!" Pero el chico miraba aquello sin saber muy bien a qué atenerse. Alzaba los bracitos como esperando que yo lo cogiera para subirlo. Sí, era yo, era su tío, ese pelón que todos los lunes lo sube hasta el techo cubriéndole de besos antes de encerrarlo en el cochecito, pero esta vez, por alguna razón no podía hacérselo. Y además, ¿como es que ahora era yo tan pequeño cuando antes parecía un gigante?
Hoy no había partidas en el Torneo de Candidatos. Ayer el chino, uno de los favoritos, le ganó la partida al más favorito de todos, el americano, uno que estos días he visto demasiado sobrado. Y eso que contra todo pronóstico había perdido las dos primeras partidas. Ahora está otra vez en la pomada: ganó a quien tenía que ganar y empataron todos los demás. La ronda perfecta tras dos para olvidar. A veces pasa eso, que te viene un golpe bueno, aunque tal vez sea más por el espectáculo que por ti. Es muy jodido remontar después de haber empezado tan mal. Muy jodido.
Con mucho temor y cuidado reanudé la limpieza con la gran mesa del ordenador. En otro tiempo estaba en otro sitio, junto al ventanal, cumpliendo su función social sin ordenador necesario. Pero de eso ya hace muchos años.
Por un momento pensé en meterle los altavoces del equipillo de música que había quitado. No son gran cosa, una ful, pero mejores que los que tengo seguro. Claro que también pensé que eso ya lo había pensado antes y así fue, pues cuando vi las conexiones se me quitaron las ganas. Limpié como pude sin quitar más accesorio que el teclado y eso haciendo una clara nota mental sobre qué cable había desconectado.
La novela de hoy no era demasiado buena. Tenía la sensación de haberla leído ya. O puede que la haya visto en uno de esos episodios de Poirot. No sé; es como leer algo que deberías reconocer pero que sin embargo aparece a tus ojos de otra manera. De todas formas mañana seguiré dándole una oportunidad.
A las ocho empezaron otra vez con las palmas. Poco antes, apenas dos minutos, un gilipollas abrió las ventanas de su piso y pinchó el "Resistiré" del Dúo Dinámico a todo lo que daba. Algunos salieron a las ventanas para dar palmas y voces.
Creo que mañana voy a poner el de Barón Rojo a la misma hora y a todo trapo.
Sí. A mi manera. Como el chino del ajedrez. Como Ding Liren. Como quien parece tenerlo todo perdido y se clava en su silla frente al sobradísimo subcampeón del mundo y juega una apertura dudosa y se mete en líos demasiado duros para su decepcionante clasificación y con todo y con eso va hacia ello. Y al final ganas y vuelves a estar dentro.
Resistiré, sí. Pero a mi manera.
viernes, 20 de marzo de 2020
viernes, 6 de marzo de 2020
HISTORIAS DE FAMILIA
Yo jamás pude comprender como mi abuelo había podido comprar aquella casita de campo siendo él tan huraño como lo fue en sus últimos treinta años de vida. Prácticamente se recluyó en su casa y sólo salía de ella para dar un paseo por la mañana. Daba de comer a los pájaros migas de pan desde la ventanita de la cocinilla y de vez en cuando se asomaba para vernos jugar en la calle, aunque no por mucho tiempo: le asustaba nuestra inconsciente vitalidad. Supongo que él, huérfano desde pequeño y enfermo durante casi toda su vida, no tenía ni idea de como lidiar con aquello. Hablaba poco y siempre estaba serio. Sólo le vi perder los papeles cuando Señor le marcó aquel gol a Malta. Creo que hasta rió.
Alguna vez iba un vecino a visitarle en su casita del pueblo. Era este un carnicero casado con una mujer mucho más grande que él. No habían tenido hijos y quizá por ello hacía los mejores embutidos del pueblo. Tenía una sonrisa falsa a los ojos de un niño, la boca grande y los labios carnosos. Le brillaban los ojos. A mi no me gustaba. Murió hace poco. A veces lo veía andando como sonámbulo por ahí. Se había quedado viudo y ya estaba lo suficientemente viejo como para pensar que no me reconocería después de tanto tiempo. No tenía ganas de saludarle y no le saludaba. Luego lo encontré en la misma residencia donde murió mi otra abuela, aunque él se fue antes. Estaba en una silla de ruedas, consumido, y no se enteraba de nada. Una mujer, creo que una sobrina, iba a visitarle y tomaban algo en la cafetería. Mi abuela, incitada por su hija, cantaba viejas canciones de su niñez y respondía sin error ni duda, tan seria y arisca como lo había sido toda su vida, las multiplicaciones de una cifra que cariñosamente le pedíamos. Había otra anciana ya casi cadavérica que incorporada en su silla automática miraba extasiada el luminoso cielo que había tras los grandes ventanales mientras sus familiares tomaban algo y charlaban entre ellos. Es un largo ocaso idílico el que uno puede contemplar tras los cristales de la cafetería de esa residencia.
¿Qué hubiera salido si aquel abuelo y esta abuela se hubieran casado? no me lo puedo imaginar. Por contra sus respectivas parejas fueron alegres y grandes amantes de la vida.
Aquella casita de campo no era para alguien como mi abuelo: era la única de todo el contorno que estaba casi pegada a otra, una especie de mole bruta de la que apenas nos separaban una extensión de brazos. Quizá fuera porque el vecino casi nunca iba por allí pero aquella presencia tan cercana y extraña no dejaba de ser algo desagradable aún cuando casi siempre estábamos solos. De hecho apenas recuerdo haber coincidido las dos familias juntas pero no revueltas, quizá una o dos veces. El otro viejo, el amo de ese caserón, era un loco, según oí decir alguna vez a mis familiares, quizá a raíz de que parcialmente se las arrancara a unos árboles que delimitaban nuestro terreno del suyo bajo la excusa de estar invadiendo sus tierras. A la sombra de aquellos árboles moribundos, años más tarde, debajo de una baldosa medio suelta que hacían como de posaderas sobre unas piedras más o menos rectangulares, guardé tiempo después mis primeras revistas pornográficas. Ya por entonces la casita de la familia ya casi se había perdido su sentido.
