martes, 4 de enero de 2022

YA VINIERON LOS REYES MAGOS

 Llega un día en la vida que empiezas a pasarla como si condujeras con el sol de frente; un sol cada vez más pausado, más terco, más irritante. El placer de conducir se transforma poco a poco en la tortura de conducir. Lo que antes eran autopistas al mediodía pasar a ser carreteras con doble sentido y calles de colegios y asilos de ancianos. Hasta que, ya casi ciego y con los nervios deshechos, metes el coche en la cochera, lo aparcas de oído, subes al piso y tiras la llave por el retrete. 

Llega el frío y trae a los Reyes Magos. La gente parecía hasta molesta por el buen tiempo de estas últimas semanas. Debería haber hecho más frío y no lo hizo. Ahora llegará y se quejarán. Claro que la gente con la que trato ya lleva años con el sol de frente, como yo, pero al menos todavía nos quedan las gafas y el quitasol; otros hay, sin embargo, que ya viejos, muy enfermos y sin protección alguna lo único que le piden a los Reyes Magos es que les permitan ver el sol hasta el año que viene para seguir sintiendo a hijas y nietos. Y es que si el sol es tan molesto cuando nos mira como un gilipollas, el frío y la última noche dan miedo hasta a los que no están solos.

Llega el viento de invierno aullando entre los quicios de puertas y ventanas; un viento ya sin hojas muertas que arrastrar; un viento que necesita algo más; un viento helado que esta vez no viene como un  barrendero cualquiera a las órdenes de nadie.

Llegan Melchor, Gaspar y Baltasar llenos de regalos para todos los niños que se han portado bien. Pero antes, mañana al atardecer, pasearán en carroza al son de sus fanfarrias por las calles, saludándolos mientras sus pajes les lanzan caramelos. Y los niños les mirarán con la boca abierta, extasiados de felicidad al comprobar que son de verdad.


Vi un águila en el mediodía del Año Nuevo. Planeaba en amplios círculos bajo el templado cielo azul. Fue justo cuando caminaba junto a los blancos muros del cementerio. Me paré para observarla con la música que iba escuchando en ese momento bajo el sol que no me hirió. La miré hasta que se perdió de vista. Los Magos. Los Reyes Magos.


No creo que tenga quince minutos mejores en lo que queda de año.


Suficiente.




domingo, 2 de enero de 2022

ESCRIBIR PARA COMPRENDER

 Aún hoy recuerdo el nombre del juego. El año no lo tengo tan vivo en la memoria pero no sería más allá de 1985. La yaya había ido de excursión a Andorra con su comunidad religiosa (creo que "Comunión y Liberación") y nos trajo un Spectrum. Por entonces las viudas todavía jóvenes se metían a esas cosas. Y es que a ella nunca le gustó que la llamásemos abuela; era la yaya. La otra, la paterna, la que nos aguantaba con gusto todas las tardes no tenía ningún problema con la palabra. También es verdad que era algo mayor y conservaba al marido, iba a misa todos los días y rezaba el rosario pero no estaba metida en ningún grupo de beatas con sed de Dios. Esta era una mujer de muy buen humor y aquella era arisca. Para la yaya nosotros éramos un fastidio y de hecho sólo íbamos por su casa muy de vez en cuando. Creo que no echó mucho de menos al abuelo, tan diferente a ella. Pienso que hoy en día habría cambiado la repentina pasión religiosa por otras cosas. Apenas contaba cincuenta años y a decir de los hombres todavía tenía un meneo, aunque claro está que esto lo supe después. Pero a comienzos de los ochenta en un pueblo de La Mancha no había más para estas mujeres que la Iglesia.

Aquello fue un acontecimiento para nosotros. Supongo que para ella sería una especie de lavatorio de conciencia. De todas formas no nos duró mucho. Tuve que cargármelo yo porque de haber sido mi hermano le hubiese abierto la cabeza y no recuerdo tal cosa. El ordenador tenía una ranura donde se cargaban los juegos y había que andarse con ojo, pues tal era la advertencia de manipulación. Muchas veces se quedaba colgado y entonces había que reiniciarlo o algo así y volver a colocar el cartucho. Hasta que una tarde, supongo, desesperado por la lentitud de todo corrí el riesgo, me salté las reglas y perdí y me lo cargué. Mis gritos, maldiciones y lamentaciones tuvieron que ser de banda noruega de death metal. 

