miércoles, 14 de enero de 2026

PAGUITERO

 El dolor llegó a la hora prevista. Encendí la luz para echar mano a la tableta del relajante muscular ("caducidad 2012") que desde hace un par de semanas tengo al lado de la cama. El efecto deseado (según prospecto y en verdad así es) acontece a los veinte minutos de la toma, más o menos, por lo que aproveché para levantarme y fumar un pito en el frío salón. En el ordenador, con la gata arrullada en mi regazo, miré algunos hilos de Reddit acerca de Mulholland Drive que me condujeron a un segundo cigarrillo. Volví al dormitorio y pronto el sueño inducido me atrapó.

Desperté bien, sin pesadez, no como con el relajante recetado por la doctora de cabecera que me dejó tirado todo el día la única noche que lo tome, precisamente la de Nochevieja. Tanto fue que durante la cena mi madre me preguntó qué me pasaba. Creo que la pobre hubiera preferido verme medio borracho a pesar del coraje que le provoca.

Dudé en afeitarme después de la ducha. La blanca barba de tres días no me daba muy buen aspecto. Un amigo, un conocedor, dice que a esos sitios es mejor ir lo peor que puedas, pero al final el espejo me indujo a pasarme la cuchilla. Me vestí con ropa limpia, desayuné, tomé el primero de los tres opiáceos diarios recetados, jugué un par de partidas de ajedrez para hacer hora y salí a la calle.

Enseguida noté el dolor. Ayer, a causa de unos recados ineludibles, hube de andar más de lo habitual en estos dos últimos meses y lo pagué. Podría haber cogido el coche, diría alguien sensato, pero todos estaban circunscritos a la zona centro y allí aparcar es casi un milagro, además que es precisamente cuando conduzco que el dolor se hace más intenso. 

Terminé el cigarrillo justo cuando llegaba a la primera puerta y tras cruzar la segunda pasé bajo un detector que no emitió ningún pitido. A la derecha, a unos diez metros, el tipo de seguridad le comentaba algo a una señora con las manos llenas de papeles. Le reconocí. Era el mismo que el del año pasado: un chico joven, atlético, bien parecido y amable. Esperé. Pronto se acercó y me preguntó la razón de mi visita. Se la dije y me indicó que esperara un momento, que pronto me atenderían. Me quité la gorra, el abrigo y la bufanda y me senté al lado de una mujer de buen aspecto que devolvió mi saludo. Cinco minutos más tarde dijeron mi nombre y la mesa a la que debía dirigirme.

Esta vez me tocó con un viejo conocido que en tiempos fue amigo. Se sorprendió al verme.

- ¡Hombre, Kufisto, cuanto tiempo! -dijo saliendo de su mesa para darme la mano. Por un instante pensé que iba a abrazarme pero nos conformamos con darnos sendas palmadas en los hombros.
- Sí, ya ves...Desde que cerramos el bar.
- ¿Hace cuanto? ¿cuatro, cinco años?
- No. Dos.

Tras el breve e inevitable bienintencionado interrogatorio de rigor preguntó el motivo de mi visita y se lo dije.

- ¿Pero ya lo pediste el año pasado? -preguntó.
- Sí -respondí sacando el DNI y el certificado de empadronamiento que una amabilísima por joven funcionaria del ayuntamiento me entregó ayer al módico precio de seis euros y pico.
- Entonces no hace falta...pero vamos a asegurarnos.
 
Cogió el DNI y tecleó en el ordenador. 

- Está bien, mira...-dijo moviendo la pantalla- Ya te han ingresado lo de este mes con la subida aprobada para el año.
- Joder...¿Entonces no tengo que hacer nada? ¿no tengo que renovarlo?
- No mientras sigas en la situación en la que estás...Es decir, si te toca la lotería (no dijo encontrar un trabajo) o algo así pues sí pero mientras...
- Estupendo.
 
El segurata se acercó a traerme la gorra olvidada en la silla.
 
- Gracias, muchas gracias...
 
Me despedí de mi prudente amigo con otro efusivo apretón de manos y, casi en éxtasis y a pesar de lo temprano de la hora, me encaminé en dirección a la casa de mi madre para dar buena cuenta de la fabada anoche prometida en una llamada telefónica. Pero en el último crucé recordé la Bonoloto y fui a echarla a la administración habitual donde me atendió la chica maja, esa que me llama por mi nombre sin conocer yo el suyo.
 
La fabada estaba deliciosa. Mi madre se fue al salón con las dos infusiones para ver lo de Julio Iglesias. Zapeando encontré un canal local que estaba pasando "Cásate y verás", una vieja comedia de la gran Bárbara Stanwyck.
 
- ¿Qué tal estaba? -volvió a preguntar.
- Buenísima -repetí yo.
 
Tanto que por una vez no cambié de canal.
 
Ya en casa, y con un considerable dolor en la pierna, miré algo en el ordenador y me fui a la cama. Todavía no era mediodía.
 
Pronto supe que, aún con la fabada procesándose en el estómago, no iba a poder conciliar el sueño. Me levanté y jugué algunas partidas acariciando a la insaciable gata. Tenía sueño pero no podía dormir. Con los ojos pesando quintales dejé a un lado a la gatita y volví al dormitorio. Y era tanto el sueño que me dormí a pesar de dolor.
 
Desperté un par de horas después hecho calderilla. El sueño había vencido al dolor pero a un alto precio. Tuve unos sueños tan vívidos, tan desagradables y aterradores, que de haberlo sabido no hubiese dormido. Tomé el segundo opiáceo y volví a hacer tiempo jugando al ajedrez antes de la segunda, e inevitable, salida del día.
 
A pesar de todo, la buena nueva de la mañana había dejado en mi un buen ánimo y pensé en pillar unas cervezas para celebrarlo. El problema era que no tenía nada de dinero, o eso creía, pero rebuscando aquí y allá conseguí reunir casi cinco euros que bastaban para el propósito. Y como todavía tenía un cierto margen de tiempo cogí el coche y fui a comprarlas.
 
"¡Vaya, otra vez el coche! -pensaréis- ¿pero no dices que es cuando más te duele la pierna?" Sí, pero hay que cogerlo cuando uno quiere pillar una cerveza medio decente a un precio asequible para quien ha llegado a ese punto de su vida en el que debe mirar hasta por el céntimo.
 
Compré las seis que podía permitirme, regresé a casa, las metí en el frigorífico y me fui al hospital.
 