Una de esas veces en las que con mi bicicletilla iba a hacerme pajas a gusto a siete kilómetros de la casa de mis padres y mis cuatro hermanos fue que acabé y al dar una vuelta para estirar las piernas por el vacío terreno del otro vi su puerta abierta. Me asusté, pues no había visto ningún coche aparcado al llegar por el largo camino de tierra. Yo no tenía llaves de la casita de mi abuelo y tenía que sacudírmela a la intemperie, por la que la idea de que alguien hubiera podido verme me llenó de inquietud, aunque duró poco. Allí, en efecto, no parecía haber ni dios. Así que, con el corazón en un puño pero sin dudarlo mucho más que una vuelta al perímetro de la base y un vistazo a su viña, pasé para adentro.
Era como tres veces nuestra casita pero mucho menos recargada. Apenas había nada que fisgar. Busqué con la sola idea de encontrar revistas pornográficas, siquiera un Interviú, y no encontré ninguna. Ese tío, ese viejo loco arrancador de raíces de buenos, frondosos y comprensivos árboles, no tenía nada.
Fue por aquellos años que un día de verano nuestro tío de Madrid, el marido de la única hermana de nuestro padre, dijo que íbamos a ir a pintar la alberca. Mi hermano, yo y él. Éramos unos huevones (yo el mayor de todos) y teníamos que espabilarnos. Y él era una especie de sargento de hierro que si bien nos quería mucho tampoco era nuestro muy cariñoso pero muy dejado padre. Y no sé si fue que todo el mundo esperaba que yo no hiciera nada o poco (tal era mi fama) que me esmeré de tal manera que al volver al pueblo pude oír como mi tío decía que yo había sido, de largo, el más currante de los dos. Esto fue algo que me llenó de tanto orgullo y satisfacción que apenas un par años después derivó en verme con derecho a robarle dinero en su casa para mis por entonces nacientes vicios, algo por lo que enseguida fui descubierto para mi más absoluta vergüenza. Desde entonces me conformé con hacerlo sólo con el bolsillo de mi padre que, aún siendo tan diferente al suyo, callaba y nos dejaba hacer mientras no nos pasáramos cual ciego entre lazarillos.
Hoy mi tío se iba para Madrid. Un cumpleaños de un nieto. Antes de ayer murió mi padre hace tres años. Él me lo recordó en el bar. Yo ya lo sabía, no olvido aquella mañana, pero él me la recordó.
Ya va estando viejo. Siempre se ha cuidado mucho, casi hasta la hipocondría, sin haber sido ningún Flanders. Mi padre, tan distinto de él, se reía de sus neuras y sus consecuencias. Pero se llevaban bien. Tan bien como hermanos. Mi tío me lo dice mucho. Creo que él lo echa más de menos que yo.
Aquella casita se vendió hace muchos años para solventar deudas del viejo y apestoso bar, todavía con mi abuelo vivo, cosa que tuvo que ser dura de verdad para él y para mi padre más, pues lo quería y respetaba con locura tan diferentes que fueron.
Y aquí estamos, seguimos, en el nuevo desde hace veintiún años.
A mi abuelo le faltó uno para llegar a verlo.
viernes, 28 de febrero de 2020
ESTARÉ ESTUPENDO
He comprado cuatro mascarillas de las buenas. También gafas protectoras, otras cuatro. La chica de la ferretería era simpática y estaba bastante bien. Bonita nariz. Un viejo quería la copia de una llave. "De color si puede ser" le había oído decir mientras esperaba en el otro mostrador por la máscara que me faltaba. Han ido aposta a la otra tienda por ella. En ese momento apareció el jefe con ella. La cogí y fui para la caja. La chica ya había hecho copia de la llave y estaba colocándole una pequeña goma azul en la cabeza. El viejo pidió la cuenta y la chica dijo tanto así como un euro y algo. Al viejo se le hizo mucho y dijo que no quería la goma. Pensaba que era gratis, dijo. Al fin se fue, pagué como cien llaves con sus gomas de colores y salí de allí con la imagen de la chica rendida a mis pies, a mis mascarillas y a mis gafas de protección. Todavía me falta el mono de pintor. Entonces sí que por fin estaré estupendo.
He tomado una nueva costumbre cuando llego a casa. Abro las puertas de los armarios de la cocina y miro la comida enlatada que he ido comprando durante estas últimas semanas. Sólo hasta hace un par de días no la he colocado. Las bolsas yacían en el suelo de la cocina a la espera de ese momento, de ese peligroso momento en el que ya ves que cualquier noche tropezarás con ellas hasta abrirte la cabeza sobre la lavadora. Pero anteayer fui al podólogo (conviene tener los pies en condiciones) y aproveché la tarde. Vacié toda la mierda inútil que llenaba aquel espacio, lo limpié a conciencia y ordené todas mis compras. Por cierto que lo del podólogo fue gracioso. Mi última visita fue apenas hace tres meses y hasta yo noté una cierta sorpresa en su hierático rostro cuando me vio; normalmente lo hago cada seis, pero bueno, tampoco llevo diez años yendo al podólogo, ni siquiera dos, pero ya va siendo una costumbre y eso es buen síntoma para mi.
Fue curioso. El hombre se puso a trabajarme a los pies y enseguida pensé que ese tío tenía que tener mascarillas. Quizá fuera porque al quitarme los calcetines noté un cierto pestazo, cosa rara pues si algo cuido de mi integridad física son mis pies; además que esa tarde no había salido a andar y no había razón para ello: ni al quitármelos por la noche huelen así. De hecho yo no huelo. Es extraño.
Estaba mirando las decenas de diplomas que tiene colgados y pensé en pedirle una mascarilla. Y así se lo dije cuando terminó, no antes, no hay que poner nervioso al personal innecesariamente, y más cuando tus pies son los que están en juego.