Anoche acabé de ver la serie de vídeos con el gameplay de "Call of Cthulhu" El tío que la jugaba y comentaba tenía mi edad. Me recordó a un amigo de juventud. Todo me recuerda a algo.

Había sido un mal día de Año Nuevo. No me quité el malestar del cuerpo en todo el día, y eso que caminé cuatro horas por ahí bajo un sol magnífico. Por ello no presté demasiada atención a la última parte del juego, tan magnífico de ver. Un detective (como aquel que siendo niño maté para siempre) iba de acá para allá haciendo preguntas y buscando objetos misteriosos; también había algo de acción, alguna chica sexy y otra inquietante, como en "La novena puerta" de Polanski. Los gráficos que a mi parecer eran maravillosos no pasaban del aprobado justito para el experto comentador. Había monstruos horripilantes que te mataban una y otra vez hasta que tú encontrabas la vía correcta para matarlos una y cambiar de escenario. Era divertido de ver como se desesperaba el jugador. Uno hubo (ahora que lo pienso sólo había uno que salía un par de veces) que lo trajo por el camino de la amargura durante tres cuartos de hora. El pobre hombre ya no sabía qué hacer. Consultaba por el chat a quienes le siguieron en directo hace tres años, cuatro gatos mal contaos. Y gracias a uno de ellos pudo acabar con ese "cabrón" Había dos finales y escogió el "malo" no sin expresarnos su desinterés por el otro: "había venido a jugar y ya" dijo rememorando la frase del Un, Dos, Tres. Era un cachondo. Al acabar hizo un breve comentario alabando el juego que tantas veces le había vencido. Cerré la página, abrí una porno, me masturbé, apagué todo, me lavé los dientes y tras aplicar un poco de pomada en la cabeza contra la dermititis me puse el gorro de ducha y entré en la cama donde no tardé en dormir acompañado del audiolibro "El que susurra en la oscuridad"

Dormí del tirón y sólo tras salir de la ducha noté que algo no iba bien en el cuello. Una mala posición. El puto gorro. El descanso no había servido de nada y tuve que tomar un ibuprofeno que apenas sentí. A eso de las doce, cuatro horas más tarde, saltándome las recomendaciones, tomé otro que al rato me alivió un tanto. Esperaré a las ocho para el tercero.


Hubo un instante curioso hoy en el bar. Eran las tres de la tarde y la clientela de lo más variopinta: un par de sudamericanos en la barra, aparte de los dos amigos a quienes estaba oyendo contarse sus viejas películas y en el salón un par de maestras en compañía de un gay; un padre pijo tomando café con su hijo pijo; un niñato demasiado grande ya para seguir siéndolo, esta vez sin la compañía de su estúpida novia y el pobre de iglesia que desde hace meses viene a nuestro bar.

Mis amigos se fueron sin haberme dejado hablar; en cuanto trataba de decir algo, aunque fuese una apostilla de cortesía, seguían a su ritmo, como si no oyeran. Pronto dejé de intentarlo. Entonces oí el rumor de la conversación de los panchitos, mucho "usted" hablando de charlas mantenidas con otros, "porque usted, le dije..." Unas voces melodiosas, muy alejadas de la sequedad usada por aquí que más parecen rocas que palabras lo que sale de nuestras bocas. El pobre de iglesia se acercó a la barra por otro chupito de JB. Poco antes había saldado la pequeña deuda que suele tener con nosotros, nunca más de diez o quince euros. "Cobro tal día -dice- y vengo y te pago" Y así lo hace. Cumple su palabra y le damos carrete. No molesta a nadie, va a su aire. Llega, coge el bote desinfectante que hay junto a la puerta y con cierta notoriedad se embadurna manos y antebrazos con él. 

- ¿Chupito?" le pregunto
 - Ja -responde y le sirvo el primero que se bebe de un trago- Y una caña

Le añado una pulga de chorizo o de atún, coge el As y va a sentarse en la mesa rinconera para leerlo. Luego una pasada por el water (que siempre deja impoluto), otro chupito de trago, recoge su mesa, deja el periódico en el revistero y adiós. Agarra la bicicletilla y se va.