Enseñé la citación en recepción y me indicaron el camino. La amplia sala estaba vacía. Una madura sanitaria, algo gordita, hablaba por teléfono con otro paciente indicándole las fechas señaladas. Colgó, le entregué el papel, realizó unas operaciones en el ordenador y me indicó la sala.
 
Allí esperaban una mujer y un hombre algo mayor que yo con una muleta. Una señora mayor salió y llamaron al cojo. La señora habló con quien evidentemente era su hija y se marcharon. El próximo sería yo. Y apenas habían pasado tres minutos desde la entrada del cojo cuando por los altavoces dijeron mi nombre y la cabina, tanto que tropecé con él al abrir la puerta correspondiente.
 
Una voz joven, de enfermera, me recibió.
 
- ¿Dejo esto aquí? -dije a cuenta del abrigo y todo lo demás, todavía sin verla, en el espacio separador de las estancias.
- Sí, déjelo ahí.
 
Así lo hice colgándolo todo en una especie de percha.
 
Ella iba con mascarilla, con buen tipo. Me vino a la cabeza Julio Iglesias y sus dolores anales.
 
- Venga aquí -dijo señalando una camilla- Bájese los pantalones hasta las rodillas y túmbese. Junte la punta de los pies, así...Y no se mueva.
 
Así lo hice.
 
Ajustó los aparatos y se fue.
 
- Ahora gire la pierna derecha...Aaasí. No se mueva.
 
Volvió a irse.
 
- Ya está, puede irse.
 
Y me fui.
 
 
Eran las seis y media de la tarde. El sol ya se había ido pero todavía se podía circular sin encender las luces del coche. Tengo jodida la izquierda de cruce y no debo arriesgarme a una multa. Llegado el caso había pensado en ir con las largas bajándolas de nivel, pero hice la prueba con la ruleta indicada en la cochera y no vi ninguna diferencia. El coche tiene más de veinte años.
 
El mes que viene tengo que pasar la ITV. La maneta trasera derecha está partida. Todavía conservo el otro trozo, fue un corte limpio. Tal vez con un poco de pegamento fuerte pueda apañarla. Lo de las luces es más complicado. He visto algunos vídeos en Youtube pero no tengo las herramientas necesarias. Un vecino que apenas veo, un viejo amigo, un chófer, un cliente del que fue nuestro bar lo haría en un pis pas como lo hizo tres años atrás pero...
 
 
Llegué a casa, me puse el pijama, abrí la primera cerveza del año y encendí el ordenador y un cigarrillo.
 
 
La gata sabe cuando debe arrullarse en su manta.

sábado, 3 de enero de 2026

PIANISTA

 La hora del aperitivo se había alargado un poco más. Eran las tres y media de la tarde y los del jamón todavía estaban por el salón del bar. Le dije a mi hermano pequeño que dejara ya de lavar platos, que se largara, que me dejara a mi el resto y que poco a poco lo iría terminando. El chaval había venido un par de horas antes para dejar las tapas y viendo el caótico panorama se quedó conmigo sin necesidad de decirle nada. Cosas de hermanos. Las cinco de la tarde (su hora de entrada oficial sin contar la que al mediodía pasa en la cocina de nuestra madre preparando el tapeo) estaban echándose encima y luego, a eso de las ocho o así, cuando llegara otro de los hermanos, se irá para volver a las doce con la marabunta de copas que conlleva una noche de sábado. Y es que después de todo los camareros también tenemos estómago.

- Venga, vete ya -le dije pensando más en mi que en él. No me gusta esperar en mi hora de salida. Y menos aún las tardes de los sábados con sus primeras copas.
-Vale, Kufisto. Acabo de limpiar estos y me voy

Hubo suerte y los del jamón empezaron a marcharse (la típica larga marcha de los poco habituados) tras pagar a escote antes de que mi hermano acabara con aquel último pilón. Nuestra tía pasó adentro para agradecernos el esfuerzo hecho para con el jamón rifado en la reciente boda de su hija a la que asistimos casi en pleno y de la que nos marchamos en cuanto pudimos para volver a abrir el bar la noche de aquel sábado. Preguntó si había sobrado, mi hermano le dijo que sí, le entregó una bolsa con seis o siete bandejas del jamón que algún carnicero les había fileteado y envasado al vacío y después de preguntar por el queso que venía de regalo y decirle que de ese no había sobrado nada nos dio un par de besos a cada uno y una bandeja del jamón sobrante.

Y mientras yo recogía a toda velocidad el salón mi hermano acabó por pulirse todos los platos que quedaban.

Eran las cuatro y cuarto cuando dimos fin a la tarea casi al mismo tiempo.

- Quédate la mitad -dijo Álvaro
- No, quédatela tú

Él terqueó, como es su generosa naturaleza, y yo volví a decirle que no. Al final se fue con la bandeja de jamón completa (siempre seré el primogénito) y tras comerme un plátano, unas nueces y una manzana fui al baño para lavarme las manos, la cara y mirarme en el espejo.

Sí, también yo veo que tengo un lado de la cara más favorecido que el otro. No sabría decir por qué pero veo mejor el lado izquierdo que el derecho. Bueno, a Julio Iglesias le pasa algo parecido y le quiere todo el mundo. Quizá sean mis ojos los que no le gustan a la gente; mi buena abuela (la de la otra rama de la familia) decía que los tenía del color de la miel. También me decía que mis manos eran de pianista aunque no creo que ella viera las manos de ninguno. Quien sabe.

Ya en la barra, con todo controlado y poco más que tres clientes amigos en uno de sus extremos, en el mío, decidí echarme una copa para pasar el rato que quedaba en conversación con ellos. Cogí un vaso, le puse un buen cubito de hielo macizo, agarré la botella de Black Label y fui echando hasta que llegó a la cuarta fila de esos magníficos cuadraditos tallados. Lo dejé reposando, puse techno y salí a echar un pito con una amiga que está medio loca. Hacía un calor del copón. Vi pasar ante mis narices y sin saludar a parte de la extraña gente que poco antes habían salido del bar y volviendo adentro tras escuchar las locuras de mi todavía muy jamona amiga miré el ordenador mientras hacía tiempo para que el buen, extraordinario, whisky pillara el frío toque que tanto me gusta a pesar de lo que digan quienes no han bebido de él ni la centésima parte que yo. Y pensé en la puta mierda de familia que tengo.