- Oiga -le dije mientras él anotaba algo en mi ficha ya con la recepcionista y cobradora dentro de la habitación- ¿no tendrá una mascarilla? Una de esas...-rematé de manera que me recordó a cuando uno busca putas o drogas-
Él volvió a mirarme un tanto sorprendido pero fue clemente cual adepto a la venida del séptimo adviento y enseguida me habló de la inutilidad de las mascarillas quirúrgicas y prácticamente de la futilidad del mundo entero en apenas un par de frases. No pasó lo mismo con la enfermera y colaboradora, con la recepcionista o lo que sea, con la que se folla, vamos, pues con la excitación del tema a la pobre se le escapó llamarle por su apócope mientras hablaba sin parar, cosa que me impactó sobremanera aunque supongo no dejé traslucir en penitencia por lo de los calcetines ya que él mantuvo su casi polar frialdad, eso sí, rota a modo de mascarilla de mierda que, creo, me metió en la cuenta y que nada más llegar a casa y olerla dejé en el cajón de los calcetines de verano.
El tabaco lo tengo resuelto desde el lunes, mi día de descanso. La mujer de la limpieza no pudo ir por cosas de su religión y entre mi buen Josemari y yo apañamos el asunto más primordial. Luego fui a comprar botes, latillas y tetrabricks y después cogí a mi sobrinete, lo eché en el carro y nos fuimos a dar un paseo por ahí. Esta vez llevaba unas gafillas de sol que sus padres le han comprado y no hubo problemas. Lo malo es que ahora no puedo verle mientras le llevo. Su madre dice que si te ve sólo quiere brazos y por eso le ha cambiado el punto de visión. De todas formas yo me agachaba de vez en cuando para volver a verle. Estaba precioso. Dormido, con gorro y gafas de sol, pero precioso. Llegó a casa de mi madre más tranquilo que nunca. Y fue pasar adentro, sacarlo del carro, quitarle el gorrito y el abrigo y enseguida empezar a sonreírme y a babearme mientras yo lo subía y bajaba por encima y debajo de mi cabeza diciéndole cosas que ni él ni yo entendíamos.
- Dame ocho Golden Virginia de 50 -le dije a la estanquera roquera. Esta vez ni se me ocurrió discriminar por fotografías-
Obedeció sin más, o casi, pues tampoco es normal que uno que lleva pidiéndote uno a la semana llegue un día y te pida ocho. Compré además boquillas y papel en proporción. Me regaló un mechero. Todo esto lo he metí en el armario de la ropa que nunca uso, en su altillo. Ahí también he dejado las máscaras y las gafas de hoy.
Estoy preparado. Bueno, me faltan cosas: velas, quizá más pilas, medicamentos estoy bien (he ido arramblando antibióticos, antipiréticos y antitodo por ahí durante estas semanas, aparte de otras movidas), productos de limpieza y alcohol lo tengo fijo, no me va a faltar. Quedan retales: unos monos de pintor, guantes tengo, cinta americana también, ayer pillé en el Lidl unas luces a pilas, en fin, yo qué sé...
- Me encanta tu nariz -le diré-
- Te quiero tanto, Kufisto -dirá ella-
He tomado una nueva costumbre cuando llego a casa. Abro las puertas de los armarios de la cocina y miro la comida enlatada que he ido comprando durante estas últimas semanas. Sólo hasta hace un par de días no la he colocado. Las bolsas yacían en el suelo de la cocina a la espera de ese momento, de ese peligroso momento en el que ya ves que cualquier noche tropezarás con ellas hasta abrirte la cabeza sobre la lavadora. Pero anteayer fui al podólogo (conviene tener los pies en condiciones) y aproveché la tarde. Vacié toda la mierda inútil que llenaba aquel espacio, lo limpié a conciencia y ordené todas mis compras. Por cierto que lo del podólogo fue gracioso. Mi última visita fue apenas hace tres meses y hasta yo noté una cierta sorpresa en su hierático rostro cuando me vio; normalmente lo hago cada seis, pero bueno, tampoco llevo diez años yendo al podólogo, ni siquiera dos, pero ya va siendo una costumbre y eso es buen síntoma para mi.
Fue curioso. El hombre se puso a trabajarme a los pies y enseguida pensé que ese tío tenía que tener mascarillas. Quizá fuera porque al quitarme los calcetines noté un cierto pestazo, cosa rara pues si algo cuido de mi integridad física son mis pies; además que esa tarde no había salido a andar y no había razón para ello: ni al quitármelos por la noche huelen así. De hecho yo no huelo. Es extraño.
Estaba mirando las decenas de diplomas que tiene colgados y pensé en pedirle una mascarilla. Y así se lo dije cuando terminó, no antes, no hay que poner nervioso al personal innecesariamente, y más cuando tus pies son los que están en juego.
- Oiga -le dije mientras él anotaba algo en mi ficha ya con la recepcionista y cobradora dentro de la habitación- ¿no tendrá una mascarilla? Una de esas...-rematé de manera que me recordó a cuando uno busca putas o drogas-
Él volvió a mirarme un tanto sorprendido pero fue clemente cual adepto a la venida del séptimo adviento y enseguida me habló de la inutilidad de las mascarillas quirúrgicas y prácticamente de la futilidad del mundo entero en apenas un par de frases. No pasó lo mismo con la enfermera y colaboradora, con la recepcionista o lo que sea, con la que se folla, vamos, pues con la excitación del tema a la pobre se le escapó llamarle por su apócope mientras hablaba sin parar, cosa que me impactó sobremanera aunque supongo no dejé traslucir en penitencia por lo de los calcetines ya que él mantuvo su casi polar frialdad, eso sí, rota a modo de mascarilla de mierda que, creo, me metió en la cuenta y que nada más llegar a casa y olerla dejé en el cajón de los calcetines de verano.
El tabaco lo tengo resuelto desde el lunes, mi día de descanso. La mujer de la limpieza no pudo ir por cosas de su religión y entre mi buen Josemari y yo apañamos el asunto más primordial. Luego fui a comprar botes, latillas y tetrabricks y después cogí a mi sobrinete, lo eché en el carro y nos fuimos a dar un paseo por ahí. Esta vez llevaba unas gafillas de sol que sus padres le han comprado y no hubo problemas. Lo malo es que ahora no puedo verle mientras le llevo. Su madre dice que si te ve sólo quiere brazos y por eso le ha cambiado el punto de visión. De todas formas yo me agachaba de vez en cuando para volver a verle. Estaba precioso. Dormido, con gorro y gafas de sol, pero precioso. Llegó a casa de mi madre más tranquilo que nunca. Y fue pasar adentro, sacarlo del carro, quitarle el gorrito y el abrigo y enseguida empezar a sonreírme y a babearme mientras yo lo subía y bajaba por encima y debajo de mi cabeza diciéndole cosas que ni él ni yo entendíamos.