Hemos hablado un par de veces; más bien le he escuchado, pues este también va a su ritmo. No puedo decir su edad; lo mismo tendrá cuarenta años que sesenta; el rostro oscuro, todo lleno de arrugas y apenas tres o cuatro dientes en una boca grande, el pelo ensortijado, negro, fuerte; hay quien le encontraría aspecto de bosquimano pero él me contó que es "eslavo", con esa uve tan característica de aquellas gentes. Por el acento yo pensaba que era brasileño o portugués, quien lo sabe. Estuvo en Herrera de La Mancha, bebe demasiado, tiene una hija y cree en Dios con todo su corazón. Duerme en una cochera de alguien de la Cruz Roja. Pide en las iglesias y ayuda al sacerdote en las tareas que le encomiendan. Se le ve bravo, conserva una cierta dignidad personal. Sabe donde está pero "nadie es más que nadie, ¡sólo Deus!" No es un pordiosero, mantiene un buen aseo personal, algo que es un buen síntoma.


Hay un bar. Tú estás dentro y la gente entra y sale. Algunos interaccionan contigo y otros sólo hacen bulto. Te cuentan cosas y después se van. Unos vuelven y otros no. Tu objetivo es...


¿Escribirlo para llegar a comprenderlo?

viernes, 31 de diciembre de 2021

LOS OJOS DE LOS OTROS

 Acabo de poner una lavadora. No he bebido en todo el día. Tal vez sea por el chico de esta mañana.

Entró al bar con la mascarilla puesta y sin quitársela pidió un White Label con naranja. Todavía no era la una del mediodía, no lo conocía y estuve a punto de decirle que no, que no servía copas hasta la tarde, pero vi su mirada y se la puse. 

Había poca gente, apenas un par de clientes en la barra y otro en el salón; el chico estaba ahí varado, junto a la puerta. Bebía rápido y mirando de reojo, como uno que está descolocado. Pasó al water después de echar un vistazo al bar. Pronto pidió el segundo, como en un susurro. Estaba claro que no era el primer bar del día para él. El vaso vacío y la fanta a medias.

Iba limpio, era alto, rubio, la barba cuidada y de mirada clara aunque ya acuosa. Pidió un tercero con el zumo todavía entero. "Sólo el whisky" Preguntó cuanto debía, se lo dije, sacó la cartilla del banco y de ella extrajo uno de los billetes. Se fue poco después. No habían pasado ni quince minutos desde su llegada.

Poco antes de irme, a eso de las tres y media, oí a dos clientes hablar de una amiga mía. Hace unos días, puede que diez, por circunstancias que no vienen al caso, sufrió una crisis de ansiedad en un bar y se lió parda. Tuvo que ir hasta la policía. Es una mujer admirable en muchos aspectos, pero está medicada y el alcohol en exceso no le sienta bien. Entendí porqué sólo la he visto una mañana desde entonces. Ella me contó algo de lo que le pasaba en el breve rato que estuvo conmigo. La vi regular, con miedo. Anoche me envió una canción de amor por wasap. No respondí.


También yo las he liado pardas, incluso en días como hoy o el de hace una semana. Muchas veces. Habré sido comidilla popular como para alimentar a una bandera legionaria durante un año. Pero yo no las oía, aunque luego sí veía las miradas y algún que otro difuso fotograma en mi cabeza que no intentaba retener.

Esta tarde he llegado a casa pensando sólo ligeramente en escribir algo, pero enseguida me he puesto a hacer ejercicio; luego una ducha, un afeitado y ya casi eran las seis. Todavía faltaban dos horas para regresar al bar, limpiar, recolocar, cerrar e ir a cenar con la familia. 

Puse una lavadora y recogí la ropa tendida. Un cuarto de hora menos. ¿Escribo algo?

Miré en el armarito y vi lo que esperaba: no había whisky. Lo terminé el 26. 


Son las siete y media y acabo de oír el final del programa de la lavadora. Voy a tenderla y ya casi será la hora. 


Me abriré una cerveza en cuanto llegue al bar. Los últimos clientes que queden estarán borrachos y sentimentales. Tres cervezas como mucho, no más. Ni una copa.


Y a cenar con la familia.

domingo, 26 de diciembre de 2021

NUBES EN EL CIELO

 Llueve ahí afuera. No recuerdo como llegué hace tres días hasta aquí. ¿Acaso fue por recomendación de La Página? No lo sé, ¿pero hay alguna otra explicación más verosímil? Ella conoce mis gustos, está claro; a veces me sugiere opciones extrañas; o, ahora que lo pienso, tal vez no sean tan extrañas, sólo que no me doy cuenta. Ella me conoce mejor, me recuerda mejor. Ella no olvida nada.