Ella, mi amiga loca, ha enviudado hace poco. Ha tomado la costumbre de venir al bar. Aquí se siente a gusto y se nota. A veces, como hoy, la acompaña su amiga, la mujer de alguien que conozco de toda la vida y cuyo marido, un chapista, fuera buen amigo de mi padre, y se ponen ahí a hablar de sus cosas. Cuando viene sola y la mañana no está muy ajetreada me pongo con ella y hablamos. Ella lo agradece y yo lo sé. En ocasiones viene con la nieta y ya no hay más tema de conversación. Es muy hermosa, muy pequeña, muy salá. Acaba de aprender a andar y es un no parar. El otro día no hacía más que sacar la comida que su abuela tenía en el carrito para dármela a mi.

- Muchas gracias, preciosa. Pero ahora vas a coger esta bolsa de patatas fritas y la vas a dejar en el mismo sitio del que la has cogido.

Ella me miraba sonriendo, los ojazos como universos; cogía la bolsa que yo le devolvía y con la decisión que da el no tener ninguna duda en la cabeza iba a trompicones hasta el carrito de la compra de la abuela. Y entonces le echaba mano a un paquete de croquetas congeladas y me lo traía sonriendo todavía más.


El marido era un tiarrón al que el cáncer se lo comió. Fue poco antes que se lo detectaran a mi viejo pero él duró un poco más siendo de lo mismo. Claro que el grado de malignidad del que padeciera mi padre fue mayor. Recuerdo que uno de los médicos, un tío algo mayor que yo, muy serio, que viene a desayunar churros, me dijo después que no podía creerse su reacción cuando, sin anestesia, a pelo según su no siempre compartida crudeza, le dijo la gravedad de lo que tenía. Acostumbrado a ver derrumbamientos se quedó de piedra al ver el pedazo de hormigón que era mi viejo.

- Kufisto...-me sonreía- Es muy raro ver algo así.
- Ya...mi padre era de esa manera. Tenía mucho ánimo.

Una vez, al final de la enfermedad, en nuestra casa, en su casa, ya estaba muriéndose, poco antes de su último ingreso en el hospital del que no salió con vida, me dijo que él sabía que se moría. Se le había puesto la nariz aguileña, caída, floja, y estábamos viendo una de esas películas de Castilla la Mancha, una de esas vaqueradas que siempre veíamos, y yo lo miraba de reojo y veía como iba muriéndose su nariz, una que no era la suya, la de siempre, una que parecía de otro, una que no había visto nunca.

Una tarde, ya muy al final, era tan mala la puta película de vaqueros que buscamos alguna otra en el pincho cargado de pelis que la mujer de uno de sus hijos le iba grabando para que las viera. Recuerdo muchas, supongo que todas, pero esta fue especial.

Mi padre fue un tío que quizá leyera cuatro libros en su vida. Pero desenvolviéndose en la biblioteca de la Vida fue el bibliotecario de Alejandría.

Aquella tarde fuimos pasando títulos del pincho de una de sus yernas. O ya los habíamos visto, o a la vista estaba que era una puta mierda para ambos, o yo le daba al FF sin escuchar su opinión, "Joder, Kufisto -me decía-, no le das una oportunidad" o...salían buenos actores en los títulos de crédito.

Y fuimos a dar con una en la que salían unos cuantos y la dejamos estar.

Mi viejo era un gran amante del cine, de las películas americanas, es decir, yanquis. Pero era un tío de actores, no como yo que desde mi más temprana juventud decliné hacia los directores después de tragarme todas las mierdas que hizo Brando tras mi obnubilación por su rol en el puto Padrino de los cojones, que tanto me subyugara.

No había noche que no la acabara viendo una peli en el vídeo. Ese era su rato, junto a mi madre, los dos solos, que, según decía él, no duraba ni quince minutos sin dormirse; algo normal, por otra parte, para una mujer madre de cinco hijos, todos varones. Recuerdo ir todas las tardes al video-club que había enfrente del bar a recoger un último estreno o alguna otra . El dueño se las guardaba, era cliente nuestro. El pobre estaba casado con una mujer horrorosa y además de terrible carácter. Supongo que esos ratos que echaba con mi padre al cerrar su negocio eran para él como un bálsamo parecido a los tres o cuatro o vinos que bebía antes de regresar al hogar.

Yo sabía de qué iba la vaina (una de Terrence Malick, ni más ni menos) y callé sin perderle ojo. Y poco a poco, por más que algunos de sus actores fuesen apareciendo en pantalla, vi como iba soliviantándose. Tenía una manera muy particular de recogerse las sayas de la mesa sobre las piernas. Y venga echárselas para arriba, y venga incorporarse hacia adelante como si quizá no estuviera viendo bien a pesar de que jamás en la vida tuvo necesidad de gafas; pero los actores eran los mismos que tanto le gustaban y sin embargo aquello, aquello...aquello.

- Oye, Kufisto...
- ¿Qué, papa?
- Quita esto, anda, y pon Pasapalabra
- Pero si todavía no es la hora
- Pues pon lo que sea

 

La viuda se animó un poco más cuando se pasaron a los cubalibres. Yo también al echar el segundo trago del mío. Es lo bueno de haber bebido tanto durante tantos años, que enseguida te entonas.

Habló de unas primas que apenas conocía e iban a venir al pueblo para ver qué tal estaba. Se quedarían el fin de semana y no sabía como hacerlo. No sabía si decirles que se quedaran en su casa, que se fueran a un hotel o que, directamente, no vinieran. ¿Qué coño hacéis aquí ahora?...¿qué?

¿Qué mierda habéis pintado nunca en mi vida? De verdad, ¿qué hacéis aquí?

La mujer no hacía más que darle vueltas a la cabeza.

- Hey, llévalos a los molinos -dije- Hay horarios y tal.

Miré en internet. Había horarios para ver los molinos.


Una infernal tarde de verano, otra de resaca, durante uno de mis kamikazes paseos, una que estaba muerto de sed y con la botella de agua ya vacía, me empeñé en subir los molinos. El ánimo del caminante, del verdadero caminante, es caminar al menos lo mismo bajo cualquier circunstancia. Era fin de semana, horario normal, y pensé que allí arriba alguien me daría agua.

Desastrado como iba, con la mirada de las mil y una resacas superadas bajo el sol de los molinos de La Mancha, esos que tanto amo, esos que tantos buenos ratos me han hecho pasar en la más absoluta soledad, subí por primera vez en mi vida las escaleras de caracol de uno de ellos. Ahí estaban unos mejicanos escuchando con atención a uno del terruño, un funcionario, muy limpito, el idiota encargado.

- ¿Tenéis agua?