- Dame ocho Golden Virginia de 50 -le dije a la estanquera roquera. Esta vez ni se me ocurrió discriminar por fotografías-
Obedeció sin más, o casi, pues tampoco es normal que uno que lleva pidiéndote uno a la semana llegue un día y te pida ocho. Compré además boquillas y papel en proporción. Me regaló un mechero. Todo esto lo he metí en el armario de la ropa que nunca uso, en su altillo. Ahí también he dejado las máscaras y las gafas de hoy.
Estoy preparado. Bueno, me faltan cosas: velas, quizá más pilas, medicamentos estoy bien (he ido arramblando antibióticos, antipiréticos y antitodo por ahí durante estas semanas, aparte de otras movidas), productos de limpieza y alcohol lo tengo fijo, no me va a faltar. Quedan retales: unos monos de pintor, guantes tengo, cinta americana también, ayer pillé en el Lidl unas luces a pilas, en fin, yo qué sé...
- Me encanta tu nariz -le diré-
- Te quiero tanto, Kufisto -dirá ella-
martes, 18 de febrero de 2020
UN PASEO DE DOS
El chico se duerme nada más salir de casa. Es mediodía de uno laborable y hay gente por el centro. Me pongo los auriculares y empujo el carrito hacia las afueras. Los peatones se apartan cediéndonos el paso. Sólo un grupito de chicas muy jóvenes absortas en sus móviles no se aperciben de nuestra llegada. Están frente a un centro de educación para adultos que quizá también sirva para jóvenes desorientados; algunas de pie y otras sentadas de cualquier manera junto a la pared. Es un buen momento para volver a disfrutar de la extraordinaria manejabilidad del carrito y sin bajar el ritmo dibujo una limpia ese entre las levantadas y el hoyo del árbol. David no se entera de nada y seguimos adelante, atravesando todos los pequeños pasos de cebra previos a los dos grandes que dan acceso al parque. Miro bien y los cruzamos sin problemas.
Circunvalamos el parque casi en soledad. Apenas tres o cuatro caminantes salen a nuestro encuentro. Tras la reja se oyen los ladridos de los perros que corren en busca de las pelotas lanzadas por sus dueños en la zona acotada. Al otro lado la carretera con el tráfico habitual y en la cercana lejanía los diferentes supermercados y grandes tiendas de chinos. Ahora los árboles sombrean nuestro camino. Ellos están dentro y nosotros fuera pero el sol todavía está detrás de todos. Los pájaros cantan y parecen contentos. Un gran pájaro planea en solitario bajo el cielo azul. Lo miro hasta dejarlo atrás. David duerme con el chupete puesto.
Cruzamos la carretera y entramos en el gran paseo, ya al alcance del sol pero a la contra. Escogemos el camino de en medio, el más estrecho y menos transitado. Hoy es día de mercadillo y prefiero evitarlo. Nuestro camino es estrecho pero la gente es poca; sólo alguna señora con su perrito y algún que otro gran árbol como el magnífico olmo blanco. Un cierto cuidado con el embaldosado no viene mal; las raíces de los árboles hacen que en ciertas zonas sea algo sinuoso. De todas formas llevo el carro bien agarrado.
La parte más complicada es la situada a la altura del mercadillo. Allí tengo que bajar una acera sin rebajar ni paso peatonal que da acceso a una de las vías de la rotonda. Nunca me había fijado en ello hasta hace un mes. Es el momento de mayor atención. Miro bien, bajo con cuidado el carrito y sin subirme a la otra acera que a ninguna parte lleva pero con David muy pegado a ella hago el pequeño trecho que nos separa hasta la mediana. Ahí subo el escalón y ya estamos en el paso de cebra que da acceso al paseo principal ya con el mercadillo atrás. David sigue durmiendo. No se ha enterado de nada. El sol empieza a darle en la carita. Le miro y la luz del sol me revela unos mofletes que parecen melocotones. Sonrío.
Esta parte del paseo está más concurrida pero no importa. La acera es amplia y hay sitio de sobra para todos. Algunos ancianos están sentados en los bancos agarrados a sus garrotas. Por el carril bici hay quien va en ellas, o en patinete eléctrico o en patín normal; también alguna que otra vieja con su carro de la compra; ahí la superficie es lisa y se desliza mejor; nadie parece enfadarse.
Cerca del siguiente paso de cebra noto las vibraciones de los pequeños puntos que lo señalan para aquellos que no pueden ver. Nunca había reparado en ellos. Están como en forma de T. Será para indicarles el camino recto, no sé. Hoy, por primera vez, caigo en que sería bueno evitar el palo largo para no molestar al niño que sigue durmiendo. Allí no hay árboles y el embaldosado es perfecto. La cosa va como la seda. Es tan fácil...
Pronto alcanzamos el último tramo, ese en el que ya voy sospechando que David se despierta al sentir como giro sobre mis pasos. Pero voy a hacer una prueba y hoy vamos a cambiar el rumbo. Tampoco es cuestión de que David siga mis pasos, de ninguna manera.
Giro a la izquierda cuando llegamos al final de la avenida, entramos en la sombra y...el cabrón se despierta igual. Es como si lo tuviera cronometrado. Poco a poco empieza a entornar los ojos y mira a los lados. Me ignora. Cruzamos algunas pequeñas calles abiertas al sol y ahí cierra sus ojillos claros doloridos por el exceso de luz. Así pasamos unas cuantas hasta hacerme reír. Y al oírme por fin me mira, aunque de manera que me hace recordar a su padre y esto hace que ría aún más. "Espera, espera -le digo viendo venir la siguiente claridad- Vas a ver como ahora no me vas a mirar..." Y pasamos otra callecilla y cierra los ojillos, y gira la cabecilla..."Jajaja"
Ya no busco más que sombra. Otra entrada hacia el sol, esta un poco más larga pero necesaria para regresar a casa de la abuela, y ¡mira! ¡ahí esta mi tía! Ella no me ve todavía pero sé que va a hacerlo. Va paseando su perrito. Gira la cabeza. Nos ve. Sigo sonriendo. "¡Ayyy...!" Y viene hacia nosotros, ata al perrete en un banco, me da dos besazos y empieza a hacerle carantoñas a David que, como es normal, no rechaza pero ignora.