Un tío está jugando un juego de ordenador. Es una aventura gráfica, un juego de puzzles a resolver. No puedes morir, nadie va a matarte. Pero los puzzles son tan complicados, contienen tantas sutilezas, que ni aunque dedicara a ello el resto de mi vida sería capaz de resolverlos. Abandonaría. Me quedaría varado en algún puzzle, en bucle, una y otra vez. Fumaría, bebería y probaría otra vez sin resultado. Pasado el tiempo y casi a la fuerza avanzaría hasta el siguiente. Y la historia se repetiría. Pero el juego es largo, demasiado largo, y yo tengo que hacer otras cosas para seguir teniendo acceso a la partida que otro jugó hace diez años. Uno que dirigió hasta el final al muñeco que otros crearon. Unos creadores que hubieron de atenerse a unos parámetros dados antes de crearlo. 

Sigue lloviendo. Una lluvia muy fina, una de esas lluvias que sólo fijándote mucho la ves si estás bajo techo. Ni los charcos son garantía. Tienes que abrir la ventana y sacar la mano para asegurarte de que está lloviendo. No basta con los ojos, no es suficiente. Tienes que sentirla en tu carne.

Ahora lo recuerdo, sí...La Página tenía un motivo. Días atrás, ¿un par de semanas?, de pura nostalgia, miré por el juego del Necronomicón. De hecho llegué a escribir algo. Si buscara cuando, La Página me diría el día y la hora exacta. Cuando era chico y miraba aquellos grandes libros del Universo fantaseaba con una máquina que contestara con total exactitud a cualquier pregunta que le hiciera. Ahora me aturde.

Nubes en el cielo cuando esta mañana llegué al bar. Un cielo todavía a medio despertar, otro cielo sin sol. Desde el coche vi como el ciego subía calle arriba. Aparqué, entré al bar y cerré la puerta. No abrí al sentirlo tras ella. 

- ¿A qué hora has abierto, Kufisto? -preguntó una más tarde.
- A las ocho y cuarto.
- Joder, pues casi cuando he llegado antes.

 Es un puzzle llevadero. Lo has hecho muchas veces y en bastantes peores condiciones. Los progresos son imperceptibles pero del cansancio también se crea. Sólo hay que poner esto aquí, esto allí y abrir la puerta. Nueve horas después puedes regresar a casa para ver como otro juega su partida.


Llueve. Bueno, supongo que llueve. Bajé las persianas al llegar y no voy a levantarlas para sacar la mano y comprobar si sigue lloviendo.





viernes, 24 de diciembre de 2021

EL HOMBRE DE LAS BOLSAS

Esta vez, la cuarta, el hombre de las bolsas que viene los viernes adelantó un día su visita al bar. Tomó asiento en la barra, como siempre, junto al círculo que da entrada a la misma y donde yo suelo sentarme a esperar. No se sienta de frente sino de medio lado, como uno que no quiere incomodar con su presencia. Pero ayer no estaba mi amiga e hizo igual.

Tendrá unos cincuenta años, bajo de estatura, con un cierto sobrepeso, vestido de cualquier manera, barba corta y descuidada, pálido, de pelo ralo y gafas demasiado grandes. A veces mira el teléfono pero por poco tiempo; pasa el rato mirando el tercio, en silencio, ajeno a todo. Luego pide otro y un poco más tarde el tercero y último. En este sale a fumar un cigarrillo. Paga dejando una propina y se va.

Estábamos solos en la barra; yo mirando el teléfono y él su tercio. Eran las tres de la tarde y apenas había una cuadrilla de habituales en el salón a punto de irse a comer. Pensé que estaría bien invitarle a una cerveza después que pagara.

- ¿Quieres una cerveza? -le dije mientras él sacaba el dinero.
- Eh, no, no...-contestó sorprendido.

Tres cervezas. Tres. Ni una más. 