No sé como lo dije, qué mirada tendría o qué lado de mi cara les ofrecí pero me miraron como si fuese a matarlos a todos.


Bajé y alcancé mi puta casa bebiendo la misma agua que cuando subí.


Hay que sudar.


Tu vida es sudar.


Todavía no has sudado lo suficiente.


Pianista.

lunes, 22 de diciembre de 2025

Y VÍ QUE SOY INVISIBLE

 "Patatas...cervezas...huevos...pan...sardinas en lata...ajos...y limones"
 
Cerré la nota en el teléfono, me levanté de la cama y fui al salón. El termómetro marcaba cero grados: "ni frío ni calor" Recordé aquella frase de la Biblia en la que Dios dice que vomitará de su boca a los tibios. Subí las persianas: una mañana gris, de nubes bajas aunque sin niebla. Una típica mañana de Navidad. Los helados parabrisas de los coches que habían pasado la noche en la calle causaron que recordara a mi padre y una de sus frases cuando de regreso a casa tras cerrar al bar me decía: "Pobres de quienes tengan que pasar la noche en la calle. Qué pena" Precisamente ayer por la tarde, de visita en casa de madre, dijo que había comprado para el sorteo de hoy el abonado que tuvo mi padre hasta hace casi ocho años. También me contó otra vez lo feliz que fue con él tras su desgraciada infancia a manos de una madre maltratadora. "Mira -dijo pasándome la revistilla-, he empezado a hacer sopas de letras, como me dijiste que hiciera para la cabeza. Pero es difícil...las palabras son tan largas" 

Volví al dormitorio, me aseé, desayuné, cogí el DNI y la tarjeta sanitaria, las llaves y bajé a la cochera.
 
La primera parada era obligada: el ambulatorio. Desde hace algún tiempo no responden al teléfono y hay que coger la cita de manera presencial. Aparqué, con suerte, cerca de la entrada pues a pesar de la fecha y la temprana hora apenas quedaban plazas libres. Dentro, sin embargo, apenas había una pareja con su bebé en recepción. Vi a otra empleada libre y sin esperar que me llamara fui hacia ella, que me atendió con sequedad sin pedirme la tarjeta y me dio cita para dentro de ocho días.
 
De camino hacia el banco (allí es imposible aparcar cerca) tuve tiempo para fijarme en la casa paterna de un antiguo compañero de estudios, un chaval al que no veo desde entonces y no creo que vuelva a ver. Allí se quedó un tomo de una biografía de Franco de mi padre (la de Ricardo de la Cierva) que utilizamos para un trabajo del colegio.
 
La primera puerta automática se abrió, aunque no sin reticencias. No tuve tanta suerte con la segunda pero coincidió con que uno de los empleados, un tío menos viejo que yo, iba a salir y, reconociéndome, al menos permitió que pasara adentro. Este es uno de los que hace diez meses fue al velatorio de mi tío, un hombre que trabajó en ese banco durante toda su vida laboral.
 
- Échate un poco para atrás, Kufisto.
 
Así lo hice y un instante después se abrió. Un tanto avergonzado por no recordar su nombre le deseé feliz Navidad mientras salía a desayunar, a lo que respondió de la misma manera un tanto sorprendido. Tal vez sea demasiado pronto.
 
La máquina expendedora de turnos no permitió la operación porque todavía faltaban dos minutos para las nueve. Un empleado que salía de las dependencias interiores me lo advirtió amablemente sin reconocerme. Pero yo sí le reconocí: era aquel chaval de un pueblo cercano al que su novia de toda la vida le dejó a las puertas de la boda para irse con un negro de dos metros con el que al final sí acabaría casándose para darle al menos dos hijos, pues esos tenían cuando cerré el bar hace algo más de dos años. 

Pasaron los dos minutos, completé las operaciones requeridas y ya con mi ticket en regla entré en el salón de juego.
 
El tipo que estaba en caja era el mismo que el de hace un mes. Entonces tuve que formalizar la firma electrónica porque hacía años que no pasaba por allí. Con un suspiro de alivio le oí decir que todo estaba bien y pude sacar doscientos euros. Hoy sólo iban a ser cien, pero no por ello estaba menos inquieto, al contrario. El buen Marmeladov dijo una vez que la pobreza no es una deshonra como la miseria. Yo todavía llevo poco tiempo siendo pobre. 
 
- Espera un momento, por favor -dijo al ver que me encaminaba hacia su puesto- Aún estoy arrancando el ordenador.
 
Me sorprendió que no me tratara de usted. Claro que un banquero, como un camarero, se queda con las caras y supongo que sabrá que no tengo un duro y que bueno, más o menos hay confianza y en fin, "cercanía" y todo eso que dicen en los cursillos. 
 
La espera fue tan breve como en el leve incidente en la Segunda Puerta. Le pasé el DNI, maniobró en el ordenador y este le respondió soltándole cinco billetes de veinte de euros por una ranura. Luego él los pasó por otra máquina que confirmaba la validez y me los entregó juntó con el DNI.
 
- Feliz Navidad -le dije al despedirme. Y otra vez resultó como algo extemporáneo.
 
El pan lo compro en el Lidl. Es un pan de 900 gramos que aguanta una semana o incluso algún día más. Es de centeno en sus dos terceras partes. La cerveza también la compro allí, su "Argus" que casi es como el Argos del perro de Ulises en aquel maravilloso cuento de Borges. Es barata (apenas treinta y dos céntimos la lata) y está mucho mejor en comparación con otras de parecido precio que son absolutamente imbebibles. Y ya que estaba compré el resto.
 
Una señora mayor me cedió su lugar a la hora de pasar por caja. Pagué 20'72 en su justo precio a la chica con los antebrazos tatuados por estrellitas y símbolos y me fui al Carrefour.
 
Aparqué en la misma puerta, fui a la administración de loterías, eché una bonoloto y una primitiva y allí los dejé, nerviosos y atacados, preparándose para su gran día, tal que un camarero a las puertas del mediodía de Nochebuena. 

Eran las diez de la mañana y ya lo tenía todo hecho.
 
 
Regresé a casa. El compañero de piso todavía no se había levantado aunque ya estaba viendo pelis de tiros y explosiones a buen volumen en su dormitorio. Sopesé la opción de ir a la biblioteca para continuar con la relectura de "Los hermanos Karamázov" que inicié el jueves pasado, pero era demasiado temprano para ello. Y en mi estado actual con la pierna es imposible pensar siquiera en hacer mis rutinas: saco, fondos o incluso andar algo más allá de lo normal ha quedado más que descartado tras varias pruebas en un mes de dolor. 