Ahí estamos un rato y luego nos vamos. Atravesamos calles y callejas y en una de estas veo a un viejo amigo venir de frente hablando por teléfono. Me ve, sonríe y cuelga. Se acerca y nos saludamos. "¿Ejerciendo?", "ejerciendo" Hace algunos años que la amistad se enfrió por causas ajenas pero imponderables para ambos. Amistad de bar, amistad entre venenos varios, pero amistad comprobada. Le están saliendo canas. Creo que lleva algún tiempo más centrado, al menos eso he oído. A veces lo veo cuando salgo a andar por ahí y sí, nos paramos a saludar y tal pero está claro que ya no es lo mismo. Al despedirnos no puedo evitar que venga a mi mente la palabra "empujacarritos" Sonrío.
Pronto llegaremos a casa de la abuela, David. Ahora no haces más que mirarme mientras te llevo por la parte sombreada de esas callejas. Espera, que ya estamos en nuestra vía de acceso. David mira a la derecha como reconociendo lo que sale, lo he incorporado en la sillita. De vez en cuando, traicioneramente, otra vez la luz del sol. Más risas. Llegamos a casa.
Abro la puerta, entro el carrito, le quito el gorro y la chaquetilla y lo saco del carro. Liberado ya me sonríe con esa boquita vacía de dientes y lo subo por encima de mi cabeza y lo bajo y se deshueva y beso esas mejillas y lo vuelvo a subir y a bajar y también él abre la boca como si también quisiera comerme y me eha las babas y baja mi madre y lo coge y todo se repite.
Circunvalamos el parque casi en soledad. Apenas tres o cuatro caminantes salen a nuestro encuentro. Tras la reja se oyen los ladridos de los perros que corren en busca de las pelotas lanzadas por sus dueños en la zona acotada. Al otro lado la carretera con el tráfico habitual y en la cercana lejanía los diferentes supermercados y grandes tiendas de chinos. Ahora los árboles sombrean nuestro camino. Ellos están dentro y nosotros fuera pero el sol todavía está detrás de todos. Los pájaros cantan y parecen contentos. Un gran pájaro planea en solitario bajo el cielo azul. Lo miro hasta dejarlo atrás. David duerme con el chupete puesto.
Cruzamos la carretera y entramos en el gran paseo, ya al alcance del sol pero a la contra. Escogemos el camino de en medio, el más estrecho y menos transitado. Hoy es día de mercadillo y prefiero evitarlo. Nuestro camino es estrecho pero la gente es poca; sólo alguna señora con su perrito y algún que otro gran árbol como el magnífico olmo blanco. Un cierto cuidado con el embaldosado no viene mal; las raíces de los árboles hacen que en ciertas zonas sea algo sinuoso. De todas formas llevo el carro bien agarrado.
La parte más complicada es la situada a la altura del mercadillo. Allí tengo que bajar una acera sin rebajar ni paso peatonal que da acceso a una de las vías de la rotonda. Nunca me había fijado en ello hasta hace un mes. Es el momento de mayor atención. Miro bien, bajo con cuidado el carrito y sin subirme a la otra acera que a ninguna parte lleva pero con David muy pegado a ella hago el pequeño trecho que nos separa hasta la mediana. Ahí subo el escalón y ya estamos en el paso de cebra que da acceso al paseo principal ya con el mercadillo atrás. David sigue durmiendo. No se ha enterado de nada. El sol empieza a darle en la carita. Le miro y la luz del sol me revela unos mofletes que parecen melocotones. Sonrío.
Esta parte del paseo está más concurrida pero no importa. La acera es amplia y hay sitio de sobra para todos. Algunos ancianos están sentados en los bancos agarrados a sus garrotas. Por el carril bici hay quien va en ellas, o en patinete eléctrico o en patín normal; también alguna que otra vieja con su carro de la compra; ahí la superficie es lisa y se desliza mejor; nadie parece enfadarse.
Cerca del siguiente paso de cebra noto las vibraciones de los pequeños puntos que lo señalan para aquellos que no pueden ver. Nunca había reparado en ellos. Están como en forma de T. Será para indicarles el camino recto, no sé. Hoy, por primera vez, caigo en que sería bueno evitar el palo largo para no molestar al niño que sigue durmiendo. Allí no hay árboles y el embaldosado es perfecto. La cosa va como la seda. Es tan fácil...
Pronto alcanzamos el último tramo, ese en el que ya voy sospechando que David se despierta al sentir como giro sobre mis pasos. Pero voy a hacer una prueba y hoy vamos a cambiar el rumbo. Tampoco es cuestión de que David siga mis pasos, de ninguna manera.
Giro a la izquierda cuando llegamos al final de la avenida, entramos en la sombra y...el cabrón se despierta igual. Es como si lo tuviera cronometrado. Poco a poco empieza a entornar los ojos y mira a los lados. Me ignora. Cruzamos algunas pequeñas calles abiertas al sol y ahí cierra sus ojillos claros doloridos por el exceso de luz. Así pasamos unas cuantas hasta hacerme reír. Y al oírme por fin me mira, aunque de manera que me hace recordar a su padre y esto hace que ría aún más. "Espera, espera -le digo viendo venir la siguiente claridad- Vas a ver como ahora no me vas a mirar..." Y pasamos otra callecilla y cierra los ojillos, y gira la cabecilla..."Jajaja"
Ya no busco más que sombra. Otra entrada hacia el sol, esta un poco más larga pero necesaria para regresar a casa de la abuela, y ¡mira! ¡ahí esta mi tía! Ella no me ve todavía pero sé que va a hacerlo. Va paseando su perrito. Gira la cabeza. Nos ve. Sigo sonriendo. "¡Ayyy...!" Y viene hacia nosotros, ata al perrete en un banco, me da dos besazos y empieza a hacerle carantoñas a David que, como es normal, no rechaza pero ignora.