Dejó un euro de bote y se fue como siempre, con sus bolsas, en el día que está para hacer hueco entre la lotería de Navidad y la Nochebuena.





domingo, 19 de diciembre de 2021

FUERA DE CONTROL

 Entraron al bar y pidieron dos copas. Enseguida, por el oído, vi que iban puestos. A estas alturas uno no habla de esa manera sin haberse metido cocaína. Uno de los nuestros, se entiende. Cogieron las copas y se fueron al ventanal. Eran las tres y cuarto de la tarde. La madura pareja de progres con la que había estado hablando de alcoholes durante los últimos quince minutos se marchó poco después tras apurar sus copas de vino. Él empezó con ello al mostrar interés por una de las botellas que tengo en el mueble expositor, un coñac, un brandy superior; de ahí había derivado hacia todo lo demás, bastante previsible para un profesional. Ella es maestra (me he enterado hoy al oírla hablar con otra clienta de su mismo gremio) y no le queda mucho para jubilarse; él está en Cultura, creo, y por otra conversación de barra con un amigo que no tuve más remedio que oír sé que ha publicado algún que otro libro de poemas. Por cierto que fue a este y en esa misma ocasión a quien le oí hablar de Thomas Mann y su Montaña Mágica en términos laudatorios, cosa que fue casi un shock para mi pues por entonces andaba colgado de ella. Sentí ganas de entrar en la conversación pero me contuve. Yo era el camarero y un camarero no está para entrar en charlas ajenas. Esto es así y así me lo enseñaron desde pequeño.

Uno de aquellos dos, un viejo y buen amigo, hablaba por teléfono casi a gritos conminando a su interlocutor para que viniera. Llegaron poco después, también conocidos míos. Venían de trabajar y estaban frescos. Pidieron dos copas y se fueron con ellos. Terminé de recoger y me senté en un taburete a esperar el cercano cambio de turno.

Mi viejo amigo llevaba la voz cantante. Se le nota un montón cuando se pone. No es que de ordinario sea un tipo callado no, sino que no lo hace con esa pasión. Hablaba de sentimientos y enfermedades ajenas, de amados muertos a los que en vida nunca les dijo lo que sentía por ellos, de amigas todavía jóvenes y sin embargo próximas a desaparecer del juego por lo mismo, de la puta mierda que es la vida. Uno de los recién llegados corroboraba lo dicho en la figura de su padre y en el diferente cuidado que le diera el hermano mayor con el que aún hoy sigue sin hablarse. De ahí el asunto pasó a recientes historias de violencia, de capullos capataces en sus brutales trabajos, de idiotas madrileños que te miran de arriba a abajo como si ser manchego fuese una deshonra, hablándote como si fueras un negro hasta que te acercas a ellos y les voceas que una vez más y le arrancas la nuez de un bocado. 

En esas andaban cuando salí a calzar la puerta para que corriera el aire.

Pero allí había un tío en chancletas vestido de hospital. Lo vi de refilón mientras ajustaba el zoquete de madera en el quicio de la puerta pero sí, era un chico joven vestido con la ropa de paciente. Y entró detrás de mi y vino a la barra, justo tras el grifo de cerveza.

Lo primero que balbució fue que se había escapado del hospital y que necesitaba dinero para comprar tabaco y tomarse una copa. Yo lo miré, vi que no estaba nada bien y suavemente le dije que no mientras me iba a la cocina para coger la escoba con la que barrer los últimos restos de basura que había visto al salir de la barra para calzar la puerta. Y entonces el chico, ofuscado, le dio un manotazo al grifo yéndose hacia la puerta y la cerveza empezó a correr. Sin decir ni media palabra ni mirarle lo cerré y salí a barrer con él todavía mirándome desafiante. Se fue. Menos mal que no se habían dado cuenta los de dentro.

Los dos últimos en venir se fueron tras beberse el último trago en la calle mientras fumaban. Y entonces los dos primeros volvieron a entrar.

- ¿Qué, Kufisto, nos pones dos copas de Navidad por una puta vez? ¡Ya está bien, no!

Bueno, sólo se habían tomado una pero qué más da; las puse, me eché una cerveza y salieron a relucir los viejos tiempos, las viejas historias, los viejos colocones, lo viejo todo: éramos tres solteros cuarentones hablando de cosas que pasaron décadas atrás. Me eché otra cerveza.


- Vámonos por ahí, Kufisto -dijo cuando mi hermano llegó para relevarme.
- No, tío. Tengo que hacer cosas...
- ¡Venga, no jodas, qué tienes que hacer un puto domingo!
- Poner lavadoras, limpiar...