Coloqué la compra, encendí el ordenador y me puse a jugar al ajedrez para hacer algo de tiempo antes de comer.
 
Estoy jugando más que nunca. Ayer, sin ir más lejos, pasé casi ocho horas enzarzado con unos y con otros. Jugué con un ruso majísimo de Syktyvkar que está aprendiendo español para irse a Sudamérica. Es curioso pero la mayoría de la gente con la que juego no pone su bandera. Yo sí. Y raro es que cuando juego con un ruso no me pregunte por España. Bueno, raro no, pero son los únicos o casi. En cualquier caso mi rating ha bajado mucho. Llega un momento en el que desconecto con la partida ganada, un tanto avergonzado por la persistencia de mi rival. Y pierdo. Pero no me enfado mucho. Supongo que será una de las consecuencias de estar varado.
 
Cocí unas patatas, freí un par de chuletas de cerdo y dos huevos en el mismo aceite y volqué las patatas y lo revolví todo y aquello salió de muerte y me fui a la cama después de fumarme un pito.
 
No dormí. O al menos no profundamente. En mi estado actual es imposible hacerlo sin anti-inflamatorios.Y no quiero abusar: uno para pasar la noche y fuera.
 
Era la una y media cuando regresé al salón. Jugué otra partida y vi que iba por el mismo camino de este fin de semana, es decir, echar horas y horas, pito tras pito. Pero hoy es lunes y la biblioteca y su estupenda sala de lectura estaba a mi disposición para continuar la lectura de los Karamázov y a pesar de que aún era demasiado temprano para mis costumbres decidí ducharme, afeitarme, ponerme ropa limpia, perfumarme e irme a la biblioteca cual Smerdiakov de la vida con tal de no consumirme con la inactividad de mi cuerpo y la pasividad de mi mente.
 
 
Por primera vez en mi vida, o al menos que yo recuerde, aparqué justo enfrente, al lado de una plaza para minusválidos. La sala de lectura, amplia, muy bien iluminada y dividida en dos sectores, estaba casi vacía. Tomé asiento en una mesa sólo ocupada por una jovencita con su ordenador y sus apuntes, saqué el libro, cogí uno gordo que tengo controlado para hacer de punto de apoyo ("La historia de la radio en España, 19tal-19cual") y me sumergí en las vicisitudes de los hermanos.
 
Poco a poco la sala fue llenándose de chavalería, tanto que hubo un momento en el que pensé que debería retirar el abrigo de la silla adyacente a la mía pero no hubo lugar. Finalmente un par de chicas se sentaron al otro lado de la mesa y la que quedó enfrente de mi era exactamente igual a un amor de juventud.
 
Y ahora ahí estaba yo, un cincuentón leyendo otra vez "Los hermanos Karamázov"
 
Salí a fumar. Me fijé en el horario para Navidad de la sala de lectura. Le eché una foto para no olvidarlo: hoy cerrarían a las siete. Un recital de poesía.
 
Recordé a Drácula y a Mina cuando volví a sentarme delante de ella. Y me sumergí en la lectura ayudado por la obra y el silencio absoluto, tan alejado del tiempo en el que yo tenía la edad de ellos. 

La amiga empezó a recibir visitas que la abrazaban y le decían cosas que yo no podía oír: es increíble lo bajo que puede hablar esta juventud. O quizá sea que escuché demasiado heavy metal. Pero Mina estaba aparte, nadie le decía nada y nadie la abrazaba. 
 
Y en un momento sin visitas se levantaron y salieron dejando sus cosas allí. Poco después una de las bibliotecarias voceó que ya era la hora de largarnos y fue entonces cuando me di cuenta que yo era el puto viejo: todos empezaron a hablar como liberados.
 
 
De pie me rulé un cigarrillo.
 
 
Y vi que soy invisible.

miércoles, 10 de septiembre de 2025

HOT RATS

- Hola, ¿le das a la máquina?
- Tírale, no hace falta -respondí 
 

Los sábados dejaba activada la máquina del tabaco. El psiquiatra del hospital pilló su paquete de Camel y se fue sin despedirse, como casi siempre.

Era de Zaragoza. Me lo dijo una de esas raras tardes en las que cruzamos algunas palabras. A veces tomaba un par de cervezas (Voll Damm) y en alguna ocasión salíamos a la puerta a echar un cigarro. Hubo mañanas en las que lo vi devorar cinco porras con un gran vaso de café con leche acompañado de tres sobres de azúcar.

Calvo severo (apenas tenía cejas), con gafas "Buddy Holly style", el sanguinolento rostro moteado de pruritos con mala pinta, de mediana estatura y edad algo mayor que la mía sin embargo gastaba unas buenas espaldas. Había estado casado, tuvo un hijo, luego se separó y se vino para acá. Todo esto me lo contó como si yo careciera del don del habla.

 

La sección de psiquiatría del hospital eran clientes habituales de nuestro bar en el día del cierre de su semana laboral. Llegaban el viernes al mediodía y echaban unas cervezas antes de irse a sus lugares de procedencia. La inmensa mayoría eran mujeres aunque había un par de barbados maromos que más o menos controlaban el tema. Uno de ellos, sobretodo, las hacía mojar las bragas descaradamente. Con este hice amistad. Era de Valladolid pero vivía en Madrid con su chica, un pivonazo del copón que me presentó un fin de semana que la trajo para que conociera La Mancha. También cantaba en una banda de rock que no sonaba mal y estaba en Spotyfi.

- ¿Qué te parece, Kufisto?
- Joder, sonáis bien -respondí. Y era verdad. Sonaban bien. No era mi rollo pero sonaban bien.
 
Tan bien creía él que sonaban que muchas veces me confesó estar a punto de dejar su oficio para dedicarse a tiempo completo a la carrera musical.
 
- Bueno -decía yo mientras echábamos un pito en la puerta-, es una decisión arriesgada.
- Estoy hasta la polla, Kufisto. ¡HASTA LA POLLA! Este hospital es una puta mierda, ya no puedo más. Si tú supieras...
 
 El calvo nunca vino con ellos. Era nuevo, más viejo y pasaba de todo. Iba a su aire.


Eran las tres y pico de la tarde y un colega y yo estábamos comiendo algo. Un chaval vino a por tabaco.

- ¿Me la activas?
- No hace falta. Tírale.

- Oye, este DNI estaba ahí -me dijo dándome un carnet.
- Pero qué cojones...