Ahí estamos un rato y luego nos vamos. Atravesamos calles y callejas y en una de estas veo a un viejo amigo venir de frente hablando por teléfono. Me ve, sonríe y cuelga. Se acerca y nos saludamos. "¿Ejerciendo?", "ejerciendo" Hace algunos años que la amistad se enfrió por causas ajenas pero imponderables para ambos. Amistad de bar, amistad entre venenos varios, pero amistad comprobada. Le están saliendo canas. Creo que lleva algún tiempo más centrado, al menos eso he oído. A veces lo veo cuando salgo a andar por ahí y sí, nos paramos a saludar y tal pero está claro que ya no es lo mismo. Al despedirnos no puedo evitar que venga a mi mente la palabra "empujacarritos" Sonrío.
Pronto llegaremos a casa de la abuela, David. Ahora no haces más que mirarme mientras te llevo por la parte sombreada de esas callejas. Espera, que ya estamos en nuestra vía de acceso. David mira a la derecha como reconociendo lo que sale, lo he incorporado en la sillita. De vez en cuando, traicioneramente, otra vez la luz del sol. Más risas. Llegamos a casa.
Abro la puerta, entro el carrito, le quito el gorro y la chaquetilla y lo saco del carro. Liberado ya me sonríe con esa boquita vacía de dientes y lo subo por encima de mi cabeza y lo bajo y se deshueva y beso esas mejillas y lo vuelvo a subir y a bajar y también él abre la boca como si también quisiera comerme y me eha las babas y baja mi madre y lo coge y todo se repite.
sábado, 15 de febrero de 2020
TRES CERVEZAS
¿No es mejor caer en las manos de un asesino antes que en las de una mujer lasciva? (Así habló Zaratustra)
La tarde es estupenda para ser una de febrero. Veinte grados marcan todos los termómetros, o casi. Los días ya son más largos a ojos vista, también cuando dan inicio, siempre más perezosos. Ahora me levanto y veo claridad. Todavía pongo las luces del coche cuando voy hacia el bar, pero ya va siendo una cosa de la que podría prescindir. Es más por la costumbre y a quienes encuentras durante el trayecto.
El invierno ha sido largo. La oscuridad que trae noviembre se hace cada vez más pesada, más dura, más difícil de aguantar. Las semanas caen como losas en el ánimo. Y a veces llegan hasta el alma, que destrozan.
La Navidad dejó de tener sentido hace mucho tiempo. No lo hay para nada de todo aquello. Un correr e ir de un lado a otro como a empujones en un sueño; un no saber los motivos que te han llevado hasta allí, hasta aquello por lo que guardas desordenada fila entre la marabunta como uno que ha dejado de desear lo que fuera que hubiese tras las puertas guardadas por enormes y hoscos porteros.
En la primera mañana del año salí a andar por donde siempre paso. Un árbol que parecía tan muerto como todos los demás me esperaba. Los últimos tres años le había hecho una fotografía contra la espesa niebla que casi ocultaba el cementerio que queda detrás. Empecé a hacerlo un día de año nuevo en el que mis losas eran tantas que amenazaban con asfixiarme. Luego, al siguiente, lo recordé. Y volví a fotografiarlo. Y también el año que vino después. Este no, ya no estaba. Volví sobre mis pasos y seguí hacia adelante pero no lo llegaba a ver. Hasta que me di cuenta de que ese sólo tocón era el de mi árbol por el que todos los días paso.
Poco a poco las tardes se han ido transformando en tales para mi. El sol va levantando el vuelo y volvemos a vernos bien en las afueras del pueblo. Él cayendo hacia su ocaso cuando yo empiezo a despertar, pero nos vemos. Luego me empuja con sus últimos rayos de luz en el regreso a casa.
Era una tarde estupenda, una tarde para andar por las afueras del pueblo con mis pensamientos. Las afueras del pueblo caminando bajo el sol que se va son muy hermosas porque no hay nada más.
Pero no ha podido ser. He tenido que beber para soportar su descarado acoso. Quizá sea culpa mía por haberla tratado demasiado bien en estos sus malos tiempos. Con la segunda cerveza empecé a soltarme ante su descaro, lo peor que hay en una mujer. La tercera cayó ya fuera de la barra, fuera de servicio, con ella tocándome el culo en la puerta delante de sus hijos pequeños.
Antes de beber la primera cerveza había mirado la última vez que escribí una historia. Hubiera jurado que habían pasado tres días.
Y sólo han sido dos.
La tarde es estupenda para ser una de febrero. Veinte grados marcan todos los termómetros, o casi. Los días ya son más largos a ojos vista, también cuando dan inicio, siempre más perezosos. Ahora me levanto y veo claridad. Todavía pongo las luces del coche cuando voy hacia el bar, pero ya va siendo una cosa de la que podría prescindir. Es más por la costumbre y a quienes encuentras durante el trayecto.
El invierno ha sido largo. La oscuridad que trae noviembre se hace cada vez más pesada, más dura, más difícil de aguantar. Las semanas caen como losas en el ánimo. Y a veces llegan hasta el alma, que destrozan.
La Navidad dejó de tener sentido hace mucho tiempo. No lo hay para nada de todo aquello. Un correr e ir de un lado a otro como a empujones en un sueño; un no saber los motivos que te han llevado hasta allí, hasta aquello por lo que guardas desordenada fila entre la marabunta como uno que ha dejado de desear lo que fuera que hubiese tras las puertas guardadas por enormes y hoscos porteros.
En la primera mañana del año salí a andar por donde siempre paso. Un árbol que parecía tan muerto como todos los demás me esperaba. Los últimos tres años le había hecho una fotografía contra la espesa niebla que casi ocultaba el cementerio que queda detrás. Empecé a hacerlo un día de año nuevo en el que mis losas eran tantas que amenazaban con asfixiarme. Luego, al siguiente, lo recordé. Y volví a fotografiarlo. Y también el año que vino después. Este no, ya no estaba. Volví sobre mis pasos y seguí hacia adelante pero no lo llegaba a ver. Hasta que me di cuenta de que ese sólo tocón era el de mi árbol por el que todos los días paso.