"Una más y la cago"


Empezamos demasiado pronto, ese fue el primer error, pero gracias a las consecuencias que iban trayendo llegaron los intervalos en los que durante meses me recluía en casa a leer libros y ver películas. Y de la tara nació el peso. Tan sólo cuando muchos años después me quedé solo recaí con toda la fuerza que seguía esperándome tras la esquina. Y entonces, ya muy cerca de no rebotar en el suelo, empecé a escribir.


Los caballos ganadores se ven en la línea de salida, sí...Pero la carrera es larga y al final todo consiste en llegar a la línea de meta antes del fuera de control.


Y ahora, a mis años, después de tantas historias, tengo la impresión de que tampoco es eso.







viernes, 17 de diciembre de 2021

Y ME ACUERDO DE TODO

 "Necronomicón, el Alba de las Tinieblas" para Playstation2; una demo de tres horas y media en Youtube. 

La he visto en otras ocasiones. Te sientas en el sillón frente al ordenador con las piernas extendidas sobre una silla, te echas una manta y dejas pasar la tarde. 

Compré el juego junto con la Play cuando me independicé, hará como veinte años. Mi chica y yo pasamos muchas tardes con él hasta que, incapaces de resolver los puzzles, tuvimos que buscar la solución en la Internet que ella tenía en la casa de sus padres. Ahora lo veo jugado por otro y lo recuerdo todo.

Hoy ya había ambiente de fiesta. Comidas de empresa, al menos las que no han suspendido por toda esta locura. Pasaban por el bar a tomar una caña previa o el café y las copas de después. Poco a poco ves como van acelerándose, como les anima el alcohol y lo demás. Tres clientas habituales, tres cuarentonas aún de buen ver para según quien, las tres casadas y con hijos ya mayores, beben cerveza y hablan entre carcajadas de los viejos y buenos tiempos. Son las únicas mujeres en el bar y lo saben. Yo no paro: vaso, hielo, rodaja de cítrico, refresco, botella y cobrar o apuntar. Apenas conozco al resto de clientes. Algunos me miran raro. No sé qué pasa con la gente cuando salen de sus casillas. Pronto me iré.

Una de las casadas me besa al despedirme. Basta un encuentro inesperado con dos amigas de su quinta y varias cervezas para quitarse veinte años de encima. Salgo disparado después que me toca el culo. Tengo muchos recados por hacer.

Compro la carne del bar y de casa en el super de al lado. Sólo hay una bandeja del chuletón que me gusta y necesito dos para el fin de semana. Veo que no hay nadie en la carnicería y pregunto si tienen más del mismo, enseñándoselo. El carnicero con gafas me mira extrañado y dice que claro que sí. Le pido uno de medio kilo y lo corta de trescientos y poco. Herido en su amor propio y a pesar de decirle que no importaba parte otro y no llega a los cuatrocientos. Ofuscado hachea uno más y lo consigue con un exceso de sesenta gramos. 

Tampoco hay casi gente aquí, en el otro super, en el de los hosteleros que al final acabaron abriendo al por menor. Estos son de la vieja escuela pero hoy están conmigo más simpáticos que de costumbre. No veo a la chavalita rubia, siempre tan agradable. Tardo muy poco en coger lo que necesito. Sólo falta ir al moro por las naranjas y los limones. Hoy está la madre, como siempre hablando por teléfono. Soy incapaz de desplegar el guante de plástico y sólo tras desesperantes intentos consigo abrir las bolsas. Voy a pagar y la mujer se había olvidado de encender la balanza. Sonríe mientras esperamos en silencio. 

Regreso al bar y dejo parte de la compra. Ya no hay tanta gente. De vuelta a casa me voy fijando en los otros bares: apenas se ve movimiento. Supongo que empezará más tarde. Yo ya no estaré por ahí.

El psicólogo argentino que sigo en Youtube pronuncia una charla para mujeres con su habitual maestría en la dicción. Pero no me interesa. "Hay que comer" pienso del argentino y me levanto a poner una lavadora.

Ya es casi de noche. Meriendo, fumo un cigarrillo, cojo el móvil, pongo "El caso de Charles Dexter Ward" en Spotify y voy al water. 

Qué gran historia. Un chico solitario, estudioso y noble viviendo una insólita aventura de trágicas consecuencias. 

Entonces recuerdo el juego de la Playstation. Lo busco en Youtube y lo encuentro.


Y me acuerdo de todo.