El psiquiatra calvo mirando al objetivo.

Echamos unas risas.

- Una mañana que andaba fregando el bar antes de abrirlo -le dije a mi colega una vez se hubo ido el buen samaritano- llegó a pillar tabaco. Sin darme tiempo a decirle nada, ni no me pises lo fregao, se quedó paralizado y dijo "esto es el preludio de Tristán e Isolda" Yo tenía puesta la radio y el nota se quedó ahí, como en trance, hasta que acabó.


Bueno, a veces es mejor decir que tienes puesta la radio antes que reconocer que tú lo habías buscado en el Spotify porque es una música que te arrebata, pero las circunstancias mandan cuando Wagner es sospechoso de retraso para un camarero.

 Mi colega se fue y me quedé solo un buen rato. El Madrid estaba jugando con el Español en muchos bares que no eran el mío. Entró un gitanito de los de toda la vida y me preguntó por un negro.

- Marqués...Ese negro grande, alto...¿ha estao por aquí?
- ¿Qué negro?
- Sí, uno grande...alto...
- Sí, bueno, como todos
- Está por aquí siempre, joer...
- Bueno, hay varios, pero creo que sé a quien te refieres...¿qué pasa?
- Pues ná, que quedé aquí con él para un teléfono...
- Bueno, pues si lo veo le digo algo

Y se fue para abajo a seguir buscando.

Puse el "Hot rats" de Zappa y me entraron unas ganas locas de fumar. Encendí un cigarrillo, salí a la puerta y a la mitad pasé adentro para echarme un whisky. 

- Joder, qué bueno 
 
La mezcla perfecta. 


- ¿Me dejé el DNI aquí el otro día?
- Sí, toma.  
- Muchas gracias. Bueno, adiós
- Adiós.

lunes, 18 de agosto de 2025

CHRISTINE

 No sabía qué hacer para pasar la tarde y pensé que era un buen momento para fregar los platos de la semana. Lo hice a conciencia, con satisfacción; el calor de todos estos días había podrido el agua acumulada en algunos tuppers y al removerla despertó del letargo en todo su hedor.
 
- Hija de puta -dije echando la cabeza para atrás- Te vas a enterar.
 
Media hora larga más tarde, justo en la parte del audiolibro donde el héroe descubre el trapezoedro resplandenciente, acabé de secar el último cubierto.
 
Limpié a conciencia los fregaderos y sus desagües pues la peste continuaba siendo perceptible pero creo que va ser cosa de las cañerías. Tengo un producto específico, lo había visto un rato antes mientras buscaba la lejía que no encontré. Tal vez se lo eche mañana si continúa igual. Quizá sólo necesite una noche de aire fresco. Yo también.
 
El calor en el piso era insultante. En la penumbra en la que llevo viviendo las tardes de los últimos tres meses me senté debajo del ventilador de techo del salón. Encendí un cigarrillo. Tenía las manos irritadas por el jabón. La cosa estaba poniéndose igual de fea que tantas otras veces para el curioso "buscador de lo oculto" del audiolibro.
 
Jugué un par de partidas de ajedrez online que perdí. La segunda fue una tortura, aguantando y aguantando desde el principio en posición inferior; sin embargo la primera la tuve ganada pero no encontré el camino en el final. Luego miro el análisis del ordenador y veo donde me he equivocado. El ajedrez siempre fue un juego cruel pero ha derivado en puro sadismo desde la irrupción de las máquinas. 
 
Ayer leí demasiado y hoy no tenía ganas. Aunque más que eso quizá fuese que no me apetecía nada meterme en el dormitorio, el único lugar donde puedo leer en estas condiciones meteorológicas. 

Recuerdo que cuando la cuarentena arrimé uno de los sillones junto al gran ventanal del salón y allí la pasé leyendo sin descanso nada más que el necesario y el dedicado al entrenamiento. Pero en la cama es otra cosa: las muñecas se cansan aunque sea un libro electrónico; de hecho las vendo antes de empezar porque sino me las jodo sin darme cuenta y luego no puedo ejercitarme con el saco ni con lo demás, así que muchos días los paso en su mayor parte como si fuera un suicida fracasado.
 
"¿Qué ver?" pensé, pues no tenía la cabeza para más ajedrez. Intenté hacer memoria por algo y así quedé, en el intento: no salía nada de mi disco duro. Pero Filmaffinity lo hace por ti; te echa una mano, te recuerda tus querencias, muestra las novedades y...¡novedad novedosa! ¡incluso encuentra tus almas gemelas! ¡tus almas gemelas! ¿tengo yo alma? ¿hay alguna alma gemela a mi?
 
Miré y encontré una ristra de películas de mierda haítas de westerns que hace décadas no veo. 
 
"¿Estas son mis almas gemelas?"
 
Por un instante pensé en volver a la página de ajedrez, incluso se me pasó por la cabeza encerrarme en el dormitorio y ponerme a leer "Memorias del subsuelo"
 
"Conoces mis querencias, mis valoraciones, mis críticas ¿y me dices que estas son mis almas gemelas?...Dios, ¿eres Tú? ¿también aquí? ¿pero qué te he hecho? ¿qué cojones te hice?"
 
Tiré de memoria.
 