Poco a poco las tardes se han ido transformando en tales para mi. El sol va levantando el vuelo y volvemos a vernos bien en las afueras del pueblo. Él cayendo hacia su ocaso cuando yo empiezo a despertar, pero nos vemos. Luego me empuja con sus últimos rayos de luz en el regreso a casa.
Era una tarde estupenda, una tarde para andar por las afueras del pueblo con mis pensamientos. Las afueras del pueblo caminando bajo el sol que se va son muy hermosas porque no hay nada más.
Pero no ha podido ser. He tenido que beber para soportar su descarado acoso. Quizá sea culpa mía por haberla tratado demasiado bien en estos sus malos tiempos. Con la segunda cerveza empecé a soltarme ante su descaro, lo peor que hay en una mujer. La tercera cayó ya fuera de la barra, fuera de servicio, con ella tocándome el culo en la puerta delante de sus hijos pequeños.
Antes de beber la primera cerveza había mirado la última vez que escribí una historia. Hubiera jurado que habían pasado tres días.
Y sólo han sido dos.
jueves, 13 de febrero de 2020
COÑOS DE HIERRO Y MIEL
La chica de la ONCE ya se había ido cuando volví a salir después de atender a tres clientes del hospital llegados nada más haber encendido los cigarrillos. Recogí su vaso y regresé adentro.
Eran las dos de la tarde y apenas tenía cinco clientes en el bar, todos más o menos conocidos. Uno de ellos, el más que maduro doctor que tanto se parece al protagonista de "Tamaño natural", vino hoy sin su reciente novia, una mujer rubia de cierta edad, mala fama, espléndida figura y mirada retadora de la que se ha encoñado de tal forma que mirarlo es como ver a uno que por fin puede palpar lo que hasta entonces sólo podía ver a través de un microscopio. A ella la conozco de tiempo atrás, todavía casada con uno de buena aunque dudosa posición. Los fines de semana venían tres o cuatro parejas, todas por el estilo, y tomaban copas, la mayoría sin duda bien encocados. A él, al doctor, recuerdo verle pasar hace años por delante del bar con su maletín de camino al trabajo. Algunas cosas quedaban claras en esos solos vistazos: que era médico, que no era de aquí y que seguro era alguien peculiar. Luego, una noche, vi aquella película y casi me levanté del sillón cuando apareció Michel Piccoli.
La cosa se animó enseguida con la llegada de mis mejores parroquianos, hoy acompañados por uno de sus mayores cofrades en cuya manaza la mía desapareció por completo al saludarnos tras algún tiempo sin vernos, pues es de otro pueblo y a este sólo viene a comer y hacer la procesión para lo demás con vistas a los negocios y ya bien metido en el paso ver los amigos. Y como era de esperar, pronto derivó todo en su mar: rojos de mierda y putas con coños que saben como a metálico, como a hierro, sin pensar por un momento que quizá sea una lengua bañada en décadas de alcohol la que sabe como a hierro. "Boca ardiente" se llama eso, lo miré la otra noche. Y hace mucho que no me como ningún coño.
Llegó parte del equipo ginecológico del hospital, pidieron las bebidas y se fueron al ventanal con ellas. Chicas jóvenes la mayoría, bien cuidadas todas, muchas atractivas, de mirada tan neutra como la de alguien acostumbrado a ver y palpar cualquier clase de coños sin necesidad de pasar la lengua por ninguno de ellos para saber si le hace falta hierro o zinc. Al rato llegó el jefe, un tío todavía joven, pidió lo suyo y esperó a que se lo pusiera para llevárselo y ahorrarme un viaje.
Me acordé de los viejos tiempos, de los viejos doctores jubilados o a punto de hacerlo, de los de "tráeme un vaso de agua" cuando la tenías al cuello...
- ¿Qué tal te ha ido hoy? -le pregunté a la chica de la ONCE-
- Ná, mal...¿Y a ti?-
- Parecido. Pero a ti seguro que te ha ido mejor que a mi, pelleja-
Rió.
- Oye, pequeña, ¿tienes billetes pequeños?- pregunté
- Sí
- Pues cámbiame
- No te cambiaría por ninguno, Kufisto.
sábado, 8 de febrero de 2020
MAN ON THE MOON
De pronto vi que también había un viejo tras el ventanal del bar; y además cerca, justo al otro lado, mirando arriba y abajo con las manos en la espalda. Apenas le separaban un par de metros del paso de cebra pero no se decidía a entrar en él. Otros viejos, desconfiados, hacen signos y mueven los brazos para que sigan circulando aquellos coches que quieren cederles el paso; pero este no, este guardaba una distancia tan prudencial que nadie podía saber su intención y esperaba. Al final cruzó la calzada hasta la mediana y allí volvió a esperar otra vez como antes, tan lejos y tan cerca, como si no estuviera allí donde estaba. Alguno de los pocos coches circulantes hacían como un intento de cederle el paso y él se daba la vuelta mirando hacia el bar con las manos aferradas a la espalda. El coche seguía adelante y entonces él volvía a mirar, más cerca del paso que había dejado atrás que del que tenía que caminar. Echó a andar, llegó a la otra acera y volvió a darse la vuelta como para ver de donde había venido. Allí, en zona segura, se quedó un rato como dudando, como pensando en volver sobre sus pasos. Pero no, siguió hasta el siguiente paso, uno secundario, del que apenas le separaban veinte metros y vi como lo cruzaba con mejor disposición. Allí, por contra, caminó mirando con cuidado el suelo declinado que da acceso a unas cocheras. Y tan centrado iba en ello que el siguiente paso, uno muy corto, lo hizo como uno que tiene derecho a él. Él mismo se sorprendió, o eso me imaginé, pues al llegar a esa esquinita volvió a mirar hacia atrás con algo que me pareció desazón en sus manos ahora desatadas, como quien se da cuenta de que acaba de hacer algo que no debería de haber hecho. Miró en todas direcciones. Otro paso de cebra, uno de los grandes, estaba a unos pasos de él; un poco más arriba, en el otro sentido, sin duda había otro; tan sólo hacia adelante parecía no haber ninguno. Y hacía allí marchó otra vez con las manos atadas en la espalda.
Era el mediodía de un suave sábado invernal. El sol va recuperando la salud a nuestros ojos y nosotros con él. Un leve manto de nubes, como de primavera, hacía palidecer la escena a modo de gasa en la cámara para una vieja estrella. Todavía es demasiado pronto, o demasiado tarde, quien lo sabe. Llegó mi tío y riéndose preguntó si no le había visto pasar delante del ventanal. Pasé adentro y le puse un café.
Las cañas salieron más que bien e hicimos una buena caja. Hubo de todo: gente con dinero, de derechas y todavía riente, pero ya temerosa por la cercanía de las puertas de la vejez y una parejita de críos con un billete de cinco euros que el chico no dejó caer en la barra hasta que se lo cogí; también un par de golfillos respetuosos con la leyenda del bar y una pequeña familia de circunspectos y educadísimos rojos sentados; tuve gente del lejano y silente pasado que hoy casi se enervaron al contarme una noticia pueblerina de la que han sido testigos y un par de viejas amigas, medio locas las dos por la menopausia, que cuando parecían estar a punto de llegar a las uñas se dieron de besos y abrazos en presencia de la maleducada hijita de una de ellas. También hubo ausencias, ausencias significativas, pero hoy no dio tan poco como para echarlas de menos.
REM tiene muy buenas canciones y yo las escuchaba y cantaba con mi amor cuando era joven, estúpido y enamorado. Hoy las tarareo entre dientes mientras limpio los restos.
Pronto, demasiado, llegó la hora de los cafés y sus copas. Era mi última hora en el bar y estaba claro que iba a comérmela entera. Un numeroso y en su mayoría conocido grupo de maridos sin mujeres entró como si casi todos las hubieran mandado a la mierda. Puse mi lista de techno y un gintonic que bebí en dos tragos mientras se aclaraban. Alguno ya iba triturando chicle como si fueran las cuatro de las madrugada. Otros, "curiosamente" todos los que no conocía, tenían caras como de salmón que baja la corriente. Era una reunión del viejo equipo de fútbol de veinte años atrás, de cuando eran chicos, estúpidos y estaban enamorados.
Atroné el bar con mi música. Hubo quien bailó mientras esperaba su copa de mis desatadas manos. Enseguida llegó más gente para lo mismo. Grandes grupos de gente desconocida, nunca vista por mi, vinieron hoy para darme su dinero a cambio de mi aturdimiento. Yo volaba de un lado a otro de la estrecha barra. Vasos, copas, hielos y pinzas del demonio deslizábanse entre mis manos como cartas marcadas en las de un mago. Gente a la que no le interesaría verme ni en pintura ni detrás de la barra estaban allí, al otro lado, para que esta vez les diera de beber. Gente a la que, igual hoy que ayer, lo mismo le daría que no despertara mañana estaban allí para beber de mis frenéticas manos. Gente que mañana no veré y que quizá nunca vuelva a ver vinieron hoy a mi, agitando brazos y manos, lanzando como rayos ansiosas miradas en cuellos casi a punto de escupir su nuez por otra puta copa, por una copa, por la primera copa...
Era el mediodía de un suave sábado invernal. El sol va recuperando la salud a nuestros ojos y nosotros con él. Un leve manto de nubes, como de primavera, hacía palidecer la escena a modo de gasa en la cámara para una vieja estrella. Todavía es demasiado pronto, o demasiado tarde, quien lo sabe. Llegó mi tío y riéndose preguntó si no le había visto pasar delante del ventanal. Pasé adentro y le puse un café.
Las cañas salieron más que bien e hicimos una buena caja. Hubo de todo: gente con dinero, de derechas y todavía riente, pero ya temerosa por la cercanía de las puertas de la vejez y una parejita de críos con un billete de cinco euros que el chico no dejó caer en la barra hasta que se lo cogí; también un par de golfillos respetuosos con la leyenda del bar y una pequeña familia de circunspectos y educadísimos rojos sentados; tuve gente del lejano y silente pasado que hoy casi se enervaron al contarme una noticia pueblerina de la que han sido testigos y un par de viejas amigas, medio locas las dos por la menopausia, que cuando parecían estar a punto de llegar a las uñas se dieron de besos y abrazos en presencia de la maleducada hijita de una de ellas. También hubo ausencias, ausencias significativas, pero hoy no dio tan poco como para echarlas de menos.
REM tiene muy buenas canciones y yo las escuchaba y cantaba con mi amor cuando era joven, estúpido y enamorado. Hoy las tarareo entre dientes mientras limpio los restos.
Pronto, demasiado, llegó la hora de los cafés y sus copas. Era mi última hora en el bar y estaba claro que iba a comérmela entera. Un numeroso y en su mayoría conocido grupo de maridos sin mujeres entró como si casi todos las hubieran mandado a la mierda. Puse mi lista de techno y un gintonic que bebí en dos tragos mientras se aclaraban. Alguno ya iba triturando chicle como si fueran las cuatro de las madrugada. Otros, "curiosamente" todos los que no conocía, tenían caras como de salmón que baja la corriente. Era una reunión del viejo equipo de fútbol de veinte años atrás, de cuando eran chicos, estúpidos y estaban enamorados.
Atroné el bar con mi música. Hubo quien bailó mientras esperaba su copa de mis desatadas manos. Enseguida llegó más gente para lo mismo. Grandes grupos de gente desconocida, nunca vista por mi, vinieron hoy para darme su dinero a cambio de mi aturdimiento. Yo volaba de un lado a otro de la estrecha barra. Vasos, copas, hielos y pinzas del demonio deslizábanse entre mis manos como cartas marcadas en las de un mago. Gente a la que no le interesaría verme ni en pintura ni detrás de la barra estaban allí, al otro lado, para que esta vez les diera de beber. Gente a la que, igual hoy que ayer, lo mismo le daría que no despertara mañana estaban allí para beber de mis frenéticas manos. Gente que mañana no veré y que quizá nunca vuelva a ver vinieron hoy a mi, agitando brazos y manos, lanzando como rayos ansiosas miradas en cuellos casi a punto de escupir su nuez por otra puta copa, por una copa, por la primera copa...
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