"¿Qué quiero ver?...venga, novedades, novedades...como Mocedades, Maitechu Mía, ¿recuerdas cuando eras niño y te gustaba tanto esa canción?, hubo noches en las que te quedabas en el coche de padre, oyéndola una y otra vez mientras toda la familia, padres y tíos, hermanos y primos, estaban dentro del bar. Allí estabas tú, solo, con los pestillos bajados y cantando a voz en grito con Amaia, ¡qué gran voz!, la suya claro, no la tuya, ya entonces no tenías voz para eso, bueno, ganaste tres años consecutivos el concurso de canciones de Navidad del colegio, siempre con el mismo villancico, "El Tamborilero", los demás cursos se tiraban de los pelos, aducían trato de favor hacia nosotros, tan buenos chicos, mientras que ellos (mis propios hermanos entre ellos) intentaban darle una vuelta a esas tonadas tradicionales cagándola una y otra vez, a veces perdían la cabeza, ¡hacían incluso rock de un villancico!, ¿pero como puede ser eso?, ¿como podía ser eso?, normal que ganáramos, eran unos capullos, pero luego, muy pronto, ya fuera de concurso, todo eso cambió y apenas podías creer que hubieras tomado parte de todo aquello, ¡era una vergüenza!, ¡tú cantando el Tamborilero! ¡y no sólo eso sino a voz en cuello, con todo fervor, con todo el infinito fervor de aquella edad! ¡no! había que beber, que drogarse, que ser uno de ellos, o al menos estar entre ellos, sí...ellos lo olían, percibían que no eras como ellos pero más o menos te aceptaban y como por entonces no eras un cobarde sino todo lo contrario terminaste siendo uno de ellos (para ellos) hasta que todo se jodió aquel mediodía y entonces fuiste sentenciado y apartado por Dios y su gran Poder, que nunca, jamás, sabrás para qué coño tanto cuando al final es como decir que Mulholland Drive sólo es la historia de dos lesbianas buenorras que dan para paja y ya está y ahí se quedan y que las jodan y tú cantándole de todo corazón el Tamborilero los tres últimos años de tu inocencia en lugar sagrado de su fecha señalada y saliendo de allí ves que nada nada es como parecía y que todo es otra cosa y entonces qué cojones haces sino intentar ser otra cosa a cualquier precio y por supuesto viene el tío del mazo en una nube tu nube y me das un estacazo y me dices que tú no que llevas zapatillas o que no eres guapo o que eres raro o que te se te ve en la mirada que eres un anormal como aquel cerebro de Aigor o que la vida de tu viejo ha sido demasiado buena para que la de su primogénito sea una siquiera parecida..."
 
Probé con varias de mi memoria, todas conocidas, después de intentarlo con una novedad estrenada apenas hace una semana cuya copia era lamentable, grabada en screener. No creo que la vea cuando esté en condiciones. No me gustaron los cinco minutos que vi.
 
Después de algunos intentos elegí "Gritos y susurros" de Bergman, película que me encantó la única vez que la vi hasta el extremo de considerarla una de mis diez favoritas de siempre. Pero al llegar la escena de Liv Ullman y su cornudo marido clavándose el cuchillo en el riñón la quité.
 
Un tanto espantado por mi falta de riego de cerebral que me hacía incapaz de pensar en nada pulsé en el buscador y ante mi aparecieron parte de las películas buscadas durante estos últimos meses, todas reconocidas una vez señaladas por la memoria de la máquina, de la buena máquina prima hermana de la del ajedrez donde juego.
 
Y entonces, haciendo scroll, vi una en modo pause, una titulada "Christine" Enseguida recordé que era la de esa periodista americana que se suicidó en directo y lo dejé estar: la peli era muy mala hasta donde la había visto y no tenía ningún deseo de acabarla. Pero entonces recordé que había una del mismo título que había visto durante mi adolescencia. La del coche. La de Stephen King. Y me puse a verla.
 
 
Y tanto estaba gustándome que cuando el héroe discutió con su novia en el cine para coches la paré y me puse a escribir una historia. 
 
 
 
 

miércoles, 13 de agosto de 2025

A HARD DAY'S MORNING

 - ¡Portate bien, bebé! -le dijo la madre con una gran sonrisa que el crío, absorto con las bolitas del imperdible del chupete, no le devolvió- Me voy, Kufis, que llego tarde. ¡Ah, y dile a tu madre que hoy no ha hecho caca! Y muchas gracias, como siempre.
 
Y ya a los mandos del carrito eché a andar calle abajo.
 
La primera churrería de nuestro trayecto estaba cerrada, lo que fue una novedad en este mes y medio. Se lo dije a Leo que no me hizo caso:
 
- Mira, Leo, hoy no hay churros aquí. 

En la plaza el estanco todavía estaba cerrado. Otros días lo pillamos abierto, pero es que esos días salimos un poco más tarde. Cruzamos otro paso de cebra y vi que hoy tampoco estaban esos dos cincuentones sentados en uno de los bancos bebiendo botes de cerveza del chino. Reconocí a uno de ellos en uno de los primeros paseos. No le dije nada. Estaban de espaldas (siempre están de espaldas) y no me vieron (nunca me ven) Además que nuestro conocimiento fue hace más de veinte años y en su mayor parte no fue más que unas cuantas conversaciones de borrachos. Él era mayor que yo, casado y con una hija, y ya entonces estaba totalmente embrutecido. A veces, durante estos dos últimos años, me he preguntado por esas cosas del pasado, aunque decir esto es decir demasiado porque tal cual viene el pensamiento lo dejo ir.
 
La segunda churrería sí estaba abierta. Entonces fue cuando Leo dejó de maravillarse con las bolitas blancas y empezó a mirarme, más porque le daba el sol en los ojos que otra cosa. Me puse de un lado para ocultárselo y él dio inicio a su habitual reconocimiento del entorno. Es gracioso porque saca uno de los bracitos del coche y así puede asomarse a los lados y dejar de ver a su tío. Se lo dije a la madre los primeros días:
 
- Oye, ¿y no será mejor que Leo vaya en la dirección del paso?
- No, todavía no. Más adelante.
 
Con David, mi sobrino de otro hermano, la cosa fue diferente desde el principio. Claro que han pasado cinco años y quizá los últimos estudios digan otra cosa. A mi madre, la pobre, ambas mujeres le han dicho como y de qué manera tenía que hacer esto y aquello mientras los chicos quedaban a su cargo: biberones, pañales, cogerlos en brazos, dormirlos...
 
- ¡A mi que he criado cinco chicos! -dice sonriendo. Pero no le molesta: no hay nada que le guste más que los críos. Nada menos el hombre con quien tuvo los suyos y este no está desde hace ocho años.
 
En las cercanías del parque pasamos junto a la pelu cerrada de una clienta del bar. Hace tres días la vi en la puerta despidiendo a una de sus clientas, una anciana en sillas de ruedas.
 
- ¡Adiós preciosa! -le gritaba con grandísima sonrisa.
- ¡Adiós, guapa! -respondía la anciana- ¡Y que te lo pases bien!
 
Nos vimos y, gracias a Dios, nadie saludó a nadie. El bigote me protege.
 
Algunas noches de este infernal verano de imposible sueño, intentando dormir en una habitación enfebrecida, con los ventiladores rugiendo en una batalla perdida, fantaseo con qué le diré a Leo cuando él sea un adolescente y yo un viejo.
 
Un día más (y ya van tres) la fuente de la roca del parque estaba seca. Leo sigue extrañándose porque es su favorita. Me mira con sus grandes ojos, nos miramos, vuelve a mirar la gran piedra seca y me mira otra vez. 

- Están limpiándola -le digo por decir algo.
 
De todas formas nos quedamos un ratito. A él le gusta y yo puedo fumar medio cigarrillo. Y además, aunque apenas queda agua en los aledaños de la roca, todavía un par de patitos negros andan por ahí, lejos de los blancos. 

En días como hoy, en las mañanas que salimos más temprano, no es raro ver los chuflitos en acción, cosa que le encanta a Leo. Pero hoy tampoco era el día. Agosto es un mal mes para el parque, supongo.
 
Más adelante nos encontramos con los grandes patos blancos. Paré el carro para que Leo volviera a verlos con atención. Andaban cruzando el camino para comer hierbajos con su prole. El macho alfa, del tamaño de Leo, se queda quieto, mirándonos de reojo. Leo lo mira todo y yo no pierdo de vista al pato.
 
Seguimos adelante y llegamos a los chorros de agua. Allí, los primeros días, tuvimos que aguantar carantoñas de las viejas que pasean. Luego encontré un sitio mejor, sombreado y con menos circulación, y pasamos un rato; él mirando hipnotizado los dos chorros de agua y yo terminando el medio cigarrillo controlando la dirección del viento.
 
Y aquí es cuando la cosa se podía torcer otra vez. Leo empezaba a estar cansado del carro.
 
Los primeros días de nuestro viaje fueron un conocimiento mutuo, pero cargar con un crío de doce kilos en el brazo mientras vas empujando el carrito a casi treinta grados durante más de un kilómetro no es cosa de risa. Las cucamonas valen durante algún tiempo pero sólo Dios y las madres saben qué hacer.
 
Abrevié para salir del parque. Veinte minutos nos separaban de nuestro destino final de todos los días. Leo parecía más molesto de lo normal pasada la visita a sus amados chorros de agua.
 
Hice porque mirara a los gatetes que íbamos encontrándonos en el camino, gatos famélicos comparados con la mía pero que sin embargo son en parte responsables del genocidio palomar que está adueñándose del parque, con la sola salvedad de la fuente de la roca. Es curioso pero muchas se dejan morir, lo he visto: simplemente se quedan paradas en la tierra, a veces durante un día entero, imposibilitadas de volar por el extremo calor o lo que sea, y los gatos llegan y se las comen si lo desean ya que también tienen sus adoradores que les llevan comida.
 
Leo empezó a echarme los brazos en plan "me muero de asco aquí metido y encerrado"
 
Como estos últimos días, eché mano de un colgante que el carro cuelga de uno de sus brazos y metí el dedo con la idea de hacer una gracia.
 
- ¡Mira, Leo, mira!
 
Pero Leo me mandó a pastar con sus brazos levantados. Las lágrimas hicieron acto de aparición.
 
- Oh, Dios, no...
 
Y entonces me vino a la cabeza Black Sabbath.
 
Mientras estábamos mirando los dos chorros de agua, no sé por qué, me vino a la cabeza el riff de "Black Sabbath" Y tal vez vez fuera porque llevo dos meses sin dormir bien o porque los dioses se apiadaron de mi pensé que quizá, si le ponía música, Leo podría calmarse y evitarme otro Calvario.
 
Y decidido a probar, en el último momento, cambié a los Sabbath por los Beatles 62-66. Después de todo esa fue la primera música que pinché en el tocadiscos de mi padre. Cogí el teléfono, busque el disco en la Red y acoplé el móvil en el colgante del carro.
 
Sonó "Love me do"
 
Leo se incorporó e intentó echar mano del teléfono colgante y parlante. Y así, manoseándolo, pasó el camino.
 
 
Sonaba "A hard days night" cuando llegamos a casa de la abuela.
 
 

 

martes, 24 de junio de 2025

INTO THE DREAM

 Yo venía de soñar y mi alma todavía estaba dentro del sueño cuando llegué al bar. Te vi nada más correr las cortinas de la puerta. Tú reías. Pasé a la barra, vacié los bolsillos y un mediodía más puse algo parecido a la música de mi sueño.


Mi hermano se fue. Entró un chico para sentarse con vosotras en una mesa. Se acercó a la barra y pidió una ronda de cervezas. Llevaba tatuajes en los antebrazos.

Cuando dejé la tuya, la especial acompañada de su tapa especial, me miraste fijamente, sonriendo, y dijiste gracias. Mantuve tu mirada sin ningún esfuerzo. En verdad no fue complicado. Mi alma todavía estaba atrapada en un sueño.

Sí, te recordaba de otros días en el bar. El camarero tiene memoria fotográfica. Entonces venías con otro tipo, uno a quien hace poco tiempo volví a ver en compañía de una elegante mujer, más o menos de tu edad, pero con las uñas de los pies muy bien pintadas. Lucía espléndidamente un vestido blanco con motivos rosas. Andaba sobre unos afilados tacones. También me sonrió dándome las gracias con los ojos. Yo la miraba cada vez que tenía que tirar una caña. Él, tu antiguo acompañante, tan educado como siempre, bebió un par de cervezas, lo recuerdo bien. Hablamos de algo mientras le tiraba la segunda. Es un hombre reservado.

- Me ha encantado tu arroz -me dijo ella.
- A eso te he traído -dijo él.
 

Sí, te recordaba. Y el recuerdo era mejor.

La música parecida a la del sueño seguía sonando en el bar. Y tú bebiste tanto como para alcanzar la escandalosa y constante carcajada compartida con tu amiga, aunque no por el chico de los brazos tatuados. 

Y entonces vi que te dormías, que caías en el pesado sueño negro de las luces encendidas. Tu amiga parecía muy preocupada. El chico de los brazos tatuados se acercó a la barra y pidió una botella de agua que no le cobré. Y cuando salí de lavar los platos no había nadie en vuestra mesa.


Ya era tarde. Todavía quedaba gente en el bar casi cerrado. Bajé las persianas y apagué el televisor. Cambié de música y esta vez puse la del sueño. Me senté en un taburete y encendí un cigarrillo. "Podéis fumar si queréis. Pero nos vamos"

Nadie más que yo encendió ningún cigarrillo. Me serví otra copa.

La gente continuaba hablando y riendo. Poco después se fueron, aunque no del todo. Con la llave echada oí que seguían tras la puerta. Yo ya había acabado pero no quería verlos al salir, no quería encontrarlos en mi próximo sueño.

Otra copa. Otro cigarrillo. La gente nunca se acaba de ir.


Y todavía estaban allí, hablando y riendo detrás de la puerta, cuando me fui del bar con media botella de Johnnie Walker bajo el brazo.